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31 de agosto 2017    /   ENTRETENIMIENTO
por
fotografia  Coral Ortiz

Festival Agrocuir: trasnos, bruxas y meigas contra la ruralfobia

31 de agosto 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por        fotografia  Coral Ortiz
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«Esto surge para reírnos y no tener que desplazarnos a celebrar el Orgullo a las ciudades. Aquí nos parece más divertido, surge sin más pretensiones que hacer una fiesta». Gina sonríe y luce ojeras; es una de las organizadoras del IV Festival Agrocuir da Ulloa.

Braulio, Marta, Luisa, Adrián, Elena… Se llaman a sí mismos agrocuir y organizan este festival en la Granja Maruxa, en el pueblo de Monterroso, en el Concello de A Ulloa, Lugo. «A raíz de la potencia mediática del primer año, nos lo tomamos más en serio y se nos fue un poco de las manos». Es sábado, 26 de agosto, unas 1.300 personas comparten estrellagalicias, música, arrumacos, licor, café, pulpo, bailan muñeiras o participan en un taller de cuerdas bondages.

Esta edición, el festival está especialmente dedicado a las personas transexuales y a combatir la eucaliptización de los bosques gallegos. «Este año recuperamos la bandera arcoiris de ocho colores, la original, pues se perdieron el rosa y el azul claro, que junto con el blanco forman la bandera trans», relata Gina. «Dado el proceso de eucaliptización que se viene dando desde hace muchos años, pero que cada vez se está acentuando más, ya hay un 65% del bosque gallego invadido por eucaliptos», describe Adrián, y proclama: «Somos resistencia activa y defensa contra este proceso».

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La noche del viernes, en la plaza de Monterroso, aparecieron seres mitológicos, a esas horas en las que de todo puede pasar, cuando el ribeiro se acaba. Los trasnos, enanos saltarines que hacen travesuras y lo revuelven todo; las meigas, brujas que tras pactar con el diablo utilizan sus poderes y conocimientos para hacer el mal —no hay mal que por bien no venga—; las bruxas, que contrarrestan los males causados por las meigas, restableciendo el (des)orden y la salud cuando es necesario, pues hay meigas que chupan la sangre a los niños, otras que espían quién sale y entra de las casas, otras que vuelan, otras que ahogan a los chicos en los ríos. Tras las actuaciones musicales, DJ y meigas, trasnos y bruxas hacían de las suyas.

Y en la plaza se leyó un manifiesto: «Algunos dicen que en los bosques reina el silencio, pero el de A Ulloa habla, y somos presencia aquí y ahora, escuchándolo, sintiéndolo». «Hoy somos árboles, tejos, acebos, sauces, abedules. Somos poderosos, centenarios, somos la herencia de los abuelos…  somos pueblo. Somos lobas y ciervos, jabalíes y cerdos, somos vacas unicornias».

«Hoy trans-gredimos el silencio. Hoy trans-formamos el miedo. Hoy trans-sitamos el cambio y somos parte activa de ello. Hoy trans-mitimos el mensaje para hacernos oír a los cuatro vientos». Y claro, con tanta pócima, bruxas, meigas y trasnos no se fueron a dormir a los bosques, a las casas o a las tiendas de campaña hasta la mañana siguiente. Y amaneció lloviendo.

La lluvia no paralizó las actividades programadas del sábado en la Granja Maruxa, donde las vacas escuchan música clásica cuando van a ser ordeñadas. De fondo se escuchan las actuaciones de Rodrigo Cuevas y Mercedes Peón, que ponen al público de pie y lo levanta de sus tertulias sobre la hierba, mientras Gina cuenta: «En el mundo rural, las personas LGTBI son más invisibles. Tienden a dejar los pueblos, porque no se sienten realizadas afectiva y sexualmente. Se van a las grandes ciudades».

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«Además, se concibe el mundo rural como un ámbito atrasado (la ruralfobia), pero no tiene por qué ser así. Las personas que trabajamos en el festival somos muy diversas en muchos aspectos, no solo en el afectivo sexual, y somos muy felices aquí», añade Gina. «Con este festival queremos demostrar que lo rural puede ser vanguardia y que ofrece muchas ventajas, como contar con una comunidad de apoyos y de cuidados que es muy difícil que se dé en las ciudades».

Luis tiene 27 años, es bisexual y llega al festival desde Riveira, A Coruña. «Agrocuir es un escaparate estupendo para visibilizar que Galicia es diversa, que hay personas que están fuera de los marcos que aparentemente crea la sociedad, y simboliza también lo rural como un entorno de igualdad, de acogimiento, donde todo el mundo puede vivir en libertad».

