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10 de abril 2019    /   IDEAS
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Serendipia o eureka: dos formas de acertar muy diferentes

10 de abril 2019    /   IDEAS     por          
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Colón quería llegar a las Indias, pero se equivocó y descubrió América. Eso es una serendipia.

Según Wikipedia, una serendipia es un descubrimiento o un hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental, casual o por destino, o cuando se está buscando una cosa distinta.

Muchas de las grandes gestas de la historia (y otras no tan grandes) son fruto de esta hermosa palabra nacida a partir de una fábula persa del siglo XVIII. Desde el descubrimiento de la penicilina hasta el de la viagra, pasando por el post-it o el microondas.

Al otro lado está el eureka, la famosa interjección atribuida a Arquímedes de Siracusa cuando descubrió que el volumen de agua que asciende es igual al volumen del cuerpo sumergido.

Eureka es el encuentro con algo perseguido. Debió ser lo que gritaran Richard Francis Burton y John Hanning Speke cuando descubrieron las fuentes del Nilo en 1858, aunque, de hecho, un religioso español, el madrileño Pedro Páez, ya lo hubiera hecho con dos siglos de antelación.

Pero ya se sabe, en este país somos muy malos apuntándonos los méritos. Y si no, ahí están el autogiro de Juan de la Cierva o el submarino de Isaac Peral para demostrarlo.

Volviendo al tema, lo cierto es que en nuestra cultura el eureka está mucho más valorado que la serendipia. La fábula de Iriarte con su famoso «sonó la flauta por casualidad» o reflexiones despectivas del tipo «hasta un reloj estropeado acierta dos veces al día» son dos claros ejemplos.

Una discriminación completamente injusta, pues el hecho de que el azar nos eche una mano no disminuye en absoluto el mérito del hallazgo. La permanente disputa entre el acierto y el error es algo que nos sobrepasa. Y eso por una razón: en ocasiones, la historia nos demuestra que los aciertos solo son errores que se equivocan.

El hecho de que la serendipia sea mucho más sexi que el eureka es algo que saben muy bien los creativos publicitarios. Ellos utilizan frecuentemente el término insight para definir una verdad o un descubrimiento que, cuando le es revelado al consumidor a través de un anuncio, a este le resulta mucho más interesante y memorable que un beneficio obvio que ya habían descubierto por su cuenta.

Porque, en el fondo, la labor de la creatividad publicitaria consiste esencialmente en eso: en encontrar insights nuevos y relevantes y contarlos de una manera lo suficientemente atractiva como para que el consumidor asocie el placer de ese hallazgo con la marca que se lo descubre.

Resulta difícil de comprender la fascinación de la humanidad por el encuentro inesperado. Pero tal vez la razón sea que en el fondo sabemos que ese empujón que nos proporciona el azar es el que nos permite llegar más allá del límite que nos marcan nuestras propias limitaciones.

Lo que importa es el esfuerzo personal. Pero también hemos de contar con ese extraño valor añadido que nos ofrece la serendipia. Ya lo dijo Picasso: «La pintura es más fuerte que yo, siempre consigue que haga lo que ella quiere».

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Una discriminación completamente injusta, pues el hecho de que el azar nos eche una mano no disminuye en absoluto el mérito del hallazgo. La permanente disputa entre el acierto y el error es algo que nos sobrepasa. Y eso por una razón: en ocasiones, la historia nos demuestra que los aciertos solo son errores que se equivocan.

El hecho de que la serendipia sea mucho más sexi que el eureka es algo que saben muy bien los creativos publicitarios. Ellos utilizan frecuentemente el término insight para definir una verdad o un descubrimiento que, cuando le es revelado al consumidor a través de un anuncio, a este le resulta mucho más interesante y memorable que un beneficio obvio que ya habían descubierto por su cuenta.

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Resulta difícil de comprender la fascinación de la humanidad por el encuentro inesperado. Pero tal vez la razón sea que en el fondo sabemos que ese empujón que nos proporciona el azar es el que nos permite llegar más allá del límite que nos marcan nuestras propias limitaciones.

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Opiniones 1
  • «Durante tres o cuatro años fui hegeliano. Recuerdo el momento exacto en el que adopté esta doctrina. Fue en 1894, mientras caminaba por Trinity Lane. Había salido a comprar una lata de tabaco. A la vuelta la lancé repentinamente al aire, y exclamé: «¡Cáspita, el argumento ontológico es sólido!».» Bertrand Russell

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