6 de septiembre 2012    /   CREATIVIDAD
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Estatuas sin huevos (y otras carencias)

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Aunque se ha movido el tema por las redes sociales en estas últimas semanas, el hecho de que uno de los leones del Congreso no tiene huevos no es nuevo: los restauradores que acometieron su limpieza allá por 1985 se dieron cuenta de la notable carencia y, desde entonces, se barajan varias teorías. Que si se acabó el metal para hacérselos (raro), que si uno es un león y otro una leona (aunque las leonas no tienen melena), que si alguien se los robó… Pero la de los leones no es, ni mucho menos, la única historia de castraciones escultóricas con explicaciones rocambolescas.

Quién sabe si lo más probable es que el león naciera así, estéril, castrati. Si los cañones fundidos «del enemigo» no dieron para las gónadas que, a fin de cuentas, no iba a usar nunca. Quién sabe, incluso, si el gesto fiero del león del Congreso viene por semejante pérdida.

Lo que parece milagroso que no se pierda es la túnica que cubre la Venus de Milo, la representación de la deidad griega Afrodita del siglo II AC que carece de brazos. Es milagroso pues que esa túnica, tan real como parece, no caiga de su cintura y se mantenga ahí, flotando en el aire. Las explicaciones a por qué le faltan los brazos son diversas: si se recuperó en origen así por un campesino, si una pelea entre turcos y otomanos acabó dañándola… Hay, incluso, quien hace apuestas sobre en qué postura tenía los brazos originalmente la que se considera una de las estatuas más hermosas de la antigüedad.

Algo más llamativa es la historia de por qué la pequeña estatua de Atenea Niké de uno de los templos de la Acrópolis no tenía alas: según la creencia popular ella representaba la victoria en un tiempo especialmente beligerante, tanto contra otras ciudades-estado helenas como contra enemigos extranjeros. Así que, ni cortos ni perezosos, los griegos cercenaron las alas de la estatua esperando así que la victoria nunca les abandonara. Es posible que si eso hubiera pasado hoy alguien hubiera intentado marcharse volando con esas alas de piedra, tal y como está la Grecia moderna.

Menos prosaica es la explicación de por qué otra victoria, la de la isla de Samotracia, no tiene ni cabeza, ni brazos, ni pies: sencillamente nunca se encontraron. Desde el siglo XIX se ha rastreado la zona intentando encontrarlos, pero sólo los fragmentos del fantástico cuerpo alado, el torso, las piernas y las alas se han recuperado, así como la base sobre la que descansaba originalmente.

El tiempo es la excusa para casi cualquier cosa, pero el vandalismo es la explicación para otras tantas, al menos en nuestro tiempo. Si no que se lo pregunten a la sirenita de Copenhague, que ha sufrido once ataques documentados, cuatro de ellos en la última década: la han pintado, le han arrancado la cabeza varias veces, un brazo, han volado su pedestal con explosivos, la han cubierto con telas… Qué ganas de echarse al mar y nadar debe tener la pobre, y qué comprensible su expresión de nostalgia contenida.

El fútbol también ha hecho estragos en el arte, como con una estatua jerezana de casi un siglo de antigüedad que se quedó sin cabeza. La también futbolera Cibeles madrileña sufrió el robo de una mano por culpa de un joven borracho. Hasta en los cómics se rompen estatuas, y si no que se lo pregunten a Obélix, cuyo peso es la explicación que encontraron Goscinny y Uderzo para la pérdida de la nariz de la esfinge de Giza.

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Quién sabe si lo más probable es que el león naciera así, estéril, castrati. Si los cañones fundidos «del enemigo» no dieron para las gónadas que, a fin de cuentas, no iba a usar nunca. Quién sabe, incluso, si el gesto fiero del león del Congreso viene por semejante pérdida.

Lo que parece milagroso que no se pierda es la túnica que cubre la Venus de Milo, la representación de la deidad griega Afrodita del siglo II AC que carece de brazos. Es milagroso pues que esa túnica, tan real como parece, no caiga de su cintura y se mantenga ahí, flotando en el aire. Las explicaciones a por qué le faltan los brazos son diversas: si se recuperó en origen así por un campesino, si una pelea entre turcos y otomanos acabó dañándola… Hay, incluso, quien hace apuestas sobre en qué postura tenía los brazos originalmente la que se considera una de las estatuas más hermosas de la antigüedad.

Algo más llamativa es la historia de por qué la pequeña estatua de Atenea Niké de uno de los templos de la Acrópolis no tenía alas: según la creencia popular ella representaba la victoria en un tiempo especialmente beligerante, tanto contra otras ciudades-estado helenas como contra enemigos extranjeros. Así que, ni cortos ni perezosos, los griegos cercenaron las alas de la estatua esperando así que la victoria nunca les abandonara. Es posible que si eso hubiera pasado hoy alguien hubiera intentado marcharse volando con esas alas de piedra, tal y como está la Grecia moderna.

Menos prosaica es la explicación de por qué otra victoria, la de la isla de Samotracia, no tiene ni cabeza, ni brazos, ni pies: sencillamente nunca se encontraron. Desde el siglo XIX se ha rastreado la zona intentando encontrarlos, pero sólo los fragmentos del fantástico cuerpo alado, el torso, las piernas y las alas se han recuperado, así como la base sobre la que descansaba originalmente.

El tiempo es la excusa para casi cualquier cosa, pero el vandalismo es la explicación para otras tantas, al menos en nuestro tiempo. Si no que se lo pregunten a la sirenita de Copenhague, que ha sufrido once ataques documentados, cuatro de ellos en la última década: la han pintado, le han arrancado la cabeza varias veces, un brazo, han volado su pedestal con explosivos, la han cubierto con telas… Qué ganas de echarse al mar y nadar debe tener la pobre, y qué comprensible su expresión de nostalgia contenida.

El fútbol también ha hecho estragos en el arte, como con una estatua jerezana de casi un siglo de antigüedad que se quedó sin cabeza. La también futbolera Cibeles madrileña sufrió el robo de una mano por culpa de un joven borracho. Hasta en los cómics se rompen estatuas, y si no que se lo pregunten a Obélix, cuyo peso es la explicación que encontraron Goscinny y Uderzo para la pérdida de la nariz de la esfinge de Giza.

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