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3 de diciembre 2018    /   IDEAS
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Estereotipos sexuales: ¿qué hay de cierto y qué son milongas?

3 de diciembre 2018    /   IDEAS     por          
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El sexo está invadido por toda clase de mitos y leyendas urbanas. Por ejemplo, no, no hay pruebas de la existencia de cinturones de castidad medievales (son falsificaciones posteriores). Ni tampoco el coito vaginal es la forma mayoritaria por la que las mujeres llegan al orgasmo.

De algún modo, todo lo que creemos saber sobre el comportamiento sexual de los demás se basa en lo que los demás se atreven a contarnos. Algo similar a lo que ocurre con la imagen paradigmática que tenemos de un delincuente, como escribía Nassim Nicholas Taleb en El cisne negro: «La representación del delincuente estándar se fundamenta en los atributos de las personas menos inteligentes a quienes atraparon».

Por consiguiente, parece que nuestra representación de lo que es un hombre (alguien capaz de echarle un polvo a todo lo que respire) y una mujer (alguien que impondrá los doce trabajos de Hércules antes de dar su consentimiento) son es eso, una simplificación alimentada por lo que creemos saber, por lo aparente, por los dimes y diretes.

Incluso algunos estudios científicos que tratan de radiografiar el comportamiento sexual de los humanos a veces tropiezan en estos estereotipos forjados a fuego en nuestra cultura. Como el célebre «¿quieres acostarte conmigo esta noche?».

Los tíos son fáciles

Existe un experimento ya clásico que consiste en que, en el ámbito de un campus universitario, un chico aborda a una desconocida para preguntarle si tendría sexo con él. La totalidad de las chicas se niegan. Por el contrario, si es la chica la que pregunta a los chicos, hay un porcentaje significativo de chicos que aceptarán la propuesta.

El estudio, llevado a cabo por Rusell Clark y Elaine Hatfield, fue así: se introdujeron a unos cuantos chicos y chicas jóvenes moderadamente atractivos que se aproximaban a alguien del sexo contrario para proponerle una relación sexual esporádica de una forma más o menos directa.

Tras presentarse y decir que le habían visto por el campus y que le parecía atractivo, se solicitaba quedar esa misma noche o se invitaba la persona a venir a su piso también esa misma noche. Una tercera propuesta todavía más directa era: ¿quieres que nos acostemos esta noche?

La primera propuesta, la cita, fue aceptada equitativamente en la misma proporción tanto por chicos como por chicas. El 69% de los chicos, sin embargo, aceptó acudir al piso de la desconocida frente a casi ninguna chica. Y frente a la propuesta explícita de tener sexo, ninguna chica aceptó la propuesta.

Sin embargo, este estudio no es tan evidente como se piensa. En realidad, si creamos un entorno más realista, el porcentaje de rechazo de los chicos es muy significativo. Porque el sexo implica otros riesgos.

El estudio, por ejemplo, se queda en la mera propuesta. Pero ignoramos qué pasaría después: ¿realmente todo ese porcentaje de chicos acabaría yendo al piso de una desconocida aunque haya dicho que sí? También ignoramos el número de chicas que habrían acabado teniendo sexo esa misma noche tras la cita. Tal y como abunda en ello Cordelia Fine, profesora de Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Melbourne, en su libro Testosterona Rex:

Según mi punto de vista, no había forma de distinguir un «Sí, claro» que en realidad significaba algo como «Fíjate, mi poder de atracción sexual es tal que esta mujer completamente honesta y que goza de buena salud mental quiere llevarme a mí, a un completo desconocido, a un lugar privado para mantener relaciones sexuales conmigo», de un «Sí, claro», que venía a significar «Muy graciosa, ¿te has apostado algo con tus amigas?» o «Esto no es normal, pero no quiero ser descortés».

El sexo no es solo sexo

En realidad, cuando se les pregunta a los hombres cómo valorarían que una mujer les abordara para tener sexo, la mayoría responde que le resultaría un poco raro, que esa mujer quizá tiene algún problema o esconde algo, o que tal vez está urdiendo alguna clase de engaño.

