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25 de febrero 2019    /   IDEAS
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Pensamos que el mundo va a peor por culpa del filtro de nuestra atención (y de algunos periodistas)

25 de febrero 2019    /   IDEAS     por          
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Cada vez hay menos pobres en el mundo, hay menos homicidios, hay menos accidentes, hay guerras menos cruentas, aumenta la esperanza de vida (aquí hay 17 gráficos que demuestra esto y otras variables).

Entonces, ¿por qué solemos pensar que el mundo va a peor? ¿Por qué creemos que estamos encaminados a una realidad tipo Mad Max? ¿Por qué se repite tanto la letanía «antes las cosas eran mejor» o «se están perdiendo los valores»?

¿Por qué la gente sale a la calle en manifestaciones furibundas por el asesinato de una persona como si realmente el mundo fuera una jungla y el sistema judicial, una casa de lenocinio? Hay varios factores que contribuyen a ello, pero uno de los principales es el filtro de nuestra atención.

Información dramática

Nuestra mente no tiene suficiente capacidad para procesar toda la información que nos rodea o la que los medios de comunicación nos entregan. Por esa razón, somos selectivos. Esa selección se basa casi exclusivamente en un baremo: que la información posea carga dramática.

Tiene su lógica: en el pasado era esta clase de información la que nos permitía sobrevivir. El problema es que nuestros miedos pretéritos ya están desactualizados y no han sido sustituidos por miedos mucho más perentorios. Por ejemplo, es diez veces más probable que nos suicidemos a que alguien nos asesine. Es también más probable que fallezcamos por una caída accidental en una escalera o en el baño o por un atragantamiento al comer, sobre todo si somos niños o viejos.

Sin embargo, continuamos temiendo más que alguien nos asesine o subir a un avión, aunque solo el 0,000025 % de los vuelos comerciales de todo un año en todo el mundo sufran un accidente fatal, o que en los últimos 70 años volar se haya vuelto 2.100 veces más seguro.

Como las historias dramáticas que apelan a nuestros miedos más ancestrales superan nuestros filtros de atención frente al cúmulo de información reinante (ya infoxicación), los medios de comunicación, en aras de resultar rentables económicamente, inciden en mayor medida en esta clase de historias.

Si hay un asesinato, dedican días enteros a hablar de él. Si hay un accidente de avión, lo mismo. Pero ¿cuánto se habla del mal diseño de los resbaladizos baños? ¿O de los riesgos de comer mochi, que se cobra 30 víctimas mortales al año por atragantamiento? ¿Para cuándo un movimiento verdaderamente sólido en contra del suicidio y a favor del esclarecimiento de sus causas?

Esta cobertura mediática desmedida sobre determinadas historias dramáticas frente a otras que aparentemente no parecen serlo tanto solo hace que amplificar el dramatismo de la historia, como el pez que se muerde la cola, y la noticia adquiere un protagonismo incontrolado, como si hubiera sido rociado por radiación nuclear y de la noticia original surgieran miles de tumores y otras mutaciones derivadas.

Como son esta clase de historias dramáticas sobrecargadas informativamente las que ocupan nuestra mente y son objeto de conversaciones con nuestros semejantes, finalmente la idea de que el mundo es lo más parecido al infierno adquiere mayor verosimilitud. Hans Rosling, en su libro Factfulness, habla de otros temas susceptibles de pasar nuestros filtros y ser exacerbados por los medios de comunicación:

He aquí algunos temas que atraviesan fácilmente nuestros filtros: terremotos, guerra, refugiados, enfermedad, fuego, inundaciones, ataques de tiburones, atentados terroristas. Esos sucesos poco habituales que nos muestran constantemente los medios de comunicación pintan imágenes en nuestras cabezas. Si no somos extremadamente cuidadosos, llegaremos a pensar que lo inusual es usual: que el mundo es así.

Los periodistas son víctimas de sí mismos

Detrás de esta visión distorsionada del mundo, alejada por completo de los datos estadísticos, están, naturalmente, los periodistas. Ellos constituyen el primer filtro de la información que resulta relevante de la que no lo es.

