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Hay vida en Marte y somos nosotros

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«Hoy hemos llegado a Marte. Hay vida en Marte y somos nosotros». Ray Bradbury se puso épico tras el amartizaje (sí, se dice así) de la sonda espacial Viking 1 en 1976. Puede que las palabras del escritor no sean tan famosas como las que pronunció Neil Armstrong en el primer alunizaje, pero son quizá más gráficas: describen a la perfección la relación del hombre con el planeta rojo. Bradbury verbalizó lo que muchos sospechaban: nunca se trató de los marcianos, la obsesión con Marte siempre había ido sobre nosotros.

Sus palabras sirven de introducción para la exposición Marte, la conquista de un sueño que se exhibe hasta finales de enero en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid. Con ellas adelantan al visitante el espíritu de la muestra.

No pretende esta exposición repasar todos los logros científicos que nos han acercado al planeta rojo. No solo. También analiza la influencia de este planeta en el imaginario colectivo, la impronta que ha dejado en la historia y en la cultura. No es una exposición de ciencia ficción pero sí bascula entre la ciencia y la ficción. En el caso de Marte, ambas disciplinas se retroalimentan desde hace décadas. La exposición también combina historia y predicciones futuras. Pero quizá la dicotomía más importante sea que no consigue solo que conozcamos algo más sobre Marte, sino sobre la propia condición humana.

El hombre se fijó en Marte hace 4.500 años, cuando los asirios trataron de registrar su extraña trayectoria. Desde entonces todas las culturas, todas las civilizaciones, han sentido fascinación por el resplandor rojizo que vierte en la negrura del espacio. Los griegos, romanos, indios y aztecas vincularon irremediablemente este planeta al caos y la guerra. La primera parte de la exposición reconstruye estas primeras aproximaciones.

Marte es un espacio mítico en el que hemos proyectado todos nuestros miedos y esperanzas

Después de los mitos vino la ciencia. Y después de nuestra fascinación con su color, llegó el asombro por su movimiento. Durante ciertos periodos da la impresión de que Marte se mueva hacia atrás, es lo que se conoce como movimiento retrógrado y supuso un reto para los astrónomos del pasado. Solo cuando Copérnico encontró la clave y Kepler la desarrolló terminaron los quebraderos de cabeza. Pero fue Galileo, con su rudimentario telescopio, el que más luz virtió sobre el planeta rojo.

La ciencia mató a los dioses. O al menos les expulsó del cielo, cediendo sus antiguo olimpo a unos habitantes potenciales: los extraterrestres. En el caso de Marte cambió el nombre pero no su naturaleza. La mitología se trasladó a la cultura popular, y el marciano se dibujó como un invasor agresivo y beligerante, una especie de dios de la guerra moderno.

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El planeta se colonizó antes que nada por nuestra imaginación. Decía Carl Sagan que Marte representa «un espacio mítico en el que hemos proyectado todos nuestros miedos y esperanzas». Esta afirmación se comprueba con facilidad echando un vistazo a la generosa ficción que ha generado el planeta rojo. Hay rasgos comunes como la comentada visión belicista de los marcianos. Pero más interesante que buscar los puntos en común es destacar los elementos diferenciadores.

La Guerra de los Mundos es la novela seminal de la invasión marciana. La obra de H.G. Wells ha pasado a la historia como un clásico de la ciencia ficción, pero una lectura más en profundidad ofrece una nueva lectura del texto. La guerra de los mundos es una alegoría política del clima previo a la Primera Guerra Mundial. Utilizando como excusa la batalla extraterrestre, Welsh teje una crítica mordaz hacia el imperialismo y la arrogancia humana.

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Wells utilizó la ficción para hablar de la realidad. Lo hizo basándose en las noticias científicas de la época. De hecho, el origen de la novela se encuentra en un artículo de la revista Nature que narraba la captación de extrañas luces provenientes de Marte. En la novela, las luces descritas por Nature (que resultaron ser un efecto óptico) eran los fogonazos de un enorme cañón que disparaba las naves marcianas hacia la Tierra. No fue la única referencia científica de La Guerra de los mundos; no hay que olvidar que Wells, antes que escritor, era biólogo. El inglés se sirvió de las elucubraciones de astrónomos como Percival Lowell o el italiano Giovanni Schiaparelli (a quien menciona explícitamente en el libro) para construir su ficción.