Las razones que arguyen las mujeres frente a una invitación sexual masculina suelen ser que es «demasisado directo», aunque lo que suele subyacer en esta afirmación es el miedo a ser violadas, atracadas o asesinadas. Es decir, ambos sexos muestran reservas frente a una invitación explícita en un contexto que no es proclive a ello.

A través del sexo puede haber explotación, incesto, enfermedad, maltrato conyugal, infidelidad, abandono, dolor, confusión, vínculo. Porque el sexo raramente es solo sexo. En el caso de las mujeres, naturalmente, se añade otro elemento disuasorio: la doble moral sexual que enjuicia como «puta» o «ligera de cascos» a una mujer que acepta una invitación de sexo sin compromiso.

Como ha explicado la psicóloga Terri Conley, nadie pide sexo sin más. Siempre hay un contexto mucho más complejo. Hay contextos donde el miedo o el prejuicio social está mitigado, como sugirió en sus estudios de 2011 y 2012, donde las mujeres bisexuales aceptarían antes sexo ocasional con un mujer desconocida que con un hombre, y hombres y mujeres mostraban la misma tendencia a aceptarlo en caso de personas a las que conocían (incluidos famosos).

Los resultados también varían dependiendo simplemente del lugar y de la hora del día. Y cuando se logra eliminar el miedo y el prejuicio social (por ejemplo, cuando te informan que un algoritmo te ha emparejado con alguien que también quiere sexo contigo), entonces todos los hombres aceptan tener sexo. Y también lo acepta el 97 % de las mujeres.

Por esa razón, monitorizar el comportamiento sexual en el mundo real resulta un tanto espinoso y los estudios al respecto tienden a ser idealizaciones, como señala Fine:

Como si el sexo, en circunstancias normales, se encuentre aislado e inalterado por factores como la identidad, la reputación, las reglas basadas en el género, las nociones de conquista y puta, la presión de grupo y el prestigio, el poder, la economía, las relaciones, los guiones sexuales modelados por las culturas, la vergüenza ante el propio cuerpo o cualquier otro componente complejo de la vida interior y exterior de cada uno.

El sexo está invadido por toda clase de mitos y leyendas urbanas. Por ejemplo, no, no hay pruebas de la existencia de cinturones de castidad medievales (son falsificaciones posteriores). Ni tampoco el coito vaginal es la forma mayoritaria por la que las mujeres llegan al orgasmo.

De algún modo, todo lo que creemos saber sobre el comportamiento sexual de los demás se basa en lo que los demás se atreven a contarnos. Algo similar a lo que ocurre con la imagen paradigmática que tenemos de un delincuente, como escribía Nassim Nicholas Taleb en El cisne negro: «La representación del delincuente estándar se fundamenta en los atributos de las personas menos inteligentes a quienes atraparon».

Por consiguiente, parece que nuestra representación de lo que es un hombre (alguien capaz de echarle un polvo a todo lo que respire) y una mujer (alguien que impondrá los doce trabajos de Hércules antes de dar su consentimiento) son es eso, una simplificación alimentada por lo que creemos saber, por lo aparente, por los dimes y diretes.

Incluso algunos estudios científicos que tratan de radiografiar el comportamiento sexual de los humanos a veces tropiezan en estos estereotipos forjados a fuego en nuestra cultura. Como el célebre «¿quieres acostarte conmigo esta noche?».

Los tíos son fáciles

Existe un experimento ya clásico que consiste en que, en el ámbito de un campus universitario, un chico aborda a una desconocida para preguntarle si tendría sexo con él. La totalidad de las chicas se niegan. Por el contrario, si es la chica la que pregunta a los chicos, hay un porcentaje significativo de chicos que aceptarán la propuesta.

El estudio, llevado a cabo por Rusell Clark y Elaine Hatfield, fue así: se introdujeron a unos cuantos chicos y chicas jóvenes moderadamente atractivos que se aproximaban a alguien del sexo contrario para proponerle una relación sexual esporádica de una forma más o menos directa.

