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8 de mayo 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Un español unirá a nado los cinco continentes para mostrar lo cafres que somos

8 de mayo 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Algunas personas deciden salir de compras por la calle Preciados de Madrid; otras, hacer un trekking de un día por Picos de Europa; y otras, dar una vuelta al mundo caminando durante tres años o unir a nado los cinco continentes. Todo es cuestión de prioridades.

Nacho Dean comprendió que su destino era vivir salvaje, recorrer el mundo y hacerlo de la forma más lenta posible para no perderse ni un solo segundo de lo que pasaba a su alrededor. Por eso emprendió un viaje de tres años al que llamó Earth Wide Walk y por ello, también, está a punto de lanzarse a por su segundo gran reto, la Expedición Nemo.

Todo ello con un único objetivo: lanzar un mensaje de conservación del planeta Tierra (o evidenciar lo cafres que somos).

Preámbulo a lo cafres que somos

Pisas con el pie el pedal que levanta la tapa y tiras el envoltorio de la pizza precocinada que te acabas de zampar. El paquete de plástico rebota y cae al suelo: la bolsa amarilla está a reventar. Como buen ciudadano que conoce a la perfección la regla de las tres erres, comprimes el contenido como si fueses a hacer zumo de PVC, cierras la bolsa con un nudo doble Windsor y lo bajas al cubo amarillo.

El cubo está lleno, el resto de vecinos se te ha adelantado. «Bueno –piensas–, lo dejaré a un ladito. Total, solo serán unas horas». Subes sonriente porque piensas que has ayudado a salvar el mundo: esas bolsas acabarán recicladas y convertidas en nuevos plásticos que cubrirán las pizzas precocinadas del mañana.

Ingenuo.

Las bolsas tienen un plan mejor después de haber servido a la causa: retirarse a su paraíso terrenal, la isla de basura del Pacífico. Con una superficie de tres veces el tamaño de Francia, millones de partículas de plástico flotan felices bajo el sol disfrutando de una jubilación anticipada. Mientras, los peces y otros seres marinos llenan sus estómagos de policloruro de vinilo, algo que, a priori, no es muy compatible con la vida.

La Expedición Nemo

Nacho Dean conoce bien el océano. Su padre fue marinero, razón por la cual ha vivido en más de 20 lugares. Malagueño de origen y publicista de formación, con 32 años, en marzo de de 2013 dejó la vida que había conocido hasta ese momento para lanzarse a una aventura de tres años recorriendo el planeta al ritmo de un tuareg y con solo un carro por compañía. La llamó Earth Wide Walk.

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Su proyecto tenía también otro objetivo: lanzar un grito al cielo por la belleza y la diversidad del planeta Tierra. «Es un milagro estar vivos –cuenta Dean a Yorokobu–. Estamos de paso, merece la pena luchar por tus sueños. Aunque prácticamente todo ha sido ya dicho antes por alguien, tenemos el poder de escribir nuestra historia. El límite lo ponemos nosotros».

Después de su llegada a la Puerta del Sol de Madrid, Dean se refugió en un pequeño pueblo de Asturias para digerir todo lo vivido y escribir un libro al que llamó Libre y salvaje. Después de publicarlo y ver que el círculo ya estaba cerrado, sintió que había llegado el momento de embarcarse en otra aventura: la de los océanos: «Tenía esa espinita clavada –explica Dean–. Durante mi vuelta al mundo pasé sobre ellos casi sin tocarlos. Y eso es una paradoja, ¡más del 70% del planeta es agua!». Más o menos, la misma cantidad que forma el cuerpo humano.

eww-nacho-dean

El mensaje de la Expedición Nemo es muy similar al del Earth Wide Walk: «mostrar lo desprotegido que está el mundo respecto a nuestras acciones. El mar es el elemento más frágil del planeta, estamos perdiendo biodiversidad a velocidades alarmantes. Utilizamos los mares como vertedero y se prevé que, para 2050, habrá en el océano más plásticos que peces».

En busca de los estrechos

Lo puntos elegidos por Dean para llevar a cabo su proyecto son estrechos entre masas continentales: el de Gibraltar, entre Europa y África; el de Bering entre América y Asia; el del Bósforo entre  Europa y Asia; el de Aqaba entre Asia y África y el de Bismarck entre Asia y Oceanía. Cinco enclaves mundiales, cada uno con sus problemas medioambientales. Y también con sus riesgos.

