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3 de noviembre 2016    /   IDEAS
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Por qué la empresa te prefiere estúpido (y tus compañeros también)

3 de noviembre 2016    /   IDEAS     por          
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Es duro reconocerlo en tiempos donde la inteligencia y la creatividad son tan valoradas (de boquilla) por todos, pero lo cierto es que ser idiota, hacerse el idiota y liderar para presuntos idiotas (¡Seguid mi ejemplo! ¡Amad nuestra común imbecilidad!) son prácticas extremadamente comunes en la oficina que se potencian desde todos los ángulos de la empresa. La cabeza dura debería destacarse entre las habilidades blandas de estos pastores de la turba.

Mats Alvesson y André Spicer, dos académicos internacionales especializados en gestión y organización de personal, han llegado con su reciente libro, The Stupidity Paradox, a la conclusión de que las corporaciones funcionan todos los días gracias a la estupidez funcional de quienes las sostienen y sus seguidores.

Asumen que incentivar sinceramente la creatividad y el pensamiento crítico ralentizaría sus decisiones y la implementación de la estrategia, que debilitaría la eficiente cadena de mando y que las zambulliría en un torrente de autocuestionamiento sin fin. Serían pasto de otros depredadores menos inteligentes pero más rápidos. Nadie quiere jugar al ajedrez con una serpiente de cascabel hambrienta. Puedes pensar mejor que ella, pero sentirás igualmente los colmillos en la espalda.

Es verdad que una empresa asamblearia, igual que una democracia o que una familia donde se persuade en vez de imponer, se mueve más lentamente. También lo es, sin embargo, que una firma que no piensa y que cultiva y abona la estupidez con el estiércol del liderazgo idiota suele acabar naufragando, según ellos, de forma ridícula. Los errores garrafales se cometen una y otra vez, y se acumulan durante meses. Todos aseguran cumplir órdenes. Nadie se preocupa por las consecuencias. Todos lo hacen por inercia y se convierten así en los amanuenses de la idiocia.

La estupidez funcional reúne cuatro grandes características que la hacen muy fácil de reconocer según Alvesson y Spicer. La primera acabamos de mencionarla de costado: divorciar nuestros actos de sus consecuencias con la firme voluntad de agradar al que manda, de mostrarnos positivos y constructivos, y de no desplazarnos ni un milímetro de nuestra área de competencia y especialización (la empresa es nuestro departamento y nuestro departamento somos sólo nosotros y nuestra tribu) en la que nos sentimos cómodos.

 

Algo más

Pero no basta con no querer ver las consecuencias de lo que hacemos sino que, para comportarnos como verdaderos estúpidos funcionales, resulta clave que no nos preguntemos por qué actuamos de este modo o nos contestemos con excusas como ‘siempre se ha hecho así’ o ‘así es cómo me lo han pedido’ y que no nos cuestionemos periódicamente nuestras premisas, algo especialmente útil para mantener unida a la tribu, al clan, a los nuestros.

Los ejemplos abundan y todo país que haya sufrido una crisis bancaria los conoce de primera mano. Los peores directivos de entidades financieras suelen presumir de que sus estructuras son como ejércitos gobernados con mano de hierro. Saben además que, cuando vienen mal dadas, resulta sencillo echar la culpa a los empleados. Es como si un general denuncia a los cadetes. La mecánica es muy sencilla.

Primero, les exiges que vendan unos productos peligrosos en los que no creen  y que, muchas veces, no entienden. Les dices que no les pagas por pensar sino por vender y… deslizas la amenaza de que nadie es imprescindible. Después, premias a los más imprudentes y los encumbras como ejemplos a seguir. Finalmente, cuando llegan los impagos, pones el ventilador de la basura con dirección a esos ejemplos, hoy convertidos en la encarnación de la miseria moral. Es un sistema que alienta la estupidez funcional desde la cúspide y que espera que esa estupidez y esa inconsciencia se repliquen en la base de la pirámide. Con dinero y temor, muchas veces lo consiguen.