Si su filtro está repleto de fisuras o se ha ajustado a la rentabilidad económica en vez de la importancia de la noticia en sí, entonces los periodistas no solo están creando ciudadanos desinformados, sino personas temerosas de cosas que no revisten mayor peligro. Personas que más tarde entregarán su confianza a formaciones políticas que les prometan reducir esos riesgos sobrealimentados por los periodistas.

De todo ello no debemos colegir que los periodistas son algo así como malhechores en cuyos ojos brilla el fenicio brillo del dinero. Muchos son así, por supuesto, pero la mayor parte de los periodistas que amplifican noticias catastróficas en realidad son víctimas de ellos mismos, ya sea por ignorancia como por llevar a cabo una estrategia de concienciación que resulta a todas luces errónea.

Vayamos por el segundo punto, la estrategia. Muchos periodistas (así como científicos y activistas de cualquier tipo) creen que dramatizando algunas informaciones se minimizan las incertidumbres.

Los matices y las reservas no son buenos porque el lector promedio no va a dedicar demasiado tiempo a leer la noticia, quizá incluso se quede en el titular. De modo que hay que ser directos en el mensaje, aunque haya algo de trampa. El fin justifica los medios. Cuanta más información se proporcione sobre un tema, más sensibilizada estará la gente. Sin embargo, como advierte Jacques Lecomte en su libro ¡El mundo va mucho mejor de lo que piensas!:

Un tiempo de denuncia puede resultar útil, pero cuando se prolonga en exceso, tiende a arrastrarnos hacia la agonía catastrófica, hacia un sentimiento de impotencia y, consecuentemente, al inmovilismo.

Así llegamos al otro punto del problema que arrostran los periodistas: la ignorancia. A veces ni siquiera es una ignorancia paleta, sino de profesional que no tiene tiempo de investigar a fondo lo que tiene que escribir porque, bien el tiempo apremia, el tiempo es oro y hay mil candidatos más dispuestos a hacer tu trabajo por la mitad de tu salario. Esta clase de ignorancia se divide, pues, en tres ramas, según Lecomte:

  • Cognitiva: cree que cuanta más información hay sobre un tema, mayor sensibilidad se alcanzará.
  • Emocional: cree que cuanta más información dramática se proporcione, más personas se comprometerán.
  • Comercial: creer que las malas noticias se venden mejor que las buenas.

Por supuesto, sobre estas tres planea la principal: el periodista no tiene mucha idea de lo que está hablando. Es algo que nos puede pasar a todos. En el caso del periodista, que a menudo aborda toda clase de temas en poco tiempo, estos tropiezos pueden darse muy de vez en cuando. Todos los tropiezos sumados de todos los periodistas generan una gran caída por las escaleras de la dramatización.

Los miedos más instintivos están atávicamente programados en nuestros cerebros por evidentes razones evolutivas: temer al daño físico (violencia provocada por personas, animales o fuerzas de la naturaleza), a la cautividad (reclusión, pérdida de libertad) y al veneno (sustancias invisibles que pueden intoxicar o envenenar) permitieron que nuestros antepasados sobrevivieran y se perpetuaran.

En la actualidad, la percepción de estos peligros continúa anidando en nuestro cerebro, pero ya no resultan útiles en el Primer Mundo. Solo resultan procedentes en los países más pobres del planeta, donde una serpiente, por ejemplo, puede matarte (cada año, 70.000 personas muren a causa de ello).

Los medios de comunicación del Primer Mundo, sin embargo, dedican muchas páginas a esos tres miedos atávicos que hoy en día son muy poco frecuentes a nivel estadístico comparados con docenas de factores cientos o miles de veces más peligrosos que llegar vivos a final de mes.

Es hora de que salgamos a la calle, sí. Es hora de reivindicar un mundo más justo y sensato. Es hora de exigir que nos informen correctamente y, en vez de apelar a nuestros miedos más irracionales, inspiren nuestro optimismo y nuestras ganas de seguir cambiando el mundo a mejor.

