28 de septiembre 2020    /   ENTRETENIMIENTO
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¿Conoces al Delibes profesor? ¿Y al Delibes dibujante?

Una exposición tiene mucho de descubrimiento, dice Jesús Marchamalo, comisario de la muestra ‘Delibes’ que se puede visitar en la Biblioteca Nacional hasta el mes de noviembre. Nosotros la hemos visitado mientras charlábamos con la hija del escritor Elisa Delibes de Castro

28 de septiembre 2020    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Al hablar con Elisa Delibes una no puede evitar pensar en que mucho del carácter de su madre, Ángeles de Castro, vive en ella. La hija del escritor y presidenta de la Fundación Miguel Delibes describe a la mítica señora de rojo sobre fondo gris que su padre inmortalizara en una de sus novelas más hermosas como una persona muy alegre, con mucha vitalidad y con un gran don de gentes. De tal palo, tal astilla, pienso. Y agradezco la sonrisa que me regala, a pesar de la constante atención que reclaman de su parte tantos otros medios. Elisa Delibes se encuentra promocionando estos días la exposición Delibes que la Biblioteca Nacional de España, la Fundación que ella preside y Acción Cultural Española (AC/E), entre otros organismos, han organizado para conmemorar el centenario del escritor vallisoletano.

UN HOMBRE DE FAMILIA

Nada más entrar en la sala, un retrato de Miguel Delibes da la bienvenida al visitante invitándole con la mirada a pasar y contemplar, al fondo, el retrato de su mujer. Mucho se ha hablado de la enorme influencia de Ángeles de Castro en su marido y de lo mucho que su temprana muerte marcó al escritor. Pero esta exposición llega para derribar mitos en torno a este hombre sencillo y algo huraño, como siempre se le ha descrito, y para descubrir otras facetas no tan conocidas.

Miguel Delibes
Mesa donde escribía Miguel Delibes, con el retrato de su mujer, Ángeles de Castro, la “Señora de rojo sobre fondo gris” que daría título al libro. De la Fundación Miguel Delibes

«Al morir de una muerta tan trágica, siendo tan joven y una mujer alegre, que le apetecía vivir, siendo el apoyo de mi padre, yo creo que se ha exagerado un poco su influencia, aunque era muy grande. Pero yo creo que era muy grande para la vida». De esta manera Elisa Delibes contradice a quienes han querido magnificar la huella de la matriarca de la familia sobre su marido. Al menos, no una huella literaria, porque en opinión de Elisa, su padre hubiera sido «un buen escritor y un buen periodista, aun sin existir mi madre. Fue compañera de vida, sí, pero también jurado. Fue una juez de su obra, de lo que hacía, a quien él hacía caso porque consideraba que tenía buen gusto. Pero hasta ahí».

Resulta emocionante hablar con la hija de una persona a la que has mitificado. No en vano Delibes fue uno de los grandes escritores españoles del siglo XX, y formaba parte, por eso mismo, de los currículos escolares en la asignatura de Literatura. Pensar en El camino es volver a la infancia, tan distinta de la que el escritor castellano habla en su obra y que también está presente en la exposición de la BNE. ¿Cómo sería vivir en casa de los Delibes? ¿Sería la literatura uno de sus temas de conversación?

Miguel Delibes
Original manuscrito de ‘Los santos inocentes’. Fundación Miguel Delibes

«En mi casa se hablaba poquísimo de literatura, poquísimo», cuenta Elisa. «Éramos una familia corriente: se hablaba de la comida, de si había puré, de si había arroz… Y si el domingo iban a ir de caza o nos iban a llevar al cine. Pero de literatura… Hombre, cuando ya fuimos más mayores, a lo mejor sí, pero normalmente, no, no se hablaba».

Delibes era un hombre de familia. Él escribía, igual que dirigía un periódico, daba clases en la Escuela de Comercio de Valladolid o salía a cazar y pasear por el campo. Era una actividad más sobre la que no le gustaba teorizar en frío. Parte de su pensamiento literario y su forma de escribir quedó reflejado en conversaciones con otros autores que conservamos en forma de libro. La literatura era solo un tema más en aquellas charlas.

«Él no era un intelectual. Lo que hacía es escribir sus libros; el que quería leerlos y le gustaban, bien, y el que no, no», repite Elisa, explicando la poca importancia que su padre daba a eso de crear escuela. «Pero alguna vez se paró a teorizar porque no quedaba otra. A él le decían: “Y usted cómo escribe, qué elementos son necesarios…”. Entonces él lo pensaba un poco y decía: “Para mí los personajes son muy importantes; y que haya una pasión que presida todo el libro, pues también…”. Y todo esto le iba dando toda una teoría literaria propia, pero una teoría pequeñita –y recalca mucho lo de pequeñita–».

