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23 de marzo 2018    /   CINE/TV
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‘Fariña’: del papel a la pantalla

23 de marzo 2018    /   CINE/TV     por          
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Adaptar una obra literaria al lenguaje audiovisual es como hacer una escultura de hielo. Se parte de una base sólida, de un bloque que hay que picar cuidadosamente hasta eliminar todo lo que no integrará el resultado final. Es complicado y requiere pericia, pero, si se hace bien, nadie se preguntará dónde fue a parar el hielo descartado.

En las series, no obstante, existen dos alternativas. Por un lado, aquellas que utilizan el material previo como punto de partida para extenderse durante horas y horas a lo largo de varias temporadas. Esto es, usar el libro como cimiento. Las tramas literarias se verán superadas por el discurrir de los episodios y la serie acabará volando libre. En cambio, la otra opción es ceñirse a lo escrito y extraer los elementos más atractivos para resumir la historia en imágenes. Los creadores de Fariña, claro está, optaron por lo segundo.

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El fantástico libro de Nacho Carretero es, a fin de cuentas, un reportaje. Así, con su característico estilo ágil, el periodista gallego se nutre de su conocimiento del terreno, de las entrevistas realizadas, de la bibliografía y del archivo. Aunque rechaza recrearse en la ingente cantidad de datos disponibles para evitar el carácter enciclopédico, lo cierto es que la narración queda minada de nombres, fechas, lugares y cifras. Y convertir todo eso en una serie de televisión requiere tomar muchas decisiones.

Lo primero que debieron hacer en Bambú, la productora que adquirió los derechos, fue acotar el relato. El autor dedica el inicio del volumen a contextualizar el fenómeno del contrabando en Galicia, y prácticamente toda la segunda mitad del libro narra eventos que se desarrollan mucho después de las principales andanzas de los protagonistas de la serie (Miñanco, Oubiña y compañía). De hecho, el libro le pisa los talones a la actualidad, fecha que la ficción estrenada por Antena 3 ni siquiera rozará a lo largo de sus diez episodios (o eso se supone).

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Una vez delimitada la época, toca agrupar ideas. Pese a que el relato de Carretero arranca hace varias décadas y concluye en nuestros días, los hechos no siempre se describen en orden cronológico. Por tanto, el siguiente paso para los guionistas era establecer una línea temporal. Es decir, delimitar el punto de arranque y saber hasta dónde se quiere llegar y por dónde ha de pasar la narración para lograrlo.

El protagonismo recae claramente en Sito Miñanco. Su conversión de don nadie a Pablo Escobar de las Rías Baixas, una historia de ascenso fulgurante que marcará la línea temporal de la serie. Alrededor se vertebra todo. ¿Y qué ocurre cuando se navega por un océano de sucesos y personas? Que para que funcionen en pantalla hay que unir tramas, eliminar personajes o poner en su boca cosas que dijeron otros. Por ejemplo, valga la genial anécdota del sacerdote y la procesión de la Virgen del Carmen. En el libro (página 57) no se dice que fuera Miñanco quien trató con el cura, pero eso es lo de menos. Sirve para describir la época y el personaje. No sucedió así, pero podría haberlo hecho. Es más que verosímil.

Así llegamos a uno de los puntos básicos de toda adaptación; las obras de ficción inspiradas en hechos reales no han de ser fidedignas. Por supuesto que es lo deseable, pero su única obligación es entretener, y si para ello es preciso modificar, reducir o exagerar algunos aspectos, pues adelante. El que quiera saber qué pasó realmente, que investigue por su cuenta. Fariña, al ser un libro periodístico (apuesta habitual de su editorial, Libros del KO), pone en bandeja la documentación al que le apetezca ahondar en lo que se ve en la tele.

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La historia del cura con Miñanco es solo un ejemplo. En los primeros capítulos se hacen malabarismos temporales con la conexión colombiana y el paso del contrabando de tabaco al narcotráfico, así como con el apartado policial. Para que la serie sea lógica, alguien tiene que oponerse a los planes de los protagonistas. Y debe suceder desde el principio. Por eso el personaje de Tristán Ulloa tiene peso desde el episodio piloto, aunque en el libro quede claro que la oposición de las fuerzas del orden fue muy posterior al año de arranque de la serie. La policía llegó tarde, pero el antagonista del relato no puede permitirse ese lujo.

