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9 de septiembre 2016    /   BUSINESS
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Por un derecho constitucional a la felicidad

9 de septiembre 2016    /   BUSINESS     por          
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Que todos queremos ser felices es indiscutible, y sin embargo parece que el ser humano no se esfuerza en encontrar un camino para alcanzarlo. Esta disyuntiva se la ha planteado Juan Antonio Buendía, abogado y profesor en la Universidad de Murcia. Tras más de una década ejerciendo, comenzó a cuestionarse su modo de vida y se sumergió en cuatro años de investigaciones en los que se aproximó al concepto de felicidad a través del Derecho, el método empírico y la recolección de datos.

El resultado es una tesis que analiza cómo la sociedad actual concentra todos sus esfuerzos en mejorar los índices económicos, pero destierra algo que ha estado presente desde el inicio de la historia del hombre: la búsqueda de la felicidad. «En los últimos 50 años el PIB de Estados Unidos ha ido aumentando, pero el índice de la felicidad ha decrecido. Hacia dónde vamos, si la economía mejora pero no el bienestar», se pregunta Buendía.

El ser humano no ha dejado de plantearse cómo ser dichoso. Ya Sócrates decía que el fin último del hombre es la propia felicidad, y su teoría de que esta se alcanzaba a través del camino de la virtud se extendió por todo Occidente. La moderación en nuestras vidas también la defiende el budismo, que propone llegar a un estado mental equilibrado al neutralizar nuestra relación con los objetos materiales y las personas. La Iglesia católica difiere de estas dos corrientes porque incluye en la ecuación un factor divino y externo al ser humano.

Acertadas o erróneas, las diferentes propuestas para el bienestar de la sociedad y el individuo han sido innumerables a lo largo del tiempo. Esta búsqueda filosófica y espiritual ha ido menguando hasta ser abandonada y sustituida por una carrera de números. Hemos olvidado algo que Buendía nos recuerda: «Cuando ya se tienen las necesidades cubiertas y un pequeño colchón para tener tiempo libre, un mayor nivel económico no implica mayor felicidad».

Un país rico como Hong Kong, octava potencia mirando a su Producto Interior Bruto (PIB) per cápita, cae al puesto 72 en la edición 2015 del World Happiness Report, un índice que tiene su origen en las Naciones Unidas y pretende medir la felicidad. Países como Costa Rica y México se cuelan entre las 15 naciones más felices del mundo, a pesar de que el bienestar que marca su PIB los empuja a los puestos 65 y 63.

Caspar_David_Friedrich_027

Obviando sus enormes limitaciones y contradicciones, la sociedad consumista ha proclamado al PIB como rey absoluto que rige el bienestar de los ciudadanos. Y ya lo dijo Robert Kennedy en un discurso en la Universidad de Kansas, en 1968: «El PIB lo mide todo excepto lo que hace que valga la pena vivir».

A petición del expresidente francés Nicolas Sarkozy, el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz encabezó una comisión para averiguar los límites de este indicador. «El informe mete el dedo en la llaga cuando reconoce que, ante una de las peores crisis financieras, económicas y sociales de la posguerra, nuestro sistema de medición ha fallado y no nos hemos centrado en los indicadores estadísticos correctos», describe Buendía.

Aunque el PIB sigue gobernando las estadísticas, han nacido iniciativas que persiguen reflejar mejor la prosperidad de las poblaciones. Pero ¿se puede medir la felicidad? Aunque universal, es un concepto subjetivo y muy difícil de cuantificar. Los índices que evalúan la satisfacción utilizan técnicas muy singulares como la encuesta de Gallup. Este método de obtención de datos recurre a una sencilla metáfora: se pide al encuestado que imagine una escalera cuyo peldaño superior representa la mejor vida posible y el inferior, la peor. La persona tiene que colocarse mentalmente en uno de los diez escalones.

Felicidad y nivel económico

El Índice del Planeta Feliz es un estudio alternativo y muy ambicioso que lleva tres años publicando una clasificación de más de 140 países. Puntúa a cada nación según el grado en el que los ciudadanos alcanzan una vida larga y próspera y mide la huella ecológica de cada uno de ellos. De nuevo, los países latinoamericanos ganan: se suben al podio Costa Rica, México y Colombia.

