25 de agosto 2015    /   IDEAS
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Los expertos no saben mucho más que nosotros

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No soy de reverenciar refranes o aforismos, porque lo sintético raramente es capaz de abarcar la complejidad de cualquier situación. Sin embargo, si tuviera que escoger una frase para estamparme en la pechera de la camiseta, sin duda me quedaría con la siguiente de George Bernard Shaw: «Los trabajos son conspiraciones para legos». Que traducido a román paladino viene a decir que las profesiones, las oscuras nomenclaturas en inglés de la tarjeta de visita y la supuesta aureola de sapiencia de expertos y profesionales no son más que cortinas de humo para sacarnos los cuartos.
La mayoría del conocimiento especializado de cualquier persona puede obtenerse en pocas semanas o meses de estudio, y de hecho la mayoría de conocimiento especializado no es tal, y apenas es superior al que posee cualquier persona de la calle.
Obviamente, cuanto más técnico y científico sea un conocimiento más difícil es que se produzca este fenómeno, pero aun así puede inventarse jerga técnica ininteligible para apoyar afirmaciones sin apenas sustento. El fenómeno al que aludía Bernard Shaw tiene lugar, sobre todo, en los ámbitos profesionales donde hay gran carga predictiva de fenómenos complejos, como es el caso de políticos y economistas, por ejemplo.
Eso no significa que los economistas o los políticos nos estén engañando: también se engañan a ellos mismos a través de un sesgo cognitivo que les hace creer que saben más de lo que saben. Por ello no es difícil encontrar opiniones diametralmente opuestas entre economistas o políticos sobre un gran número de asuntos, y entre las junturas de tales opiniones profesionales puede colarse fácilmente la ideología política e incluso la religiosa.
La demostración de la ignorancia
Philip Tetlock es un profesor de psicología y gestión de la Universidad de Pensilvania que evaluó hasta qué punto los expertos se equivocan en el desempeño de su labor. Para ello, seleccionó a 284 expertos, entre licenciados y doctores, que se ganaban la vida asesorando sobre tendencias políticas o económicas. El 61% de estos expertos había sido incluso entrevistado por los medios de comunicación para iluminar al pueblo con su sapiencia.
Tetlock solicitó al grupo de expertos que realizaran predicciones en su ámbito de conocimiento. Por ejemplo, a algunos economistas les preguntaron si el PIB crecería o decrecería en los próximos dos años. A los politólogos les formularon cuestiones acerca de lo que sucedería en las siguientes elecciones, por ejemplo si el actual mandatario de Estados Unidos perdería el apoyo popular o lo aumentaría.
La cuestión es que las preguntas solo admitían respuestas sencillas, y así Tetlock se aseguraba que, de equivocarse, el experto no podría argüir que se le había malinterpretado. Este estudio fue iniciado en 1980, y en el año 2003 ya había acumulado 82.361 predicciones de expertos.
Los resultados de las predicciones dejaron en evidencia que cualquier persona provista de una calculadora y cuatro datos esenciales podría llegar a las mismas conclusiones que aquellos expertos, e incluso mejores en algunos casos. Sus condiciones de experto, pues, no les habían otorgado mayores capacidades de las que se podían obtener en unas horas de adiestramiento. Tal y como analizan los resultados Dan Heath y Chip Heath en su libro Decídete:

Hasta los mejores analistas lo hicieron peor de lo que Tetlock llama un «burdo algoritmo de extrapolación», un simple cálculo que coge las ratios base y presupone que las tendencias de los últimos años continuarán (por ejemplo, predecir que una economía que ha crecido a un promedio del 2,8 por ciento durante los últimos tres años continuará creciendo al 2,8 por ciento).