La segunda característica es que la estupidez funcional no es propia de auténticos estúpidos, sino de profesionales perfectamente capaces e incluso muy inteligentes. Spicer y Alvesson los identifican como los sumos sacerdotes de este mandamiento idiota: no provoques problemas y no le digas a la gente las malas noticias que no quiere oír.

La clave es que, al igual que en el colegio, tendemos a querer formar parte del augusto rebaño, de la tribu, el mundo de los trabajadores que ascienden o esperan ascender pronto, en el paraíso de los integrados. En un homenaje cruel a Umberto Eco, nadie quiere ser apocalíptico; todos queremos ser integrados.

La estupidez funcional no es propia de auténticos estúpidos, sino de profesionales perfectamente capaces e incluso muy inteligentes

Ese augusto rebaño, capitaneado por el (por lo general macho) cabrío nos ofrece un pacto fáustico. «Cumple las normas», dice entre balidos, ojos chispeantes y muecas que imitan a una sonrisa burlona, «y te acogeremos. Suspende tu juicio para abrazar el nuestro y serás normal». Si todos hacemos el imbécil, nadie podrá decirnos lo imbéciles que somos.

De hecho, modificaremos el concepto de la estupidez para ajustarlo como un guante de látex a todos los que se nos opongan o revelen nuestra verdadera naturaleza. Llamaremos y castigaremos como insolidarios a todos los que nos desafíen con su comportamiento. Somos capaces de ser vagos y exigir subidas salariales colectivas como premio al esfuerzo. Unidos, castigaremos a todos los que quieran proponer algo nuevo. Unidos seremos fuertes… y unidos nunca dejaréis de ser mediocres.

La tercera característica de la estupidez funcional es que, en muchas ocasiones, da buen resultado. Spicer y Alvesson recuerdan que, aunque pueda resultar contraintuitivo, copiar erróneamente a otras empresas a las que se admira (¡quiero ser como Apple!) puede ayudar a poner en marcha reformas importantes y útiles para una compañía y propulsar la imagen del negocio con marketing hasta extremos irreales puede mejorar la moral de la tropa y que eso facilite la transición de una oficina cutre a una oficina donde muchos quieren trabajar.

Por supuesto, la cortina de lluvia de mensajes incesantemente triunfales (y falsos) puede traducirse en más cohesión entre los miembros de la plantilla. No serán ni los primeros ni los últimos en ser felices y sentirse especiales y unidos como pueblo gracias a la propaganda.

 

Muy pocos pueden negarse

La cuarta gran característica de la estupidez funcional es que en la inmensa mayoría de los empleos es necesaria y hasta obligatoria en muchos casos, si no quieres que te echen o resignarte a no ascender nunca.

Mats Alvesson y André Spicer admiten que han podido aumentar las ocupaciones intensivas en conocimiento donde se exige la creatividad y la innovación, y se exigen análisis avanzados de las cuestiones que se tratan.

Pero justo después de eso nos arrojan un jarro de agua bien fría: esas ocupaciones representan un porcentaje muy pequeño incluso en los países avanzados y hay informes que sugieren que apenas se han incrementado desde principios del siglo XXI. Les parece increíble que llamemos a esto una economía basada en la innovación, la creatividad y el conocimiento.

Vamos a ver, advierten, que en primer lugar no está claro que la mayoría de las grandes innovaciones de los últimos años no sean simplemente desarrollos de otras, mucho mayores, que ocurrieron antes de los 80. Por si fuera poco, siguen, un análisis reciente del Departamento de Trabajo estadounidense muestra que en 2010 sólo el 20% de los empleos exigían un título universitario en la primera economía mundial.