De la crítica al imperialismo pasamos al análisis del colonialismo. En Crónicas Marcianas, Ray Bradbury perfila una crítica a la sociedad estadounidense de los años 50. Habla de la colonización de Marte y de nuestro enfrentamiento con sus habitantes, sí, pero también habla de racismo, proliferación nuclear, censura y macartismo.

Durante los años 50, el cine de ciencia ficción se convierte en un género propio. La Guerra Fría y la carrera espacial explican el nacimiento del género. La posibilidad de llenar de contenido al desconocido Marte lo convierte en un arma política. Por un lado, el frente soviético encuentra en el planeta rojo un espejo en el que mirarse. Los estadounidenses aceptan la analogía cromática y vierten en Marte todos sus miedos y fobias comunistas.

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Quizá el ejemplo más interesante, del lado soviético, lo constituya la novela Estrella Roja. Tras un enfrentamiento fallido con Lenin por el liderazgo de los bolcheviques, Alexander Bogdánov decidió continuar la revolución desde los libros. Estrella Roja es un libro de texto para el proletariado que imagina un paraíso socialista en Marte. En lugar de plasmar su ideario en un ensayo denso, Bogdánov optó por una novela de ciencia ficción, con ecos de Verne y Wells. Hay que reconocerle el haber previsto avances tecnológicos como las videollamadas, la automatización de la producción o la fusión atómica. En otros campos, como el de las góndolas voladoras o los viajes interplanetarios, erró un poco.

En el cine también hay historias que merece la pena rescatar. Aelita fue la primera película en narrar un viaje espacial. Esta producción soviética se estrenó tres años antes de la archiconocida Metrópolis, y, de hecho, tuvo una influencia considerable en la obra magna de Fritz Lang. Estaba basada en una novela de Tolstoi y contaba la historia de un soldado bolchevique que viaja a Marte para dirigir un levantamiento popular contra el rey, con el apoyo de la reina Aelita.

La película podría verse como propaganda comunista, pero lo cierto es que en su desarrollo se construye más bien como una crítica. Tanto fue así que la película, muy popular en un principio, fue prohibida por el régimen soviético, y su visionado fue casi imposible hasta el fin de la Guerra Fría, lo que explica que haya pasado desapercibida incluso para el público occidental.

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Saltemos al otro lado del charco. En el EEUU de McCarthy el planeta rojo se convirtió en una metáfora de la amenaza soviética. Hollywood fue uno de los lugares que más sufrió la caza de brujas, la búsqueda y persecución de comunistas infiltrados. Este ambiente fue propiciado por películas como Angry Red Planet, pero también denunciado, hasta cierto punto, por otras como Invasores de Marte o La invasión de los ultracuerpos.

La película de Philip Kaufman, quizá la más conocida del género, narra cómo los habitantes de un pequeño pueblo son sustituidos por réplicas extraterrestres, en un proceso de lavado de cerebro que hacía clara referencia a la propaganda comunista. Pero por otro lado, La invasión de los ultracuerpos también reflejó el estado de psicosis generalizada de la sociedad estadounidense.

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Podría hacerse un análisis frívolo de toda esta herencia cultural, pero sería errado y pretencioso. No lo decimos nosotros. Hanna Arendt, probablemente la teórica política más importante del siglo XX, se quejó del menosprecio que sufría la ciencia ficción, y recalcó el potencial de este género para analizar nuestro planeta desde fuera, para repensarnos políticamente. La muestra de Fundación Telefónica hace un exhaustivo repaso de este repensamiento, a la vez que pone en contexto los logros históricos y científicos en torno a nuestro planeta vecino.

En los últimos años la ciencia ficción, películas como Contact, The Martian, La Llegada o Interestellar, hablan menos de política y más de ciencia y de la propia naturaleza humana. Cierto es que los autores tienen ahora menos margen para fantasías especulativas. Hasta la fecha se han dedicado a Marte 43 misiones. Ahora mismo, hay seis artefactos en su órbita y dos en su suelo. Las palabras de Bradbury nunca fueron más ciertas. Hay vida en Marte y somos nosotros.

