1 de mayo 2018    /   IDEAS
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Los extraordinarios efectos que causa viajar a la naturaleza

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Quizá el poeta que más se ha implicado emocionalmente con la naturaleza, con ese grado de candidez y gazmoñería hiperglucémica que recuerda a Gloria Fuertes, sea William Wordsworth, quien a finales del siglo XVIII entendió la naturaleza como una entidad animada con la que podemos conectar a través del éxtasis.

Para Wordsworth la naturaleza es algo así como las pinturas de Bob Ross: ideales de la infancia en los que las colinas le persiguen, las montañas tienen entidad propia y los ríos le hablan. El poder numinoso late en cualquier ambiente bucólico, el locus amoenus de quienes saben mirar y reconectar con su Yo primigenio.

Absorbidos por la calma contemplativa incluso podemos aprender más a propósito de la moral que muchos sabios en sus libros, señala el propio Wordsworth, que llegó a recorrer miles de kilómetros a pie para que la naturaleza le suscitara todas estas emociones. En su poema épico El preludio, por ejemplo, habla así de su infancia en la zona rural de Lake District:

Un inmenso acantilado
cual si con voluntario instinto de poder
alzara la cabeza.

Remé y remé otra vez
e inmóvil aumentando en estatura
el grandioso cañón se alzaba entre mi ser y las estrellas
y, sin embargo, con pasos muy medidos
como si de un ser vivo se tratara
andaba tras de mí.

Porque los paisajes de la naturaleza pueden incrementar la sensación que tenemos de lo sublime, como explica Joseph Addison en su ensayo Los placeres de la imaginación, donde describe el «delicioso sosiego y asombro» que le produce «la vista de un campo abierto, un vasto desierto baldío, descomunales macizos montañosos, rocas y precipicios elevados y una generosa extensión de agua».

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Ecología profunda

Deudores de Wordsworth y otros, como el sacerdote ecologista Thomas Barry, que señalaba que «ya no podemos oír la voz de los ríos, de las montañas ni del mar», ha nacido un movimiento llamado ecología profunda.

Su filosofía órbita alrededor de una idea central: debemos pasar de la consciencia egocéntrica y la ecocéntrica. La ecología profunda tiene como premisa una integración total de la persona-en-naturaleza.

Acuñada en 1973 por Arne Naess como un término teórico, resulta difícil diferenciar a los partidarios de estas ideas de los ecologuays, los gurús de la psicodélica o simplemente de los tarados mentales. Sin embargo, la ecología profunda se apoya en estudios científicos que sugieren hasta qué punto la naturaleza puede influir en nuestras emociones.

Por ejemplo, el neurocientífico Michiel van Elk, de la Universidad de Ámsterdam, Países Bajos, sugiere que las personas que contemplan vídeos sobre las partes más asombrosas de la naturaleza informan de que sus cuerpos son físicamente más pequeños que los que veían videos graciosos o neutros. Porque nos sentimos más parte del todo.

Por esa razón también reverenciamos más la naturaleza, y la respetamos, cuando conectamos más con ella, como sugiere otro estudio sobre la importancia del asombro y la sensación de maravilla, de Paul Piff, de la Universidad de California.

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Con todo, la ecología profunda tiene sus derivadas más místicas, e incluso ritos neopaganos más o menos conscientes de sí mismos. Uno de los rituales más comunes, inspirado en los rituales de los pueblos indígenas norteamericanos, es el llamado «búsqueda de visión», que explica así el investigador Jules Evans, del Centre for the History of Emotions del Queen Mary University de Londres, en El arte de perder el control:

Inspirado en la cultura de los pueblos indios y de otros indígenas americanos, implica que la persona entra en una zona despoblada e inicia un periodo de soledad y ayuno, de contemplación y comunicación con lo que Colin Campbell denomina «mensajeros» de la tierra animada. Una búsqueda de visión puede durar desde veinticuatro horas hasta varios meses, y puede implicar el consumo de setas o ayahuasca. La idea es que a través de esa purga y esa apertura al mundo natural, uno pasará de egocéntrico a egocéntrico y recibirá la sabiduría sacadora de la madre naturaleza en forma de sueños, visiones y encuentros con animales.