Para concluir, recuerdan tres realidades que casi hacen daño a la vista. La primera es que el bum y masificación de los títulos de educación superior han rebajado su calidad y que un estudio que incluía a 2.300 licenciados de 23 universidades estadounidenses reconocía que el 36% de los graduados no habían mejorado su capacidad de análisis después de pasar por las aulas. Un universitario ha dejado de ser, automáticamente, un trabajador ideal para un trabajo intensivo en conocimiento aunque sus profesores y familias le digan lo contrario.  

La segunda realidad que hace daño es que, como indican Spicer y Alvesson, el 40% de los jóvenes de muchos países desarrollados van a la universidad y eso significa que, aunque todos estuvieran preparados para ser profesionales creativos, realmente el mercado, con aproximadamente un 20% de ocupaciones que respondan a sus expectativas, no podría absorberlos en posiciones cualificadas.

La cuarta gran característica de la estupidez funcional es que en la inmensa mayoría de los empleos es necesaria y hasta obligatoria en muchos casos, si no quieres que te echen o resignarte a no ascender nunca

Muchos se están viendo obligados a que les paguen, sobre todo, por pensar poco y obedecer mucho y con eficiencia. Se ven obligados a comportarse como lo que Alvesson y Spicer llaman estúpidos funcionales aunque no lo sean.  

La tercera realidad es que incluso en grandes las empresas que sacan pecho de su vocación por los servicios avanzados y creativos, existen cientos o miles de puestos en los que los trabajadores son sencillamente machacas con títulos rimbombantes y protocolos increíblemente rígidos.

Es difícil precisar qué es innovación y qué no en los trabajos de una consultora internacional, precisamente porque el hecho de presentarlos como ‘innovadores’ e ‘intensivos en conocimiento’ los hace más caros y, por lo tanto, las empresas se afanan en hacer pasar por creatividad la aplicación de una simple fórmula convencional.

The Stupidity Paradox, de Mats Alvesson y André Spicer, es una cura de humildad o una inyección de dudas para todos los que hayan sentido alguna vez que nos encontramos, con toda seguridad, en una época que favorece masivamente a los creativos y a los innovadores, y que es capaz de ofrecer a la mayoría de la sociedad la oportunidad de que le paguen por imprimir su identidad, su imaginación y su talento en un producto y en un servicio que cambien la vida de alguien.

Puede que el cielo sea más azul de lo que lo pintan los autores, pero las experiencias de millones de universitarios en puestos precarios y repetitivos, por ejemplo en España, nos recuerdan que esta visión extrema tiene un inquietante punto de razón.

Es duro reconocerlo en tiempos donde la inteligencia y la creatividad son tan valoradas (de boquilla) por todos, pero lo cierto es que ser idiota, hacerse el idiota y liderar para presuntos idiotas (¡Seguid mi ejemplo! ¡Amad nuestra común imbecilidad!) son prácticas extremadamente comunes en la oficina que se potencian desde todos los ángulos de la empresa. La cabeza dura debería destacarse entre las habilidades blandas de estos pastores de la turba.

Mats Alvesson y André Spicer, dos académicos internacionales especializados en gestión y organización de personal, han llegado con su reciente libro, The Stupidity Paradox, a la conclusión de que las corporaciones funcionan todos los días gracias a la estupidez funcional de quienes las sostienen y sus seguidores.

Asumen que incentivar sinceramente la creatividad y el pensamiento crítico ralentizaría sus decisiones y la implementación de la estrategia, que debilitaría la eficiente cadena de mando y que las zambulliría en un torrente de autocuestionamiento sin fin. Serían pasto de otros depredadores menos inteligentes pero más rápidos. Nadie quiere jugar al ajedrez con una serpiente de cascabel hambrienta. Puedes pensar mejor que ella, pero sentirás igualmente los colmillos en la espalda.

