11 de enero 2022    /   CREATIVIDAD
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Fotos  Galerie Gmurzynska

¿Por qué tantos famosos deciden dedicarse a la pintura?

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¿Recuerdan a Leelee Sobieski, la hija del dueño de la tienda de disfraces en Eyes Wide Shut? Lo más probable es que la hayan olvidado. La actriz neoyorkina, que llegó a Hollywood cuando solo tenía 11 años, decidió alejarse de la meca del cine en el año 2012 para focalizar toda su energía en el arte, al que ya dedicaba parte de su tiempo. Desde entonces, se mantiene alejada de los focos.

Por muy radical que nos parezca este cambio, ella no ha sido la única que compagina su pasión por la interpretación o la música con su gusto por los pinceles. Casos hay decenas, tanto internacionales como Bob Dylan, Johnny Cash, Jim Carrey o Miley Cyrus, como también personajes más cercanos como Alejandro Sanz, Andreu Buenafuente o José María Cano. La lista de famosos que pintan es casi infinita.

Ya casi no resulta sorprendente que una estrella organice una exposición de arte. Pero ¿qué les lleva a dar este paso? ¿Por qué es tan común? Y sobre todo, ¿tiene su obra algún valor artístico o contribuye a banalizar todavía más el ya cuestionado mundo del arte?

Es cierto que existen casos de artistas multidisciplinares que han sabido combinar con cierto éxito de crítica diferentes facetas artísticas; incluso aunque hayan tenido un éxito abrumador en alguna de ellas. Ese podría ser el caso de David Bowie o de Joni Mitchel, grandes músicos pero también pintores, especialmente la segunda; o también del cineasta David Lynch. Pero no serían estas celebridades las que van a responder a las cuestiones anteriores.

La diferencia entre las obras de estos artistas y la de, por poner un ejemplo, Sylvester Stallone, es que los tres primeros estudiaron arte antes de dedicarse a ser músicos. En el caso del inglés, su obra tiene un marcado tono expresionista y oscuro que en ocasiones está en consonancia con su creación musical.

©2020 Galerie Gmurzynska

Por su parte, Mitchell se considera «primero pintora y después música». Dibuja desde niña y aunque dejó la escuela de arte a los 19 años, su relación con los pinceles sigue estando muy presente en su vida. En su página web podemos ver una extensa muestra de su obra que abarca desde los años 40 hasta la actualidad. Y las portadas de muchos de sus discos son obra suya.

Finalmente, David Lynch estudió en la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania en los años 60 y cuando sus películas comenzaron a tener éxito en la década de los 80, siguió pensando en sí mismo como pintor. De hecho, una de sus primeras obras de madurez, Six Men Getting Sick (Six Times), de 1967, es cine, escultura y pintura: todo a la vez.

 

«En mi opinión, cualquiera puede experimentar con prácticas artísticas, pero no por ello se convierte en un artista», explica Marisol Salanova, comisaria y crítica de arte del periódico ABC. «Eso sí, hay artistas que saltan de una disciplina a otra, como del cine o la música a la pintura, como parte de un ejercicio de autoconocimiento. Obviamente, sus obras despiertan la curiosidad de sus fans, pero en la mayoría de los casos el resultado es anecdótico».

Marisol cita casos de éxito como el de José María Cano o el de Pedro Almodóvar, dos creadores que han salido bien parados a este respecto. También el de Manolo García, que ha compaginado la música con los lienzos y la escultura durante toda su carrera, pese a que esta última faceta suya sea la menos conocida.

«Tales casos no creo que contribuyan a banalizar el arte contemporáneo, el mercado del arte responde a la ley de la oferta y la demanda. El fetichismo tiene un poder enorme, por lo que no me extraña que se vendan relativamente bien obras realizadas por famosos que en realidad tienen poco de atractivo para los expertos del sector», resume.

«A nivel internacional, la cantante Björk es una artista multidisciplinar y a estas alturas nadie dudaría de que puede realizar incursiones con éxito en cualquier disciplina. Sin embargo, cuando en 2015 le hicieron una retrospectiva en el MoMA, muchos críticos de arte fueron muy duros con la exposición», concluye.

