19 de mayo 2015    /   IDEAS
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La fiesta de la democracia

19 de mayo 2015    /   IDEAS     por          
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Me desperté temprano, y el olor parecía llevar varias horas allí.
No sabría adivinar en qué momento exacto llegó a inundar mi habitación, ni tampoco decir de forma precisa a qué se parecía. Probablemente era el fruto de una extraña mezcla de olores. El olor de los geranios recién plantados que llenan rotondas y avenidas bajo el sol primaveral. El olor del hormigón reciente que cubre los socavones que hasta ayer poblaban las calles del barrio. El olor de la gasolina de esos coches ataviados con todo tipo de branding partidista que elevan su megafonía por encima del bullicio de la ciudad. El olor de la mezcla de agua y cola que, extendida sobre carteles con caras de candidatos, asegura su permanencia durante las semanas de campaña electoral. El olor de la democracia puesta en práctica.
(Opinión)
Las elecciones y sus enorme abanico de olores. El olor a promesas por cumplir, a actos multitudinarios, a candidatos jugando a empatizar con vecinos. Abrazos y besos, banderas y pancartas, chapas y pegatinas, coche privado y transporte público. Candidatos polifacéticos que van en taxi, en sillas de ruedas, en muletas, que se visten de chulapos, que se ponen el casco de obra y el uniforme de gimnasia. El votante que les votó y les dice, sonriente, que les volverá a votar, entre gritos de «Presidenta, presidenta».
Me considero una especie de yonki de las elecciones. Sé que a muchos les parecerá raro, pero vivo con impaciencia largos períodos de cuatro años esperando a que llegue la siguiente cita electoral. Me fascina todo lo relativo a la ética y estética electorales, y una sonrisa se dibuja en mi cara cuando empieza un año en el que habrá cita con las urnas. Me maravillan los spots electorales, los trípticos con propuestas, las chapas, las pegatinas, los bolígrafos y los caramelos con logos de los partidos. El sonido de la megafonía de los coches de campaña llega a estremecerme, y el tacto de una papeleta provoca en mí un cúmulo de sensaciones difíciles de describir.
Lo cierto es que aún no he conocido a ninguna otra persona que comparta mi pasión. En realidad, ya no tengo mucha esperanza. Si uno pregunta a su alrededor acerca del interés por las elecciones, no solo no encontrará a nadie que se entusiasme hablando del tema, sino que la mayor parte de la gente se mostrará indiferente, pesimista o incluso molesta con el advenimiento de una cita electoral. Habrá quienes clamen que siempre acaban ganando los mismos, y aquellos que afirmen que, aunque parezcan distintos, el poder los acaba cambiando a todos. Habrá personas que digan que no votan porque «no sirve de nada» y otras que aprovechen para reafirmar, una vez más, su desinterés por la política, e incluso su indefinición ideológica con un categórico «yo es que no soy ni de izquierdas ni de derechas».
Y los entiendo perfectamente. Pese a la tristeza que me produce el pensar que la gente que me rodea no es capaz de sentir ese júbilo que me invade a mí en los años electorales, comprendo que exista un sentimiento generalizado de rechazo hacia las citas electorales y todo lo que conllevan. Lo entiendo porque soy consciente de que somos un país que apenas lleva 35 años seguidos votando después de un período de 40 sin poder hacerlo. En otras épocas, o quizá en otras sociedades, probablemente esto supondría un aliciente para votar: los ciudadanos estarían ansiosos por hacer uso de un derecho que costó muchos años conseguir, y expresarían como locos lo que piensan a través de las urnas. Pero en España ha tenido lugar un curioso fenómeno: tras el subidón democrático de los primeros años posdictadura, la afluencia a las urnas de las generaciones posteriores ha sido bastante limitada, y nos hemos acostumbrado a convivir con unos niveles de abstención más propios de un referéndum no vinculante que de unas elecciones para elegir Gobierno. Spain is different, también a la hora de votar. No se podía esperar menos.
Lo entiendo, también, porque basta con abrir un periódico para darse cuenta de que la clase política española ha hecho méritos más que suficientes para hacer crecer la desafección de los ciudadanos, que han perdido la confianza en las opciones existentes y, aunque empiezan a valorar como posible el hecho de votar a nuevos candidatos, miran con recelo a cada aspirante que aparece en un cartel.
Y además de entenderlos, los respeto y los animo a reafirmarse en su decisión (o en su indecisión). Rotundamente. Les animo a que continúen pensando que votar no vale para nada, y que las elecciones son un mal que toca aguantar cada cuatro años. Aplaudo su rechazo a todas las opciones políticas existentes, y su total indiferencia ante las distintas opciones ideológicas. Celebro que estén orgullosos de formar parte de ese elevado porcentaje de personas que se abstienen en las elecciones, y que sean absolutamente incapaces de encontrar un candidato, partido, programa o corriente ideológica que se ajuste a sus requerimientos.