Es verdad que una empresa asamblearia, igual que una democracia o que una familia donde se persuade en vez de imponer, se mueve más lentamente. También lo es, sin embargo, que una firma que no piensa y que cultiva y abona la estupidez con el estiércol del liderazgo idiota suele acabar naufragando, según ellos, de forma ridícula. Los errores garrafales se cometen una y otra vez, y se acumulan durante meses. Todos aseguran cumplir órdenes. Nadie se preocupa por las consecuencias. Todos lo hacen por inercia y se convierten así en los amanuenses de la idiocia.

La estupidez funcional reúne cuatro grandes características que la hacen muy fácil de reconocer según Alvesson y Spicer. La primera acabamos de mencionarla de costado: divorciar nuestros actos de sus consecuencias con la firme voluntad de agradar al que manda, de mostrarnos positivos y constructivos, y de no desplazarnos ni un milímetro de nuestra área de competencia y especialización (la empresa es nuestro departamento y nuestro departamento somos sólo nosotros y nuestra tribu) en la que nos sentimos cómodos.

 

Algo más

Pero no basta con no querer ver las consecuencias de lo que hacemos sino que, para comportarnos como verdaderos estúpidos funcionales, resulta clave que no nos preguntemos por qué actuamos de este modo o nos contestemos con excusas como ‘siempre se ha hecho así’ o ‘así es cómo me lo han pedido’ y que no nos cuestionemos periódicamente nuestras premisas, algo especialmente útil para mantener unida a la tribu, al clan, a los nuestros.

Los ejemplos abundan y todo país que haya sufrido una crisis bancaria los conoce de primera mano. Los peores directivos de entidades financieras suelen presumir de que sus estructuras son como ejércitos gobernados con mano de hierro. Saben además que, cuando vienen mal dadas, resulta sencillo echar la culpa a los empleados. Es como si un general denuncia a los cadetes. La mecánica es muy sencilla.

Primero, les exiges que vendan unos productos peligrosos en los que no creen  y que, muchas veces, no entienden. Les dices que no les pagas por pensar sino por vender y… deslizas la amenaza de que nadie es imprescindible. Después, premias a los más imprudentes y los encumbras como ejemplos a seguir. Finalmente, cuando llegan los impagos, pones el ventilador de la basura con dirección a esos ejemplos, hoy convertidos en la encarnación de la miseria moral. Es un sistema que alienta la estupidez funcional desde la cúspide y que espera que esa estupidez y esa inconsciencia se repliquen en la base de la pirámide. Con dinero y temor, muchas veces lo consiguen.

La segunda característica es que la estupidez funcional no es propia de auténticos estúpidos, sino de profesionales perfectamente capaces e incluso muy inteligentes. Spicer y Alvesson los identifican como los sumos sacerdotes de este mandamiento idiota: no provoques problemas y no le digas a la gente las malas noticias que no quiere oír.

La clave es que, al igual que en el colegio, tendemos a querer formar parte del augusto rebaño, de la tribu, el mundo de los trabajadores que ascienden o esperan ascender pronto, en el paraíso de los integrados. En un homenaje cruel a Umberto Eco, nadie quiere ser apocalíptico; todos queremos ser integrados.

La estupidez funcional no es propia de auténticos estúpidos, sino de profesionales perfectamente capaces e incluso muy inteligentes

Ese augusto rebaño, capitaneado por el (por lo general macho) cabrío nos ofrece un pacto fáustico. «Cumple las normas», dice entre balidos, ojos chispeantes y muecas que imitan a una sonrisa burlona, «y te acogeremos. Suspende tu juicio para abrazar el nuestro y serás normal». Si todos hacemos el imbécil, nadie podrá decirnos lo imbéciles que somos.

De hecho, modificaremos el concepto de la estupidez para ajustarlo como un guante de látex a todos los que se nos opongan o revelen nuestra verdadera naturaleza. Llamaremos y castigaremos como insolidarios a todos los que nos desafíen con su comportamiento. Somos capaces de ser vagos y exigir subidas salariales colectivas como premio al esfuerzo. Unidos, castigaremos a todos los que quieran proponer algo nuevo. Unidos seremos fuertes… y unidos nunca dejaréis de ser mediocres.

