11 de abril 2016    /   CREATIVIDAD
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La colección de colores más importante del mundo

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Hoy en día, tener una amplia variedad de colores para escribir o dibujar puede ser algo al alcance de cualquier niño. Sin embargo, en el pasado, los colores podían ser tan valiosos como el oro o la plata, pero pocos tuvieron la lucidez de Edward Forbes para coleccionarlos.

Aunque nos resulte sorprendente, la historia y la evolución de los pigmentos han ido estrechamente vinculadas a la evolución humana hasta el punto de que, sin ciertos avances técnicos, no se hubieran podido descubrir determinados colores.

En ese sentido, la importancia del color es tal, que la Universidad de Harvard tiene un departamento dedicado en exclusiva a catalogar y preservar los más extraños y curiosos colores procedentes de todos los lugares del mundo: la Forbes Pigment Collection.

Como sucede con los esquimales, que ven gamas completas de colores donde aparentemente solo hay «blanco», los pintores, los tintoreros o los diseñadores de moda ven Azul de Prusia, azul cobalto, Tierra de Siena tostada, Tierra de Siena natural, Rosa Madder, rojo pompeyano o Marrón momia donde los demás solo ven azul, verde, rojo o amarillo.

Tal es la variedad de colores, que existen normas internacionales que estandarizan las diferentes variedades para facilitar su localización. De esta forma, si un artista desea utilizar Carmín de Alizarín u Ocre dorado transparente, solo necesitará pedirlos por su nomenclatura internacional, PR 83 para el primero y Pbr 7 para el segundo, independientemente de si está en su lugar de trabajo habitual o a miles de kilómetros de él. Lo mismo sucede con los diseñadores de moda, los diseñadores gráficos o los decoradores de interiores.

Esta necesidad por catalogar los colores va mucho más allá de facilitar el trabajo de dependientes de tiendas de Bellas Artes, pintores, críticos de arte y creadores. Antes de la aparición de los procesos industriales, los pigmentos se obtenían de aquellos materiales que se tenían más a mano en un determinado lugar o época, como por ejemplo, minerales, vegetales y animales.

Tras un proceso que en muchos casos era guardado en total secreto, hojas, cortezas de árboles, cochinillas, mucosa de caracol, lapislázuli o azulita eran transformados en polvo que, aglutinado con aceite o huevo –por citar dos de los tipos de pintura más habituales, el óleo y el temple–, se convertían en colores listos para utilizar.

Como en ocasiones las materias primas eran abundantes en algunos territorios y escasos en otros, el comercio de pigmentos era un lucrativo negocio provocando en ocasiones los pintores creasen sustitutivos para algunos de ellos que eran difíciles de conseguir o muy costosos. En este sentido, los colores son una importante fuente de información para conocer no solo cómo ha evolucionado el mundo de la pintura, sino también la sociedad en la que se utilizaron.

Conocedor de la trascendencia de los pigmentos, el historiador norteamericano Edward Forbes, responsable del Museo de Arte Fogg dependiente de la Universidad de Harvard, decidió a principios del siglo XX dedicar buena parte de su vida a recopilar todo tipo de pigmentos procedentes de todas las partes del mundo. Su principal objetivo era utilizarlos para autentificar pinturas italianas clásicas pero, con el paso del tiempo, su fructífera labor acabó dando lugar a la Forbes Pigment Collection.

Con más de 2.500 pigmentos diferentes, la colección Forbes no se limita únicamente a acaparar pigmentos sino que realiza una labor de catalogación en la que se describe la procedencia geográfica, la composición, la época en que surgieron, los pintores que los utilizaron y en qué obras, en caso de que se conozcan, de cada uno de esos colores.

A lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI, la Colección ha sido utilizada por museos y colecciones todo el mundo, como la de la Fundación Getty, para certificar la originalidad de una obra o establecer su fecha de creación. En 2007, por ejemplo, un cuadro de Jackson Pollock fue contrastado con las muestras de Forbes, determinándose que la pintura había sido realizada dos décadas después de la muerte del autor.

Otra de las ventajas de la colección es su utilidad para los restauradores de obra pictórica y textil quienes, una vez determinado el tipo de color empleado por un autor, pueden restaurar la pieza, empleando técnicas y materiales similares a los de los materiales originales.

En la actualidad, la Forbes Pigment Collection está abierta al público y se puede visitar en el tercer piso del edificio de los Museos de Harvard. En un pasillo lleno de vitrinas, se exponen los miles de pequeños botes de cristal llenos de polvos de colores que no paran de crecer en número.

Aunque la colección original fue recopilada durante los años 1910 a 1944, el prestigio de la misma ha hecho que fueran muchos los artistas e investigadores que decidieron donar, y que hoy todavía donan, sus propios pigmentos, muchos de los cuales han dejado de tener procedencia orgánica, mineral o vegetal para ser sustituidos por materiales más modernos como el plástico.

Sin ir más lejos, el artista Richard Hamilton, ha contribuido con diferentes ejemplos de polvo de metal utilizados en varias de sus obras para conseguir acabados brillantes y metalizados. Tal vez no puedan compararse a las pinturas con pigmentos de oro de Fra Agélico, pero seguro que son mucho más baratos que los del florentino.

