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Relatos ortográficos: Etcétera y los puntos suspensivos se odian a muerte

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Contaba doña Luisa que Arturo y Leo ya se odiaban cuando se estaban desarrollando en su vientre. Durante la gestación, no hacían más que moverse y ella sentía la rabia que había en las patadas que los dos fetos se regalaban dentro de su cuerpo. «Eso es que te van a salir moviditos», le decían las amigas cuando comentaba lo incómoda que se sentía al notar aquellas peleas en su tripa. Pero la pobre mujer tenía el pálpito de que aquello no era energía y nervios, sino algo más grave.

Después, cuando nacieron, las sospechas de doña Luisa quedaron demostradas. Los dos hermanos se odiaban con tanta fuerza que resultaba muy difícil tenerlos en la misma cuna. Daba angustia ver cómo aquellas dos criaturitas, aquellos dos preciosos bebés que parecían salidos de un calendario, se arañaban y golpeaban cuando les tumbaban uno frente al otro en el nido. La cosa tampoco mejoró cuando se fueron haciendo mayores. Al contrario, la inquina que se tenían crecía con ellos. Si estaban juntos, había bronca. Solo llegaba la paz si no se veían.

Doña Luisa, que era una mujer piadosa, en lugar de consultar con algún profesional de la psicología, prefirió acudir a su párroco, que no dudó en recomendarle mucha oración, mucha resignación cristiana y un generoso donativo para santa Rita, patrona de los imposibles y del pueblo en el que vivían, para que la santa obrara el milagro de apaciguar a los dos hermanos. Pero viendo que la cosa no funcionaba y que santa Rita no estaba por la labor de escucharla, a la buena mujer solo le quedó una opción: enviarles cada uno a un colegio diferente e internarles allí para que no tuvieran ni el más mínimo contacto. Y asumir que tenía que quererlos por turnos y hacerse las fotos de familia por separado con cada uno de ellos para que luego su sobrina, la artista, le hiciera un montaje en Photoshop y parecer, al menos en el mundo virtual de la fotografía, una familia unida.

Ni siquiera el día que doña Luisa falleció fueron capaces Arturo y Leo de firmar una tregua. Dos veces tuvieron que enterrar a la pobre mujer para complacer a cada uno de sus vástagos y evitar que en lugar de un funeral hubiera tres. De santa Rita, por cierto, sigue sin haber noticias.

Los odios, como los amores, son inexplicables. Se sienten y punto. La historia de Arturo y Leo puede ser también la historia de etcétera (y su abreviatura, etc.) con los puntos suspensivos. No hay manera de que puedan ir juntos. Por mucho que alguien se empeñe en colocarlos unos detrás de otra, se tienen tanto asco que si no quieres ver cómo se genera en tu texto la III Guerra Mundial, es mejor que te abstengas de escribir: *etcétera…/etc… ¿Por qué? Porque es una redundancia, o lo que es lo mismo, porque al hacerlo te repites más que el chorizo. Los puntos suspensivos, dice la Ortografía de la lengua española, pueden aparecer «al final de enumeraciones abiertas o incompletas con el mismo valor que la palabra etcétera o su abreviatura […]. Debe evitarse, por redundante, la aparición conjunta de ambos elementos». La Fundéu, que es más moderna, lo explica igual de bien en este vídeo.

Por tanto, escribir cositas como *«Cuando acabe el confinamiento me iré al bar a jartarme de cerveza, bravas, chopitos, etcétera…» no hablará muy bien de ti. Como tampoco lo hará plantar en un texto cosas como *«Haz lo que te dé la gana: ríe, llora, salta, baila…, etc.», por mucho que te hayas acordado de escribir el punto en el etc. abreviado.

Tampoco está de más recordar que, por convención, debe escribirse una coma antes de su aparición en una frase, ya escribas etcétera o etc. y después de ellas, si sigue el enunciado, aunque forme parte del sujeto: «Comer, dormir, caminar por el pasillo, hacer videollamadas, etc./etcétera, son mis ocupaciones estos días». Ya ves, hay ocasiones en que la coma criminal no es tan criminal.

¿Se pueden explicar las normas ortográficas, la gramática o esas dificultades que a veces muestra el léxico como si fueran un cuento? La respuesta a la pregunta es sí.