La tercera característica de la estupidez funcional es que, en muchas ocasiones, da buen resultado. Spicer y Alvesson recuerdan que, aunque pueda resultar contraintuitivo, copiar erróneamente a otras empresas a las que se admira (¡quiero ser como Apple!) puede ayudar a poner en marcha reformas importantes y útiles para una compañía y propulsar la imagen del negocio con marketing hasta extremos irreales puede mejorar la moral de la tropa y que eso facilite la transición de una oficina cutre a una oficina donde muchos quieren trabajar.

Por supuesto, la cortina de lluvia de mensajes incesantemente triunfales (y falsos) puede traducirse en más cohesión entre los miembros de la plantilla. No serán ni los primeros ni los últimos en ser felices y sentirse especiales y unidos como pueblo gracias a la propaganda.

 

Muy pocos pueden negarse

La cuarta gran característica de la estupidez funcional es que en la inmensa mayoría de los empleos es necesaria y hasta obligatoria en muchos casos, si no quieres que te echen o resignarte a no ascender nunca.

Mats Alvesson y André Spicer admiten que han podido aumentar las ocupaciones intensivas en conocimiento donde se exige la creatividad y la innovación, y se exigen análisis avanzados de las cuestiones que se tratan.

Pero justo después de eso nos arrojan un jarro de agua bien fría: esas ocupaciones representan un porcentaje muy pequeño incluso en los países avanzados y hay informes que sugieren que apenas se han incrementado desde principios del siglo XXI. Les parece increíble que llamemos a esto una economía basada en la innovación, la creatividad y el conocimiento.

Vamos a ver, advierten, que en primer lugar no está claro que la mayoría de las grandes innovaciones de los últimos años no sean simplemente desarrollos de otras, mucho mayores, que ocurrieron antes de los 80. Por si fuera poco, siguen, un análisis reciente del Departamento de Trabajo estadounidense muestra que en 2010 sólo el 20% de los empleos exigían un título universitario en la primera economía mundial.

Para concluir, recuerdan tres realidades que casi hacen daño a la vista. La primera es que el bum y masificación de los títulos de educación superior han rebajado su calidad y que un estudio que incluía a 2.300 licenciados de 23 universidades estadounidenses reconocía que el 36% de los graduados no habían mejorado su capacidad de análisis después de pasar por las aulas. Un universitario ha dejado de ser, automáticamente, un trabajador ideal para un trabajo intensivo en conocimiento aunque sus profesores y familias le digan lo contrario.  

La segunda realidad que hace daño es que, como indican Spicer y Alvesson, el 40% de los jóvenes de muchos países desarrollados van a la universidad y eso significa que, aunque todos estuvieran preparados para ser profesionales creativos, realmente el mercado, con aproximadamente un 20% de ocupaciones que respondan a sus expectativas, no podría absorberlos en posiciones cualificadas.

La cuarta gran característica de la estupidez funcional es que en la inmensa mayoría de los empleos es necesaria y hasta obligatoria en muchos casos, si no quieres que te echen o resignarte a no ascender nunca

Muchos se están viendo obligados a que les paguen, sobre todo, por pensar poco y obedecer mucho y con eficiencia. Se ven obligados a comportarse como lo que Alvesson y Spicer llaman estúpidos funcionales aunque no lo sean.  

La tercera realidad es que incluso en grandes las empresas que sacan pecho de su vocación por los servicios avanzados y creativos, existen cientos o miles de puestos en los que los trabajadores son sencillamente machacas con títulos rimbombantes y protocolos increíblemente rígidos.

Es difícil precisar qué es innovación y qué no en los trabajos de una consultora internacional, precisamente porque el hecho de presentarlos como ‘innovadores’ e ‘intensivos en conocimiento’ los hace más caros y, por lo tanto, las empresas se afanan en hacer pasar por creatividad la aplicación de una simple fórmula convencional.