Original manuscrito de ‘El Hereje’. Fundación Miguel Delibes

«Él no era un crítico literario en absoluto, ni una persona que se parara tanto a pensar en lo que hacía. A veces sí que decía que le costaba encontrar el tono. “No lo encuentro, no lo encuentro, no lo encuentro, y empiezo mil veces hasta que, de repente, se me presenta el tono”. Es como cuando decía que empezó a escribir con Mario vivo y que eso no funcionó. Le tuvo que matar para que funcionara ese monólogo que luego ha traído tanta cola y que le ha dado tanta satisfacción».

Escuchando lo que Elisa me cuenta, sigo recorriendo la primera sala de la exposición, la que habla de la infancia del escritor, de su familia y de su abuelo francés. Jesús Marchamalo, comisario de la muestra, resalta el papel que jugó el abuelo Delibes en la vida del autor vallisoletano. «Delibes siempre dio mucha importancia a su formación francesa. Es un abuelo del que hereda el amor por la naturaleza, por el aire libre, por los deportes…». Es en este lugar donde nos encontramos con la serena presencia de la señora de rojo sobre fondo gris, la misma que le regaló una máquina de escribir como regalo de bodas, cuando él ni siquiera se había planteado ser escritor.

Marchamalo tiene razón. Una exposición, en el fondo, es un descubrimiento. Entre los hallazgos que encuentro en esta muestra está su faceta como profesor en la Escuela de Comercio de Valladolid. Primero de Derecho Mercantil, y de Historia del Comercio después, materia esta más humanística, cuenta su hija, que le llenaba mucho más que la jurídica.

De la enseñanza, recuerda la presidenta de la Fundación Delibes, su padre decía que «era una bonita profesión si te van bien las cosas, si logras interesar a los alumnos por lo que les estás explicando. Y, además, el mantenerte siempre al lado de gente joven consideraba que era muy bueno». Le gustaba enseñar, se sintió feliz ejerciendo de profesor. Por eso resulta tan gozoso a la vista contemplar los cuadernos en los que preparaba sus clases, tan ordenados, tan llenos de ilustraciones. Sí, concluye Elisa, «fue bastante feliz dando clases».

Miguel Delibes Setién escribiendo en el despacho de su casa del Paseo de Zorrilla. 1960, Valladolid. De la Fundación Miguel Delibes

Y sigo descubriendo. A Delibes, a quien siempre me habían hecho imaginar como un hombre tremendamente apegado a su tierra, a su campo y a su casa, le encantaba viajar. Sus novelas son sobradamente conocidas, pero no tanto sus libros de viajes. «A él sí que le gustaba muchísimo viajar, pero ahí sí que era fundamental la figura de mi madre», me explica Elisa. Ángeles, con algunos conocimientos de idiomas y su carácter sociable y conversador, conseguía apartar durante un rato la atención que recaía sobre su marido y que a él le resultaba tan pesada y agobiante. Eso le permitía mantenerse callado y pensar en sus cosas, sin tener que esforzarse en ser amable con quienes le mostraban siempre tanta admiración.

«En 1955 viajó por toda Sudamérica, cosa que ningún escritor de su generación –o muy pocos– llegó a hacer. En el 64 estuvo seis meses en EEUU, y cada año viajaba por Europa: Italia, Alemania, Francia, Praga…», recalca Elisa. «Cuando murió mi madre quiso seguir haciéndolo… y lo hicimos. Hicimos bastantes viajes, pero siempre tenía que ser acompañado por hijos porque él solo no iba a ninguna parte y no cogía aviones. Lo que pasa es que a él no le gustaba irse ni mucho tiempo ni demasiado lejos porque se sentía demasiado apegado a su tierra y a su familia entera».

LOS MANUSCRITOS: ASÍ ESCRIBÍA DELIBES

La primera sala termina con uno de los grandes hitos en la vida literaria de Miguel Delibes, el Premio Nadal que consiguió en 1947 por su novela La sombra del ciprés es alargada. Me adentro en la siguiente, donde me reciben sus manuscritos. Delibes escribía sus obras a mano en cuartillas y en las resmas sobrantes del periódico, que pedía que cortaran y guardaran para él en El Norte de Castilla, el diario en el que empezó como redactor y acabó dirigiendo. Contemplo sus tachones, sus correcciones y cómo fue cambiando su letra a medida que pasaban los años.

