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22 de agosto 2019    /   CINE/TV
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‘Euphoria’: sexo, drogas y rap en la serie que mejor refleja a la generación Z

22 de agosto 2019    /   CINE/TV     por          
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Las series suelen guardar un secretismo soviético en torno a sus desenlaces. Euphoria ha publicado el suyo en su canal de Youtube, un número musical con reminiscencias hollywoodienses sobre el que volveremos más adelante.

No es este el detalle más importante de la nueva ficción de HBO, pero sí uno de los más reveladores: evidencia que no estamos ante una serie que avance a golpe de acontecimientos sorpresivos, sino ante una historia de personajes.

Dicen que cada generación tiene un referente audiovisual. La generación X se vio reflejada en Reality Bites, los xenials se debatían entre Friends o Skins y los milenials, en series como Girls. Pocos cineastas se habían atrevido a reflejar de forma tan cruda a la pujante generación Z, los nacidos al albor del nuevo milenio.

Muchas series de adolescentes actuales miran hacia el pasado (Stranger Things), otras ofrecen una visión más ficticia repitiendo esquemas y tramas más propios de las telenovelas (Élite) y algunas apenas trascienden el público al que van dirigidos (Skam). Euphoria sortea todos estos escollos.

La serie habla de los problemas a los que se enfrenta la generación Z: habla de soledad, ansiedad, drogadicción y sexo, habla de los peligros de internet y de los miedos más comunes entre los adolescentes; pero su mensaje es tan poderoso y está tan bien hilvanado que rompe todas las barreras generacionales.

A fin de cuentas el creador de esta serie es Sam Levinson, un hombre de 34 años, blanco, heterosexual y padre de familia. Está en las antípodas de Rue, una adolescente racializada, lesbiana y drogadicta (interpretada por una descomunal Zendaya). Y sin embargo, el creador de Euphoria ha reconocido en varias entrevistas que se basó en sus propias experiencias con la ansiedad y las drogas para crear a la protagonista de su serie.

Euphoria se compone así como una historia universal revestida de una estética (¡y qué estética!) adolescente. Los escenarios por los que transita remiten a las películas de teenagers: el baile de final de curso, el partido de rugby, los baños y pasillos del instituto… pero sus referentes son bien distintos. Valga como ejemplo la escena en la que Rue amenaza a un amigo de su hermana elencando un listado de nombres de peligrosos amigos suyos que son en realidad los nombres de los gánsters de The Wire.

O el brillante capítulo cuatro, en el que seguimos a los personajes por la feria del pueblo en una serie de travelings angustiosos. La música dramática, el crescendo emocional, la alternancia de las historias y los movimientos de cámara remiten quizá al brillante capítulo seis de La maldición de Hill House, pero algunos periodistas han visto en él las costuras del mejor Paul Thomas Anderson y su obra maestra Magnolia (1999).

Euphoria se mueve en torno a tres pilares que no son en absoluto novedosos: sexo, drogas y rock and roll. El leitmotiv de los sesenta se actualiza con una banda sonora acorde a la época, pero no es el único cambio que se produce en esta triada argumental que han reproducido, con más o menos éxito, casi todas las ficciones adolescentes. Aquí la música brilla, pero el sexo y las drogas no se analizan desde una perspectiva hedonista o nihilista, sino echando luz sobre sus rincones más oscuros y sus monstruos más siniestros.

‘EUPHORIA’ Y EL SEXO

Euphoria llegó precedida por la polémica de un titular llamativo: en una escena de apenas dos minutos se mostraban 30 penes en pantalla. La realidad y la ficción superaron a la viralidad y antes de aquella escena se emitió otra con un pene erecto (en realidad una prótesis) y un abuso sexual a una menor trans.

En Euphoria hay sexo, mucho sexo. Esto no supone ninguna novedad, pero sí la forma desprejuiciada con la que lo muestra en pantalla. Pero no se trata de buscar el titular o la viralidad, aquí la abundancia de carne está más que justificada. Los 30 penes que se bambolean alrededor de Nate (Jacob Elordy) ayudan a construir a un personaje de sexualidad compleja y masculinidad tóxica. La clase magistral sobre fotopollas es divertida, cruda y realista, y tampoco se achanta a la hora de mostrar falos en erección.

También habla de sexo el personaje de Kat (Barbie Ferreira) una adolescente a la que acompañamos en su transición de acomplejada virgen a dominatrix virtual segura de su físico sin perder un kilo de su contundente anatomía.

La serie elabora aquí un alegato sobre el body positive sin necesidad de lanzar proclamas más allá de una frase que se ha convertido en lema: «There’s nothing more powerful than a fat girl who doesn’t give a fuck».

