3 de junio 2019    /   CREATIVIDAD
por
Ilustración  Rocío Cañero

Explosiones vocales: ¡UUUHHH! ¡AAAHHH!

3 de junio 2019    /   CREATIVIDAD     por        Ilustración  Rocío Cañero
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Es un atajo.
A veces, por las prisas. Es más fácil soltar un alarido, «¡Aaahhh!», que decir, con todas sus letras y sus pausas, «¡Coño, que me estoy quemando!».
A veces, por la emoción. Ante una tarta con triple capa de chocolates, lo que sale del alma es «¡Huuum!». No es tiempo de argumentos ni explicaciones: «Me gusta mucho el pastel de cacao».

Estos «¡Oooh!» y estos «¡Aaarg!» preceden a las palabras.
Son explosiones vocales que muestran una emoción en menos tiempo y más contundencia.
Son ruidos impulsivos que expresan alegría, miedo, dolor.
Y por eso, para dar un mensaje urgente, resultan más eficaces que un chorreo de palabras que hay que escuchar, entender y atribuirle un significado.

A los estallidos vocales no les interesan ni los acentos ni las gramáticas. Van más allá de las convenciones. Forman un idioma universal, un lenguaje humano de remate, primario, instintivo, que se entiende en todo lo gordo del planeta. Es un código sensorial que no necesita traductores para expresar pánico, nervios o amor en menos de un segundo.

Las explosiones vocales son antiguas y sofisticadas. Han ayudado durante miles de años a la supervivencia humana: no hay ser en la Tierra que no atienda al llanto de un bebé o que no eche por patas ante el gruñir de un asesino. Son tan vitales que el cerebro tiene un lugar específico para desentrañar el significado de estos sonidos; un centro de operaciones distinto al que se encarga de entender las expresiones faciales, según un estudio del Greater Good Science Center de la Universidad de Berkeley.

Hasta el momento se han descubierto veinticuatro ráfagas vocales que tienen el mismo significado en todas las culturas. Un equipo de científicos de la UC Berkeley los publicó en un mapa interactivo en el que suenan el enfado, la euforia, el cansancio, el interés, el alivio y la decepción humanas. Esto ayuda a la ciencia y la tecnología. Ya lo utiliza la medicina para entender mejor a sus pacientes y la inteligencia artificial para que las máquinas comprendan mejor a los humanos.

El sonido de la voz ayuda a despertar la empatía. En una investigación neurocientífica publicada por la Academia Nacional de Ciencias de EEUU descubrieron que cuando dos individuos hablan y conectan de verdad, sus cerebros se sincronizan. Parecen bailar en paralelo. La actividad cerebral del que escucha hace de espejo de la actividad del cerebro del que habla. Lo sigue, lo imita.

Es más: el tono de la voz es un detector de verdades emocionales. Quizá el más poderoso de todos. Más que el rostro, con sus gestos, y más que los ojos, aunque los llamen «espejo del alma». El psicólogo social Michael Kraus descubrió en un estudio de la Yale School of Management que resulta más fácil conocer las emociones de una persona por una conversación telefónica que mediante la imagen de una videoconferencia. El sonido de la voz da más pistas que los gestos faciales para expresar una emoción. Y no sirve para mentir: es más fácil sonreír cuando uno está triste que poner voz impetuosa cuando uno está hecho un trapo.

La vergüenza, la impaciencia, el placer no necesitan diccionarios. A las emociones, para expresarse, les basta un golpe de voz. ¡Ja!

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A veces, por la emoción. Ante una tarta con triple capa de chocolates, lo que sale del alma es «¡Huuum!». No es tiempo de argumentos ni explicaciones: «Me gusta mucho el pastel de cacao».

Estos «¡Oooh!» y estos «¡Aaarg!» preceden a las palabras.
Son explosiones vocales que muestran una emoción en menos tiempo y más contundencia.
Son ruidos impulsivos que expresan alegría, miedo, dolor.
Y por eso, para dar un mensaje urgente, resultan más eficaces que un chorreo de palabras que hay que escuchar, entender y atribuirle un significado.

A los estallidos vocales no les interesan ni los acentos ni las gramáticas. Van más allá de las convenciones. Forman un idioma universal, un lenguaje humano de remate, primario, instintivo, que se entiende en todo lo gordo del planeta. Es un código sensorial que no necesita traductores para expresar pánico, nervios o amor en menos de un segundo.

Las explosiones vocales son antiguas y sofisticadas. Han ayudado durante miles de años a la supervivencia humana: no hay ser en la Tierra que no atienda al llanto de un bebé o que no eche por patas ante el gruñir de un asesino. Son tan vitales que el cerebro tiene un lugar específico para desentrañar el significado de estos sonidos; un centro de operaciones distinto al que se encarga de entender las expresiones faciales, según un estudio del Greater Good Science Center de la Universidad de Berkeley.

Hasta el momento se han descubierto veinticuatro ráfagas vocales que tienen el mismo significado en todas las culturas. Un equipo de científicos de la UC Berkeley los publicó en un mapa interactivo en el que suenan el enfado, la euforia, el cansancio, el interés, el alivio y la decepción humanas. Esto ayuda a la ciencia y la tecnología. Ya lo utiliza la medicina para entender mejor a sus pacientes y la inteligencia artificial para que las máquinas comprendan mejor a los humanos.

El sonido de la voz ayuda a despertar la empatía. En una investigación neurocientífica publicada por la Academia Nacional de Ciencias de EEUU descubrieron que cuando dos individuos hablan y conectan de verdad, sus cerebros se sincronizan. Parecen bailar en paralelo. La actividad cerebral del que escucha hace de espejo de la actividad del cerebro del que habla. Lo sigue, lo imita.

Es más: el tono de la voz es un detector de verdades emocionales. Quizá el más poderoso de todos. Más que el rostro, con sus gestos, y más que los ojos, aunque los llamen «espejo del alma». El psicólogo social Michael Kraus descubrió en un estudio de la Yale School of Management que resulta más fácil conocer las emociones de una persona por una conversación telefónica que mediante la imagen de una videoconferencia. El sonido de la voz da más pistas que los gestos faciales para expresar una emoción. Y no sirve para mentir: es más fácil sonreír cuando uno está triste que poner voz impetuosa cuando uno está hecho un trapo.

La vergüenza, la impaciencia, el placer no necesitan diccionarios. A las emociones, para expresarse, les basta un golpe de voz. ¡Ja!

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