The Stupidity Paradox, de Mats Alvesson y André Spicer, es una cura de humildad o una inyección de dudas para todos los que hayan sentido alguna vez que nos encontramos, con toda seguridad, en una época que favorece masivamente a los creativos y a los innovadores, y que es capaz de ofrecer a la mayoría de la sociedad la oportunidad de que le paguen por imprimir su identidad, su imaginación y su talento en un producto y en un servicio que cambien la vida de alguien.

Puede que el cielo sea más azul de lo que lo pintan los autores, pero las experiencias de millones de universitarios en puestos precarios y repetitivos, por ejemplo en España, nos recuerdan que esta visión extrema tiene un inquietante punto de razón.

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Opiniones 32
  • ja ja ja bonito ? si hablamos de sometimiento cuesta pensar en algo bonito, imposible…el mundo funciona así en la mayoría de los países los más altos dignatarios son los más grandes sometidos

  • Muy buen post. El problema, como yo lo veo, pasa porque el sistema de relaciones laborales se desarrolla en una realidad en la que las organizaciones jerárquicas tienen el mayor peso dentro de las economías y el mundo empresarial. Opino que deberíamos de tender hacia la expansión de modelos más cooperativos y orgánicos. Esto per se no debería de ir contra la competitividad, siempre que predominara una cultura de la participación y reparto de responsabilidades.
    Por otro lado, sobre el famoso problema de la titulitis, totalmente de acuerdo con el análisis de la situación. Creo que coincideremos en que el problema de raíz está en la percepción distorsionada de la universidad como catalizador para el éxito laboral, cuando en realidad debería de ser el caldo en el que desarrollarnos intelectualmente, y no solo en la juventud, sino a lo largo de toda la vida.
    Gracias por tu trabajo.

  • Recomiendo la lectura del ensayo «Leyes fundamentales de la estupidez humana» de Carlos María Cipolla. (Se encuentra fácilmente en pdf. Tiene ya años) Es cortito y como mínimo divertido. Quizás los autores de «The Stupidity Paradox» lo hayan leído.
    Excelente artículo.

  • jojojo, esto sucede en mi empresa, los buenos profesionales son los ultimos en promocionar, y los vagos y simpaticos son los mas valorados, x eso yo me hago el estuido

  • muy buen trabajo, justo pienso lo mismo, muchas personas tienen el mundo enfrente y parece que llevasen blinkers todo el tiempo, «porque haces eso?, no se porque tengo que hacer algo y así me lo han dicho que lo haga, ajaaaaa y si no quiere hacer eso porque continúa haciéndolo, no se porque asi debe ser, así lo han hecho todos» , multipliquenlo por lo que quiera en el país que quiera en la época que quiera.

  • Por lo regular éso sucede a niveles de liderazgo donde hay competencia entre ellos, y el que un empleado de menor rango sea mas inteligente que un lider signifique que éste pueda llegar a ser desplazado. Aqui en Mexicali, B.C. existió una planta japonesa donde los mismos gerentes mexicanos por sus malas desiciones y falta de liderazgo hacian a un lado a personas mas capacitadas hicieron que ésta perdiera clientes potenciales cerrando finalmente sus instalaciones.