Y no solo se adelantan u omiten aspectos, también se rellenan huecos. Para adaptar es necesario ficcionar, ese verbo que no recoge la RAE pero tan común entre aquellos que lo practican. De la denuncia presentada por Laureano Oubiña se deduce que tampoco está familiarizado con el concepto, ya que se queja por ser presentado… ¡manteniendo relaciones sexuales! Un escándalo mayúsculo, se mire por donde se mire. El narcotraficante aduce que nada de eso aparece en el libro, por lo que ha de ser fruto de la imaginación de Ramón Campos, Gema R. Neira, Cristóbal Garrido y Diego Sotelo. En resumen, que un señor se ha querellado contra unos guionistas por inventarse algo. Si es que te tienes que reír.

Conviene detenerse en el humor, aunque sea de manera breve. Otra de las tareas de la adaptación es saber captar el tono de la obra literaria. Obviamente, Fariña no es un texto cómico, pero entre sus líneas se cuela, en ocasiones, una socarronería muy sutil, casi soterrada, que busca la complicidad del lector. Algo de eso quisieron trasladar a la ficción, ya que algunos diálogos alivian la gravedad de la trama. Más que bromas o situaciones cómicas, lo que se esparcen son ligeros guiños que se integran a la perfección en el relato.

Otro ejemplo de buena adaptación. En el libro (concretamente, en la página 107) se lee: «Hubo casos de maletines de dinero extraviados en depósitos de agua». Apenas una línea. Con ese único concepto, una aguja en el pajar del libro, los guionistas pergeñaron un comienzo de episodio con un arranque tan potente en lo visual como ver fajos de billetes saliendo de las alcantarillas de un pueblo.

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La escena que tanto ha indignado a Oubiña (por la que pide una millonada y suspender la emisión) se encuadra en el inicio de la serie, otra de las decisiones de sus creadores. Una de las más importantes, en realidad. Muy acertadamente, dieron un salto (en los hechos y en el libro) para arrancar con la espectacular imagen de Baltasar Garzón aterrizando en helicóptero en plena Operación Nécora. Porque, ya se sabe, hay que impactar desde el inicio. A continuación, marcha atrás hasta los orígenes de Sito. Pero la atención ya está captada y, a partir de ahí, el piloto es un alarde de ritmo narrativo que engancha y deja con ganas de más.

Adaptar un buen libro es un reto apasionante y una responsabilidad. Si encima se parte de un trozo de la historia española reciente, el compromiso es doble. El sector de espectadores patrios que demanda calidad es cada vez más amplio, y buscan que las series nacionales se parezcan a lo que hace tiempo reciben desde el extranjero. Y, como es sabido, fuera de España eso de tratar sucesos contemporáneos es una tónica más que habitual. Ya va siendo hora de que también lo sea aquí. En el horizonte aparece otra adaptación, la de Patria a manos de HBO, que parece incidir en la voluntad de transitar este camino.

Mientras tanto, hay que paladear Fariña. El trabajo realizado para extraerle el jugo al libro y adaptarlo al formato serie es notable. Desde luego, hay párrafos escritos por Carretero que parecen gritar desde las páginas su necesidad de ser llevados a la pantalla. Son tantos que la duda es si habrá espacio para todo. Ni Antena 3 ni Bambú han anunciado si habrá más entregas, pero aquellos que hayan visto Narcos (cuyas conexiones con Fariña son más que evidentes) saben lo bien que puede funcionar una primera temporada donde los años vuelan y una segunda que abarque un período mucho más reducido.

Sea como fuere, los pasos dados ya son importantes. No solo volver a demostrar el nivel de calidad que la ficción nacional puede alcanzar, sino poner de manifiesto que también es posible hacerlo con historias desarrolladas en regiones concretas y con actores que hablan como lo hacen en su tierra. Es decir, que una España real también puede ponerse frente al espejo. Y, si es necesario, airear sus vergüenzas. Lo poco acostumbrados que estaremos que, en cuanto a alguien se le ocurre hacerlo, empiezan a lloverle las demandas.

