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22 de febrero 2019    /   IDEAS
por
ilustracion  Estudio Santa Rita

El explorador que perforó su castillo para mirar (y miró pero no vio)

22 de febrero 2019    /   IDEAS     por        ilustracion  Estudio Santa Rita
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En su último intento por encontrar una verdad, Antoine d’Abbadie perforó los muros de su castillo de Hendaya. Cualquier visitante puede ver el hueco del tamaño de un puño, junto a la entrada principal, flanqueada por cocodrilos de piedra.

Si entra, en la pared del vestíbulo encontrará otro hueco igual. Si sigue por las estancias interiores, irá descubriendo otro hueco y otro hueco y otro hueco, todos alineados hasta el observatorio.

El observatorio está en el extremo noroeste del edificio y, de pronto, Abbadie decidió enfocar con su telescopio la cumbre del monte Larrún, el más prominente de la comarca, que le quedaba hacia el sureste. Por eso perforó el castillo de punta a punta, para mirar lejos y confirmar una hipótesis.

Miró, miró, miró y solo vio una mancha negra.

Derrotado, tapó el hueco del muro externo con cemento. Cualquier visitante verá el pegote, está junto a la placa que el anciano Abbadie colocó con este lema en euskera: Ez ikusi, ez ikasi («no vi, no aprendí»).

Abbadie nació en Dublín en 1810, de madre irlandesa y padre vasco. Fue explorador, cartógrafo, físico, astrónomo, etnógrafo, lingüista, emprendió algunas de las exploraciones más apasionantes del siglo XIX, puso en marcha experimentos ingeniosos, hizo miles de observaciones y casi todo le salió mal. Aprendió que la mayoría de las veces no se ve nada, no se aprende nada.

EL MAPA DE ETIOPÍA

El 13 de mayo de 1848, Abbadie subía por unas laderas nevadas a más de 4.000 metros, en Etiopía. Su porteador Bitawligne canturreaba lamentos: «¡Ay, pobre de mí! ¡Mi patrón camina hacia las nubes! ¡Ay, madre mía! ¿Acaso me pariste para que yo caminara por encima de las nubes?».

Los demás porteadores se habían plantado unas horas antes, asustados por la nieve y por los precipicios del Bwahit, una montaña altísima a la que nadie subía jamás: era el territorio de los espíritus. En la cima se adquirían conocimientos poderosos, pero el acceso estaba prohibido a los humanos.

Abbadie, efectivamente, perseguía un conocimiento que solo podía obtenerse en aquella cumbre: un extenso horizonte para observar las cumbres vecinas, para hacer triangulaciones con el teodolito, para seguir cartografiando la cordillera etíope del Simen.

Miró, miró, miró y no vio.

Las nubes tapaban la cordillera. Al menos aprovechó el rato: calentó agua en un cazo, observó que hervía a 85,5 grados y así calculó que la cumbre del Bwahit medía 4.600 metros. En realidad mide 4.437 metros y es la tercera montaña más alta de Etiopía.

Dos días después Abbadie escaló el techo del país: el pico Ras Dejen, a 4.553 metros. Se entusiasmó. No por ningún afán deportivo: simplemente, en el monte más alto, esa tarde, no había tantas nubes. Pudo medir un tour d’horizon casi completo, una panorámica en la que determinó varios puntos lejanos con sus alturas.

Como temían los porteadores, la ascensión de Abbadie a las cumbres desató una maldición. El explorador estaba fascinado por los pueblos abisinios, pasó allí diez años, llegó a la supuestas fuentes del Nilo, escribió el primer diccionario de la lengua amárica con 15.000 términos, cartografió 250.000 kilómetros cuadrados el equivalente a media península Ibérica.

Los diez mapas de Etiopía fueron su aportación más perdurable a la ciencia, casi la única que no se desmoronó con el paso de los años. Pero esos mapas vinieron de maravilla a los generales del ejército italiano en su primera invasión de Abisinia, en 1895. «Debieron de ser muchos más los abisinios que murieron víctimas de los mapas de Abbadie que los que él pudo salvar del hambre y la enfermedad financiando misiones de ayuda», escribió su biógrafo Iñigo Sagarzazu.

Para una vez que vio, hubiera preferido quedarse ciego.