Ciencia mística

No es estrictamente necesario conducirse por este sobrecogimiento ante la naturaleza desde una óptica espiritual, mitológica o religiosa. Una visión científica y atea también nos puede proporcionar un arrobamiento similar. Por ejemplo, si conocemos cómo se forman las estrellas y contemplamos la bóveda celeste en mitad de un bosque, experimentaremos lo mismo que si examinamos las fotografías del telescopio Hubble.

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Es algo que promueve, por ejemplo, el astrónomo ateo Brian Cox en Maravillas del universo. Richard Dawkins, otro ateo y racionalista recalcitrante, también escribió un libro canónico sobre esta suerte de religión laica, Destejiendo el arcoiris, donde expresa lo siguiente:

Todas las grandes religiones cuentan con un espacio para el asombro, para extasiarse ante la maravilla y la belleza de la creación. Y es exactamente esa sensación de escalofrío que recorre todo el cuerpo y te corta la respiración; es ese sentir el pecho lleno de asombro extasiado, lo que puede proporcionar la ciencia moderna.

Uno de los divulgadores que mejor ha sabido capturar esta esencia y amplificarla gracias a la tecnología audiovisual es Jason Silva, un filósofo que se presenta como DJ de las ideas y que presenta en canal de YouTube Shots of awe. Estos vídeos se definen como «cápsulas de tecnoarrobo de tres minutos», y son sugerentes montajes de vídeos de niños corriendo por un prado, un sistema nervioso iluminado por impulsos eléctricos, un pez dorado o el Big Bang, mientras una voz en off entona rapsodias, discursos inspiradores, y acompañamiento de música de cuerda.

Son formas más o menos laicas, más o menos racionales, más o menos apegadas al ver y tocar de Santo Tomás, cubiertas por la pátina de la ciencia, el conocimiento y el transhumanismo. Porque la necesidad de sobrecogerse y de sentirse menos importante en un universo abrumador, más parte del todo y menos de uno mismo, continúa ahí. Si las religiones ya no pueden proporcionarnos esa vía de escape, quizá sea la naturaleza y su comprensión los que lo consigan.

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Quizá el poeta que más se ha implicado emocionalmente con la naturaleza, con ese grado de candidez y gazmoñería hiperglucémica que recuerda a Gloria Fuertes, sea William Wordsworth, quien a finales del siglo XVIII entendió la naturaleza como una entidad animada con la que podemos conectar a través del éxtasis.

Para Wordsworth la naturaleza es algo así como las pinturas de Bob Ross: ideales de la infancia en los que las colinas le persiguen, las montañas tienen entidad propia y los ríos le hablan. El poder numinoso late en cualquier ambiente bucólico, el locus amoenus de quienes saben mirar y reconectar con su Yo primigenio.

Absorbidos por la calma contemplativa incluso podemos aprender más a propósito de la moral que muchos sabios en sus libros, señala el propio Wordsworth, que llegó a recorrer miles de kilómetros a pie para que la naturaleza le suscitara todas estas emociones. En su poema épico El preludio, por ejemplo, habla así de su infancia en la zona rural de Lake District:

Un inmenso acantilado
cual si con voluntario instinto de poder
alzara la cabeza.

Remé y remé otra vez
e inmóvil aumentando en estatura
el grandioso cañón se alzaba entre mi ser y las estrellas
y, sin embargo, con pasos muy medidos
como si de un ser vivo se tratara
andaba tras de mí.

Porque los paisajes de la naturaleza pueden incrementar la sensación que tenemos de lo sublime, como explica Joseph Addison en su ensayo Los placeres de la imaginación, donde describe el «delicioso sosiego y asombro» que le produce «la vista de un campo abierto, un vasto desierto baldío, descomunales macizos montañosos, rocas y precipicios elevados y una generosa extensión de agua».

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Ecología profunda

Deudores de Wordsworth y otros, como el sacerdote ecologista Thomas Barry, que señalaba que «ya no podemos oír la voz de los ríos, de las montañas ni del mar», ha nacido un movimiento llamado ecología profunda.

Su filosofía órbita alrededor de una idea central: debemos pasar de la consciencia egocéntrica y la ecocéntrica. La ecología profunda tiene como premisa una integración total de la persona-en-naturaleza.