«Todos tienen sus propios elementos a tener en cuenta –explica Dean–: en Gibraltar, el riesgo son los vientos y las fuertes corrientes; en Bering, la temperatura del agua, con una media de 3 grados. En el del Bósforo, el problema es que hay mucho tráfico mercante y muchos vertidos de hidrocarburos, mientras que en el mar Rojo el problema es su alta salinidad. El de Bismarck, por su parte, tiene el hándicap de ser un viaje muy largo hacia un lugar al que hay que aclimatarse, aparte de la fauna marina peligrosa, como son las medusas y los tiburones».

Por ello, Dean llevará con él un médico deportivo y deberá tener controlados los hospitales más próximos en caso de emergencia. «En fin, un reto apasionante», añade, con una risa que mezcla gozo y excitación.

aqaba

A diferencia del viaje anterior, en la Expedición Nemo Dean quiere realizar acciones concretas en cada uno de los lugares. Estas acciones se centrarán en reportajes audiovisuales que formarán parte de un futuro documental. En ellos pretende visualizar los problemas particulares de cada zona, como el de las aves migratorias en Gibraltar, los vertidos en el mar Negro o el riesgo de pérdida de plancton y otras especies en la zona polar por la apertura de nuevas rutas comerciales a causa del deshielo en el estrecho de Bering.

Para ello, Dean cuenta con el apoyo de diversas organizaciones como WWF, Oceana, Fundación Biodiversidad así como otras organizaciones locales. Aun así, pese a estos apoyos (a los que se suma la cadena de moda El Ganso, que ha lanzado una línea de zapatillas con materiales reciclados) Dean confiesa que, de momento, no cuenta con financiación más que para los dos primeros estrechos y sigue en la búsqueda de más patrocinadores.

El primer español, el séptimo humano en el mundo

Nacho Dean no es el primer humano en intentar unir continentes a través del agua. Antes de él, otros seis hombres lograron el reto. Dean logró contactar con dos de ellos: el argentino Matías Ola y el marroquí Hassan Baraka.

«Hassan Baraka me está ayudando mucho –explica Dean–. Cuando vio el calendario de cinco meses que me había planteado, me dijo que no lo apretase tanto, que es un reto muy exigente. Por ello es probable que tenga que alargar las previsiones. Por esto y por el tema de logística y financiación».

a-mundo

Cuando se le pregunta si en algún momento ha dudado si seguir adelante con su reto, Dean responde con seguridad: «No, no he pensado en abandonar, pero sí que ha habido momentos en los que me sentido ante algo inabarcable para una sola persona. Por fortuna, tengo un equipo que me está ayudando mucho. Llevo un año trabajando en ello, 24 horas al día, 7 días a la semana, entrenando, planificando, buscando patrocinadores… Cada hora cuenta».

Cuando habla de sus entrenamientos, parece como si se tratase de la preparación de un astronauta: «nadar en el mar es distinto a nadar en un embalse. Tienes que pensar en cada brazada, no tienes más referencias que el barco de apoyo. Tienes que dividir la travesía en sesiones de entrenamiento –2 horas diarias de 6 kilómetros de distancia–, terminar la primera, continuar con la segunda y, cuando ya estas reventado, pensar que solo te queda otra, como las tantas que has hecho durante un año entero».

Pese a la exigencia que supone el reto –que comenzará el 8 de junio de 2018– y la presión psicológica que supone tener tantos ojos atentos para que cumpla el objetivo, Dean se siente excitado por estar en contacto con la naturaleza salvaje, «el lugar donde me encuentro libre y donde mejor me siento».

El mensaje que quiere comunicar al mundo es su otro gran motor, el cual no enfoca desde la denuncia, sino desde la pasión. «Es más efectivo llamar desde la pasión que desde la culpa. El lenguaje emotivo es más fácil que cale como mensaje, por eso mi intención es hacer llegar un mensaje de amor por el planeta más que de culpabilidad por cómo lo estamos destrozando».