  • Acabando 2016 y seguimos dándole pávulo a este tipo de obviedades? Bravo por nosotros. Que en la mayoría (no en las que salen en los artículos habitualmente) de los puestos de trabajo te piden que seas creativo al mismo tiempo que lo que realmente exigen es el «ver, oir y callar» de toda la vida no es nuevo ni ha aparecido con la crisis. De hecho el que critica (aunque sea constructivamente) y pide recursos es visto en la empresa como un sindicalista capaz de decirle a sus compañeros cualquier barbaridad que cuestione a sus (muy) idiotas jefes y/o dueños y eso les da miedo (a esos dueños o gerentes), porque no nos han enseñado a gestionar las críticas. En este pais cuando algo no sale bien es un fracaso, no una manera de aprender a hacer las cosas de otra manera. Hemos jubilado a todas aquellas personas que podrian ayudarnos con este tipo de cosas porque eran muy caros y lo estamos pagando fuertecito. Hace tiempo que solo miramos los numeros en las empresas y la razón por la que antes habia gerentes y contables y ahora contables metidos a gerentes es porque no todo va de numeros. Porque llega un momento en el que mirando solo los numeros no salen las cosas como querias, porque existe una vertiente «humana» a la que cada vez se le hace menos caso y afecta mucho a la producción. En una oficina se produce más con 20 empleados que con 15? Seguramente si, pero y si esos 20 empleados estan «quemados» y los 15 van contentos a trabajar porque les tratan bien en el trabajo e invierten en su bienestar?. Ahí hay un punto humano que pocas veces se tiene en cuenta porque no se puede cuantificar y eso nos va a matar a la hora de trabajar, pero hasta que no pase…buff

  • Absolutamente aterrador pero cierto…precisamente hace poco comentábamos con una compañera que estamos hartas de hacernos pasar por imbéciles para no tener problemas en el trabajo. Morderte la lengua y sonreír es la actitud más premiada en muchos sitios.

  • si quereis algo parecido pero en español directamente, os recomiendo el libro de Jose Antonio Marina titulado «la inteligencia fracasada».
    Este es nuestro,

  • Defender y mejorar lo que uno es, tener una búsqueda constante de conocimiento para aplicarlo, haciendo lo que realmente se quiere, modificando hábitos negativos que enferman, estar en continuo movimiento…

  • Verdades como puños, si quieres perdurar no pienses no critiques tan solo sigue al rebaño y disfruta del gran pesebre que te ofrece tu empresa . Los inconformistas han de tener la maleta con ruedas preparada. Claro que en algunos casos se impone el sentido común y los grandes dinosaurios caen por su propio peso y dejan a los demás respirar el aire que ellos consumían y viciaban.

    DOS frases para concluir:
    1. Contrata a los mejores y que hagan lo que ellos saben o contrata a los más baratos para que ellos hagan lo que tú dices

    2. Quien dice que es caro contratar a un profesional cualificado es por qué no sabe cuánto cuesta un incompetente

    El miedo solo está en la cabeza de los incapaces.

  • Interesante, el libro (y muy bien escrita su reseña, dicho sea de paso).
    Me parece percibir algo de lo que cuentan los autores en su libro. Pero tengo la esperanza de que otra cosa que percibo pueda equilibrar un poco la balanza. Me refiero a la cantidad de profesionales que ya han descubierto que lo que les hace felices es sentirse orgullosos del trabajo que hacen. Es algo que no había visto hace unos años y que hoy en día creo que se da mucho más.
    Es, si acaso, una esperanza que nos queda 😀

  • En el sector público te prefieren estúpido y corrupto, sino eres ambas cosas (y en el nivel máximo) , estás fuera. En universidades de medio pelo en el Perú (Mediocres, calidad académica nula) también. Si eres bueno, eres un peligro, un subversivo. Y lo más dramático o trágico cómico es que los estúpidos, mediocres, corruptos son los que ocupan los cargos y abusan del poder. ¿Esta es una maldición de la cultura latina?

  • Enhorabuena por el artículo. Me ha encantado conocer el blog y he disfrutado muchísimo con el post. Gracias por observar la realidad con el tacto que lo hacéis. Las corrientes de la participación ya se han señalado en obras como esta: Sánchez, A. L. (2004). La participación de los trabajadores en la democracia industrial (Vol. 170). Los libros de la Catarata. Aunque habéis ido más allá con una lucidez magnífica. Me ha encantado.

  • el maldito sistema nos esclaviza nos hace dependientes de el…Dios quiera que se acabe pronto y ellos saben que si que se va acabar por lo cual siguen exprimiendo lo que no es para exprimir

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