7 de enero 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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La vida artística de un brócoli

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No siempre la olla es el fin del brócoli. Puede ocurrir que un día Carl Warner deambule por Borough Market o por los mercados asiáticos de Brick Lane, en Londres, y su mirada se detenga en una de estas coles. Puede cogerla, mirarla y ver que, en realidad, su tronco es el de un árbol milenario en un bosque hechizado.

El fotógrafo lleva más de 10 años buscando en los mercados locales las piezas con las que compone sus mundos. Los paisajes están construidos de comida que pierde su función alimenticia. Las patatas, zanahorias, almejas, coles, caramelos o el pan son siempre un árbol, una pared, una piedra, un sol.

La primera escena apareció en la imaginación del fotógrafo publicitario hace más de una década. Warner paseaba por un mercado y vio un champiñón con aspecto de árbol alienígena. El británico compró suficientes para llenar un bosque y liberó la mesa triangular de su estudio. En ella roció arroz y judías. Eran el suelo árido de un mundo desconocido. Después colocó los troncos de identidad desconocida y armó la foto.

La sabana de champiñones cautivó a varios anunciantes y el fotógrafo empezó así una segunda carrera profesional. Desde entonces ha hecho decenas de anuncios en prensa y TV para marcas de comida, y ha publicado dos libros, Carl Warner’s Food Landscapes y A World of Food. Dice que con esta serie, llamada Foodscapes, intenta “hacer sonreír” y “promover una dieta saludable y buenos hábitos alimenticios”.

Los paisajes suelen aparecer en su sofá. Allí se tumba, con una copa de vino y música de fondo, y empieza a imaginar. “Todo surge de alguna idea. Mía, por algo que he visto, o de un cliente”, explica. “Pienso la escena y hago un boceto. Entonces decido qué ingredientes debería utilizar. Lo comento con mi estilista alimentario y mi maquetador, y construimos la escena en la mesa de mi estudio”.

El proceso puede extenderse durante varios días. Aunque nunca tantos para que aparezcan los soldados de la putrefacción. El precio también varía entre apenas unas 100 libras esterlinas o cientos de ellas. “Depende de si uso langostas o coles”, matiza el británico.

Puede que el surrealismo librara al brócoli de la olla. Warner hinca ahí su inspiración más remota. Incluso en el mismo Dalí y en Patrick Woodroffe. El resto lo aporta la naturaleza. “La ventaja de trabajar con alimentos es que hay una increíble variedad de formas, texturas y colores”, comenta. “Trabajo con una paleta tridimensional que se nutre de cualquier lugar del mundo”.

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No siempre la olla es el fin del brócoli. Puede ocurrir que un día Carl Warner deambule por Borough Market o por los mercados asiáticos de Brick Lane, en Londres, y su mirada se detenga en una de estas coles. Puede cogerla, mirarla y ver que, en realidad, su tronco es el de un árbol milenario en un bosque hechizado.

El fotógrafo lleva más de 10 años buscando en los mercados locales las piezas con las que compone sus mundos. Los paisajes están construidos de comida que pierde su función alimenticia. Las patatas, zanahorias, almejas, coles, caramelos o el pan son siempre un árbol, una pared, una piedra, un sol.

La primera escena apareció en la imaginación del fotógrafo publicitario hace más de una década. Warner paseaba por un mercado y vio un champiñón con aspecto de árbol alienígena. El británico compró suficientes para llenar un bosque y liberó la mesa triangular de su estudio. En ella roció arroz y judías. Eran el suelo árido de un mundo desconocido. Después colocó los troncos de identidad desconocida y armó la foto.

La sabana de champiñones cautivó a varios anunciantes y el fotógrafo empezó así una segunda carrera profesional. Desde entonces ha hecho decenas de anuncios en prensa y TV para marcas de comida, y ha publicado dos libros, Carl Warner’s Food Landscapes y A World of Food. Dice que con esta serie, llamada Foodscapes, intenta “hacer sonreír” y “promover una dieta saludable y buenos hábitos alimenticios”.

Los paisajes suelen aparecer en su sofá. Allí se tumba, con una copa de vino y música de fondo, y empieza a imaginar. “Todo surge de alguna idea. Mía, por algo que he visto, o de un cliente”, explica. “Pienso la escena y hago un boceto. Entonces decido qué ingredientes debería utilizar. Lo comento con mi estilista alimentario y mi maquetador, y construimos la escena en la mesa de mi estudio”.

El proceso puede extenderse durante varios días. Aunque nunca tantos para que aparezcan los soldados de la putrefacción. El precio también varía entre apenas unas 100 libras esterlinas o cientos de ellas. “Depende de si uso langostas o coles”, matiza el británico.

Puede que el surrealismo librara al brócoli de la olla. Warner hinca ahí su inspiración más remota. Incluso en el mismo Dalí y en Patrick Woodroffe. El resto lo aporta la naturaleza. “La ventaja de trabajar con alimentos es que hay una increíble variedad de formas, texturas y colores”, comenta. “Trabajo con una paleta tridimensional que se nutre de cualquier lugar del mundo”.

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