Que tiemblen los plásticos en su isla del Pacífico, Nacho Dean ha llegado.

Algunas personas deciden salir de compras por la calle Preciados de Madrid; otras, hacer un trekking de un día por Picos de Europa; y otras, dar una vuelta al mundo caminando durante tres años o unir a nado los cinco continentes. Todo es cuestión de prioridades.

Nacho Dean comprendió que su destino era vivir salvaje, recorrer el mundo y hacerlo de la forma más lenta posible para no perderse ni un solo segundo de lo que pasaba a su alrededor. Por eso emprendió un viaje de tres años al que llamó Earth Wide Walk y por ello, también, está a punto de lanzarse a por su segundo gran reto, la Expedición Nemo.

Todo ello con un único objetivo: lanzar un mensaje de conservación del planeta Tierra (o evidenciar lo cafres que somos).

Preámbulo a lo cafres que somos

Pisas con el pie el pedal que levanta la tapa y tiras el envoltorio de la pizza precocinada que te acabas de zampar. El paquete de plástico rebota y cae al suelo: la bolsa amarilla está a reventar. Como buen ciudadano que conoce a la perfección la regla de las tres erres, comprimes el contenido como si fueses a hacer zumo de PVC, cierras la bolsa con un nudo doble Windsor y lo bajas al cubo amarillo.

El cubo está lleno, el resto de vecinos se te ha adelantado. «Bueno –piensas–, lo dejaré a un ladito. Total, solo serán unas horas». Subes sonriente porque piensas que has ayudado a salvar el mundo: esas bolsas acabarán recicladas y convertidas en nuevos plásticos que cubrirán las pizzas precocinadas del mañana.

Ingenuo.

Las bolsas tienen un plan mejor después de haber servido a la causa: retirarse a su paraíso terrenal, la isla de basura del Pacífico. Con una superficie de tres veces el tamaño de Francia, millones de partículas de plástico flotan felices bajo el sol disfrutando de una jubilación anticipada. Mientras, los peces y otros seres marinos llenan sus estómagos de policloruro de vinilo, algo que, a priori, no es muy compatible con la vida.

La Expedición Nemo

Nacho Dean conoce bien el océano. Su padre fue marinero, razón por la cual ha vivido en más de 20 lugares. Malagueño de origen y publicista de formación, con 32 años, en marzo de de 2013 dejó la vida que había conocido hasta ese momento para lanzarse a una aventura de tres años recorriendo el planeta al ritmo de un tuareg y con solo un carro por compañía. La llamó Earth Wide Walk.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Su proyecto tenía también otro objetivo: lanzar un grito al cielo por la belleza y la diversidad del planeta Tierra. «Es un milagro estar vivos –cuenta Dean a Yorokobu–. Estamos de paso, merece la pena luchar por tus sueños. Aunque prácticamente todo ha sido ya dicho antes por alguien, tenemos el poder de escribir nuestra historia. El límite lo ponemos nosotros».

Después de su llegada a la Puerta del Sol de Madrid, Dean se refugió en un pequeño pueblo de Asturias para digerir todo lo vivido y escribir un libro al que llamó Libre y salvaje. Después de publicarlo y ver que el círculo ya estaba cerrado, sintió que había llegado el momento de embarcarse en otra aventura: la de los océanos: «Tenía esa espinita clavada –explica Dean–. Durante mi vuelta al mundo pasé sobre ellos casi sin tocarlos. Y eso es una paradoja, ¡más del 70% del planeta es agua!». Más o menos, la misma cantidad que forma el cuerpo humano.

eww-nacho-dean

El mensaje de la Expedición Nemo es muy similar al del Earth Wide Walk: «mostrar lo desprotegido que está el mundo respecto a nuestras acciones. El mar es el elemento más frágil del planeta, estamos perdiendo biodiversidad a velocidades alarmantes. Utilizamos los mares como vertedero y se prevé que, para 2050, habrá en el océano más plásticos que peces».

En busca de los estrechos

Lo puntos elegidos por Dean para llevar a cabo su proyecto son estrechos entre masas continentales: el de Gibraltar, entre Europa y África; el de Bering entre América y Asia; el del Bósforo entre  Europa y Asia; el de Aqaba entre Asia y África y el de Bismarck entre Asia y Oceanía. Cinco enclaves mundiales, cada uno con sus problemas medioambientales. Y también con sus riesgos.