Por su parte, Carolina Jiménez, comisaria en La Casa Encendida y responsable de programas de investigación en Hangar, asegura que no consigue recordar ningún trabajo de este tipo de famosos que pueda tener valor artístico. «Ninguno de los nombres que mencionas tienen nada que aportar en el contexto artístico más allá de logros mercantiles en un circuito comercial muy concreto y muy alejado de la realidad de artistas y productores culturales».

Tampoco considera que todos podamos o debamos ser artistas. «El arte es una determinada manera de acercarse al conocimiento y a la generación de imaginarios, así como a sus consecuencias sociales, políticas y humanas». E insiste: «Se trata de un saber y una manera de hacer, comprender y reconocer que da sentido y valor a la experiencia humana». Por eso, no debemos nunca banalizarlo ni mercantilizarlo: «Estas personas contribuyen a que el arte se convierta en otra fuente de acumulación capitalista. Espectáculo y especulación se confunden hoy en día debido a su naturaleza inflacionaria», argumenta la experta.

Pero intentarlo también con el arte, cuando todas las puertas se abren a tu paso y cuentas con los contactos adecuados para hacerlo, resulta tentador. También funciona como una manera de alimentar el ego: al experimentar la euforia de ser uno de los mejores en una disciplina, resulta difícil imaginar que no se podrá dominar cualquier otra que uno se proponga. Además, las celebridades en cuestión, con millones de seguidores siguiendo sus pasos y una evidente popularidad, recibirá infinitos halagos y probablemente las ventas los acompañen.

Pero Jiménez insiste en que esta práctica se podría enmarcar como parte del capitalismo cognitivo o semiocapitalismo. Y que esto no son buenas noticias para el arte en sí mismo. «Bifo Berardi, teórico del postoperaismo, alerta sobre esta relación especialmente peligrosa en una era en la que el trabajo inmaterial (el de la creación y el conocimiento) es el valor fundamental de la producción de valor», propone. «Para mí la pregunta fundamental es: ¿pueden los artistas imaginar y producir una práctica capaz de generar mundos alternativos a la dominación del capital?».

Quizás ahí resida la diferencia entre un artista y otra persona que no lo es.

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¿Recuerdan a Leelee Sobieski, la hija del dueño de la tienda de disfraces en Eyes Wide Shut? Lo más probable es que la hayan olvidado. La actriz neoyorkina, que llegó a Hollywood cuando solo tenía 11 años, decidió alejarse de la meca del cine en el año 2012 para focalizar toda su energía en el arte, al que ya dedicaba parte de su tiempo. Desde entonces, se mantiene alejada de los focos.

Por muy radical que nos parezca este cambio, ella no ha sido la única que compagina su pasión por la interpretación o la música con su gusto por los pinceles. Casos hay decenas, tanto internacionales como Bob Dylan, Johnny Cash, Jim Carrey o Miley Cyrus, como también personajes más cercanos como Alejandro Sanz, Andreu Buenafuente o José María Cano. La lista de famosos que pintan es casi infinita.

Ya casi no resulta sorprendente que una estrella organice una exposición de arte. Pero ¿qué les lleva a dar este paso? ¿Por qué es tan común? Y sobre todo, ¿tiene su obra algún valor artístico o contribuye a banalizar todavía más el ya cuestionado mundo del arte?

Es cierto que existen casos de artistas multidisciplinares que han sabido combinar con cierto éxito de crítica diferentes facetas artísticas; incluso aunque hayan tenido un éxito abrumador en alguna de ellas. Ese podría ser el caso de David Bowie o de Joni Mitchel, grandes músicos pero también pintores, especialmente la segunda; o también del cineasta David Lynch. Pero no serían estas celebridades las que van a responder a las cuestiones anteriores.

La diferencia entre las obras de estos artistas y la de, por poner un ejemplo, Sylvester Stallone, es que los tres primeros estudiaron arte antes de dedicarse a ser músicos. En el caso del inglés, su obra tiene un marcado tono expresionista y oscuro que en ocasiones está en consonancia con su creación musical.