Acuñada en 1973 por Arne Naess como un término teórico, resulta difícil diferenciar a los partidarios de estas ideas de los ecologuays, los gurús de la psicodélica o simplemente de los tarados mentales. Sin embargo, la ecología profunda se apoya en estudios científicos que sugieren hasta qué punto la naturaleza puede influir en nuestras emociones.

Por ejemplo, el neurocientífico Michiel van Elk, de la Universidad de Ámsterdam, Países Bajos, sugiere que las personas que contemplan vídeos sobre las partes más asombrosas de la naturaleza informan de que sus cuerpos son físicamente más pequeños que los que veían videos graciosos o neutros. Porque nos sentimos más parte del todo.

Por esa razón también reverenciamos más la naturaleza, y la respetamos, cuando conectamos más con ella, como sugiere otro estudio sobre la importancia del asombro y la sensación de maravilla, de Paul Piff, de la Universidad de California.

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Con todo, la ecología profunda tiene sus derivadas más místicas, e incluso ritos neopaganos más o menos conscientes de sí mismos. Uno de los rituales más comunes, inspirado en los rituales de los pueblos indígenas norteamericanos, es el llamado «búsqueda de visión», que explica así el investigador Jules Evans, del Centre for the History of Emotions del Queen Mary University de Londres, en El arte de perder el control:

Inspirado en la cultura de los pueblos indios y de otros indígenas americanos, implica que la persona entra en una zona despoblada e inicia un periodo de soledad y ayuno, de contemplación y comunicación con lo que Colin Campbell denomina «mensajeros» de la tierra animada. Una búsqueda de visión puede durar desde veinticuatro horas hasta varios meses, y puede implicar el consumo de setas o ayahuasca. La idea es que a través de esa purga y esa apertura al mundo natural, uno pasará de egocéntrico a egocéntrico y recibirá la sabiduría sacadora de la madre naturaleza en forma de sueños, visiones y encuentros con animales.

Ciencia mística

No es estrictamente necesario conducirse por este sobrecogimiento ante la naturaleza desde una óptica espiritual, mitológica o religiosa. Una visión científica y atea también nos puede proporcionar un arrobamiento similar. Por ejemplo, si conocemos cómo se forman las estrellas y contemplamos la bóveda celeste en mitad de un bosque, experimentaremos lo mismo que si examinamos las fotografías del telescopio Hubble.

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Es algo que promueve, por ejemplo, el astrónomo ateo Brian Cox en Maravillas del universo. Richard Dawkins, otro ateo y racionalista recalcitrante, también escribió un libro canónico sobre esta suerte de religión laica, Destejiendo el arcoiris, donde expresa lo siguiente:

Todas las grandes religiones cuentan con un espacio para el asombro, para extasiarse ante la maravilla y la belleza de la creación. Y es exactamente esa sensación de escalofrío que recorre todo el cuerpo y te corta la respiración; es ese sentir el pecho lleno de asombro extasiado, lo que puede proporcionar la ciencia moderna.

Uno de los divulgadores que mejor ha sabido capturar esta esencia y amplificarla gracias a la tecnología audiovisual es Jason Silva, un filósofo que se presenta como DJ de las ideas y que presenta en canal de YouTube Shots of awe. Estos vídeos se definen como «cápsulas de tecnoarrobo de tres minutos», y son sugerentes montajes de vídeos de niños corriendo por un prado, un sistema nervioso iluminado por impulsos eléctricos, un pez dorado o el Big Bang, mientras una voz en off entona rapsodias, discursos inspiradores, y acompañamiento de música de cuerda.

Son formas más o menos laicas, más o menos racionales, más o menos apegadas al ver y tocar de Santo Tomás, cubiertas por la pátina de la ciencia, el conocimiento y el transhumanismo. Porque la necesidad de sobrecogerse y de sentirse menos importante en un universo abrumador, más parte del todo y menos de uno mismo, continúa ahí. Si las religiones ya no pueden proporcionarnos esa vía de escape, quizá sea la naturaleza y su comprensión los que lo consigan.

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Opiniones 1
  • Hay un error. En “de egocéntrico a egocéntrico” debería poner “de egocéntrico a ecocéntrico”.

  • Comentarios cerrados.

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