«Me encantan sus manuscritos. Me parecen lo mejor que tenemos de mi padre», me confiesa Elisa con cierta emoción en la voz. «Él todo lo escribía a mano. Algunos se han perdido, porque una vez que los tenía escritos les daba poca importancia. Como ya estaban escritos y publicados…». Ella cuenta que su padre no era especialmente ordenado, pero afortunadamente para nosotros, sí fue cuidadoso a la hora de guardar. Así me lo asegura el comisario de la exposición. Gracias a ese afán por no tirar conservamos hoy muchos de los borradores, de las fotografías originales, de los dibujos a plumilla que realizó en su primera andadura profesional… Y la correspondencia, las miles de cartas que se escribió con amigos y otros grandes escritores como Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Carmen Martín-Gaite, Cela, Umbral…

Original manuscrito de ‘Cinco horas con Mario’. Fundación Miguel Delibes
Original manuscrito de ‘Cinco horas con Mario’. Fundación Miguel Delibes

En el deambular por esta sala, me acompaña la voz de José Sacristán mientras lee el comienzo de los manuscritos que se exponen. Es fácil imaginar a don Miguel escribiendo sobre la mesa de madera que preside la sala, tan llena de marcas de vida y cigarros, tan sobria y sencilla como fue la vida de Delibes, pero tan rica en historia. Tras ella, en el despacho de su casa de Valladolid, está el retrato de su mujer, que parece posar la mano sobre su hombro para animarle a seguir escribiendo.

No era el director de El Norte de Castilla un hombre demasiado estricto con sus horarios de escritura ni su método. «Lo intentaba, pero no pasaba nada si no podía cumplirlo», confirma Elisa Delibes. «Había días que nos decía “Hoy estoy con la seca, no me sale nada. Entonces es mejor dejarlo y ponerte a leer un libro”».

Pasear también le ayudaba a componer sus tramas, a estructurar sus novelas. Para él, asegura su hija, era sagrada la hora diaria que destinaba a sus paseos por el Campo Grande de Valladolid. «Sobre esos paseos, él nos decía que, mientras caminaba, resolvió muchos problemas de la novela que en ese momento estuviera escribiendo. Él seguía escribiendo pero de otra manera, sin la pluma en la mano y pensando, simplemente».

Uno de los hilos conductores de esta exposición, según explica Jesús Marchamalo, es la eterna lucha contra la censura a la que se debió enfrentar durante toda su vida literaria. Pero también su obsesión por las erratas, algo que le ponía muy nervioso cuando las descubría en las ediciones de sus obras o en los artículos del periódico que dirigía. Delibes, el de la palabra precisa y certera, se preocupaba por el lenguaje. Qué pensaría don Miguel hoy al escuchar y leer la neolengua en la que nos hemos instalado.

«Yo creo que pensaría mal», duda un momento Elisa, a quien parece darle cierto pudor meterse en la piel de su padre cuando le pregunto. Pero  luego se reafirma. «Ya le ponía bastante nervioso lo de los periódicos, sobre todo. Todo eufemismos continuamente, que ni se entendían casi. Es verdad que él era austero pero auténtico, así que esto le hubiera horrorizado. Pero él iba a lo suyo. Es verdad que a veces cogía el periódico e iba subrayando todo lo que le parecía eufemístico: ajuste laboral cuando querían decir que echaban a no sé cuántos… Eso le parecía mal e incluso lo apuntaba, lo subrayaba, y cuando iba a El Norte de Castilla lo decía».

DEL PAPEL AL CINE Y AL TEATRO

Hablando de lenguaje, entro en la última sala de la exposición. El cine y el teatro vivieron su particular historia de amor con algunas de las obras de Miguel Delibes. Por eso no podía faltar la presencia de Lola Herrera en Cinco horas con Mario, la adaptación teatral de la gran novela del escritor. Como tampoco la versión cinematográfica que Mario Camus hizo de Los santos inocentes.

La máquina de escribir de Delibes, una Hermes Baby que le regaló Ángeles de Castro cuando se casaron. De la Fundación Miguel Delibes

¿Participó Delibes en la elaboración de los guiones basados en sus novelas? «En principio le gustó un poquito, pero luego vio que no», me saca de la duda Elisa, sobre todo cuando consideró que se abusaba en ocasiones de su buena disposición. «Vio que eran dos realidades distintas y que, si tú dabas los derechos al cine y cobrabas un dinero, la obra que saliera ya no era la tuya».

De todas aquellas adaptaciones cinematográficas, unas le gustaron mucho y otras, no tanto. «Le pasó como a todo el mundo. Le encantó la de Mario Camus, Los santos inocentes. Y le gustó muchísimo la primera que hizo Jiménez Rico, que era sobre Mi idolatrado hijo Sisí, que se llamó Retrato de familia. Le pareció que estaba bien pero que había abusado mucho de los desnudos. Porque era justo la época de la apertura, en el 76; y eso le disgustó; pero la película en sí le gustó bastante. Cayo (El disputado voto del señor Cayo) también, le pareció que estaba muy bien».

Sigo contemplando las fotos y tropiezo entonces con el Delibes académico. Los hijos del escritor han cedido a la Biblioteca Nacional el manuscrito del discurso de ingreso en la RAE que pronunció su padre en 1973. «Yo me considero humana y literariamente muy poco académico», advertía el escritor castellano nada más empezar. También confesaba algunos pecadillos lingüísticos como el laísmo y el leísmo, y realzaba la riqueza y vivacidad del habla rural. ¿Se sentiría Miguel Delibes un pez fuera del agua entre tanto rigor académico?