Me maravilla pensar en ellos como personas que han decidido (o a veces ni siquiera eso) vivir al margen de la realidad electoral, del juego democrático. Personas que nunca se verán representadas, que no encontrarán su sitio en un programa. Que no serán contagiadas por ninguna ilusión de cambio.
Porque, según parece, las citas electorales de 2015 son las citas electorales de aquellos que tienen ilusión porque las cosas cambien. De los que llevan cuatro años acumulando rabia, participando en nuevos movimientos y encontrando nuevas salidas para que la situación de nuestro país sea otra. De los que han decidido que querían tomar cartas en el asunto y apostar por una nueva forma de hacer las cosas.
Pero, para ese 30% de personas llamadas a las urnas que acostumbran a desatender la llamada; esta será una cita electoral más. Otro período insufrible de telediarios llenos de noticias que no les interesan, calles plagadas de carteles que no piensan mirar y mesas informativas de programas que nunca leerán. Ni ilusión, ni cambio, ni Podemos, ni Ganemos, ni Celebremos.
Y así tiene que ser. Para que el sistema funcione, para que la historia continúe su curso, es necesario que haya un extenso grupo de personas a las cuales se la traiga al pairo todo lo relacionado con el sistema, la democracia y las elecciones. No se podrían concebir las elecciones sin un porcentaje considerable de individuos que se abstienen de ejercer su derecho a votar.
Lo que me gustaría pedirles, desde el respeto y la admiración por su capacidad de resistencia, es que nos dejen disfrutar a los demás de tan señalada cita. Que me permitan deleitarme sobeteando papeletas, coleccionando chapas y leyendo y releyendo trípticos. Que me dejen disfrutar de las fotos de los candidatos, de las bolsas de caramelos logotipados, de las pegatinas en las farolas, de la mezcla de olores que trae consigo cada cita electoral. Que respeten mi decisión de querer vivir las elecciones como si fueran más de lo que son: como un verdadero festejo, como una celebración que, por desgracia, solo se puede disfrutar cada cuatro años.
Que nos dejen ilusionarnos por el cambio, soñar con el país que siempre quisimos, tirar confeti y bailar en nuestros balcones mientras abrimos la siguiente ronda de cervezas para seguir en directo el recuento electoral. Que nos dejen disfrutar de nuestra fiesta.
Yo les prometo que, cuando termine, se lo dejaremos todo bien recogido.

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Me desperté temprano, y el olor parecía llevar varias horas allí.
No sabría adivinar en qué momento exacto llegó a inundar mi habitación, ni tampoco decir de forma precisa a qué se parecía. Probablemente era el fruto de una extraña mezcla de olores. El olor de los geranios recién plantados que llenan rotondas y avenidas bajo el sol primaveral. El olor del hormigón reciente que cubre los socavones que hasta ayer poblaban las calles del barrio. El olor de la gasolina de esos coches ataviados con todo tipo de branding partidista que elevan su megafonía por encima del bullicio de la ciudad. El olor de la mezcla de agua y cola que, extendida sobre carteles con caras de candidatos, asegura su permanencia durante las semanas de campaña electoral. El olor de la democracia puesta en práctica.
(Opinión)
Las elecciones y sus enorme abanico de olores. El olor a promesas por cumplir, a actos multitudinarios, a candidatos jugando a empatizar con vecinos. Abrazos y besos, banderas y pancartas, chapas y pegatinas, coche privado y transporte público. Candidatos polifacéticos que van en taxi, en sillas de ruedas, en muletas, que se visten de chulapos, que se ponen el casco de obra y el uniforme de gimnasia. El votante que les votó y les dice, sonriente, que les volverá a votar, entre gritos de «Presidenta, presidenta».
Me considero una especie de yonki de las elecciones. Sé que a muchos les parecerá raro, pero vivo con impaciencia largos períodos de cuatro años esperando a que llegue la siguiente cita electoral. Me fascina todo lo relativo a la ética y estética electorales, y una sonrisa se dibuja en mi cara cuando empieza un año en el que habrá cita con las urnas. Me maravillan los spots electorales, los trípticos con propuestas, las chapas, las pegatinas, los bolígrafos y los caramelos con logos de los partidos. El sonido de la megafonía de los coches de campaña llega a estremecerme, y el tacto de una papeleta provoca en mí un cúmulo de sensaciones difíciles de describir.