Pero no hay que confundirse, aquí no hay moraleja, esta serie no pretende promocionar a sus personajes como roles a seguir. Como bien señalaba la analista cultural Sophie Gilbert en un artículo en The Atlantic, la transformación de la tímida Kat en una depredadora sexual, puede interpretarse como una búsqueda de validación personal mediante el sexo virtual. Y el mensaje puede ser errado, pero la historia sigue siendo importante de contar.

Es uno de los grandes aciertos de una serie feminista que hace bandera de los derechos LGBTI+ y denuncia la masculinidad tóxica: eludir los discursos impostados y el postureo y crear tramas tan modernas como realistas, con todo lo que eso conlleva.

El personaje de Jules (y la actriz que lo interpreta, Hunter Schafer) es trans, pero su condición no se convierte en el tema central sobre el que pivota su arco argumental. También es una adolescente perdida que busca validación en el sexo, un personaje brillante en su exterior pero oscuro en su interior, pues ha sufrido depresiones y es tendente a autolesionarse.

Su relación con el sexo es importante, como lo es la del resto de personajes, pues se encuentran en una edad, la adolescencia, donde se descubren las posibilidades y las inseguridades que evidencia un mundo nuevo.

‘EUPHORIA’ Y LAS DROGAS

El sexo ha sido el primer elemento que ha soliviantado a los padres americanos de bien, pero las drogas han sido el segundo ariete contra la serie. Y está, si cabe, menos justificado. Como bien señala Zachary Siegel en Vulture, la percepción cultural de las drogas en EE UU criminaliza al drogadicto y simplifica su uso, en un binarismo de chicos buenos y chicos malos que es, simplemente, poco realista (y poco efectivo desde el punto de vista de la prevención).

Nos adentramos en el brillante mundo de Euphoria de la mano de Rue, una drogadicta en pleno proceso de rehabilitación. Somos testigos de sus recaídas, de sus mentiras y sus fallos. Y sin embargo empatizamos con ella en todo momento. Euphoria analiza el problema de la drogadicción como una patología dual, una teoría reciente que parte del hecho de que más del 70% de los pacientes que consultan por un trastorno por uso de sustancias presenta otro trastorno psicopatológico.

Rue no solo es drogadicta, también es bipolar y esquizofrénica y eso no hace que justifiquemos a su personaje, sino que lo entendamos mejor. La serie analiza con valentía los desórdenes psicológicos y la relación de estos con las drogas.

También refleja a adolescentes que se drogan de vez en cuando y que tienen una relación más sana y consciente con sustancias igualmente peligrosas. Y a adultos tan perdidos como sus hijos que se refugian en vicios menores como el sexo o el vino hasta destrozar sus vidas. Como ocurre con el sexo, aquí el creador no quiere dar lecciones moralizantes sino contar una historia.

‘EUPHORIA’ Y EL RAP

Volvamos al final de la serie. A ese número musical que el New York Times describió como «una bomba de purpurina» y que lanzó toda serie de teorías sobre un final más abierto de lo deseado (de ahí que los creadores de la serie no tengan miedo a airearlo en su canal de Youtube).

«No, Rue no está muerta», desmintió Sam Levinson a The Hollywood Reporter, poniendo fin a la teoría más extendida entre los fans. El hecho de que su fallecido padre fuera el único personaje que pudiera verla en este delirio musical parecía confirmar esa teoría. El atuendo del coro góspel (vestido en el mismo color que la sudadera de su padre) también. Levinson reconoció la importancia del simbolismo en este número musical, pero aseguró que todo hablaba de adicción y no de muerte.

En cualquier caso, que el final de una serie dramática se ejecute con un número musical es un movimiento arriesgado. Tanto que Zendaya, que llevaba sin cantar desde que abandonara su papel de chica Disney, no se creyó la propuesta en un principio. Tampoco podía creérselo cuando vio la escena montada.

El número musical de All for us es la última pieza de un puzle brillante. Funciona a la perfección y no desentona con el desarrollo de la serie, a pesar de romper su esquema. La importancia de la música, subrayando cada escena, es capital en Euphoria. No en vano el rapero Drake es uno de sus productores.

Nombres tan dispares como Rosalía, Billie Eilish, ARCA, Arcade Fire, Agnes Obey o Beyoncé componen una banda sonora moderna y contundente. La música está casi en cada escena, solo en el episodio seis se pueden escuchar hasta 26 canciones diferentes.

La responsable de esta selección es la editora musical Jen Malone, antigua representante de Marilyn Manson o Nine Inch Nails. En una interesante entrevista con Variety, Malone justificaba la apabullante presencia musical porque «la música es muy importante durante la adolescencia».

Puede que las series también. Y puede que, cuando estén bien hechas, sean importantes para todo el mundo, independientemente de la edad.

Las series suelen guardar un secretismo soviético en torno a sus desenlaces. Euphoria ha publicado el suyo en su canal de Youtube, un número musical con reminiscencias hollywoodienses sobre el que volveremos más adelante.

