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29 de noviembre 2016    /   CINE/TV
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Saber quién era una folclórica de la posguerra no te hace viejo

29 de noviembre 2016    /   CINE/TV     por          
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Reunión de parejas de cuarenta y tantos. Alguien acabó una anécdota así: «Me lié como la pata de un romano, di más vueltas que el baúl de la Piquer». Todos supimos lo que dijo. «Qué antiguo», dijo alguien. «La pata de un romano», dicen nuestros padres. El «baúl de la Piquer», nuestras abuelas. Frases ajenas a la generación de quien habló, pero no pudo evitarlas: es hijo de los dos canales de Radio Televisión Española.

Veías lo que echaban

El mismo niño que en los 70 y los 80 veía programas de videoclips miraba tertulias sin saber qué decían y películas de folclóricas y toreros de la posguerra. Manifestaciones culturales fuera de los tiempos. La cultura popular española era una pila de ladrillos que parecía sin fin. Lo nuevo era encajado en lo viejo. Incluso ya en la democracia, la televisión ochentera contribuía a la cohesión cultural de manera que las diferencias entre los padres y los abuelos apenas era apreciable.

Los adolescentes no podían escapar de la televisión encerrándose en sus cuartos para conectar con otros adolescentes y compartir o crear una cultura distinta a la de los adultos. Internet era una quimera para la gente corriente. Los ZX Spectrum, los Commodore 64 y los Amstrad CPC eran para jugar. Los niños aporreaban las teclas arriba-adelante y abajo-atrás para moverse por La abadía del crimen con el «Francisco alegre, y ¡ole! Francisco alegre, y ¡olá!» de la radio de la época de la abuela que la madre tenía encendida y escuchaba todo el bloque.

Esos batiburrillos de lo nuevo y lo viejo

Las galas musicales de los viernes o los sábados son ejemplos de la rebujina de aquellos años. Un mismo programa reunía a grupos extranjeros como Depeche Mode con folclóricas como Paquita Rico y chistes de mariquitas y curas, de cornudos y catetos. Por esta mezcolanza no culpemos del todo a la televisión que vimos de niños.

A trompicones, fue mostrando otras formas de entender la vida, otros personajes distintos a los que el pensamiento oficial enaltecía, aunque de madrugada, en horarios para insomnes o madrugadores, o de manera fugaz entre la ranciedad.

La madre y la abuela soportaban a la gente que cantaba rara y el adolescente, a artistas de la posguerra española. «A ver cuándo sale menganito», decían los abuelos, los padres y los niños. Cada uno, lo suyo. En los 90 llegaron las televisiones privadas, pero no con nuevas ideas: hicieron otros revoltijos de lo nuevo y lo viejo.

YouTube mató la cultura popular española

Los niños de los 70 y los 80 crecieron asimilando las tecnologías nacientes y tuvieron hijos cuando YouTube mató la cultura popular española del siglo XX. La pila de ladrillos se derrumbó.

Hay adultos desubicados. No se identifican con sus padres ni sus abuelos y no se identifican con los gustos e intereses de sus hijos. No comparten una cultura popular común, si acaso, Los Simpsons. Los padres y los abuelos y los niños de hace 30 años compartían el sofá para ver uno de los dos canales de televisión. Para bien y para mal.

Pero esto no debería ser motivo de lamento. Es fantástico. Nunca hubo como ahora un número casi ilimitado de posibilidades para entretenerse y explorar el mundo.

Los datos no te hacen viejo

Un problema es que el adulto desubicado considere que es viejo porque en su cabeza guarda nombres de personajes y frases hechas de la cultura popular española del franquismo (que de una forma u otra pervive bajo nuevas formas). Pero saber quién fue una folclórica o un futbolista de la posguerra en tiempos de YouTube no equivale a ser un dinosaurio.

Es un dato insertado en una época en la que no se podía escapar de los dos canales de televisión. No se es viejo por los datos acumalados, ni siquiera por usarlos. Eres viejo si no miras adelante. Se puede ser cuarentón (como en los tiempos de las abuelas) o cuarentañero o cuarentateenager, como diría la escritora Diana Morales. Palabra fea, pero hermoso concepto.