VENTANA AL UNIVERSO

Su mansión de Hendaya, un castillo tintinesco repleto de tesoros africanos y mensajes en los 14 idiomas que dominaba, representa el retorno de Abbadie a su punto de origen.

Con 26 años, Abbadie se preparó en el litoral vasco para sus expediciones africanas: nadaba en el mar de Biarritz, caminaba durante horas, dormía al raso en la montaña de Larrún, practicaba tiro y esgrima, seguía una dieta estricta de huevos y legumbres. Leía, leía, leía: relatos de exploraciones, manuales de geodesia, informes arqueológicos, estudios sobre el origen de los africanos. Quería abarcarlo todo.

Publicó estudios gramaticales sobre el euskera, viajó a Brasil para medir las variaciones del magnetismo terrestre, a Noruega, Haití, Castilla y Argelia para estudiar eclipses y determinar la composición del sol.

En África, saltando entre bandidos que lo desvalijaban y reyes que lo agasajaban, pasó diez años anotando la composición de las rocas, hasta dónde se extendían los palmerales, qué aspecto tenía la orina de los camellos; escribió que los duhul pescaban perlas en el mar Rojo, que los jayto solo comían carne de cocodrilo, que el manjar más apreciado por los waea en las grandes ocasiones eran los pechos de mujer asados.

En el puerto de Yeda, donde confluían miles de peregrinos camino de La Meca, apuntó: «Desde la cisterna hasta la puerta de la ciudad, he medido con pasos 300 metros, y luego 562 hasta la casa de Malim Yusuf».

Tras una vida de exploraciones, construyó un castillo neogótico sobre los acantilados de Hendaya. No es la cueva de un ermitaño que se esconde del mundo: está diseñado como una ventana para seguir observando el universo.

Tiene una biblioteca de dos alturas, con olor a cuero, madera y pergamino, en la que reunió 10.000 obras científicas y literarias. Y un observatorio con trampilla en el techo: allí pasó Abbadie las noches de su vejez, mirando por el telescopio y trazando una cartografía celeste. Allí construyó también una nadirane, una torre de cemento de ocho metros de alto, con un hueco por el que caía un hilo de plomo.

En el fondo del pozo, el hilo de plomo se hundía en un baño de mercurio. Cualquier movimiento de la tierra inclinaba ligeramente el líquido. Y así el mercurio reflejaba la imagen del hilo con una ligera inclinación respecto del propio hilo.

Armado de una paciencia casi infinita, Abbadie medía esos ángulos para estudiar los desplazamientos de la corteza terrestre, las influencias de la marea, de la luna y el sol, con el objetivo de fijar cuál era exactamente la línea vertical. Fue otro fracaso. Después de 3.000 observaciones, construyeron el ferrocarril a 500 metros de su castillo. Las vibraciones del tren estropeaban las mediciones y trituraban los nervios de Abbadie.

Para su último experimento, perforó las paredes del castillo con esos agujeros alineados y revestidos de nácar, y miró con su telescopio a la punta del monte Larrun. Quería medir la refracción: un rayo de luz cambia ligeramente su dirección cuando atraviesa medios de distintas densidades (el agua, el aire frío, el aire caliente…).

Abbadie aspiraba a demostrar que el monte Larrun está en un punto y que nosotros, desde lejos, lo vemos en otro punto, un poco movido por las distorsiones de la atmósfera. Y quería medir esa diferencia. Pero le salió mal: al atravesar todos esos huecos, durante tantos metros, las ondas de la luz sufrían la difracción, se desviaban, proyectaban una imagen borrosa y oscura, más borrosa y más oscura después de cada hueco. Y al final, en el telescopio, Abbadie ya solo veía una mancha negra.

Mandó tapar el agujero con cemento y talló la frase Ez ikusi, ez ikasi: «No vi, no aprendí». Abbadie vio mucho; vio muchísimo; vio tanto que comprendió que había muchas cosas que no conseguía ver. Nunca dejó de mirar.

En su último intento por encontrar una verdad, Antoine d’Abbadie perforó los muros de su castillo de Hendaya. Cualquier visitante puede ver el hueco del tamaño de un puño, junto a la entrada principal, flanqueada por cocodrilos de piedra.