Tener el título de doctor, poseer más años de experiencia o ser más reputado académicamente no influía en absoluto en la calidad de las predicciones de los expertos. Sin embargo, sí que hubo un rasgo que parecía correlacionarse con una mayor tasa de aciertos: no aparecer en los medios de comunicación. Es decir, que los expertos que más veces aparecían en los medios de comunicación eran los peores pronosticadores.
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Ninguna profesión se salva de la quema
Estaréis pensando que la economía y la política poseen demasiadas variables y que, por ello, los expertos no consiguen atinar más allá de lo que lo haría un profano. Sin embargo, esta tendencia al error del experto se ha detectado, en mayor o menor medida, en psicólogos, médicos, ingenieros, mecánicos de coches y un largo etcétera.
Incluso una profesión tan reverenciada, y que tantos años de esfuerzo requiere, como es la de médico, probablemente será sustituida en breve por el diagnóstico estadístico del Big Data, como os expliqué en Bienvenidos a la medicina automatizada. Cualquier máquina lo hará mucho mejor que la mayoría de médicos del mundo sencillamente tabulando los datos de los enfermos, incluso a la hora de interpretar una simple radiografía.
Al menos los expertos no parecen tan ineficaces como los empresarios. Incluso los empresarios de éxito probablemente lo son por una mezcla de chiripa y ayudas externas diversas. Como demostró Saras Sarasvathy, una profesora de la Darden School of Business de la Universidad de Virginia, los empresarios ni siquiera confían en los pronósticos, y tienden a probar cosas antes que a planificarlas.
De todo esto no se desprende que debamos renegar de los expertos. Los expertos, los profesionales y los eruditos son necesarios. Lo que pone en evidencia la investigación de Tetlock y otras es que dichas categorías no garantizan necesariamente que obtengamos buenos resultados, sino resultados un poco menos mediocres, como añaden Chip Heath y Dan Heath:

En un momento dado Tetlock dio a un grupo de estudiantes de Berkeley que hacían psicología como asignatura principal una página con información fáctica elemental sobre la política y la economía de diversos países y les pidió que hicieran una serie de predicciones similares. Lo hicieron mucho peor. Por ejemplo, cuando los estudiantes se declaraban seguros al ciento por ciento de que iba a pasar algo, se equivocaban un 45 por ciento de las veces. Cuando los expertos estaban completamente seguros, se equivocaban «solo» un 23 por ciento de las veces. (Lo que sigue sin ser ninguna maravilla. Imagínate que un test de embarazo casero diese ese tipo de «garantías»).

Lo cual relega a muchos expertos en diversas disciplinas a la categoría de engañabobos inconscientes; lo que Nietzsche llamaba Bildungsphilisters o zafios doctos, ignorantes que se escudan en los títulos académicos pero que carecen de erudición verdadera por su falta de curiosidad y humildad y su estrechura de miras. Confiemos en ellos, pues, sin olvidar a Bernard Shaw.
Imágenes | Pixabay

No soy de reverenciar refranes o aforismos, porque lo sintético raramente es capaz de abarcar la complejidad de cualquier situación. Sin embargo, si tuviera que escoger una frase para estamparme en la pechera de la camiseta, sin duda me quedaría con la siguiente de George Bernard Shaw: «Los trabajos son conspiraciones para legos». Que traducido a román paladino viene a decir que las profesiones, las oscuras nomenclaturas en inglés de la tarjeta de visita y la supuesta aureola de sapiencia de expertos y profesionales no son más que cortinas de humo para sacarnos los cuartos.
La mayoría del conocimiento especializado de cualquier persona puede obtenerse en pocas semanas o meses de estudio, y de hecho la mayoría de conocimiento especializado no es tal, y apenas es superior al que posee cualquier persona de la calle.
Obviamente, cuanto más técnico y científico sea un conocimiento más difícil es que se produzca este fenómeno, pero aun así puede inventarse jerga técnica ininteligible para apoyar afirmaciones sin apenas sustento. El fenómeno al que aludía Bernard Shaw tiene lugar, sobre todo, en los ámbitos profesionales donde hay gran carga predictiva de fenómenos complejos, como es el caso de políticos y economistas, por ejemplo.
Eso no significa que los economistas o los políticos nos estén engañando: también se engañan a ellos mismos a través de un sesgo cognitivo que les hace creer que saben más de lo que saben. Por ello no es difícil encontrar opiniones diametralmente opuestas entre economistas o políticos sobre un gran número de asuntos, y entre las junturas de tales opiniones profesionales puede colarse fácilmente la ideología política e incluso la religiosa.
La demostración de la ignorancia
Philip Tetlock es un profesor de psicología y gestión de la Universidad de Pensilvania que evaluó hasta qué punto los expertos se equivocan en el desempeño de su labor. Para ello, seleccionó a 284 expertos, entre licenciados y doctores, que se ganaban la vida asesorando sobre tendencias políticas o económicas. El 61% de estos expertos había sido incluso entrevistado por los medios de comunicación para iluminar al pueblo con su sapiencia.
Tetlock solicitó al grupo de expertos que realizaran predicciones en su ámbito de conocimiento. Por ejemplo, a algunos economistas les preguntaron si el PIB crecería o decrecería en los próximos dos años. A los politólogos les formularon cuestiones acerca de lo que sucedería en las siguientes elecciones, por ejemplo si el actual mandatario de Estados Unidos perdería el apoyo popular o lo aumentaría.
La cuestión es que las preguntas solo admitían respuestas sencillas, y así Tetlock se aseguraba que, de equivocarse, el experto no podría argüir que se le había malinterpretado. Este estudio fue iniciado en 1980, y en el año 2003 ya había acumulado 82.361 predicciones de expertos.
Los resultados de las predicciones dejaron en evidencia que cualquier persona provista de una calculadora y cuatro datos esenciales podría llegar a las mismas conclusiones que aquellos expertos, e incluso mejores en algunos casos. Sus condiciones de experto, pues, no les habían otorgado mayores capacidades de las que se podían obtener en unas horas de adiestramiento. Tal y como analizan los resultados Dan Heath y Chip Heath en su libro Decídete:

Hasta los mejores analistas lo hicieron peor de lo que Tetlock llama un «burdo algoritmo de extrapolación», un simple cálculo que coge las ratios base y presupone que las tendencias de los últimos años continuarán (por ejemplo, predecir que una economía que ha crecido a un promedio del 2,8 por ciento durante los últimos tres años continuará creciendo al 2,8 por ciento).

Tener el título de doctor, poseer más años de experiencia o ser más reputado académicamente no influía en absoluto en la calidad de las predicciones de los expertos. Sin embargo, sí que hubo un rasgo que parecía correlacionarse con una mayor tasa de aciertos: no aparecer en los medios de comunicación. Es decir, que los expertos que más veces aparecían en los medios de comunicación eran los peores pronosticadores.
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Ninguna profesión se salva de la quema
Estaréis pensando que la economía y la política poseen demasiadas variables y que, por ello, los expertos no consiguen atinar más allá de lo que lo haría un profano. Sin embargo, esta tendencia al error del experto se ha detectado, en mayor o menor medida, en psicólogos, médicos, ingenieros, mecánicos de coches y un largo etcétera.
Incluso una profesión tan reverenciada, y que tantos años de esfuerzo requiere, como es la de médico, probablemente será sustituida en breve por el diagnóstico estadístico del Big Data, como os expliqué en Bienvenidos a la medicina automatizada. Cualquier máquina lo hará mucho mejor que la mayoría de médicos del mundo sencillamente tabulando los datos de los enfermos, incluso a la hora de interpretar una simple radiografía.
Al menos los expertos no parecen tan ineficaces como los empresarios. Incluso los empresarios de éxito probablemente lo son por una mezcla de chiripa y ayudas externas diversas. Como demostró Saras Sarasvathy, una profesora de la Darden School of Business de la Universidad de Virginia, los empresarios ni siquiera confían en los pronósticos, y tienden a probar cosas antes que a planificarlas.
De todo esto no se desprende que debamos renegar de los expertos. Los expertos, los profesionales y los eruditos son necesarios. Lo que pone en evidencia la investigación de Tetlock y otras es que dichas categorías no garantizan necesariamente que obtengamos buenos resultados, sino resultados un poco menos mediocres, como añaden Chip Heath y Dan Heath:

En un momento dado Tetlock dio a un grupo de estudiantes de Berkeley que hacían psicología como asignatura principal una página con información fáctica elemental sobre la política y la economía de diversos países y les pidió que hicieran una serie de predicciones similares. Lo hicieron mucho peor. Por ejemplo, cuando los estudiantes se declaraban seguros al ciento por ciento de que iba a pasar algo, se equivocaban un 45 por ciento de las veces. Cuando los expertos estaban completamente seguros, se equivocaban «solo» un 23 por ciento de las veces. (Lo que sigue sin ser ninguna maravilla. Imagínate que un test de embarazo casero diese ese tipo de «garantías»).

Lo cual relega a muchos expertos en diversas disciplinas a la categoría de engañabobos inconscientes; lo que Nietzsche llamaba Bildungsphilisters o zafios doctos, ignorantes que se escudan en los títulos académicos pero que carecen de erudición verdadera por su falta de curiosidad y humildad y su estrechura de miras. Confiemos en ellos, pues, sin olvidar a Bernard Shaw.
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