18 de octubre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Senderismo, música y gastronomía: así es el festival de los treintañeros

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Nadie niega que los festivales estén bien, pero lo cierto es que, llegado a cierta edad, tienen unos efectos colaterales por los que uno no está dispuesto a pasar. Las colas interminables, las resacas en tienda de campaña, los cenagales que desembocan en urinarios de plástico… el día a día de un festivalero, vaya. La alternativa hasta ahora era quedarse en casa acariciando viejos vinilos y pensando en épocas mejores, pero al albor de la fiebre festivalera en España están creciendo alternativas.

«Esto no es un festival. Esto es otra historia», explica uno de los organizadores en el acto de presentación de SON Estrella Galicia Posidonia Sinsal.

En este festival el cartel es sorpresa; el público, reducido (300 asistentes) y los escenarios, tan inesperados como una plaza del pueblo, una playa, una laguna salinera o una cueva. La entrada incluye una experiencia gastronómica que adapta la alta cocina al formato tapa y todo esto está regado con barra libre de cerveza. El lugar donde se celebra, la isla de Formentera, es otro de los alicientes. Y conscientes de su potencial los organizadores han construido todo su programa intentando recorrer los rincones más representativos de la menor de las Pitiusas.

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La idea, de hecho, es hacer de este festival algo sostenible, y que la única huella que deje en la isla tras su paso, sea el 30% de las ganancias, que destinarán al proyecto Save Posidonia, que lucha por mantener las praderas submarinas de esta planta que rodean la isla, y que pasan por ser el organismo más longevo y grande del planeta.

El concepto es difícilmente trasladable a un festival de grandes dimensiones, la sostenibilidad solo se aguanta con números pequeños. Puede que esto explique la necesidad de un patrocinador para cuadrar números y justifique un precio por entrada relativamente alto por el número de actuaciones. Por poner un ejemplo que todos tenemos bien presente, aquí pasa lo mismo que con la ropa. Un negocio más ético y sostenible conlleva un precio algo mayor y normalmente no se produce a gran escala.

En cualquier caso, lo más destacable de este evento no es tanto la comodidad de dormir bien (alojamiento aparte, en un hotel a pie de playa) comer bien y beber buena cerveza. Lo novedoso es el papel activo que toma el espectador, que en lugar de sentarse a ver actuaciones con pasividad catódica, recorre la isla en excursiones guiadas, jalonadas con parones para reponer fuerzas y disfrutar de música en directo en mitad de la naturaleza. Senderismo trufado de conciertos íntimos.

«Queríamos hacer algo diferente y recurrimos a los aborígenes australianos», explica Julio Gómez, programador junto a Luis Campos de este formato. «Estos tienen una mitología que dice que en momentos de apuro, los patriarcas salen de la tierra, recorren el mundo y le cantan a las dunas, a las salinas, a la tierra, la montaña, los animales y las plantas. Y hacen ese camino cantando».

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Esta celebración atávica es la que han adaptado al panorama nacional, convirtiendo a los festivaleros en aborígenes, recorriendo Formentera caminando y cantando. Para ser honestos los que cantaron de verdad fueron los músicos. Un cartel sorpresa que se fue desvelando paso a paso, compuesto por nombres como Christina Rosenvinge, The Partisan Seed, María Rodés, Vinicio Capossela, La Dame Blanche, Ibibio Sound Machine, Raoul Vignal, Sam Lee y Le Parody.

Muchos de los nombres son desconocidos para el público asistente, hablamos de un abanico sonoro que toca desde la tarantella italiana hasta el rap cubano, pasando por el folklore escocés, el indie español o una fusión entre el Motown y el tribal africano. «Es un riesgo, claro», concede Gómez. «Pero pensamos que estamos trayendo algo bonito e importante. Tenemos guiños indies pero teníamos claro que no queríamos ese estilo, no por gustos personales sino porque buscábamos otro tipo de identidad».

La identidad se ha ido forjando con los años, pues si bien esta es la primera edición en Formentera, la idea nació en el Festival Sinsal, el embrión de esta cita que lleva dos años celebrándose en una pequeña isla de la ría de Vigo, y que ha sido reconocido como mejor festival español de formato pequeño en los premios Fest 2015 y como mejor programa cultural en los Iberian Festival Awards 2017. A los programadores no les importa demasiado que el público no conozca el cartel de antemano, ni apostar por músicas más experimentales. No se trata, por tanto, de que la gente coree durante el concierto, sino de que vuelva a su casa tarareando nuevas músicas.

Todos estos elementos hacen de SON Estrella Galicia Posidonia Sinsal un evento para el festivalero más maduro. Un simple vistazo al público lo confirma. Esta noche se congrega en un local a pie de playa, bailando al ritmo de la rapera cubana La Dame Blanche. A excepción de los youtubers e instagramers, nadie baja de los 30, pero a juzgar por lo animados que están todos podríamos estar en una fiesta de instituto. Juanjo, un informático de 40 años, se ha animado a venir para conocer gente y música. Puede volverse satisfecho a casa.