Si entra, en la pared del vestíbulo encontrará otro hueco igual. Si sigue por las estancias interiores, irá descubriendo otro hueco y otro hueco y otro hueco, todos alineados hasta el observatorio.

El observatorio está en el extremo noroeste del edificio y, de pronto, Abbadie decidió enfocar con su telescopio la cumbre del monte Larrún, el más prominente de la comarca, que le quedaba hacia el sureste. Por eso perforó el castillo de punta a punta, para mirar lejos y confirmar una hipótesis.

Miró, miró, miró y solo vio una mancha negra.

Derrotado, tapó el hueco del muro externo con cemento. Cualquier visitante verá el pegote, está junto a la placa que el anciano Abbadie colocó con este lema en euskera: Ez ikusi, ez ikasi («no vi, no aprendí»).

Abbadie nació en Dublín en 1810, de madre irlandesa y padre vasco. Fue explorador, cartógrafo, físico, astrónomo, etnógrafo, lingüista, emprendió algunas de las exploraciones más apasionantes del siglo XIX, puso en marcha experimentos ingeniosos, hizo miles de observaciones y casi todo le salió mal. Aprendió que la mayoría de las veces no se ve nada, no se aprende nada.

EL MAPA DE ETIOPÍA

El 13 de mayo de 1848, Abbadie subía por unas laderas nevadas a más de 4.000 metros, en Etiopía. Su porteador Bitawligne canturreaba lamentos: «¡Ay, pobre de mí! ¡Mi patrón camina hacia las nubes! ¡Ay, madre mía! ¿Acaso me pariste para que yo caminara por encima de las nubes?».

Los demás porteadores se habían plantado unas horas antes, asustados por la nieve y por los precipicios del Bwahit, una montaña altísima a la que nadie subía jamás: era el territorio de los espíritus. En la cima se adquirían conocimientos poderosos, pero el acceso estaba prohibido a los humanos.

Abbadie, efectivamente, perseguía un conocimiento que solo podía obtenerse en aquella cumbre: un extenso horizonte para observar las cumbres vecinas, para hacer triangulaciones con el teodolito, para seguir cartografiando la cordillera etíope del Simen.

Miró, miró, miró y no vio.

Las nubes tapaban la cordillera. Al menos aprovechó el rato: calentó agua en un cazo, observó que hervía a 85,5 grados y así calculó que la cumbre del Bwahit medía 4.600 metros. En realidad mide 4.437 metros y es la tercera montaña más alta de Etiopía.

Dos días después Abbadie escaló el techo del país: el pico Ras Dejen, a 4.553 metros. Se entusiasmó. No por ningún afán deportivo: simplemente, en el monte más alto, esa tarde, no había tantas nubes. Pudo medir un tour d’horizon casi completo, una panorámica en la que determinó varios puntos lejanos con sus alturas.

Como temían los porteadores, la ascensión de Abbadie a las cumbres desató una maldición. El explorador estaba fascinado por los pueblos abisinios, pasó allí diez años, llegó a la supuestas fuentes del Nilo, escribió el primer diccionario de la lengua amárica con 15.000 términos, cartografió 250.000 kilómetros cuadrados el equivalente a media península Ibérica.

Los diez mapas de Etiopía fueron su aportación más perdurable a la ciencia, casi la única que no se desmoronó con el paso de los años. Pero esos mapas vinieron de maravilla a los generales del ejército italiano en su primera invasión de Abisinia, en 1895. «Debieron de ser muchos más los abisinios que murieron víctimas de los mapas de Abbadie que los que él pudo salvar del hambre y la enfermedad financiando misiones de ayuda», escribió su biógrafo Iñigo Sagarzazu.

Para una vez que vio, hubiera preferido quedarse ciego.

VENTANA AL UNIVERSO

Su mansión de Hendaya, un castillo tintinesco repleto de tesoros africanos y mensajes en los 14 idiomas que dominaba, representa el retorno de Abbadie a su punto de origen.

Con 26 años, Abbadie se preparó en el litoral vasco para sus expediciones africanas: nadaba en el mar de Biarritz, caminaba durante horas, dormía al raso en la montaña de Larrún, practicaba tiro y esgrima, seguía una dieta estricta de huevos y legumbres. Leía, leía, leía: relatos de exploraciones, manuales de geodesia, informes arqueológicos, estudios sobre el origen de los africanos. Quería abarcarlo todo.