De Pontevedra se ha desplazado Rosi con su grupo de amigas, disfrazadas todas de duquesas. Rosi es lesbiana, tiene algún año más de los 50 y este es su segundo año de festival. «Lo que más me gusta es la normalidad que aquí se vive. Hay gente de todas las edades, niños, chavales, adolescentes, padres gais… Todo». Cree que esta iniciativa es importante en el espacio rural porque «las personas LGTBI se quedan aisladas», aunque reconoce que «el mundo rural es más abierto en este sentido que el de muchas capitales de provincia».

Los organizadores leen el manifiesto del sábado en la Granja Maruxa. «En cada color de la bandera hay un historia, una vivencia, individual y colectiva; un concepto que define a cada uno, aunque no lo abarca, un término que nos engloba a todos sin cortarnos las alas… Cuir.

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Un intento de abrir el abanico de posibilidades, de existir sin género que determine si eres hombre o mujer, lesbiana, gay, hetero, trans, bisexual, asexual, aldeano, urbanita, local o foráneo, o cualquiera de las denominaciones en las que debemos encajar para ordenar, clasificar, cuantificar la ‘cultural naturaleza humana’. Somos cuir porque valoramos la libertad de sentir y ser lo que cada uno desea, y depende de nosotros que el amor, con toda su sensualidad, nos sirva de puente en vez de ser una barrera».

Y llega la noche, y los trasnos, y las meigas, y las bruxas. Y al día siguiente estos desaparecerán, recogerán las tiendas de campaña, regresarán a sus ciudades, a sus pueblos, a sus bosques. Con una sonrisa malévola se encontrarán unos a otros durante el resto del año en sus lugares de procedencia y se saludarán. «¿Vas este año al Agrocuir?».

Y en algún cajón guardarán todo el año la camiseta del festival. En esa camiseta azul claro, a su espalda, se puede leer: «Elisa y Marcela, casadas en 1901 en Dumbria, A Coruña, burlando las leyes divinas y humanas para normalizar su amor, pioneras del matrimonio homosexual en el Estado español». En la parte delantera, una foto de Elisa y Marcela, una de ellas se hizo pasar por un hombre para poder casarse con la otra. Sería un trasgo, una bruxa, una meiga. Lo rural puede ser vanguardia.

 

«Esto surge para reírnos y no tener que desplazarnos a celebrar el Orgullo a las ciudades. Aquí nos parece más divertido, surge sin más pretensiones que hacer una fiesta». Gina sonríe y luce ojeras; es una de las organizadoras del IV Festival Agrocuir da Ulloa.

Braulio, Marta, Luisa, Adrián, Elena… Se llaman a sí mismos agrocuir y organizan este festival en la Granja Maruxa, en el pueblo de Monterroso, en el Concello de A Ulloa, Lugo. «A raíz de la potencia mediática del primer año, nos lo tomamos más en serio y se nos fue un poco de las manos». Es sábado, 26 de agosto, unas 1.300 personas comparten estrellagalicias, música, arrumacos, licor, café, pulpo, bailan muñeiras o participan en un taller de cuerdas bondages.

Esta edición, el festival está especialmente dedicado a las personas transexuales y a combatir la eucaliptización de los bosques gallegos. «Este año recuperamos la bandera arcoiris de ocho colores, la original, pues se perdieron el rosa y el azul claro, que junto con el blanco forman la bandera trans», relata Gina. «Dado el proceso de eucaliptización que se viene dando desde hace muchos años, pero que cada vez se está acentuando más, ya hay un 65% del bosque gallego invadido por eucaliptos», describe Adrián, y proclama: «Somos resistencia activa y defensa contra este proceso».

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La noche del viernes, en la plaza de Monterroso, aparecieron seres mitológicos, a esas horas en las que de todo puede pasar, cuando el ribeiro se acaba. Los trasnos, enanos saltarines que hacen travesuras y lo revuelven todo; las meigas, brujas que tras pactar con el diablo utilizan sus poderes y conocimientos para hacer el mal —no hay mal que por bien no venga—; las bruxas, que contrarrestan los males causados por las meigas, restableciendo el (des)orden y la salud cuando es necesario, pues hay meigas que chupan la sangre a los niños, otras que espían quién sale y entra de las casas, otras que vuelan, otras que ahogan a los chicos en los ríos. Tras las actuaciones musicales, DJ y meigas, trasnos y bruxas hacían de las suyas.