«Yo creo que en la RAE todo el mundo quiere entrar, incluido él», asegura Elisa convencida y con cierto humor. «Creo que los que son novelistas exclusivamente no se sienten muy bien porque ellos escriben un poco a su manera. Podía ser laísta, leísta… pero empleaba fenomenal el lenguaje y por eso le nombraron académico. Pero, realmente, luego allí tenía poco que decir. Él pensaba, “pues sí, voy a meter pájaros”, pero le hacían poco caso y a él le daba bastante igual».

La mecedora de Miguel Delibes, ante la estantería donde tenía la colección de Áncora y Delfín. De la Fundación Miguel Delibes

«Sin embargo, fue uno de los grandes hitos de su carrera literaria, ser académico y bastante joven, con 50 años. Muy académico no era y ya lo advierte desde el primer momento. Ya vemos que su discurso no tiene que ver nada ni con literatura ni con lengua, simplemente con ecología», continúa diciéndome. «Sin embargo, hace tres años, la Academia, cuando celebró su tercer centenario, editó solo 12 discursos de ingreso nada más, y mira si han pasado académicos desde su fundación. Y uno de ellos fue el de Miguel Delibes. Así que luego terminaron dándole un poquito la razón, que los académicos tienen que saber un poquito de todo».

Resulta tan agradable hablar con Elisa… Conversando con ella, aparece el hombre y se esconde el mito. Escuchándola, siento mucho más cercano a un escritor que ha tenido fama de distante y despegado. Ese adjetivo, despegado, es lo único que molesta a la hija cuando le hablan de su padre, sobre todo cuando le recuerdan lo que le molestaba que le interrumpiesen en sus paseos por el Campo Grande. «Él no era despegado. Estaba muy apegado a su familia, a sus hijos, a sus amigos, a su trabajo… Pero le encantaba pasear. Tenía que dar clase en la Escuela de Comercio, estar en El Norte de Castilla, escribir libros… y le quedaba solo una horita para salir a caminar, así que no le gustaba que uno le parara y perder, estando quieto, toda esa hora. Y entonces decía “Hasta luego, eh, hasta luego”. Y seguía. Que era un poco huraño para eso, sí. Pero había veces que a la persona que le paraba mi padre le decía “siga usted y vamos paseando juntos”».

HASTA LUEGO, DON MIGUEL

Llego al final de la sala y de la exposición. Entre fotos de familia, escucho a sus hijos y a sus nietos hablar de él, de su austeridad, de su compromiso social con los desfavorecidos, de cómo escribía… Me detengo a escuchar cuáles eran las obras favoritas de su padre y de su abuelo. ¡Qué raro tiene que ser eso de tener un padre o un abuelo al que se estudia en las escuelas!, pienso. Pero miro la figura de Elisa y no veo ese peso sobre sus hombros. Delibes supo trasmitirles la sencillez y la naturalidad como forma de vida.

El retrato de John Ulbrich, en el salón de su casa. De la Fundación Miguel Delibes.

Otro gran retrato de Delibes, esta vez en óleo, cierra la muestra y me dice adiós. Lo pintó John Ulbricht y el escritor lo colocó sobre la chimenea de su casa en Valladolid. Me despido de Elisa y de su calidez, y pienso que lo hago también de su madre, con la que comparto nombre, y a la que no dejo de imaginar reflejada en la cercanía de su hija. ¿Qué pasará cuando acabe la muestra y todos los objetos sean devueltos a la casa del escritor en Valladolid y a la Fundación que preside su hija? Entonces me acuerdo de aquella vieja reivindicación de los descendientes de Delibes para abrir una casa museo en su tierra.

«Sigue siendo un tema pendiente, pero es verdad que había avanzado muchísimo justo cuando comenzó la crisis del covid», me confirma Elisa antes de despedirnos. «El covid todo se lo llevó menos la idea de que si nosotros cedíamos un legado tan importante, ellos tendrían que poner la sede».

Miguel Delibes en Sedano. Material gráfico. Álbum confeccionado con motivo de la publicación de la obra «Trilogía del campo». (1984/1985). De la Fundación Miguel Delibes

Habla de la Junta de Castilla y León y otros organismos oficiales. «Y sí, se comprometieron. Lo que pasa es que no nos parece momento de exigir ahora y queremos tener un poco de paciencia. No mucha, porque nosotros somos ya muy mayores, el tiempo pasa y todo el legado de mi padre anda por ahí repartido. Parte en su casa, parte en la Fundación… y no tiene que ser así. Sobre todo, porque no solo nosotros, los vallisoletanos, los españoles, el mundo… está exigiendo esa sede. Tiene que haber algo de Miguel Delibes para que, si vienen a Valladolid, no vean solo una oficina. Que vean parte de esta exposición que está ahora en la BNE como una exposición permanente. Creemos que se va a solucionar, aunque llevamos ya 10 años. Pero parece que la Junta ahora ya se ha puesto las pilas y está buscando un edificio acorde». Que así sea.