Los costarricenses disfrutan de un bienestar superior al de muchas naciones ricas, como Inglaterra, y tienen una esperanza de vida más alta que los norteamericanos. Esta particular situación nace de una cultura muy centrada en las relaciones en torno a la familia, amigos y vecinos; además del papel del Gobierno, que mantiene una inversión elevada en educación y salud. España también saca muy buena nota, en la posición 15, un mayor índice de felicidad que nuestros vecinos: Portugal está en el puesto 79 y Francia en el 44.

En vista de la contradicción entre los indicadores económicos y la auténtica satisfacción personal, Buendía propone colocar de nuevo el bienestar en el centro de las preocupaciones humanas. «Si la felicidad es un objeto humano fundamental, los estados deben replantearse los verdaderos objetivos de las naciones», afirma.

Hasta las leyes se han olvidado de la felicidad. Nuestra Constitución no alude expresamente a ella, como tampoco las de los países de nuestro entorno. Pero no siempre fue así. La famosa Declaración de Derechos de Virginia, en 1776, ya reconocía como tal «la búsqueda y obtención de la felicidad». Y la Constitución española de 1812, la Pepa, se refería explícitamente a este concepto al recoger que «el objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación». Con el paso del tiempo, las referencias han desaparecido.

Tampoco se puede echar toda la culpa a los mandatarios. Hay que admitir que la alegría y la paz mental son subjetivas, que cada persona tiene su propia forma de valorar la vida. Para Buendía, la felicidad es «la ausencia del miedo», un concepto muy difícil de medir. Pero hay algo que sí tiene claro: «Dar más importancia a la felicidad me ha hecho más feliz». Lo mismo nos podría suceder al resto.

———

Las imágenes proceden de Wikimedia Commons (1,2)

Que todos queremos ser felices es indiscutible, y sin embargo parece que el ser humano no se esfuerza en encontrar un camino para alcanzarlo. Esta disyuntiva se la ha planteado Juan Antonio Buendía, abogado y profesor en la Universidad de Murcia. Tras más de una década ejerciendo, comenzó a cuestionarse su modo de vida y se sumergió en cuatro años de investigaciones en los que se aproximó al concepto de felicidad a través del Derecho, el método empírico y la recolección de datos.

El resultado es una tesis que analiza cómo la sociedad actual concentra todos sus esfuerzos en mejorar los índices económicos, pero destierra algo que ha estado presente desde el inicio de la historia del hombre: la búsqueda de la felicidad. «En los últimos 50 años el PIB de Estados Unidos ha ido aumentando, pero el índice de la felicidad ha decrecido. Hacia dónde vamos, si la economía mejora pero no el bienestar», se pregunta Buendía.

El ser humano no ha dejado de plantearse cómo ser dichoso. Ya Sócrates decía que el fin último del hombre es la propia felicidad, y su teoría de que esta se alcanzaba a través del camino de la virtud se extendió por todo Occidente. La moderación en nuestras vidas también la defiende el budismo, que propone llegar a un estado mental equilibrado al neutralizar nuestra relación con los objetos materiales y las personas. La Iglesia católica difiere de estas dos corrientes porque incluye en la ecuación un factor divino y externo al ser humano.

Acertadas o erróneas, las diferentes propuestas para el bienestar de la sociedad y el individuo han sido innumerables a lo largo del tiempo. Esta búsqueda filosófica y espiritual ha ido menguando hasta ser abandonada y sustituida por una carrera de números. Hemos olvidado algo que Buendía nos recuerda: «Cuando ya se tienen las necesidades cubiertas y un pequeño colchón para tener tiempo libre, un mayor nivel económico no implica mayor felicidad».

Un país rico como Hong Kong, octava potencia mirando a su Producto Interior Bruto (PIB) per cápita, cae al puesto 72 en la edición 2015 del World Happiness Report, un índice que tiene su origen en las Naciones Unidas y pretende medir la felicidad. Países como Costa Rica y México se cuelan entre las 15 naciones más felices del mundo, a pesar de que el bienestar que marca su PIB los empuja a los puestos 65 y 63.

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Obviando sus enormes limitaciones y contradicciones, la sociedad consumista ha proclamado al PIB como rey absoluto que rige el bienestar de los ciudadanos. Y ya lo dijo Robert Kennedy en un discurso en la Universidad de Kansas, en 1968: «El PIB lo mide todo excepto lo que hace que valga la pena vivir».