«Hoy hemos llegado a Marte. Hay vida en Marte y somos nosotros». Ray Bradbury se puso épico tras el amartizaje (sí, se dice así) de la sonda espacial Viking 1 en 1976. Puede que las palabras del escritor no sean tan famosas como las que pronunció Neil Armstrong en el primer alunizaje, pero son quizá más gráficas: describen a la perfección la relación del hombre con el planeta rojo. Bradbury verbalizó lo que muchos sospechaban: nunca se trató de los marcianos, la obsesión con Marte siempre había ido sobre nosotros.

Sus palabras sirven de introducción para la exposición Marte, la conquista de un sueño que se exhibe hasta finales de enero en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid. Con ellas adelantan al visitante el espíritu de la muestra.

No pretende esta exposición repasar todos los logros científicos que nos han acercado al planeta rojo. No solo. También analiza la influencia de este planeta en el imaginario colectivo, la impronta que ha dejado en la historia y en la cultura. No es una exposición de ciencia ficción pero sí bascula entre la ciencia y la ficción. En el caso de Marte, ambas disciplinas se retroalimentan desde hace décadas. La exposición también combina historia y predicciones futuras. Pero quizá la dicotomía más importante sea que no consigue solo que conozcamos algo más sobre Marte, sino sobre la propia condición humana.

El hombre se fijó en Marte hace 4.500 años, cuando los asirios trataron de registrar su extraña trayectoria. Desde entonces todas las culturas, todas las civilizaciones, han sentido fascinación por el resplandor rojizo que vierte en la negrura del espacio. Los griegos, romanos, indios y aztecas vincularon irremediablemente este planeta al caos y la guerra. La primera parte de la exposición reconstruye estas primeras aproximaciones.

Marte es un espacio mítico en el que hemos proyectado todos nuestros miedos y esperanzas

Después de los mitos vino la ciencia. Y después de nuestra fascinación con su color, llegó el asombro por su movimiento. Durante ciertos periodos da la impresión de que Marte se mueva hacia atrás, es lo que se conoce como movimiento retrógrado y supuso un reto para los astrónomos del pasado. Solo cuando Copérnico encontró la clave y Kepler la desarrolló terminaron los quebraderos de cabeza. Pero fue Galileo, con su rudimentario telescopio, el que más luz virtió sobre el planeta rojo.

La ciencia mató a los dioses. O al menos les expulsó del cielo, cediendo sus antiguo olimpo a unos habitantes potenciales: los extraterrestres. En el caso de Marte cambió el nombre pero no su naturaleza. La mitología se trasladó a la cultura popular, y el marciano se dibujó como un invasor agresivo y beligerante, una especie de dios de la guerra moderno.

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El planeta se colonizó antes que nada por nuestra imaginación. Decía Carl Sagan que Marte representa «un espacio mítico en el que hemos proyectado todos nuestros miedos y esperanzas». Esta afirmación se comprueba con facilidad echando un vistazo a la generosa ficción que ha generado el planeta rojo. Hay rasgos comunes como la comentada visión belicista de los marcianos. Pero más interesante que buscar los puntos en común es destacar los elementos diferenciadores.

La Guerra de los Mundos es la novela seminal de la invasión marciana. La obra de H.G. Wells ha pasado a la historia como un clásico de la ciencia ficción, pero una lectura más en profundidad ofrece una nueva lectura del texto. La guerra de los mundos es una alegoría política del clima previo a la Primera Guerra Mundial. Utilizando como excusa la batalla extraterrestre, Welsh teje una crítica mordaz hacia el imperialismo y la arrogancia humana.

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Wells utilizó la ficción para hablar de la realidad. Lo hizo basándose en las noticias científicas de la época. De hecho, el origen de la novela se encuentra en un artículo de la revista Nature que narraba la captación de extrañas luces provenientes de Marte. En la novela, las luces descritas por Nature (que resultaron ser un efecto óptico) eran los fogonazos de un enorme cañón que disparaba las naves marcianas hacia la Tierra. No fue la única referencia científica de La Guerra de los mundos; no hay que olvidar que Wells, antes que escritor, era biólogo. El inglés se sirvió de las elucubraciones de astrónomos como Percival Lowell o el italiano Giovanni Schiaparelli (a quien menciona explícitamente en el libro) para construir su ficción.