No es este el detalle más importante de la nueva ficción de HBO, pero sí uno de los más reveladores: evidencia que no estamos ante una serie que avance a golpe de acontecimientos sorpresivos, sino ante una historia de personajes.

Dicen que cada generación tiene un referente audiovisual. La generación X se vio reflejada en Reality Bites, los xenials se debatían entre Friends o Skins y los milenials, en series como Girls. Pocos cineastas se habían atrevido a reflejar de forma tan cruda a la pujante generación Z, los nacidos al albor del nuevo milenio.

Muchas series de adolescentes actuales miran hacia el pasado (Stranger Things), otras ofrecen una visión más ficticia repitiendo esquemas y tramas más propios de las telenovelas (Élite) y algunas apenas trascienden el público al que van dirigidos (Skam). Euphoria sortea todos estos escollos.

La serie habla de los problemas a los que se enfrenta la generación Z: habla de soledad, ansiedad, drogadicción y sexo, habla de los peligros de internet y de los miedos más comunes entre los adolescentes; pero su mensaje es tan poderoso y está tan bien hilvanado que rompe todas las barreras generacionales.

A fin de cuentas el creador de esta serie es Sam Levinson, un hombre de 34 años, blanco, heterosexual y padre de familia. Está en las antípodas de Rue, una adolescente racializada, lesbiana y drogadicta (interpretada por una descomunal Zendaya). Y sin embargo, el creador de Euphoria ha reconocido en varias entrevistas que se basó en sus propias experiencias con la ansiedad y las drogas para crear a la protagonista de su serie.

Euphoria se compone así como una historia universal revestida de una estética (¡y qué estética!) adolescente. Los escenarios por los que transita remiten a las películas de teenagers: el baile de final de curso, el partido de rugby, los baños y pasillos del instituto… pero sus referentes son bien distintos. Valga como ejemplo la escena en la que Rue amenaza a un amigo de su hermana elencando un listado de nombres de peligrosos amigos suyos que son en realidad los nombres de los gánsters de The Wire.

O el brillante capítulo cuatro, en el que seguimos a los personajes por la feria del pueblo en una serie de travelings angustiosos. La música dramática, el crescendo emocional, la alternancia de las historias y los movimientos de cámara remiten quizá al brillante capítulo seis de La maldición de Hill House, pero algunos periodistas han visto en él las costuras del mejor Paul Thomas Anderson y su obra maestra Magnolia (1999).

Euphoria se mueve en torno a tres pilares que no son en absoluto novedosos: sexo, drogas y rock and roll. El leitmotiv de los sesenta se actualiza con una banda sonora acorde a la época, pero no es el único cambio que se produce en esta triada argumental que han reproducido, con más o menos éxito, casi todas las ficciones adolescentes. Aquí la música brilla, pero el sexo y las drogas no se analizan desde una perspectiva hedonista o nihilista, sino echando luz sobre sus rincones más oscuros y sus monstruos más siniestros.

‘EUPHORIA’ Y EL SEXO

Euphoria llegó precedida por la polémica de un titular llamativo: en una escena de apenas dos minutos se mostraban 30 penes en pantalla. La realidad y la ficción superaron a la viralidad y antes de aquella escena se emitió otra con un pene erecto (en realidad una prótesis) y un abuso sexual a una menor trans.

En Euphoria hay sexo, mucho sexo. Esto no supone ninguna novedad, pero sí la forma desprejuiciada con la que lo muestra en pantalla. Pero no se trata de buscar el titular o la viralidad, aquí la abundancia de carne está más que justificada. Los 30 penes que se bambolean alrededor de Nate (Jacob Elordy) ayudan a construir a un personaje de sexualidad compleja y masculinidad tóxica. La clase magistral sobre fotopollas es divertida, cruda y realista, y tampoco se achanta a la hora de mostrar falos en erección.

También habla de sexo el personaje de Kat (Barbie Ferreira) una adolescente a la que acompañamos en su transición de acomplejada virgen a dominatrix virtual segura de su físico sin perder un kilo de su contundente anatomía.

La serie elabora aquí un alegato sobre el body positive sin necesidad de lanzar proclamas más allá de una frase que se ha convertido en lema: «There’s nothing more powerful than a fat girl who doesn’t give a fuck».

Pero no hay que confundirse, aquí no hay moraleja, esta serie no pretende promocionar a sus personajes como roles a seguir. Como bien señalaba la analista cultural Sophie Gilbert en un artículo en The Atlantic, la transformación de la tímida Kat en una depredadora sexual, puede interpretarse como una búsqueda de validación personal mediante el sexo virtual. Y el mensaje puede ser errado, pero la historia sigue siendo importante de contar.