«Todos tienen sus propios elementos a tener en cuenta –explica Dean–: en Gibraltar, el riesgo son los vientos y las fuertes corrientes; en Bering, la temperatura del agua, con una media de 3 grados. En el del Bósforo, el problema es que hay mucho tráfico mercante y muchos vertidos de hidrocarburos, mientras que en el mar Rojo el problema es su alta salinidad. El de Bismarck, por su parte, tiene el hándicap de ser un viaje muy largo hacia un lugar al que hay que aclimatarse, aparte de la fauna marina peligrosa, como son las medusas y los tiburones».

Por ello, Dean llevará con él un médico deportivo y deberá tener controlados los hospitales más próximos en caso de emergencia. «En fin, un reto apasionante», añade, con una risa que mezcla gozo y excitación.

aqaba

A diferencia del viaje anterior, en la Expedición Nemo Dean quiere realizar acciones concretas en cada uno de los lugares. Estas acciones se centrarán en reportajes audiovisuales que formarán parte de un futuro documental. En ellos pretende visualizar los problemas particulares de cada zona, como el de las aves migratorias en Gibraltar, los vertidos en el mar Negro o el riesgo de pérdida de plancton y otras especies en la zona polar por la apertura de nuevas rutas comerciales a causa del deshielo en el estrecho de Bering.

Para ello, Dean cuenta con el apoyo de diversas organizaciones como WWF, Oceana, Fundación Biodiversidad así como otras organizaciones locales. Aun así, pese a estos apoyos (a los que se suma la cadena de moda El Ganso, que ha lanzado una línea de zapatillas con materiales reciclados) Dean confiesa que, de momento, no cuenta con financiación más que para los dos primeros estrechos y sigue en la búsqueda de más patrocinadores.

El primer español, el séptimo humano en el mundo

Nacho Dean no es el primer humano en intentar unir continentes a través del agua. Antes de él, otros seis hombres lograron el reto. Dean logró contactar con dos de ellos: el argentino Matías Ola y el marroquí Hassan Baraka.

«Hassan Baraka me está ayudando mucho –explica Dean–. Cuando vio el calendario de cinco meses que me había planteado, me dijo que no lo apretase tanto, que es un reto muy exigente. Por ello es probable que tenga que alargar las previsiones. Por esto y por el tema de logística y financiación».

a-mundo

Cuando se le pregunta si en algún momento ha dudado si seguir adelante con su reto, Dean responde con seguridad: «No, no he pensado en abandonar, pero sí que ha habido momentos en los que me sentido ante algo inabarcable para una sola persona. Por fortuna, tengo un equipo que me está ayudando mucho. Llevo un año trabajando en ello, 24 horas al día, 7 días a la semana, entrenando, planificando, buscando patrocinadores… Cada hora cuenta».

Cuando habla de sus entrenamientos, parece como si se tratase de la preparación de un astronauta: «nadar en el mar es distinto a nadar en un embalse. Tienes que pensar en cada brazada, no tienes más referencias que el barco de apoyo. Tienes que dividir la travesía en sesiones de entrenamiento –2 horas diarias de 6 kilómetros de distancia–, terminar la primera, continuar con la segunda y, cuando ya estas reventado, pensar que solo te queda otra, como las tantas que has hecho durante un año entero».

Pese a la exigencia que supone el reto –que comenzará el 8 de junio de 2018– y la presión psicológica que supone tener tantos ojos atentos para que cumpla el objetivo, Dean se siente excitado por estar en contacto con la naturaleza salvaje, «el lugar donde me encuentro libre y donde mejor me siento».

El mensaje que quiere comunicar al mundo es su otro gran motor, el cual no enfoca desde la denuncia, sino desde la pasión. «Es más efectivo llamar desde la pasión que desde la culpa. El lenguaje emotivo es más fácil que cale como mensaje, por eso mi intención es hacer llegar un mensaje de amor por el planeta más que de culpabilidad por cómo lo estamos destrozando».

Que tiemblen los plásticos en su isla del Pacífico, Nacho Dean ha llegado.

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