©2020 Galerie Gmurzynska

Por su parte, Mitchell se considera «primero pintora y después música». Dibuja desde niña y aunque dejó la escuela de arte a los 19 años, su relación con los pinceles sigue estando muy presente en su vida. En su página web podemos ver una extensa muestra de su obra que abarca desde los años 40 hasta la actualidad. Y las portadas de muchos de sus discos son obra suya.

Finalmente, David Lynch estudió en la Academia de Bellas Artes de Pennsylvania en los años 60 y cuando sus películas comenzaron a tener éxito en la década de los 80, siguió pensando en sí mismo como pintor. De hecho, una de sus primeras obras de madurez, Six Men Getting Sick (Six Times), de 1967, es cine, escultura y pintura: todo a la vez.

 

«En mi opinión, cualquiera puede experimentar con prácticas artísticas, pero no por ello se convierte en un artista», explica Marisol Salanova, comisaria y crítica de arte del periódico ABC. «Eso sí, hay artistas que saltan de una disciplina a otra, como del cine o la música a la pintura, como parte de un ejercicio de autoconocimiento. Obviamente, sus obras despiertan la curiosidad de sus fans, pero en la mayoría de los casos el resultado es anecdótico».

Marisol cita casos de éxito como el de José María Cano o el de Pedro Almodóvar, dos creadores que han salido bien parados a este respecto. También el de Manolo García, que ha compaginado la música con los lienzos y la escultura durante toda su carrera, pese a que esta última faceta suya sea la menos conocida.

«Tales casos no creo que contribuyan a banalizar el arte contemporáneo, el mercado del arte responde a la ley de la oferta y la demanda. El fetichismo tiene un poder enorme, por lo que no me extraña que se vendan relativamente bien obras realizadas por famosos que en realidad tienen poco de atractivo para los expertos del sector», resume.

«A nivel internacional, la cantante Björk es una artista multidisciplinar y a estas alturas nadie dudaría de que puede realizar incursiones con éxito en cualquier disciplina. Sin embargo, cuando en 2015 le hicieron una retrospectiva en el MoMA, muchos críticos de arte fueron muy duros con la exposición», concluye.

Por su parte, Carolina Jiménez, comisaria en La Casa Encendida y responsable de programas de investigación en Hangar, asegura que no consigue recordar ningún trabajo de este tipo de famosos que pueda tener valor artístico. «Ninguno de los nombres que mencionas tienen nada que aportar en el contexto artístico más allá de logros mercantiles en un circuito comercial muy concreto y muy alejado de la realidad de artistas y productores culturales».

Tampoco considera que todos podamos o debamos ser artistas. «El arte es una determinada manera de acercarse al conocimiento y a la generación de imaginarios, así como a sus consecuencias sociales, políticas y humanas». E insiste: «Se trata de un saber y una manera de hacer, comprender y reconocer que da sentido y valor a la experiencia humana». Por eso, no debemos nunca banalizarlo ni mercantilizarlo: «Estas personas contribuyen a que el arte se convierta en otra fuente de acumulación capitalista. Espectáculo y especulación se confunden hoy en día debido a su naturaleza inflacionaria», argumenta la experta.

Pero intentarlo también con el arte, cuando todas las puertas se abren a tu paso y cuentas con los contactos adecuados para hacerlo, resulta tentador. También funciona como una manera de alimentar el ego: al experimentar la euforia de ser uno de los mejores en una disciplina, resulta difícil imaginar que no se podrá dominar cualquier otra que uno se proponga. Además, las celebridades en cuestión, con millones de seguidores siguiendo sus pasos y una evidente popularidad, recibirá infinitos halagos y probablemente las ventas los acompañen.

Pero Jiménez insiste en que esta práctica se podría enmarcar como parte del capitalismo cognitivo o semiocapitalismo. Y que esto no son buenas noticias para el arte en sí mismo. «Bifo Berardi, teórico del postoperaismo, alerta sobre esta relación especialmente peligrosa en una era en la que el trabajo inmaterial (el de la creación y el conocimiento) es el valor fundamental de la producción de valor», propone. «Para mí la pregunta fundamental es: ¿pueden los artistas imaginar y producir una práctica capaz de generar mundos alternativos a la dominación del capital?».

Quizás ahí resida la diferencia entre un artista y otra persona que no lo es.

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