Es uno de los grandes aciertos de una serie feminista que hace bandera de los derechos LGBTI+ y denuncia la masculinidad tóxica: eludir los discursos impostados y el postureo y crear tramas tan modernas como realistas, con todo lo que eso conlleva.

El personaje de Jules (y la actriz que lo interpreta, Hunter Schafer) es trans, pero su condición no se convierte en el tema central sobre el que pivota su arco argumental. También es una adolescente perdida que busca validación en el sexo, un personaje brillante en su exterior pero oscuro en su interior, pues ha sufrido depresiones y es tendente a autolesionarse.

Su relación con el sexo es importante, como lo es la del resto de personajes, pues se encuentran en una edad, la adolescencia, donde se descubren las posibilidades y las inseguridades que evidencia un mundo nuevo.

‘EUPHORIA’ Y LAS DROGAS

El sexo ha sido el primer elemento que ha soliviantado a los padres americanos de bien, pero las drogas han sido el segundo ariete contra la serie. Y está, si cabe, menos justificado. Como bien señala Zachary Siegel en Vulture, la percepción cultural de las drogas en EE UU criminaliza al drogadicto y simplifica su uso, en un binarismo de chicos buenos y chicos malos que es, simplemente, poco realista (y poco efectivo desde el punto de vista de la prevención).

Nos adentramos en el brillante mundo de Euphoria de la mano de Rue, una drogadicta en pleno proceso de rehabilitación. Somos testigos de sus recaídas, de sus mentiras y sus fallos. Y sin embargo empatizamos con ella en todo momento. Euphoria analiza el problema de la drogadicción como una patología dual, una teoría reciente que parte del hecho de que más del 70% de los pacientes que consultan por un trastorno por uso de sustancias presenta otro trastorno psicopatológico.

Rue no solo es drogadicta, también es bipolar y esquizofrénica y eso no hace que justifiquemos a su personaje, sino que lo entendamos mejor. La serie analiza con valentía los desórdenes psicológicos y la relación de estos con las drogas.

También refleja a adolescentes que se drogan de vez en cuando y que tienen una relación más sana y consciente con sustancias igualmente peligrosas. Y a adultos tan perdidos como sus hijos que se refugian en vicios menores como el sexo o el vino hasta destrozar sus vidas. Como ocurre con el sexo, aquí el creador no quiere dar lecciones moralizantes sino contar una historia.

‘EUPHORIA’ Y EL RAP

Volvamos al final de la serie. A ese número musical que el New York Times describió como «una bomba de purpurina» y que lanzó toda serie de teorías sobre un final más abierto de lo deseado (de ahí que los creadores de la serie no tengan miedo a airearlo en su canal de Youtube).

«No, Rue no está muerta», desmintió Sam Levinson a The Hollywood Reporter, poniendo fin a la teoría más extendida entre los fans. El hecho de que su fallecido padre fuera el único personaje que pudiera verla en este delirio musical parecía confirmar esa teoría. El atuendo del coro góspel (vestido en el mismo color que la sudadera de su padre) también. Levinson reconoció la importancia del simbolismo en este número musical, pero aseguró que todo hablaba de adicción y no de muerte.

En cualquier caso, que el final de una serie dramática se ejecute con un número musical es un movimiento arriesgado. Tanto que Zendaya, que llevaba sin cantar desde que abandonara su papel de chica Disney, no se creyó la propuesta en un principio. Tampoco podía creérselo cuando vio la escena montada.

El número musical de All for us es la última pieza de un puzle brillante. Funciona a la perfección y no desentona con el desarrollo de la serie, a pesar de romper su esquema. La importancia de la música, subrayando cada escena, es capital en Euphoria. No en vano el rapero Drake es uno de sus productores.

Nombres tan dispares como Rosalía, Billie Eilish, ARCA, Arcade Fire, Agnes Obey o Beyoncé componen una banda sonora moderna y contundente. La música está casi en cada escena, solo en el episodio seis se pueden escuchar hasta 26 canciones diferentes.

La responsable de esta selección es la editora musical Jen Malone, antigua representante de Marilyn Manson o Nine Inch Nails. En una interesante entrevista con Variety, Malone justificaba la apabullante presencia musical porque «la música es muy importante durante la adolescencia».

Puede que las series también. Y puede que, cuando estén bien hechas, sean importantes para todo el mundo, independientemente de la edad.

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Opiniones 2
  • Pues sí. Los adolescentes, las drogas, el sexo. Con la banda sonora del momento… Quizás algún día vea esta serie, aunque en principio no veo razón alguna para invertir mi tiempo en ella porque no soy ya un adolescente que descubre fascinado cómo las vivencias de cada cual, que cada cual consideraba «únicas», son compartidas por toda una generacion.
    En principio, nada nuevo bajo el sol excepto, claro, la música y la estética del momento. Nada que descubrir, nada que aprender a menos que seas un adolescente.

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