13 de diciembre 2021    /   IDEAS
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Fotos  Bairachnyi Dmitry / Shutterstock

¿Cuántos días de felicidad llevas contabilizados en tu vida?

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Abderramán III fue feliz catorce días de su vida. Quiero decir completamente feliz y perfectamente consciente de ello, tanto como para recordar el número exacto.

Para mí que vivió más días felices, pero hizo mal la cuenta. La felicidad se computa en pequeños momentos que, sumados al final, arrojan un balance tal o cual. La información en internet viaja dividida en paquetes y se reagrupa en destino para conformar el mensaje. Pues lo mismo la felicidad.

El mismo día puedes ser feliz por la mañana, desgraciado por la tarde y otra vez dichoso a la hora de la cena y, a menudo, gracias a ella. Tiene sus grandezas y sus miserias esta forma de felicidad cuántica, porque si bien suma más al pulsar la tecla del total, pasa más desapercibida si uno no se autodisciplina y apunta cada minuto.

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Al tomar una cerveza fresca un maravilloso día de playa, debe computarse cada segundo desde que se toma la decisión, incluso los minutos de garganta seca camino del bar mientras sueñas con ese grifo perlado de gotas dejando caer una espiral de cerveza helada sobre una gran copa. Cuentan esos minutos, cuentan los intersticiales entre tragos y cuentan también los de duda hasta que, sabiendo que abusas, te pides otra. La escuela alemana defiende que mientras no llega el regüeldillo todos son minutos atribuibles a la cerveza.

Sin yo haber califado Córdoba, que eso da para mucho regocijo, y sin llegar a los 70 como sí llegó el omeya, creo que ya he pasado de los 14 días de felicidad y hasta he llegado al mes.

También es cierto que a mí me das un vino bueno, un par de opíparas comidas al día, una mujer que me quiera y viceversa, unos niños sanos y felices, una casa con piscina cerca de la playa, la moto, los viajes, el barco, dinero, amigos, lectura, cine, sexo, diversión, rocanrol y buen sueño, y con ese poquito me conformo.

Ya veis, soy un tipo de gustos sencillos.

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Abderramán III fue feliz catorce días de su vida. Quiero decir completamente feliz y perfectamente consciente de ello, tanto como para recordar el número exacto.

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El mismo día puedes ser feliz por la mañana, desgraciado por la tarde y otra vez dichoso a la hora de la cena y, a menudo, gracias a ella. Tiene sus grandezas y sus miserias esta forma de felicidad cuántica, porque si bien suma más al pulsar la tecla del total, pasa más desapercibida si uno no se autodisciplina y apunta cada minuto.

Al tomar una cerveza fresca un maravilloso día de playa, debe computarse cada segundo desde que se toma la decisión, incluso los minutos de garganta seca camino del bar mientras sueñas con ese grifo perlado de gotas dejando caer una espiral de cerveza helada sobre una gran copa. Cuentan esos minutos, cuentan los intersticiales entre tragos y cuentan también los de duda hasta que, sabiendo que abusas, te pides otra. La escuela alemana defiende que mientras no llega el regüeldillo todos son minutos atribuibles a la cerveza.

Sin yo haber califado Córdoba, que eso da para mucho regocijo, y sin llegar a los 70 como sí llegó el omeya, creo que ya he pasado de los 14 días de felicidad y hasta he llegado al mes.

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Ya veis, soy un tipo de gustos sencillos.

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