Adaptar una obra literaria al lenguaje audiovisual es como hacer una escultura de hielo. Se parte de una base sólida, de un bloque que hay que picar cuidadosamente hasta eliminar todo lo que no integrará el resultado final. Es complicado y requiere pericia, pero, si se hace bien, nadie se preguntará dónde fue a parar el hielo descartado.

En las series, no obstante, existen dos alternativas. Por un lado, aquellas que utilizan el material previo como punto de partida para extenderse durante horas y horas a lo largo de varias temporadas. Esto es, usar el libro como cimiento. Las tramas literarias se verán superadas por el discurrir de los episodios y la serie acabará volando libre. En cambio, la otra opción es ceñirse a lo escrito y extraer los elementos más atractivos para resumir la historia en imágenes. Los creadores de Fariña, claro está, optaron por lo segundo.

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El fantástico libro de Nacho Carretero es, a fin de cuentas, un reportaje. Así, con su característico estilo ágil, el periodista gallego se nutre de su conocimiento del terreno, de las entrevistas realizadas, de la bibliografía y del archivo. Aunque rechaza recrearse en la ingente cantidad de datos disponibles para evitar el carácter enciclopédico, lo cierto es que la narración queda minada de nombres, fechas, lugares y cifras. Y convertir todo eso en una serie de televisión requiere tomar muchas decisiones.

Lo primero que debieron hacer en Bambú, la productora que adquirió los derechos, fue acotar el relato. El autor dedica el inicio del volumen a contextualizar el fenómeno del contrabando en Galicia, y prácticamente toda la segunda mitad del libro narra eventos que se desarrollan mucho después de las principales andanzas de los protagonistas de la serie (Miñanco, Oubiña y compañía). De hecho, el libro le pisa los talones a la actualidad, fecha que la ficción estrenada por Antena 3 ni siquiera rozará a lo largo de sus diez episodios (o eso se supone).

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Una vez delimitada la época, toca agrupar ideas. Pese a que el relato de Carretero arranca hace varias décadas y concluye en nuestros días, los hechos no siempre se describen en orden cronológico. Por tanto, el siguiente paso para los guionistas era establecer una línea temporal. Es decir, delimitar el punto de arranque y saber hasta dónde se quiere llegar y por dónde ha de pasar la narración para lograrlo.

El protagonismo recae claramente en Sito Miñanco. Su conversión de don nadie a Pablo Escobar de las Rías Baixas, una historia de ascenso fulgurante que marcará la línea temporal de la serie. Alrededor se vertebra todo. ¿Y qué ocurre cuando se navega por un océano de sucesos y personas? Que para que funcionen en pantalla hay que unir tramas, eliminar personajes o poner en su boca cosas que dijeron otros. Por ejemplo, valga la genial anécdota del sacerdote y la procesión de la Virgen del Carmen. En el libro (página 57) no se dice que fuera Miñanco quien trató con el cura, pero eso es lo de menos. Sirve para describir la época y el personaje. No sucedió así, pero podría haberlo hecho. Es más que verosímil.

Así llegamos a uno de los puntos básicos de toda adaptación; las obras de ficción inspiradas en hechos reales no han de ser fidedignas. Por supuesto que es lo deseable, pero su única obligación es entretener, y si para ello es preciso modificar, reducir o exagerar algunos aspectos, pues adelante. El que quiera saber qué pasó realmente, que investigue por su cuenta. Fariña, al ser un libro periodístico (apuesta habitual de su editorial, Libros del KO), pone en bandeja la documentación al que le apetezca ahondar en lo que se ve en la tele.

farina-cap2_352

La historia del cura con Miñanco es solo un ejemplo. En los primeros capítulos se hacen malabarismos temporales con la conexión colombiana y el paso del contrabando de tabaco al narcotráfico, así como con el apartado policial. Para que la serie sea lógica, alguien tiene que oponerse a los planes de los protagonistas. Y debe suceder desde el principio. Por eso el personaje de Tristán Ulloa tiene peso desde el episodio piloto, aunque en el libro quede claro que la oposición de las fuerzas del orden fue muy posterior al año de arranque de la serie. La policía llegó tarde, pero el antagonista del relato no puede permitirse ese lujo.