Al hablar con Elisa Delibes una no puede evitar pensar en que mucho del carácter de su madre, Ángeles de Castro, vive en ella. La hija del escritor y presidenta de la Fundación Miguel Delibes describe a la mítica señora de rojo sobre fondo gris que su padre inmortalizara en una de sus novelas más hermosas como una persona muy alegre, con mucha vitalidad y con un gran don de gentes. De tal palo, tal astilla, pienso. Y agradezco la sonrisa que me regala, a pesar de la constante atención que reclaman de su parte tantos otros medios. Elisa Delibes se encuentra promocionando estos días la exposición Delibes que la Biblioteca Nacional de España, la Fundación que ella preside y Acción Cultural Española (AC/E), entre otros organismos, han organizado para conmemorar el centenario del escritor vallisoletano.

UN HOMBRE DE FAMILIA

Nada más entrar en la sala, un retrato de Miguel Delibes da la bienvenida al visitante invitándole con la mirada a pasar y contemplar, al fondo, el retrato de su mujer. Mucho se ha hablado de la enorme influencia de Ángeles de Castro en su marido y de lo mucho que su temprana muerte marcó al escritor. Pero esta exposición llega para derribar mitos en torno a este hombre sencillo y algo huraño, como siempre se le ha descrito, y para descubrir otras facetas no tan conocidas.

Miguel Delibes
Mesa donde escribía Miguel Delibes, con el retrato de su mujer, Ángeles de Castro, la “Señora de rojo sobre fondo gris” que daría título al libro. De la Fundación Miguel Delibes

«Al morir de una muerta tan trágica, siendo tan joven y una mujer alegre, que le apetecía vivir, siendo el apoyo de mi padre, yo creo que se ha exagerado un poco su influencia, aunque era muy grande. Pero yo creo que era muy grande para la vida». De esta manera Elisa Delibes contradice a quienes han querido magnificar la huella de la matriarca de la familia sobre su marido. Al menos, no una huella literaria, porque en opinión de Elisa, su padre hubiera sido «un buen escritor y un buen periodista, aun sin existir mi madre. Fue compañera de vida, sí, pero también jurado. Fue una juez de su obra, de lo que hacía, a quien él hacía caso porque consideraba que tenía buen gusto. Pero hasta ahí».

Resulta emocionante hablar con la hija de una persona a la que has mitificado. No en vano Delibes fue uno de los grandes escritores españoles del siglo XX, y formaba parte, por eso mismo, de los currículos escolares en la asignatura de Literatura. Pensar en El camino es volver a la infancia, tan distinta de la que el escritor castellano habla en su obra y que también está presente en la exposición de la BNE. ¿Cómo sería vivir en casa de los Delibes? ¿Sería la literatura uno de sus temas de conversación?

Miguel Delibes
Original manuscrito de ‘Los santos inocentes’. Fundación Miguel Delibes

«En mi casa se hablaba poquísimo de literatura, poquísimo», cuenta Elisa. «Éramos una familia corriente: se hablaba de la comida, de si había puré, de si había arroz… Y si el domingo iban a ir de caza o nos iban a llevar al cine. Pero de literatura… Hombre, cuando ya fuimos más mayores, a lo mejor sí, pero normalmente, no, no se hablaba».

Delibes era un hombre de familia. Él escribía, igual que dirigía un periódico, daba clases en la Escuela de Comercio de Valladolid o salía a cazar y pasear por el campo. Era una actividad más sobre la que no le gustaba teorizar en frío. Parte de su pensamiento literario y su forma de escribir quedó reflejado en conversaciones con otros autores que conservamos en forma de libro. La literatura era solo un tema más en aquellas charlas.

«Él no era un intelectual. Lo que hacía es escribir sus libros; el que quería leerlos y le gustaban, bien, y el que no, no», repite Elisa, explicando la poca importancia que su padre daba a eso de crear escuela. «Pero alguna vez se paró a teorizar porque no quedaba otra. A él le decían: “Y usted cómo escribe, qué elementos son necesarios…”. Entonces él lo pensaba un poco y decía: “Para mí los personajes son muy importantes; y que haya una pasión que presida todo el libro, pues también…”. Y todo esto le iba dando toda una teoría literaria propia, pero una teoría pequeñita –y recalca mucho lo de pequeñita–».

Original manuscrito de ‘El Hereje’. Fundación Miguel Delibes

«Él no era un crítico literario en absoluto, ni una persona que se parara tanto a pensar en lo que hacía. A veces sí que decía que le costaba encontrar el tono. “No lo encuentro, no lo encuentro, no lo encuentro, y empiezo mil veces hasta que, de repente, se me presenta el tono”. Es como cuando decía que empezó a escribir con Mario vivo y que eso no funcionó. Le tuvo que matar para que funcionara ese monólogo que luego ha traído tanta cola y que le ha dado tanta satisfacción».