Lo cierto es que aún no he conocido a ninguna otra persona que comparta mi pasión. En realidad, ya no tengo mucha esperanza. Si uno pregunta a su alrededor acerca del interés por las elecciones, no solo no encontrará a nadie que se entusiasme hablando del tema, sino que la mayor parte de la gente se mostrará indiferente, pesimista o incluso molesta con el advenimiento de una cita electoral. Habrá quienes clamen que siempre acaban ganando los mismos, y aquellos que afirmen que, aunque parezcan distintos, el poder los acaba cambiando a todos. Habrá personas que digan que no votan porque «no sirve de nada» y otras que aprovechen para reafirmar, una vez más, su desinterés por la política, e incluso su indefinición ideológica con un categórico «yo es que no soy ni de izquierdas ni de derechas».
Y los entiendo perfectamente. Pese a la tristeza que me produce el pensar que la gente que me rodea no es capaz de sentir ese júbilo que me invade a mí en los años electorales, comprendo que exista un sentimiento generalizado de rechazo hacia las citas electorales y todo lo que conllevan. Lo entiendo porque soy consciente de que somos un país que apenas lleva 35 años seguidos votando después de un período de 40 sin poder hacerlo. En otras épocas, o quizá en otras sociedades, probablemente esto supondría un aliciente para votar: los ciudadanos estarían ansiosos por hacer uso de un derecho que costó muchos años conseguir, y expresarían como locos lo que piensan a través de las urnas. Pero en España ha tenido lugar un curioso fenómeno: tras el subidón democrático de los primeros años posdictadura, la afluencia a las urnas de las generaciones posteriores ha sido bastante limitada, y nos hemos acostumbrado a convivir con unos niveles de abstención más propios de un referéndum no vinculante que de unas elecciones para elegir Gobierno. Spain is different, también a la hora de votar. No se podía esperar menos.
Lo entiendo, también, porque basta con abrir un periódico para darse cuenta de que la clase política española ha hecho méritos más que suficientes para hacer crecer la desafección de los ciudadanos, que han perdido la confianza en las opciones existentes y, aunque empiezan a valorar como posible el hecho de votar a nuevos candidatos, miran con recelo a cada aspirante que aparece en un cartel.
Y además de entenderlos, los respeto y los animo a reafirmarse en su decisión (o en su indecisión). Rotundamente. Les animo a que continúen pensando que votar no vale para nada, y que las elecciones son un mal que toca aguantar cada cuatro años. Aplaudo su rechazo a todas las opciones políticas existentes, y su total indiferencia ante las distintas opciones ideológicas. Celebro que estén orgullosos de formar parte de ese elevado porcentaje de personas que se abstienen en las elecciones, y que sean absolutamente incapaces de encontrar un candidato, partido, programa o corriente ideológica que se ajuste a sus requerimientos.
Me maravilla pensar en ellos como personas que han decidido (o a veces ni siquiera eso) vivir al margen de la realidad electoral, del juego democrático. Personas que nunca se verán representadas, que no encontrarán su sitio en un programa. Que no serán contagiadas por ninguna ilusión de cambio.
Porque, según parece, las citas electorales de 2015 son las citas electorales de aquellos que tienen ilusión porque las cosas cambien. De los que llevan cuatro años acumulando rabia, participando en nuevos movimientos y encontrando nuevas salidas para que la situación de nuestro país sea otra. De los que han decidido que querían tomar cartas en el asunto y apostar por una nueva forma de hacer las cosas.
Pero, para ese 30% de personas llamadas a las urnas que acostumbran a desatender la llamada; esta será una cita electoral más. Otro período insufrible de telediarios llenos de noticias que no les interesan, calles plagadas de carteles que no piensan mirar y mesas informativas de programas que nunca leerán. Ni ilusión, ni cambio, ni Podemos, ni Ganemos, ni Celebremos.
Y así tiene que ser. Para que el sistema funcione, para que la historia continúe su curso, es necesario que haya un extenso grupo de personas a las cuales se la traiga al pairo todo lo relacionado con el sistema, la democracia y las elecciones. No se podrían concebir las elecciones sin un porcentaje considerable de individuos que se abstienen de ejercer su derecho a votar.
Lo que me gustaría pedirles, desde el respeto y la admiración por su capacidad de resistencia, es que nos dejen disfrutar a los demás de tan señalada cita. Que me permitan deleitarme sobeteando papeletas, coleccionando chapas y leyendo y releyendo trípticos. Que me dejen disfrutar de las fotos de los candidatos, de las bolsas de caramelos logotipados, de las pegatinas en las farolas, de la mezcla de olores que trae consigo cada cita electoral. Que respeten mi decisión de querer vivir las elecciones como si fueran más de lo que son: como un verdadero festejo, como una celebración que, por desgracia, solo se puede disfrutar cada cuatro años.
Que nos dejen ilusionarnos por el cambio, soñar con el país que siempre quisimos, tirar confeti y bailar en nuestros balcones mientras abrimos la siguiente ronda de cervezas para seguir en directo el recuento electoral. Que nos dejen disfrutar de nuestra fiesta.
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