Dos hermanas de Sueca bailan desenfrenadas e invitan a la gente a su alrededor a hacer lo mismo. Federico, un valenciano que burla la jubilación por poco tiempo, declina amablemente la invitación. «Pero no es que no me guste, ¿eh?», se defiende. «No es mi estilo pero tiene mucha garra, me recuerda a Nina Simone». En el escenario, la rapera, puro en mano, se toca obscenamente mientras escupe versos con ritmo. El público enloquece. Federico confiesa que es su primera vez en un festival. Vaticina que no será la última.

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«Esto no es un festival. Esto es otra historia», explica uno de los organizadores en el acto de presentación de SON Estrella Galicia Posidonia Sinsal.

En este festival el cartel es sorpresa; el público, reducido (300 asistentes) y los escenarios, tan inesperados como una plaza del pueblo, una playa, una laguna salinera o una cueva. La entrada incluye una experiencia gastronómica que adapta la alta cocina al formato tapa y todo esto está regado con barra libre de cerveza. El lugar donde se celebra, la isla de Formentera, es otro de los alicientes. Y conscientes de su potencial los organizadores han construido todo su programa intentando recorrer los rincones más representativos de la menor de las Pitiusas.

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La idea, de hecho, es hacer de este festival algo sostenible, y que la única huella que deje en la isla tras su paso, sea el 30% de las ganancias, que destinarán al proyecto Save Posidonia, que lucha por mantener las praderas submarinas de esta planta que rodean la isla, y que pasan por ser el organismo más longevo y grande del planeta.

El concepto es difícilmente trasladable a un festival de grandes dimensiones, la sostenibilidad solo se aguanta con números pequeños. Puede que esto explique la necesidad de un patrocinador para cuadrar números y justifique un precio por entrada relativamente alto por el número de actuaciones. Por poner un ejemplo que todos tenemos bien presente, aquí pasa lo mismo que con la ropa. Un negocio más ético y sostenible conlleva un precio algo mayor y normalmente no se produce a gran escala.

En cualquier caso, lo más destacable de este evento no es tanto la comodidad de dormir bien (alojamiento aparte, en un hotel a pie de playa) comer bien y beber buena cerveza. Lo novedoso es el papel activo que toma el espectador, que en lugar de sentarse a ver actuaciones con pasividad catódica, recorre la isla en excursiones guiadas, jalonadas con parones para reponer fuerzas y disfrutar de música en directo en mitad de la naturaleza. Senderismo trufado de conciertos íntimos.

«Queríamos hacer algo diferente y recurrimos a los aborígenes australianos», explica Julio Gómez, programador junto a Luis Campos de este formato. «Estos tienen una mitología que dice que en momentos de apuro, los patriarcas salen de la tierra, recorren el mundo y le cantan a las dunas, a las salinas, a la tierra, la montaña, los animales y las plantas. Y hacen ese camino cantando».

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Esta celebración atávica es la que han adaptado al panorama nacional, convirtiendo a los festivaleros en aborígenes, recorriendo Formentera caminando y cantando. Para ser honestos los que cantaron de verdad fueron los músicos. Un cartel sorpresa que se fue desvelando paso a paso, compuesto por nombres como Christina Rosenvinge, The Partisan Seed, María Rodés, Vinicio Capossela, La Dame Blanche, Ibibio Sound Machine, Raoul Vignal, Sam Lee y Le Parody.

Muchos de los nombres son desconocidos para el público asistente, hablamos de un abanico sonoro que toca desde la tarantella italiana hasta el rap cubano, pasando por el folklore escocés, el indie español o una fusión entre el Motown y el tribal africano. «Es un riesgo, claro», concede Gómez. «Pero pensamos que estamos trayendo algo bonito e importante. Tenemos guiños indies pero teníamos claro que no queríamos ese estilo, no por gustos personales sino porque buscábamos otro tipo de identidad».

La identidad se ha ido forjando con los años, pues si bien esta es la primera edición en Formentera, la idea nació en el Festival Sinsal, el embrión de esta cita que lleva dos años celebrándose en una pequeña isla de la ría de Vigo, y que ha sido reconocido como mejor festival español de formato pequeño en los premios Fest 2015 y como mejor programa cultural en los Iberian Festival Awards 2017. A los programadores no les importa demasiado que el público no conozca el cartel de antemano, ni apostar por músicas más experimentales. No se trata, por tanto, de que la gente coree durante el concierto, sino de que vuelva a su casa tarareando nuevas músicas.

Todos estos elementos hacen de SON Estrella Galicia Posidonia Sinsal un evento para el festivalero más maduro. Un simple vistazo al público lo confirma. Esta noche se congrega en un local a pie de playa, bailando al ritmo de la rapera cubana La Dame Blanche. A excepción de los youtubers e instagramers, nadie baja de los 30, pero a juzgar por lo animados que están todos podríamos estar en una fiesta de instituto. Juanjo, un informático de 40 años, se ha animado a venir para conocer gente y música. Puede volverse satisfecho a casa.

Dos hermanas de Sueca bailan desenfrenadas e invitan a la gente a su alrededor a hacer lo mismo. Federico, un valenciano que burla la jubilación por poco tiempo, declina amablemente la invitación. «Pero no es que no me guste, ¿eh?», se defiende. «No es mi estilo pero tiene mucha garra, me recuerda a Nina Simone». En el escenario, la rapera, puro en mano, se toca obscenamente mientras escupe versos con ritmo. El público enloquece. Federico confiesa que es su primera vez en un festival. Vaticina que no será la última.

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