Y no solo se adelantan u omiten aspectos, también se rellenan huecos. Para adaptar es necesario ficcionar, ese verbo que no recoge la RAE pero tan común entre aquellos que lo practican. De la denuncia presentada por Laureano Oubiña se deduce que tampoco está familiarizado con el concepto, ya que se queja por ser presentado… ¡manteniendo relaciones sexuales! Un escándalo mayúsculo, se mire por donde se mire. El narcotraficante aduce que nada de eso aparece en el libro, por lo que ha de ser fruto de la imaginación de Ramón Campos, Gema R. Neira, Cristóbal Garrido y Diego Sotelo. En resumen, que un señor se ha querellado contra unos guionistas por inventarse algo. Si es que te tienes que reír.

Conviene detenerse en el humor, aunque sea de manera breve. Otra de las tareas de la adaptación es saber captar el tono de la obra literaria. Obviamente, Fariña no es un texto cómico, pero entre sus líneas se cuela, en ocasiones, una socarronería muy sutil, casi soterrada, que busca la complicidad del lector. Algo de eso quisieron trasladar a la ficción, ya que algunos diálogos alivian la gravedad de la trama. Más que bromas o situaciones cómicas, lo que se esparcen son ligeros guiños que se integran a la perfección en el relato.

Otro ejemplo de buena adaptación. En el libro (concretamente, en la página 107) se lee: «Hubo casos de maletines de dinero extraviados en depósitos de agua». Apenas una línea. Con ese único concepto, una aguja en el pajar del libro, los guionistas pergeñaron un comienzo de episodio con un arranque tan potente en lo visual como ver fajos de billetes saliendo de las alcantarillas de un pueblo.

farina_cap3_120

La escena que tanto ha indignado a Oubiña (por la que pide una millonada y suspender la emisión) se encuadra en el inicio de la serie, otra de las decisiones de sus creadores. Una de las más importantes, en realidad. Muy acertadamente, dieron un salto (en los hechos y en el libro) para arrancar con la espectacular imagen de Baltasar Garzón aterrizando en helicóptero en plena Operación Nécora. Porque, ya se sabe, hay que impactar desde el inicio. A continuación, marcha atrás hasta los orígenes de Sito. Pero la atención ya está captada y, a partir de ahí, el piloto es un alarde de ritmo narrativo que engancha y deja con ganas de más.

Adaptar un buen libro es un reto apasionante y una responsabilidad. Si encima se parte de un trozo de la historia española reciente, el compromiso es doble. El sector de espectadores patrios que demanda calidad es cada vez más amplio, y buscan que las series nacionales se parezcan a lo que hace tiempo reciben desde el extranjero. Y, como es sabido, fuera de España eso de tratar sucesos contemporáneos es una tónica más que habitual. Ya va siendo hora de que también lo sea aquí. En el horizonte aparece otra adaptación, la de Patria a manos de HBO, que parece incidir en la voluntad de transitar este camino.

Mientras tanto, hay que paladear Fariña. El trabajo realizado para extraerle el jugo al libro y adaptarlo al formato serie es notable. Desde luego, hay párrafos escritos por Carretero que parecen gritar desde las páginas su necesidad de ser llevados a la pantalla. Son tantos que la duda es si habrá espacio para todo. Ni Antena 3 ni Bambú han anunciado si habrá más entregas, pero aquellos que hayan visto Narcos (cuyas conexiones con Fariña son más que evidentes) saben lo bien que puede funcionar una primera temporada donde los años vuelan y una segunda que abarque un período mucho más reducido.

Sea como fuere, los pasos dados ya son importantes. No solo volver a demostrar el nivel de calidad que la ficción nacional puede alcanzar, sino poner de manifiesto que también es posible hacerlo con historias desarrolladas en regiones concretas y con actores que hablan como lo hacen en su tierra. Es decir, que una España real también puede ponerse frente al espejo. Y, si es necesario, airear sus vergüenzas. Lo poco acostumbrados que estaremos que, en cuanto a alguien se le ocurre hacerlo, empiezan a lloverle las demandas.

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