Escuchando lo que Elisa me cuenta, sigo recorriendo la primera sala de la exposición, la que habla de la infancia del escritor, de su familia y de su abuelo francés. Jesús Marchamalo, comisario de la muestra, resalta el papel que jugó el abuelo Delibes en la vida del autor vallisoletano. «Delibes siempre dio mucha importancia a su formación francesa. Es un abuelo del que hereda el amor por la naturaleza, por el aire libre, por los deportes…». Es en este lugar donde nos encontramos con la serena presencia de la señora de rojo sobre fondo gris, la misma que le regaló una máquina de escribir como regalo de bodas, cuando él ni siquiera se había planteado ser escritor.

Marchamalo tiene razón. Una exposición, en el fondo, es un descubrimiento. Entre los hallazgos que encuentro en esta muestra está su faceta como profesor en la Escuela de Comercio de Valladolid. Primero de Derecho Mercantil, y de Historia del Comercio después, materia esta más humanística, cuenta su hija, que le llenaba mucho más que la jurídica.

De la enseñanza, recuerda la presidenta de la Fundación Delibes, su padre decía que «era una bonita profesión si te van bien las cosas, si logras interesar a los alumnos por lo que les estás explicando. Y, además, el mantenerte siempre al lado de gente joven consideraba que era muy bueno». Le gustaba enseñar, se sintió feliz ejerciendo de profesor. Por eso resulta tan gozoso a la vista contemplar los cuadernos en los que preparaba sus clases, tan ordenados, tan llenos de ilustraciones. Sí, concluye Elisa, «fue bastante feliz dando clases».

Miguel Delibes Setién escribiendo en el despacho de su casa del Paseo de Zorrilla. 1960, Valladolid. De la Fundación Miguel Delibes

Y sigo descubriendo. A Delibes, a quien siempre me habían hecho imaginar como un hombre tremendamente apegado a su tierra, a su campo y a su casa, le encantaba viajar. Sus novelas son sobradamente conocidas, pero no tanto sus libros de viajes. «A él sí que le gustaba muchísimo viajar, pero ahí sí que era fundamental la figura de mi madre», me explica Elisa. Ángeles, con algunos conocimientos de idiomas y su carácter sociable y conversador, conseguía apartar durante un rato la atención que recaía sobre su marido y que a él le resultaba tan pesada y agobiante. Eso le permitía mantenerse callado y pensar en sus cosas, sin tener que esforzarse en ser amable con quienes le mostraban siempre tanta admiración.

«En 1955 viajó por toda Sudamérica, cosa que ningún escritor de su generación –o muy pocos– llegó a hacer. En el 64 estuvo seis meses en EEUU, y cada año viajaba por Europa: Italia, Alemania, Francia, Praga…», recalca Elisa. «Cuando murió mi madre quiso seguir haciéndolo… y lo hicimos. Hicimos bastantes viajes, pero siempre tenía que ser acompañado por hijos porque él solo no iba a ninguna parte y no cogía aviones. Lo que pasa es que a él no le gustaba irse ni mucho tiempo ni demasiado lejos porque se sentía demasiado apegado a su tierra y a su familia entera».

LOS MANUSCRITOS: ASÍ ESCRIBÍA DELIBES

La primera sala termina con uno de los grandes hitos en la vida literaria de Miguel Delibes, el Premio Nadal que consiguió en 1947 por su novela La sombra del ciprés es alargada. Me adentro en la siguiente, donde me reciben sus manuscritos. Delibes escribía sus obras a mano en cuartillas y en las resmas sobrantes del periódico, que pedía que cortaran y guardaran para él en El Norte de Castilla, el diario en el que empezó como redactor y acabó dirigiendo. Contemplo sus tachones, sus correcciones y cómo fue cambiando su letra a medida que pasaban los años.

«Me encantan sus manuscritos. Me parecen lo mejor que tenemos de mi padre», me confiesa Elisa con cierta emoción en la voz. «Él todo lo escribía a mano. Algunos se han perdido, porque una vez que los tenía escritos les daba poca importancia. Como ya estaban escritos y publicados…». Ella cuenta que su padre no era especialmente ordenado, pero afortunadamente para nosotros, sí fue cuidadoso a la hora de guardar. Así me lo asegura el comisario de la exposición. Gracias a ese afán por no tirar conservamos hoy muchos de los borradores, de las fotografías originales, de los dibujos a plumilla que realizó en su primera andadura profesional… Y la correspondencia, las miles de cartas que se escribió con amigos y otros grandes escritores como Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Carmen Martín-Gaite, Cela, Umbral…

Original manuscrito de ‘Cinco horas con Mario’. Fundación Miguel Delibes
Original manuscrito de ‘Cinco horas con Mario’. Fundación Miguel Delibes

En el deambular por esta sala, me acompaña la voz de José Sacristán mientras lee el comienzo de los manuscritos que se exponen. Es fácil imaginar a don Miguel escribiendo sobre la mesa de madera que preside la sala, tan llena de marcas de vida y cigarros, tan sobria y sencilla como fue la vida de Delibes, pero tan rica en historia. Tras ella, en el despacho de su casa de Valladolid, está el retrato de su mujer, que parece posar la mano sobre su hombro para animarle a seguir escribiendo.

