3 de mayo 2016    /   BUSINESS
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El insulto del Femicrime a las autoras de novela negra

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El estereotipo de protagonista en una novela criminal está claro. Dashiell Hammet y Raymond Chandler lo definen en sus Sam Spade y Philip Marlowe como un hombre solitario y de idealismo cínico, con una botella de whisky como gran amiga. Pero mucho ha llovido desde El halcón maltés o El sueño eterno y el género ha evolucionado, trocando y cambiando los personajes. Una de las aportaciones es la detective femenina escrita por una mujer. Algo que algunos catalogan como Femicrime y que no gusta demasiado a críticas y autoras por su carga despectiva.

«Esa etiqueta es un horror, creada para vender más y no tener que pensar mucho, diciéndolo todo en una palabra», explica al teléfono Elena Losada, profesora de la universidad de Barcelona, creadora de una base de datos con el corpus de novela negra creada por mujeres españolas y coautora del ensayo Tras la pista,

«No se puede decir que existe ya que de las más de 60 autoras que tenemos, cada una es de su padre y de su madre, no hay características comunes y meterlas todas bajo ese nombre es desvalorizarlas, como decir que está la novela buena escrita por hombres y ‘esa cosa que hacen las mujeres’».

Aunque la primera novela criminal escrita por una mujer con una detective femenina es The golden slipper, de Anna Katharine Green, publicada en 1915, en España hay que esperar a 1979, cuando Lourdes Ortíz escribe Picadura mortal, un misterio familiar de plantócratas canarios de tabaco. A partir de ahí y durante los 80, comienzan a aparecer cada vez más escritoras dentro del género, que tiene su punto culminante con la saga de Petra Delicado, de Alicia Giménez Bartlett, en 1996.

Una de las evidencias que Losada aporta contra la etiqueta del Femicrime es la variedad. «Como cada autora escribe sin una tradición común, sin lo que las feministas llaman un genealogía de mujer, cada una crea desde su propia perspectiva y su propio mundo», continúa; «en los 80 tienes a Maria Antònia Olive o Maria Aurèlia Capmany, que son feministas confesas, muy politizadas, cuyas novelas tienen una ideología muy clara y en cuyas detectives hay una posición política; mientras que Nuria Mínguez hace obras simples aunque muy efectivas que son como el Cluedo, solo importando dónde, cómo y por qué».

La detective femenina, cuenta, trae una serie de novedades al respecto de la novela criminal clásica. «Primero es una mujer que tiene que posicionarse en un espacio masculino, con una vestimenta y elementos que no están pensadas para ella». Un ejemplo es la pistola, a la que califica de símbolo clásico del poder masculino. En Petra Delicado, durante las primeras entregas, la inspectora no sabe qué hacer con su arma. «La deja en el bolso, la lleva en el coche… se pierde con ella hasta que aprende a llevarla en el cinto y se acabó».

Otros son los vínculos familiares. «Siempre hay una madre vieja, un hijo o una pareja que le da problemas, desapareciendo la absoluta soledad del detective», y ejemplifica, «ni Poirot ni Sherlock Holmes tienen madre y los americanos, como mucho, una secretaria, pero estas mujeres tienen todo un entramado de relaciones sociales».

La tercera diferencia es la relación con su cuerpo. «En las tradiciones de estructura patriarcal el hombre está preparado para recibir una herida, pero de la misma manera que para una mujer es difícil pensar que ella pueda infringir daño físico, el hecho de sufrir heridas también es más insólito». Losada destaca las descripciones y sensaciones de la comisaria María Ruiz, creada por Berna González Harbour, durante su convalecencia tras ser gravemente herida en el cumplimiento del deber.

Si tuviera que recomendar una serie de novelas criminales buenas escritas por mujeres para no caer en la lectura de los lógicos bodrios que siempre existen, Losada empezaría claramente por Petra Delicado. «Es, salvando las distancias, el equivalente femenino a Vazquez Montalbán y su Carvalho, creando un personaje poderoso que lo mantiene a lo largo de varias novelas, algo poco común en las autoras que no suelen crear sagas con sus protagonistas», razona.

«Además, son novelas con sentido del humor, muy bien escritas y reivindicativas», añade. «La autora le coloca un subalterno hombre, patriarcal, mayor que ella, que tiene que lidiar y acostumbrarse a recibir órdenes de una mujer». Muy empoderada teniendo en cuenta que es a principios de los 90. Encima, se adelanta a su tiempo. Cuando Giménez Bartlett crea a esta inspectora del Cuerpo Nacional de Policía, solo un par de mujeres tenían ese rango en la realidad.

Para acabar las recomendaciones, literariamente le resulta excelente tanto Marta Sanz, que es de las pocas que crea un detective masculino, como la policía hispano-alemana de Rosa Ribas. De los últimos años, destaca a Empar Fernández y sus novelas muy urbanas, de descripción de la realidad, muy trabajada en cuanto a sus vínculos sociales.

Uno de los problemas con el Femicrime puede ser la tendencia en el mundo del arte a adoptar los insultos como propios. Durante las vanguardias históricas, el conservador crítico Louis Vauxcelles acudió en 1905 al Salón de Otoño, donde un joven pintor llamado Henri Matisse exponía un nuevo concepto del color. Era completamente subjetivo, no se ajustaba a la realidad, no era bello en el sentido decimonónico. Vauxcelles salió horrorizado y lo definió despectivamente como un fauve, una fiera. El repudio de la crítica en general convirtió este estilo en la vanguardia de moda y los definidos, lejos de sentirse insultados, abrazaron el término y lo hicieron suyo. Esperemos que con este término no pase lo mismo.