Imagen: Daily Invention

Reunión de parejas de cuarenta y tantos. Alguien acabó una anécdota así: «Me lié como la pata de un romano, di más vueltas que el baúl de la Piquer». Todos supimos lo que dijo. «Qué antiguo», dijo alguien. «La pata de un romano», dicen nuestros padres. El «baúl de la Piquer», nuestras abuelas. Frases ajenas a la generación de quien habló, pero no pudo evitarlas: es hijo de los dos canales de Radio Televisión Española.

Veías lo que echaban

El mismo niño que en los 70 y los 80 veía programas de videoclips miraba tertulias sin saber qué decían y películas de folclóricas y toreros de la posguerra. Manifestaciones culturales fuera de los tiempos. La cultura popular española era una pila de ladrillos que parecía sin fin. Lo nuevo era encajado en lo viejo. Incluso ya en la democracia, la televisión ochentera contribuía a la cohesión cultural de manera que las diferencias entre los padres y los abuelos apenas era apreciable.

Los adolescentes no podían escapar de la televisión encerrándose en sus cuartos para conectar con otros adolescentes y compartir o crear una cultura distinta a la de los adultos. Internet era una quimera para la gente corriente. Los ZX Spectrum, los Commodore 64 y los Amstrad CPC eran para jugar. Los niños aporreaban las teclas arriba-adelante y abajo-atrás para moverse por La abadía del crimen con el «Francisco alegre, y ¡ole! Francisco alegre, y ¡olá!» de la radio de la época de la abuela que la madre tenía encendida y escuchaba todo el bloque.

Esos batiburrillos de lo nuevo y lo viejo

Las galas musicales de los viernes o los sábados son ejemplos de la rebujina de aquellos años. Un mismo programa reunía a grupos extranjeros como Depeche Mode con folclóricas como Paquita Rico y chistes de mariquitas y curas, de cornudos y catetos. Por esta mezcolanza no culpemos del todo a la televisión que vimos de niños.

A trompicones, fue mostrando otras formas de entender la vida, otros personajes distintos a los que el pensamiento oficial enaltecía, aunque de madrugada, en horarios para insomnes o madrugadores, o de manera fugaz entre la ranciedad.

La madre y la abuela soportaban a la gente que cantaba rara y el adolescente, a artistas de la posguerra española. «A ver cuándo sale menganito», decían los abuelos, los padres y los niños. Cada uno, lo suyo. En los 90 llegaron las televisiones privadas, pero no con nuevas ideas: hicieron otros revoltijos de lo nuevo y lo viejo.

YouTube mató la cultura popular española

Los niños de los 70 y los 80 crecieron asimilando las tecnologías nacientes y tuvieron hijos cuando YouTube mató la cultura popular española del siglo XX. La pila de ladrillos se derrumbó.

Hay adultos desubicados. No se identifican con sus padres ni sus abuelos y no se identifican con los gustos e intereses de sus hijos. No comparten una cultura popular común, si acaso, Los Simpsons. Los padres y los abuelos y los niños de hace 30 años compartían el sofá para ver uno de los dos canales de televisión. Para bien y para mal.

Pero esto no debería ser motivo de lamento. Es fantástico. Nunca hubo como ahora un número casi ilimitado de posibilidades para entretenerse y explorar el mundo.

Los datos no te hacen viejo

Un problema es que el adulto desubicado considere que es viejo porque en su cabeza guarda nombres de personajes y frases hechas de la cultura popular española del franquismo (que de una forma u otra pervive bajo nuevas formas). Pero saber quién fue una folclórica o un futbolista de la posguerra en tiempos de YouTube no equivale a ser un dinosaurio.

Es un dato insertado en una época en la que no se podía escapar de los dos canales de televisión. No se es viejo por los datos acumalados, ni siquiera por usarlos. Eres viejo si no miras adelante. Se puede ser cuarentón (como en los tiempos de las abuelas) o cuarentañero o cuarentateenager, como diría la escritora Diana Morales. Palabra fea, pero hermoso concepto.

Imagen: Daily Invention

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