Tras presentarse y decir que le habían visto por el campus y que le parecía atractivo, se solicitaba quedar esa misma noche o se invitaba la persona a venir a su piso también esa misma noche. Una tercera propuesta todavía más directa era: ¿quieres que nos acostemos esta noche?

La primera propuesta, la cita, fue aceptada equitativamente en la misma proporción tanto por chicos como por chicas. El 69% de los chicos, sin embargo, aceptó acudir al piso de la desconocida frente a casi ninguna chica. Y frente a la propuesta explícita de tener sexo, ninguna chica aceptó la propuesta.

Sin embargo, este estudio no es tan evidente como se piensa. En realidad, si creamos un entorno más realista, el porcentaje de rechazo de los chicos es muy significativo. Porque el sexo implica otros riesgos.

El estudio, por ejemplo, se queda en la mera propuesta. Pero ignoramos qué pasaría después: ¿realmente todo ese porcentaje de chicos acabaría yendo al piso de una desconocida aunque haya dicho que sí? También ignoramos el número de chicas que habrían acabado teniendo sexo esa misma noche tras la cita. Tal y como abunda en ello Cordelia Fine, profesora de Historia y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Melbourne, en su libro Testosterona Rex:

Según mi punto de vista, no había forma de distinguir un «Sí, claro» que en realidad significaba algo como «Fíjate, mi poder de atracción sexual es tal que esta mujer completamente honesta y que goza de buena salud mental quiere llevarme a mí, a un completo desconocido, a un lugar privado para mantener relaciones sexuales conmigo», de un «Sí, claro», que venía a significar «Muy graciosa, ¿te has apostado algo con tus amigas?» o «Esto no es normal, pero no quiero ser descortés».

El sexo no es solo sexo

En realidad, cuando se les pregunta a los hombres cómo valorarían que una mujer les abordara para tener sexo, la mayoría responde que le resultaría un poco raro, que esa mujer quizá tiene algún problema o esconde algo, o que tal vez está urdiendo alguna clase de engaño.

Las razones que arguyen las mujeres frente a una invitación sexual masculina suelen ser que es «demasisado directo», aunque lo que suele subyacer en esta afirmación es el miedo a ser violadas, atracadas o asesinadas. Es decir, ambos sexos muestran reservas frente a una invitación explícita en un contexto que no es proclive a ello.

A través del sexo puede haber explotación, incesto, enfermedad, maltrato conyugal, infidelidad, abandono, dolor, confusión, vínculo. Porque el sexo raramente es solo sexo. En el caso de las mujeres, naturalmente, se añade otro elemento disuasorio: la doble moral sexual que enjuicia como «puta» o «ligera de cascos» a una mujer que acepta una invitación de sexo sin compromiso.

Como ha explicado la psicóloga Terri Conley, nadie pide sexo sin más. Siempre hay un contexto mucho más complejo. Hay contextos donde el miedo o el prejuicio social está mitigado, como sugirió en sus estudios de 2011 y 2012, donde las mujeres bisexuales aceptarían antes sexo ocasional con un mujer desconocida que con un hombre, y hombres y mujeres mostraban la misma tendencia a aceptarlo en caso de personas a las que conocían (incluidos famosos).

Los resultados también varían dependiendo simplemente del lugar y de la hora del día. Y cuando se logra eliminar el miedo y el prejuicio social (por ejemplo, cuando te informan que un algoritmo te ha emparejado con alguien que también quiere sexo contigo), entonces todos los hombres aceptan tener sexo. Y también lo acepta el 97 % de las mujeres.

Por esa razón, monitorizar el comportamiento sexual en el mundo real resulta un tanto espinoso y los estudios al respecto tienden a ser idealizaciones, como señala Fine:

Como si el sexo, en circunstancias normales, se encuentre aislado e inalterado por factores como la identidad, la reputación, las reglas basadas en el género, las nociones de conquista y puta, la presión de grupo y el prestigio, el poder, la economía, las relaciones, los guiones sexuales modelados por las culturas, la vergüenza ante el propio cuerpo o cualquier otro componente complejo de la vida interior y exterior de cada uno.

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