No era el director de El Norte de Castilla un hombre demasiado estricto con sus horarios de escritura ni su método. «Lo intentaba, pero no pasaba nada si no podía cumplirlo», confirma Elisa Delibes. «Había días que nos decía “Hoy estoy con la seca, no me sale nada. Entonces es mejor dejarlo y ponerte a leer un libro”».

Pasear también le ayudaba a componer sus tramas, a estructurar sus novelas. Para él, asegura su hija, era sagrada la hora diaria que destinaba a sus paseos por el Campo Grande de Valladolid. «Sobre esos paseos, él nos decía que, mientras caminaba, resolvió muchos problemas de la novela que en ese momento estuviera escribiendo. Él seguía escribiendo pero de otra manera, sin la pluma en la mano y pensando, simplemente».

Uno de los hilos conductores de esta exposición, según explica Jesús Marchamalo, es la eterna lucha contra la censura a la que se debió enfrentar durante toda su vida literaria. Pero también su obsesión por las erratas, algo que le ponía muy nervioso cuando las descubría en las ediciones de sus obras o en los artículos del periódico que dirigía. Delibes, el de la palabra precisa y certera, se preocupaba por el lenguaje. Qué pensaría don Miguel hoy al escuchar y leer la neolengua en la que nos hemos instalado.

«Yo creo que pensaría mal», duda un momento Elisa, a quien parece darle cierto pudor meterse en la piel de su padre cuando le pregunto. Pero  luego se reafirma. «Ya le ponía bastante nervioso lo de los periódicos, sobre todo. Todo eufemismos continuamente, que ni se entendían casi. Es verdad que él era austero pero auténtico, así que esto le hubiera horrorizado. Pero él iba a lo suyo. Es verdad que a veces cogía el periódico e iba subrayando todo lo que le parecía eufemístico: ajuste laboral cuando querían decir que echaban a no sé cuántos… Eso le parecía mal e incluso lo apuntaba, lo subrayaba, y cuando iba a El Norte de Castilla lo decía».

DEL PAPEL AL CINE Y AL TEATRO

Hablando de lenguaje, entro en la última sala de la exposición. El cine y el teatro vivieron su particular historia de amor con algunas de las obras de Miguel Delibes. Por eso no podía faltar la presencia de Lola Herrera en Cinco horas con Mario, la adaptación teatral de la gran novela del escritor. Como tampoco la versión cinematográfica que Mario Camus hizo de Los santos inocentes.

La máquina de escribir de Delibes, una Hermes Baby que le regaló Ángeles de Castro cuando se casaron. De la Fundación Miguel Delibes

¿Participó Delibes en la elaboración de los guiones basados en sus novelas? «En principio le gustó un poquito, pero luego vio que no», me saca de la duda Elisa, sobre todo cuando consideró que se abusaba en ocasiones de su buena disposición. «Vio que eran dos realidades distintas y que, si tú dabas los derechos al cine y cobrabas un dinero, la obra que saliera ya no era la tuya».

De todas aquellas adaptaciones cinematográficas, unas le gustaron mucho y otras, no tanto. «Le pasó como a todo el mundo. Le encantó la de Mario Camus, Los santos inocentes. Y le gustó muchísimo la primera que hizo Jiménez Rico, que era sobre Mi idolatrado hijo Sisí, que se llamó Retrato de familia. Le pareció que estaba bien pero que había abusado mucho de los desnudos. Porque era justo la época de la apertura, en el 76; y eso le disgustó; pero la película en sí le gustó bastante. Cayo (El disputado voto del señor Cayo) también, le pareció que estaba muy bien».

Sigo contemplando las fotos y tropiezo entonces con el Delibes académico. Los hijos del escritor han cedido a la Biblioteca Nacional el manuscrito del discurso de ingreso en la RAE que pronunció su padre en 1973. «Yo me considero humana y literariamente muy poco académico», advertía el escritor castellano nada más empezar. También confesaba algunos pecadillos lingüísticos como el laísmo y el leísmo, y realzaba la riqueza y vivacidad del habla rural. ¿Se sentiría Miguel Delibes un pez fuera del agua entre tanto rigor académico?