De la crítica al imperialismo pasamos al análisis del colonialismo. En Crónicas Marcianas, Ray Bradbury perfila una crítica a la sociedad estadounidense de los años 50. Habla de la colonización de Marte y de nuestro enfrentamiento con sus habitantes, sí, pero también habla de racismo, proliferación nuclear, censura y macartismo.

Durante los años 50, el cine de ciencia ficción se convierte en un género propio. La Guerra Fría y la carrera espacial explican el nacimiento del género. La posibilidad de llenar de contenido al desconocido Marte lo convierte en un arma política. Por un lado, el frente soviético encuentra en el planeta rojo un espejo en el que mirarse. Los estadounidenses aceptan la analogía cromática y vierten en Marte todos sus miedos y fobias comunistas.

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Quizá el ejemplo más interesante, del lado soviético, lo constituya la novela Estrella Roja. Tras un enfrentamiento fallido con Lenin por el liderazgo de los bolcheviques, Alexander Bogdánov decidió continuar la revolución desde los libros. Estrella Roja es un libro de texto para el proletariado que imagina un paraíso socialista en Marte. En lugar de plasmar su ideario en un ensayo denso, Bogdánov optó por una novela de ciencia ficción, con ecos de Verne y Wells. Hay que reconocerle el haber previsto avances tecnológicos como las videollamadas, la automatización de la producción o la fusión atómica. En otros campos, como el de las góndolas voladoras o los viajes interplanetarios, erró un poco.

En el cine también hay historias que merece la pena rescatar. Aelita fue la primera película en narrar un viaje espacial. Esta producción soviética se estrenó tres años antes de la archiconocida Metrópolis, y, de hecho, tuvo una influencia considerable en la obra magna de Fritz Lang. Estaba basada en una novela de Tolstoi y contaba la historia de un soldado bolchevique que viaja a Marte para dirigir un levantamiento popular contra el rey, con el apoyo de la reina Aelita.

La película podría verse como propaganda comunista, pero lo cierto es que en su desarrollo se construye más bien como una crítica. Tanto fue así que la película, muy popular en un principio, fue prohibida por el régimen soviético, y su visionado fue casi imposible hasta el fin de la Guerra Fría, lo que explica que haya pasado desapercibida incluso para el público occidental.

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Saltemos al otro lado del charco. En el EEUU de McCarthy el planeta rojo se convirtió en una metáfora de la amenaza soviética. Hollywood fue uno de los lugares que más sufrió la caza de brujas, la búsqueda y persecución de comunistas infiltrados. Este ambiente fue propiciado por películas como Angry Red Planet, pero también denunciado, hasta cierto punto, por otras como Invasores de Marte o La invasión de los ultracuerpos.

La película de Philip Kaufman, quizá la más conocida del género, narra cómo los habitantes de un pequeño pueblo son sustituidos por réplicas extraterrestres, en un proceso de lavado de cerebro que hacía clara referencia a la propaganda comunista. Pero por otro lado, La invasión de los ultracuerpos también reflejó el estado de psicosis generalizada de la sociedad estadounidense.

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Podría hacerse un análisis frívolo de toda esta herencia cultural, pero sería errado y pretencioso. No lo decimos nosotros. Hanna Arendt, probablemente la teórica política más importante del siglo XX, se quejó del menosprecio que sufría la ciencia ficción, y recalcó el potencial de este género para analizar nuestro planeta desde fuera, para repensarnos políticamente. La muestra de Fundación Telefónica hace un exhaustivo repaso de este repensamiento, a la vez que pone en contexto los logros históricos y científicos en torno a nuestro planeta vecino.

En los últimos años la ciencia ficción, películas como Contact, The Martian, La Llegada o Interestellar, hablan menos de política y más de ciencia y de la propia naturaleza humana. Cierto es que los autores tienen ahora menos margen para fantasías especulativas. Hasta la fecha se han dedicado a Marte 43 misiones. Ahora mismo, hay seis artefactos en su órbita y dos en su suelo. Las palabras de Bradbury nunca fueron más ciertas. Hay vida en Marte y somos nosotros.

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