A petición del expresidente francés Nicolas Sarkozy, el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz encabezó una comisión para averiguar los límites de este indicador. «El informe mete el dedo en la llaga cuando reconoce que, ante una de las peores crisis financieras, económicas y sociales de la posguerra, nuestro sistema de medición ha fallado y no nos hemos centrado en los indicadores estadísticos correctos», describe Buendía.

Aunque el PIB sigue gobernando las estadísticas, han nacido iniciativas que persiguen reflejar mejor la prosperidad de las poblaciones. Pero ¿se puede medir la felicidad? Aunque universal, es un concepto subjetivo y muy difícil de cuantificar. Los índices que evalúan la satisfacción utilizan técnicas muy singulares como la encuesta de Gallup. Este método de obtención de datos recurre a una sencilla metáfora: se pide al encuestado que imagine una escalera cuyo peldaño superior representa la mejor vida posible y el inferior, la peor. La persona tiene que colocarse mentalmente en uno de los diez escalones.

Felicidad y nivel económico

El Índice del Planeta Feliz es un estudio alternativo y muy ambicioso que lleva tres años publicando una clasificación de más de 140 países. Puntúa a cada nación según el grado en el que los ciudadanos alcanzan una vida larga y próspera y mide la huella ecológica de cada uno de ellos. De nuevo, los países latinoamericanos ganan: se suben al podio Costa Rica, México y Colombia.

Los costarricenses disfrutan de un bienestar superior al de muchas naciones ricas, como Inglaterra, y tienen una esperanza de vida más alta que los norteamericanos. Esta particular situación nace de una cultura muy centrada en las relaciones en torno a la familia, amigos y vecinos; además del papel del Gobierno, que mantiene una inversión elevada en educación y salud. España también saca muy buena nota, en la posición 15, un mayor índice de felicidad que nuestros vecinos: Portugal está en el puesto 79 y Francia en el 44.

En vista de la contradicción entre los indicadores económicos y la auténtica satisfacción personal, Buendía propone colocar de nuevo el bienestar en el centro de las preocupaciones humanas. «Si la felicidad es un objeto humano fundamental, los estados deben replantearse los verdaderos objetivos de las naciones», afirma.

Hasta las leyes se han olvidado de la felicidad. Nuestra Constitución no alude expresamente a ella, como tampoco las de los países de nuestro entorno. Pero no siempre fue así. La famosa Declaración de Derechos de Virginia, en 1776, ya reconocía como tal «la búsqueda y obtención de la felicidad». Y la Constitución española de 1812, la Pepa, se refería explícitamente a este concepto al recoger que «el objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación». Con el paso del tiempo, las referencias han desaparecido.

Tampoco se puede echar toda la culpa a los mandatarios. Hay que admitir que la alegría y la paz mental son subjetivas, que cada persona tiene su propia forma de valorar la vida. Para Buendía, la felicidad es «la ausencia del miedo», un concepto muy difícil de medir. Pero hay algo que sí tiene claro: «Dar más importancia a la felicidad me ha hecho más feliz». Lo mismo nos podría suceder al resto.

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Las imágenes proceden de Wikimedia Commons (1,2)

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Opiniones 0
    • Creo que hay una confusión., la esclavitud en los territorios antaño de España estaba prohibida desde los Reyes Católicos. «La Pepa» precisamente fue la primera anular el concepto de colonia y establecía la igualdad explícita de todos sus ciudadanos de los cinco continentes

      • Otra cosa es que en la pråctica y debido a las distancias la ley no se cumpliera, pero este sería otro problema. Con la Constitución de Cádiz igualmente, y por desgracia, durö poco debido a la complicada y convulsa situación política de España

        • Oops!

          … y aquí seguimos con 58 millones de niños sin escolarizar, 750 millones de personas sin agua potable y el 15,6% de la población mundial sin electricidad.

          Y tú, eres feliz?

          Un abrazo!

  • Buen artículo, solo agregar a este listado de intentos por medir la felicidad la del reino de Bután, que creó el indicador «felicidad interna (o nacional) bruta» para quien quiera leer más respecto a ella, quienes quieran ver una entrevista del ministro de la felicidad de Bután, recomiendo buscar Karma Tshiteem en la página otrocanal.cl.

    Saludos desde Chile.

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