Y en la plaza se leyó un manifiesto: «Algunos dicen que en los bosques reina el silencio, pero el de A Ulloa habla, y somos presencia aquí y ahora, escuchándolo, sintiéndolo». «Hoy somos árboles, tejos, acebos, sauces, abedules. Somos poderosos, centenarios, somos la herencia de los abuelos…  somos pueblo. Somos lobas y ciervos, jabalíes y cerdos, somos vacas unicornias».

«Hoy trans-gredimos el silencio. Hoy trans-formamos el miedo. Hoy trans-sitamos el cambio y somos parte activa de ello. Hoy trans-mitimos el mensaje para hacernos oír a los cuatro vientos». Y claro, con tanta pócima, bruxas, meigas y trasnos no se fueron a dormir a los bosques, a las casas o a las tiendas de campaña hasta la mañana siguiente. Y amaneció lloviendo.

La lluvia no paralizó las actividades programadas del sábado en la Granja Maruxa, donde las vacas escuchan música clásica cuando van a ser ordeñadas. De fondo se escuchan las actuaciones de Rodrigo Cuevas y Mercedes Peón, que ponen al público de pie y lo levanta de sus tertulias sobre la hierba, mientras Gina cuenta: «En el mundo rural, las personas LGTBI son más invisibles. Tienden a dejar los pueblos, porque no se sienten realizadas afectiva y sexualmente. Se van a las grandes ciudades».

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«Además, se concibe el mundo rural como un ámbito atrasado (la ruralfobia), pero no tiene por qué ser así. Las personas que trabajamos en el festival somos muy diversas en muchos aspectos, no solo en el afectivo sexual, y somos muy felices aquí», añade Gina. «Con este festival queremos demostrar que lo rural puede ser vanguardia y que ofrece muchas ventajas, como contar con una comunidad de apoyos y de cuidados que es muy difícil que se dé en las ciudades».

Luis tiene 27 años, es bisexual y llega al festival desde Riveira, A Coruña. «Agrocuir es un escaparate estupendo para visibilizar que Galicia es diversa, que hay personas que están fuera de los marcos que aparentemente crea la sociedad, y simboliza también lo rural como un entorno de igualdad, de acogimiento, donde todo el mundo puede vivir en libertad».

De Pontevedra se ha desplazado Rosi con su grupo de amigas, disfrazadas todas de duquesas. Rosi es lesbiana, tiene algún año más de los 50 y este es su segundo año de festival. «Lo que más me gusta es la normalidad que aquí se vive. Hay gente de todas las edades, niños, chavales, adolescentes, padres gais… Todo». Cree que esta iniciativa es importante en el espacio rural porque «las personas LGTBI se quedan aisladas», aunque reconoce que «el mundo rural es más abierto en este sentido que el de muchas capitales de provincia».

Los organizadores leen el manifiesto del sábado en la Granja Maruxa. «En cada color de la bandera hay un historia, una vivencia, individual y colectiva; un concepto que define a cada uno, aunque no lo abarca, un término que nos engloba a todos sin cortarnos las alas… Cuir.

agrocuir4

Un intento de abrir el abanico de posibilidades, de existir sin género que determine si eres hombre o mujer, lesbiana, gay, hetero, trans, bisexual, asexual, aldeano, urbanita, local o foráneo, o cualquiera de las denominaciones en las que debemos encajar para ordenar, clasificar, cuantificar la ‘cultural naturaleza humana’. Somos cuir porque valoramos la libertad de sentir y ser lo que cada uno desea, y depende de nosotros que el amor, con toda su sensualidad, nos sirva de puente en vez de ser una barrera».

Y llega la noche, y los trasnos, y las meigas, y las bruxas. Y al día siguiente estos desaparecerán, recogerán las tiendas de campaña, regresarán a sus ciudades, a sus pueblos, a sus bosques. Con una sonrisa malévola se encontrarán unos a otros durante el resto del año en sus lugares de procedencia y se saludarán. «¿Vas este año al Agrocuir?».

Y en algún cajón guardarán todo el año la camiseta del festival. En esa camiseta azul claro, a su espalda, se puede leer: «Elisa y Marcela, casadas en 1901 en Dumbria, A Coruña, burlando las leyes divinas y humanas para normalizar su amor, pioneras del matrimonio homosexual en el Estado español». En la parte delantera, una foto de Elisa y Marcela, una de ellas se hizo pasar por un hombre para poder casarse con la otra. Sería un trasgo, una bruxa, una meiga. Lo rural puede ser vanguardia.

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