Cada vez hay menos pobres en el mundo, hay menos homicidios, hay menos accidentes, hay guerras menos cruentas, aumenta la esperanza de vida (aquí hay 17 gráficos que demuestra esto y otras variables).

Entonces, ¿por qué solemos pensar que el mundo va a peor? ¿Por qué creemos que estamos encaminados a una realidad tipo Mad Max? ¿Por qué se repite tanto la letanía «antes las cosas eran mejor» o «se están perdiendo los valores»?

¿Por qué la gente sale a la calle en manifestaciones furibundas por el asesinato de una persona como si realmente el mundo fuera una jungla y el sistema judicial, una casa de lenocinio? Hay varios factores que contribuyen a ello, pero uno de los principales es el filtro de nuestra atención.

Información dramática

Nuestra mente no tiene suficiente capacidad para procesar toda la información que nos rodea o la que los medios de comunicación nos entregan. Por esa razón, somos selectivos. Esa selección se basa casi exclusivamente en un baremo: que la información posea carga dramática.

Tiene su lógica: en el pasado era esta clase de información la que nos permitía sobrevivir. El problema es que nuestros miedos pretéritos ya están desactualizados y no han sido sustituidos por miedos mucho más perentorios. Por ejemplo, es diez veces más probable que nos suicidemos a que alguien nos asesine. Es también más probable que fallezcamos por una caída accidental en una escalera o en el baño o por un atragantamiento al comer, sobre todo si somos niños o viejos.

Sin embargo, continuamos temiendo más que alguien nos asesine o subir a un avión, aunque solo el 0,000025 % de los vuelos comerciales de todo un año en todo el mundo sufran un accidente fatal, o que en los últimos 70 años volar se haya vuelto 2.100 veces más seguro.

Como las historias dramáticas que apelan a nuestros miedos más ancestrales superan nuestros filtros de atención frente al cúmulo de información reinante (ya infoxicación), los medios de comunicación, en aras de resultar rentables económicamente, inciden en mayor medida en esta clase de historias.

Si hay un asesinato, dedican días enteros a hablar de él. Si hay un accidente de avión, lo mismo. Pero ¿cuánto se habla del mal diseño de los resbaladizos baños? ¿O de los riesgos de comer mochi, que se cobra 30 víctimas mortales al año por atragantamiento? ¿Para cuándo un movimiento verdaderamente sólido en contra del suicidio y a favor del esclarecimiento de sus causas?

Esta cobertura mediática desmedida sobre determinadas historias dramáticas frente a otras que aparentemente no parecen serlo tanto solo hace que amplificar el dramatismo de la historia, como el pez que se muerde la cola, y la noticia adquiere un protagonismo incontrolado, como si hubiera sido rociado por radiación nuclear y de la noticia original surgieran miles de tumores y otras mutaciones derivadas.

Como son esta clase de historias dramáticas sobrecargadas informativamente las que ocupan nuestra mente y son objeto de conversaciones con nuestros semejantes, finalmente la idea de que el mundo es lo más parecido al infierno adquiere mayor verosimilitud. Hans Rosling, en su libro Factfulness, habla de otros temas susceptibles de pasar nuestros filtros y ser exacerbados por los medios de comunicación:

He aquí algunos temas que atraviesan fácilmente nuestros filtros: terremotos, guerra, refugiados, enfermedad, fuego, inundaciones, ataques de tiburones, atentados terroristas. Esos sucesos poco habituales que nos muestran constantemente los medios de comunicación pintan imágenes en nuestras cabezas. Si no somos extremadamente cuidadosos, llegaremos a pensar que lo inusual es usual: que el mundo es así.

Los periodistas son víctimas de sí mismos

Detrás de esta visión distorsionada del mundo, alejada por completo de los datos estadísticos, están, naturalmente, los periodistas. Ellos constituyen el primer filtro de la información que resulta relevante de la que no lo es.

Si su filtro está repleto de fisuras o se ha ajustado a la rentabilidad económica en vez de la importancia de la noticia en sí, entonces los periodistas no solo están creando ciudadanos desinformados, sino personas temerosas de cosas que no revisten mayor peligro. Personas que más tarde entregarán su confianza a formaciones políticas que les prometan reducir esos riesgos sobrealimentados por los periodistas.