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Contaba doña Luisa que Arturo y Leo ya se odiaban cuando se estaban desarrollando en su vientre. Durante la gestación, no hacían más que moverse y ella sentía la rabia que había en las patadas que los dos fetos se regalaban dentro de su cuerpo. «Eso es que te van a salir moviditos», le decían las amigas cuando comentaba lo incómoda que se sentía al notar aquellas peleas en su tripa. Pero la pobre mujer tenía el pálpito de que aquello no era energía y nervios, sino algo más grave.

Después, cuando nacieron, las sospechas de doña Luisa quedaron demostradas. Los dos hermanos se odiaban con tanta fuerza que resultaba muy difícil tenerlos en la misma cuna. Daba angustia ver cómo aquellas dos criaturitas, aquellos dos preciosos bebés que parecían salidos de un calendario, se arañaban y golpeaban cuando les tumbaban uno frente al otro en el nido. La cosa tampoco mejoró cuando se fueron haciendo mayores. Al contrario, la inquina que se tenían crecía con ellos. Si estaban juntos, había bronca. Solo llegaba la paz si no se veían.

Doña Luisa, que era una mujer piadosa, en lugar de consultar con algún profesional de la psicología, prefirió acudir a su párroco, que no dudó en recomendarle mucha oración, mucha resignación cristiana y un generoso donativo para santa Rita, patrona de los imposibles y del pueblo en el que vivían, para que la santa obrara el milagro de apaciguar a los dos hermanos. Pero viendo que la cosa no funcionaba y que santa Rita no estaba por la labor de escucharla, a la buena mujer solo le quedó una opción: enviarles cada uno a un colegio diferente e internarles allí para que no tuvieran ni el más mínimo contacto. Y asumir que tenía que quererlos por turnos y hacerse las fotos de familia por separado con cada uno de ellos para que luego su sobrina, la artista, le hiciera un montaje en Photoshop y parecer, al menos en el mundo virtual de la fotografía, una familia unida.

Ni siquiera el día que doña Luisa falleció fueron capaces Arturo y Leo de firmar una tregua. Dos veces tuvieron que enterrar a la pobre mujer para complacer a cada uno de sus vástagos y evitar que en lugar de un funeral hubiera tres. De santa Rita, por cierto, sigue sin haber noticias.

Los odios, como los amores, son inexplicables. Se sienten y punto. La historia de Arturo y Leo puede ser también la historia de etcétera (y su abreviatura, etc.) con los puntos suspensivos. No hay manera de que puedan ir juntos. Por mucho que alguien se empeñe en colocarlos unos detrás de otra, se tienen tanto asco que si no quieres ver cómo se genera en tu texto la III Guerra Mundial, es mejor que te abstengas de escribir: *etcétera…/etc… ¿Por qué? Porque es una redundancia, o lo que es lo mismo, porque al hacerlo te repites más que el chorizo. Los puntos suspensivos, dice la Ortografía de la lengua española, pueden aparecer «al final de enumeraciones abiertas o incompletas con el mismo valor que la palabra etcétera o su abreviatura […]. Debe evitarse, por redundante, la aparición conjunta de ambos elementos». La Fundéu, que es más moderna, lo explica igual de bien en este vídeo.

Por tanto, escribir cositas como *«Cuando acabe el confinamiento me iré al bar a jartarme de cerveza, bravas, chopitos, etcétera…» no hablará muy bien de ti. Como tampoco lo hará plantar en un texto cosas como *«Haz lo que te dé la gana: ríe, llora, salta, baila…, etc.», por mucho que te hayas acordado de escribir el punto en el etc. abreviado.

Tampoco está de más recordar que, por convención, debe escribirse una coma antes de su aparición en una frase, ya escribas etcétera o etc. y después de ellas, si sigue el enunciado, aunque forme parte del sujeto: «Comer, dormir, caminar por el pasillo, hacer videollamadas, etc./etcétera, son mis ocupaciones estos días». Ya ves, hay ocasiones en que la coma criminal no es tan criminal.

¿Se pueden explicar las normas ortográficas, la gramática o esas dificultades que a veces muestra el léxico como si fueran un cuento? La respuesta a la pregunta es sí.

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