«Yo creo que en la RAE todo el mundo quiere entrar, incluido él», asegura Elisa convencida y con cierto humor. «Creo que los que son novelistas exclusivamente no se sienten muy bien porque ellos escriben un poco a su manera. Podía ser laísta, leísta… pero empleaba fenomenal el lenguaje y por eso le nombraron académico. Pero, realmente, luego allí tenía poco que decir. Él pensaba, “pues sí, voy a meter pájaros”, pero le hacían poco caso y a él le daba bastante igual».

La mecedora de Miguel Delibes, ante la estantería donde tenía la colección de Áncora y Delfín. De la Fundación Miguel Delibes

«Sin embargo, fue uno de los grandes hitos de su carrera literaria, ser académico y bastante joven, con 50 años. Muy académico no era y ya lo advierte desde el primer momento. Ya vemos que su discurso no tiene que ver nada ni con literatura ni con lengua, simplemente con ecología», continúa diciéndome. «Sin embargo, hace tres años, la Academia, cuando celebró su tercer centenario, editó solo 12 discursos de ingreso nada más, y mira si han pasado académicos desde su fundación. Y uno de ellos fue el de Miguel Delibes. Así que luego terminaron dándole un poquito la razón, que los académicos tienen que saber un poquito de todo».

Resulta tan agradable hablar con Elisa… Conversando con ella, aparece el hombre y se esconde el mito. Escuchándola, siento mucho más cercano a un escritor que ha tenido fama de distante y despegado. Ese adjetivo, despegado, es lo único que molesta a la hija cuando le hablan de su padre, sobre todo cuando le recuerdan lo que le molestaba que le interrumpiesen en sus paseos por el Campo Grande. «Él no era despegado. Estaba muy apegado a su familia, a sus hijos, a sus amigos, a su trabajo… Pero le encantaba pasear. Tenía que dar clase en la Escuela de Comercio, estar en El Norte de Castilla, escribir libros… y le quedaba solo una horita para salir a caminar, así que no le gustaba que uno le parara y perder, estando quieto, toda esa hora. Y entonces decía “Hasta luego, eh, hasta luego”. Y seguía. Que era un poco huraño para eso, sí. Pero había veces que a la persona que le paraba mi padre le decía “siga usted y vamos paseando juntos”».

HASTA LUEGO, DON MIGUEL

Llego al final de la sala y de la exposición. Entre fotos de familia, escucho a sus hijos y a sus nietos hablar de él, de su austeridad, de su compromiso social con los desfavorecidos, de cómo escribía… Me detengo a escuchar cuáles eran las obras favoritas de su padre y de su abuelo. ¡Qué raro tiene que ser eso de tener un padre o un abuelo al que se estudia en las escuelas!, pienso. Pero miro la figura de Elisa y no veo ese peso sobre sus hombros. Delibes supo trasmitirles la sencillez y la naturalidad como forma de vida.

El retrato de John Ulbrich, en el salón de su casa. De la Fundación Miguel Delibes.

Otro gran retrato de Delibes, esta vez en óleo, cierra la muestra y me dice adiós. Lo pintó John Ulbricht y el escritor lo colocó sobre la chimenea de su casa en Valladolid. Me despido de Elisa y de su calidez, y pienso que lo hago también de su madre, con la que comparto nombre, y a la que no dejo de imaginar reflejada en la cercanía de su hija. ¿Qué pasará cuando acabe la muestra y todos los objetos sean devueltos a la casa del escritor en Valladolid y a la Fundación que preside su hija? Entonces me acuerdo de aquella vieja reivindicación de los descendientes de Delibes para abrir una casa museo en su tierra.

«Sigue siendo un tema pendiente, pero es verdad que había avanzado muchísimo justo cuando comenzó la crisis del covid», me confirma Elisa antes de despedirnos. «El covid todo se lo llevó menos la idea de que si nosotros cedíamos un legado tan importante, ellos tendrían que poner la sede».

Miguel Delibes en Sedano. Material gráfico. Álbum confeccionado con motivo de la publicación de la obra «Trilogía del campo». (1984/1985). De la Fundación Miguel Delibes

Habla de la Junta de Castilla y León y otros organismos oficiales. «Y sí, se comprometieron. Lo que pasa es que no nos parece momento de exigir ahora y queremos tener un poco de paciencia. No mucha, porque nosotros somos ya muy mayores, el tiempo pasa y todo el legado de mi padre anda por ahí repartido. Parte en su casa, parte en la Fundación… y no tiene que ser así. Sobre todo, porque no solo nosotros, los vallisoletanos, los españoles, el mundo… está exigiendo esa sede. Tiene que haber algo de Miguel Delibes para que, si vienen a Valladolid, no vean solo una oficina. Que vean parte de esta exposición que está ahora en la BNE como una exposición permanente. Creemos que se va a solucionar, aunque llevamos ya 10 años. Pero parece que la Junta ahora ya se ha puesto las pilas y está buscando un edificio acorde». Que así sea.

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