De todo ello no debemos colegir que los periodistas son algo así como malhechores en cuyos ojos brilla el fenicio brillo del dinero. Muchos son así, por supuesto, pero la mayor parte de los periodistas que amplifican noticias catastróficas en realidad son víctimas de ellos mismos, ya sea por ignorancia como por llevar a cabo una estrategia de concienciación que resulta a todas luces errónea.

Vayamos por el segundo punto, la estrategia. Muchos periodistas (así como científicos y activistas de cualquier tipo) creen que dramatizando algunas informaciones se minimizan las incertidumbres.

Los matices y las reservas no son buenos porque el lector promedio no va a dedicar demasiado tiempo a leer la noticia, quizá incluso se quede en el titular. De modo que hay que ser directos en el mensaje, aunque haya algo de trampa. El fin justifica los medios. Cuanta más información se proporcione sobre un tema, más sensibilizada estará la gente. Sin embargo, como advierte Jacques Lecomte en su libro ¡El mundo va mucho mejor de lo que piensas!:

Un tiempo de denuncia puede resultar útil, pero cuando se prolonga en exceso, tiende a arrastrarnos hacia la agonía catastrófica, hacia un sentimiento de impotencia y, consecuentemente, al inmovilismo.

Así llegamos al otro punto del problema que arrostran los periodistas: la ignorancia. A veces ni siquiera es una ignorancia paleta, sino de profesional que no tiene tiempo de investigar a fondo lo que tiene que escribir porque, bien el tiempo apremia, el tiempo es oro y hay mil candidatos más dispuestos a hacer tu trabajo por la mitad de tu salario. Esta clase de ignorancia se divide, pues, en tres ramas, según Lecomte:

  • Cognitiva: cree que cuanta más información hay sobre un tema, mayor sensibilidad se alcanzará.
  • Emocional: cree que cuanta más información dramática se proporcione, más personas se comprometerán.
  • Comercial: creer que las malas noticias se venden mejor que las buenas.

Por supuesto, sobre estas tres planea la principal: el periodista no tiene mucha idea de lo que está hablando. Es algo que nos puede pasar a todos. En el caso del periodista, que a menudo aborda toda clase de temas en poco tiempo, estos tropiezos pueden darse muy de vez en cuando. Todos los tropiezos sumados de todos los periodistas generan una gran caída por las escaleras de la dramatización.

Los miedos más instintivos están atávicamente programados en nuestros cerebros por evidentes razones evolutivas: temer al daño físico (violencia provocada por personas, animales o fuerzas de la naturaleza), a la cautividad (reclusión, pérdida de libertad) y al veneno (sustancias invisibles que pueden intoxicar o envenenar) permitieron que nuestros antepasados sobrevivieran y se perpetuaran.

En la actualidad, la percepción de estos peligros continúa anidando en nuestro cerebro, pero ya no resultan útiles en el Primer Mundo. Solo resultan procedentes en los países más pobres del planeta, donde una serpiente, por ejemplo, puede matarte (cada año, 70.000 personas muren a causa de ello).

Los medios de comunicación del Primer Mundo, sin embargo, dedican muchas páginas a esos tres miedos atávicos que hoy en día son muy poco frecuentes a nivel estadístico comparados con docenas de factores cientos o miles de veces más peligrosos que llegar vivos a final de mes.

Es hora de que salgamos a la calle, sí. Es hora de reivindicar un mundo más justo y sensato. Es hora de exigir que nos informen correctamente y, en vez de apelar a nuestros miedos más irracionales, inspiren nuestro optimismo y nuestras ganas de seguir cambiando el mundo a mejor.

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Opiniones 2
  • Lo bonito es la busqueda de algun fragmento de verdad .Este articuloes un autentico recopilatorio de banalidades simplistas , entre algunas verdades, muchos topicos
    de buenismo optimista,…hay que abordar la complejidad,con mas rigor analitico y conceptos mas claros, o se es mas de lo mismo que se pretende cambiar

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