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18 de diciembre 2017    /   CREATIVIDAD
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El evocador diseño de las antiguas etiquetas de viaje

18 de diciembre 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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En el pasado, mucho antes de que los vuelos chárter y las líneas de bajo coste popularizasen los trayectos de larga distancia, las personas que viajaban eran básicamente de dos clases: los ricos… y los emigrantes.

Los que lo hacían por necesidad no tenían muchas ganas de recordar un periplo que podía durar semanas en camarotes destartalados. Los que lo hacían por placer estaban ansiosos por contar a sus allegados detalles sobre los lugares por los que habían pasado. Viajar, en su caso, era un signo de distinción y estatus.


El problema con el que se encontraban esos acomodados viajeros es que, como la fotografía doméstica todavía no se había popularizado, las únicas formas de probar que se había estado en esos lejanos lugares eran las tarjetas postales y los objetos del este artículo: las etiquetas de hotel.

Aunque estas pequeñas piezas gráficas existían desde finales del siglo XIX, fue en las primeras décadas del siglo XX cuando alcanzaron su máximo esplendor, coincidiendo con el mayor desarrollo de los ferrocarriles, las compañías navieras y los primeros viajes en avión.



Solían adquirirse en los hoteles en los que se alojaban los turistas, que acostumbraban a pegarlos en sus maletas y baúles, mucho más voluminosos y numerosos que ahora dado que, por entonces no existían las restricciones de la IATA ni de la Patriot Act.

Además de servir de souvenir, las etiquetas eran un soporte promocional óptimo para transmitir los conceptos de confort y lujo de las compañías navieras, de ferrocarril o los establecimientos hoteleros.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esas etiquetas se han convertido en un material gráfico muy interesante para conocer otros aspectos de la sociedad de la época; por ejemplo, los diferentes estilos artísticos en boga en ese momento. Creadas por artistas anónimos o grafistas de prestigio, como Mario Borgoni, Franz Lenhart o Filippo Romoli, en ellas es posible encontrar desde tipografías art noveau a composiciones formalistas inspiradas por la Bauhaus e incluso algún que otro experimento vanguardista.



Junto con el aspecto artístico, estos elementos destacan por su importante valor sociológico e histórico, dado que permiten conocer también los gustos de los viajeros, los destinos más demandados en esos años o hasta la situación política del mundo.

En ellas, países exóticos como Egipto o la India –por entonces bajo dominio inglés– compiten en preferencia con lugares como las estaciones de esquí de Saint Moritz, las ruinas de Atenas y Roma, la elegancia de Florencia y París, o los exuberantes destinos de ultramar, como Río de Janeiro, Caracas, Buenos Aires o Hong Kong.

Además, en una época en la que las reproducción gráfica en serie era muy precaria y apenas se disponía de imágenes reales de esos lugares, las etiquetas proporcionaban un efecto evocador y mágico imposible de transmitir en la actualidad con las fotografías de Instagram.




Hace unos años, casi un millar de esas etiquetas fueron recopiladas en World Tour. Vintage Hotel Labels From the Collection of Gaston-Louis Vuitton. Este libro, escrito por la chilena afincada en Francia Francisca Mattéoli recopila, en palabras de su autora, esas «pequeñas maravillas de diseño gráfico que evocan lejanos y exóticos lugares».

Lo más sorprendente de ese trabajo es que el material procede de la colección personal de Gaston-Louis Vuitton. El nieto del fundador de la prestigiosa casa de bolsos y baúles pasó su vida coleccionando esos trabajos gráficos, muchos de los cuales se pegaban en los productos de la marca.

De hecho, uno de los reclamos publicitarios de la compañía francesa era «Muéstreme su equipaje y le diré quién es». Una frase que puede ser excesivamente cruda, pero que contiene mucho de verdad, pues hay muchas diferencias entre el propietario de un baúl Louis Vuitton y el de una maleta de cartón atada con una cuerda de esparto.




En el pasado, mucho antes de que los vuelos chárter y las líneas de bajo coste popularizasen los trayectos de larga distancia, las personas que viajaban eran básicamente de dos clases: los ricos… y los emigrantes.

Los que lo hacían por necesidad no tenían muchas ganas de recordar un periplo que podía durar semanas en camarotes destartalados. Los que lo hacían por placer estaban ansiosos por contar a sus allegados detalles sobre los lugares por los que habían pasado. Viajar, en su caso, era un signo de distinción y estatus.


El problema con el que se encontraban esos acomodados viajeros es que, como la fotografía doméstica todavía no se había popularizado, las únicas formas de probar que se había estado en esos lejanos lugares eran las tarjetas postales y los objetos del este artículo: las etiquetas de hotel.

Aunque estas pequeñas piezas gráficas existían desde finales del siglo XIX, fue en las primeras décadas del siglo XX cuando alcanzaron su máximo esplendor, coincidiendo con el mayor desarrollo de los ferrocarriles, las compañías navieras y los primeros viajes en avión.



Solían adquirirse en los hoteles en los que se alojaban los turistas, que acostumbraban a pegarlos en sus maletas y baúles, mucho más voluminosos y numerosos que ahora dado que, por entonces no existían las restricciones de la IATA ni de la Patriot Act.

Además de servir de souvenir, las etiquetas eran un soporte promocional óptimo para transmitir los conceptos de confort y lujo de las compañías navieras, de ferrocarril o los establecimientos hoteleros.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esas etiquetas se han convertido en un material gráfico muy interesante para conocer otros aspectos de la sociedad de la época; por ejemplo, los diferentes estilos artísticos en boga en ese momento. Creadas por artistas anónimos o grafistas de prestigio, como Mario Borgoni, Franz Lenhart o Filippo Romoli, en ellas es posible encontrar desde tipografías art noveau a composiciones formalistas inspiradas por la Bauhaus e incluso algún que otro experimento vanguardista.



Junto con el aspecto artístico, estos elementos destacan por su importante valor sociológico e histórico, dado que permiten conocer también los gustos de los viajeros, los destinos más demandados en esos años o hasta la situación política del mundo.

En ellas, países exóticos como Egipto o la India –por entonces bajo dominio inglés– compiten en preferencia con lugares como las estaciones de esquí de Saint Moritz, las ruinas de Atenas y Roma, la elegancia de Florencia y París, o los exuberantes destinos de ultramar, como Río de Janeiro, Caracas, Buenos Aires o Hong Kong.

Además, en una época en la que las reproducción gráfica en serie era muy precaria y apenas se disponía de imágenes reales de esos lugares, las etiquetas proporcionaban un efecto evocador y mágico imposible de transmitir en la actualidad con las fotografías de Instagram.




Hace unos años, casi un millar de esas etiquetas fueron recopiladas en World Tour. Vintage Hotel Labels From the Collection of Gaston-Louis Vuitton. Este libro, escrito por la chilena afincada en Francia Francisca Mattéoli recopila, en palabras de su autora, esas «pequeñas maravillas de diseño gráfico que evocan lejanos y exóticos lugares».

Lo más sorprendente de ese trabajo es que el material procede de la colección personal de Gaston-Louis Vuitton. El nieto del fundador de la prestigiosa casa de bolsos y baúles pasó su vida coleccionando esos trabajos gráficos, muchos de los cuales se pegaban en los productos de la marca.

De hecho, uno de los reclamos publicitarios de la compañía francesa era «Muéstreme su equipaje y le diré quién es». Una frase que puede ser excesivamente cruda, pero que contiene mucho de verdad, pues hay muchas diferencias entre el propietario de un baúl Louis Vuitton y el de una maleta de cartón atada con una cuerda de esparto.




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