Publicó estudios gramaticales sobre el euskera, viajó a Brasil para medir las variaciones del magnetismo terrestre, a Noruega, Haití, Castilla y Argelia para estudiar eclipses y determinar la composición del sol.

En África, saltando entre bandidos que lo desvalijaban y reyes que lo agasajaban, pasó diez años anotando la composición de las rocas, hasta dónde se extendían los palmerales, qué aspecto tenía la orina de los camellos; escribió que los duhul pescaban perlas en el mar Rojo, que los jayto solo comían carne de cocodrilo, que el manjar más apreciado por los waea en las grandes ocasiones eran los pechos de mujer asados.

En el puerto de Yeda, donde confluían miles de peregrinos camino de La Meca, apuntó: «Desde la cisterna hasta la puerta de la ciudad, he medido con pasos 300 metros, y luego 562 hasta la casa de Malim Yusuf».

Tras una vida de exploraciones, construyó un castillo neogótico sobre los acantilados de Hendaya. No es la cueva de un ermitaño que se esconde del mundo: está diseñado como una ventana para seguir observando el universo.

Tiene una biblioteca de dos alturas, con olor a cuero, madera y pergamino, en la que reunió 10.000 obras científicas y literarias. Y un observatorio con trampilla en el techo: allí pasó Abbadie las noches de su vejez, mirando por el telescopio y trazando una cartografía celeste. Allí construyó también una nadirane, una torre de cemento de ocho metros de alto, con un hueco por el que caía un hilo de plomo.

En el fondo del pozo, el hilo de plomo se hundía en un baño de mercurio. Cualquier movimiento de la tierra inclinaba ligeramente el líquido. Y así el mercurio reflejaba la imagen del hilo con una ligera inclinación respecto del propio hilo.

Armado de una paciencia casi infinita, Abbadie medía esos ángulos para estudiar los desplazamientos de la corteza terrestre, las influencias de la marea, de la luna y el sol, con el objetivo de fijar cuál era exactamente la línea vertical. Fue otro fracaso. Después de 3.000 observaciones, construyeron el ferrocarril a 500 metros de su castillo. Las vibraciones del tren estropeaban las mediciones y trituraban los nervios de Abbadie.

Para su último experimento, perforó las paredes del castillo con esos agujeros alineados y revestidos de nácar, y miró con su telescopio a la punta del monte Larrun. Quería medir la refracción: un rayo de luz cambia ligeramente su dirección cuando atraviesa medios de distintas densidades (el agua, el aire frío, el aire caliente…).

Abbadie aspiraba a demostrar que el monte Larrun está en un punto y que nosotros, desde lejos, lo vemos en otro punto, un poco movido por las distorsiones de la atmósfera. Y quería medir esa diferencia. Pero le salió mal: al atravesar todos esos huecos, durante tantos metros, las ondas de la luz sufrían la difracción, se desviaban, proyectaban una imagen borrosa y oscura, más borrosa y más oscura después de cada hueco. Y al final, en el telescopio, Abbadie ya solo veía una mancha negra.

Mandó tapar el agujero con cemento y talló la frase Ez ikusi, ez ikasi: «No vi, no aprendí». Abbadie vio mucho; vio muchísimo; vio tanto que comprendió que había muchas cosas que no conseguía ver. Nunca dejó de mirar.

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Opiniones 5
  • Precioso artículo, pero si los agujeros tienen más o menos el tamaño de un puño, la difracción no es la responsable de la pérdida de calidad de la imagen.

  • ¿Es el monte Larun que está cerca de Vera de Bidasoa?, frontera con Francia, recuerdo el shock que me produjo al subirlo y ver al llegar a la cima que estaba lleno de franceses que habían llegado en tren.

  • Una historia maravillosa. Siempre me llamó la atención ese castillo dominando la playa de Hendaya y nunca me preocupé de saber quién vivió allí. En una ocasión lo visité por fuera y me fascinaron las esculturas de los cocodrilos. Hoy acabo de descubrir quien era Antoine d’Abbadie y comparto su sentido de la curiosidad. En mi próxima visita a Hendaya visitaré también, si se puede, el interior del castillo. La vida es caprichosa como un buen guión de cine: te muestra de forma desordenada las piezas que, al final, encajan en un todo.

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