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«Esa etiqueta es un horror, creada para vender más y no tener que pensar mucho, diciéndolo todo en una palabra», explica al teléfono Elena Losada, profesora de la universidad de Barcelona, creadora de una base de datos con el corpus de novela negra creada por mujeres españolas y coautora del ensayo Tras la pista,

«No se puede decir que existe ya que de las más de 60 autoras que tenemos, cada una es de su padre y de su madre, no hay características comunes y meterlas todas bajo ese nombre es desvalorizarlas, como decir que está la novela buena escrita por hombres y ‘esa cosa que hacen las mujeres’».

Aunque la primera novela criminal escrita por una mujer con una detective femenina es The golden slipper, de Anna Katharine Green, publicada en 1915, en España hay que esperar a 1979, cuando Lourdes Ortíz escribe Picadura mortal, un misterio familiar de plantócratas canarios de tabaco. A partir de ahí y durante los 80, comienzan a aparecer cada vez más escritoras dentro del género, que tiene su punto culminante con la saga de Petra Delicado, de Alicia Giménez Bartlett, en 1996.

Una de las evidencias que Losada aporta contra la etiqueta del Femicrime es la variedad. «Como cada autora escribe sin una tradición común, sin lo que las feministas llaman un genealogía de mujer, cada una crea desde su propia perspectiva y su propio mundo», continúa; «en los 80 tienes a Maria Antònia Olive o Maria Aurèlia Capmany, que son feministas confesas, muy politizadas, cuyas novelas tienen una ideología muy clara y en cuyas detectives hay una posición política; mientras que Nuria Mínguez hace obras simples aunque muy efectivas que son como el Cluedo, solo importando dónde, cómo y por qué».

La detective femenina, cuenta, trae una serie de novedades al respecto de la novela criminal clásica. «Primero es una mujer que tiene que posicionarse en un espacio masculino, con una vestimenta y elementos que no están pensadas para ella». Un ejemplo es la pistola, a la que califica de símbolo clásico del poder masculino. En Petra Delicado, durante las primeras entregas, la inspectora no sabe qué hacer con su arma. «La deja en el bolso, la lleva en el coche… se pierde con ella hasta que aprende a llevarla en el cinto y se acabó».

Otros son los vínculos familiares. «Siempre hay una madre vieja, un hijo o una pareja que le da problemas, desapareciendo la absoluta soledad del detective», y ejemplifica, «ni Poirot ni Sherlock Holmes tienen madre y los americanos, como mucho, una secretaria, pero estas mujeres tienen todo un entramado de relaciones sociales».

La tercera diferencia es la relación con su cuerpo. «En las tradiciones de estructura patriarcal el hombre está preparado para recibir una herida, pero de la misma manera que para una mujer es difícil pensar que ella pueda infringir daño físico, el hecho de sufrir heridas también es más insólito». Losada destaca las descripciones y sensaciones de la comisaria María Ruiz, creada por Berna González Harbour, durante su convalecencia tras ser gravemente herida en el cumplimiento del deber.

Si tuviera que recomendar una serie de novelas criminales buenas escritas por mujeres para no caer en la lectura de los lógicos bodrios que siempre existen, Losada empezaría claramente por Petra Delicado. «Es, salvando las distancias, el equivalente femenino a Vazquez Montalbán y su Carvalho, creando un personaje poderoso que lo mantiene a lo largo de varias novelas, algo poco común en las autoras que no suelen crear sagas con sus protagonistas», razona.

«Además, son novelas con sentido del humor, muy bien escritas y reivindicativas», añade. «La autora le coloca un subalterno hombre, patriarcal, mayor que ella, que tiene que lidiar y acostumbrarse a recibir órdenes de una mujer». Muy empoderada teniendo en cuenta que es a principios de los 90. Encima, se adelanta a su tiempo. Cuando Giménez Bartlett crea a esta inspectora del Cuerpo Nacional de Policía, solo un par de mujeres tenían ese rango en la realidad.

Para acabar las recomendaciones, literariamente le resulta excelente tanto Marta Sanz, que es de las pocas que crea un detective masculino, como la policía hispano-alemana de Rosa Ribas. De los últimos años, destaca a Empar Fernández y sus novelas muy urbanas, de descripción de la realidad, muy trabajada en cuanto a sus vínculos sociales.

Uno de los problemas con el Femicrime puede ser la tendencia en el mundo del arte a adoptar los insultos como propios. Durante las vanguardias históricas, el conservador crítico Louis Vauxcelles acudió en 1905 al Salón de Otoño, donde un joven pintor llamado Henri Matisse exponía un nuevo concepto del color. Era completamente subjetivo, no se ajustaba a la realidad, no era bello en el sentido decimonónico. Vauxcelles salió horrorizado y lo definió despectivamente como un fauve, una fiera. El repudio de la crítica en general convirtió este estilo en la vanguardia de moda y los definidos, lejos de sentirse insultados, abrazaron el término y lo hicieron suyo. Esperemos que con este término no pase lo mismo.

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