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Aunque nos resulte sorprendente, la historia y la evolución de los pigmentos han ido estrechamente vinculadas a la evolución humana hasta el punto de que, sin ciertos avances técnicos, no se hubieran podido descubrir determinados colores.

En ese sentido, la importancia del color es tal, que la Universidad de Harvard tiene un departamento dedicado en exclusiva a catalogar y preservar los más extraños y curiosos colores procedentes de todos los lugares del mundo: la Forbes Pigment Collection.

Como sucede con los esquimales, que ven gamas completas de colores donde aparentemente solo hay «blanco», los pintores, los tintoreros o los diseñadores de moda ven Azul de Prusia, azul cobalto, Tierra de Siena tostada, Tierra de Siena natural, Rosa Madder, rojo pompeyano o Marrón momia donde los demás solo ven azul, verde, rojo o amarillo.

Tal es la variedad de colores, que existen normas internacionales que estandarizan las diferentes variedades para facilitar su localización. De esta forma, si un artista desea utilizar Carmín de Alizarín u Ocre dorado transparente, solo necesitará pedirlos por su nomenclatura internacional, PR 83 para el primero y Pbr 7 para el segundo, independientemente de si está en su lugar de trabajo habitual o a miles de kilómetros de él. Lo mismo sucede con los diseñadores de moda, los diseñadores gráficos o los decoradores de interiores.

Esta necesidad por catalogar los colores va mucho más allá de facilitar el trabajo de dependientes de tiendas de Bellas Artes, pintores, críticos de arte y creadores. Antes de la aparición de los procesos industriales, los pigmentos se obtenían de aquellos materiales que se tenían más a mano en un determinado lugar o época, como por ejemplo, minerales, vegetales y animales.

Tras un proceso que en muchos casos era guardado en total secreto, hojas, cortezas de árboles, cochinillas, mucosa de caracol, lapislázuli o azulita eran transformados en polvo que, aglutinado con aceite o huevo –por citar dos de los tipos de pintura más habituales, el óleo y el temple–, se convertían en colores listos para utilizar.

Como en ocasiones las materias primas eran abundantes en algunos territorios y escasos en otros, el comercio de pigmentos era un lucrativo negocio provocando en ocasiones los pintores creasen sustitutivos para algunos de ellos que eran difíciles de conseguir o muy costosos. En este sentido, los colores son una importante fuente de información para conocer no solo cómo ha evolucionado el mundo de la pintura, sino también la sociedad en la que se utilizaron.

Conocedor de la trascendencia de los pigmentos, el historiador norteamericano Edward Forbes, responsable del Museo de Arte Fogg dependiente de la Universidad de Harvard, decidió a principios del siglo XX dedicar buena parte de su vida a recopilar todo tipo de pigmentos procedentes de todas las partes del mundo. Su principal objetivo era utilizarlos para autentificar pinturas italianas clásicas pero, con el paso del tiempo, su fructífera labor acabó dando lugar a la Forbes Pigment Collection.

Con más de 2.500 pigmentos diferentes, la colección Forbes no se limita únicamente a acaparar pigmentos sino que realiza una labor de catalogación en la que se describe la procedencia geográfica, la composición, la época en que surgieron, los pintores que los utilizaron y en qué obras, en caso de que se conozcan, de cada uno de esos colores.

A lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI, la Colección ha sido utilizada por museos y colecciones todo el mundo, como la de la Fundación Getty, para certificar la originalidad de una obra o establecer su fecha de creación. En 2007, por ejemplo, un cuadro de Jackson Pollock fue contrastado con las muestras de Forbes, determinándose que la pintura había sido realizada dos décadas después de la muerte del autor.

Otra de las ventajas de la colección es su utilidad para los restauradores de obra pictórica y textil quienes, una vez determinado el tipo de color empleado por un autor, pueden restaurar la pieza, empleando técnicas y materiales similares a los de los materiales originales.

En la actualidad, la Forbes Pigment Collection está abierta al público y se puede visitar en el tercer piso del edificio de los Museos de Harvard. En un pasillo lleno de vitrinas, se exponen los miles de pequeños botes de cristal llenos de polvos de colores que no paran de crecer en número.

Aunque la colección original fue recopilada durante los años 1910 a 1944, el prestigio de la misma ha hecho que fueran muchos los artistas e investigadores que decidieron donar, y que hoy todavía donan, sus propios pigmentos, muchos de los cuales han dejado de tener procedencia orgánica, mineral o vegetal para ser sustituidos por materiales más modernos como el plástico.

Sin ir más lejos, el artista Richard Hamilton, ha contribuido con diferentes ejemplos de polvo de metal utilizados en varias de sus obras para conseguir acabados brillantes y metalizados. Tal vez no puedan compararse a las pinturas con pigmentos de oro de Fra Agélico, pero seguro que son mucho más baratos que los del florentino.

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Opiniones 13
  • Muchas gracias por acercarnos à esta magnífica colección. Mencionas el pigmento de chinchilla y yo creo q en realidad querías decir cochinilla…
    aun así, es genial.

    • Hola,
      Gracias a ti por el comentario. Tienes toda la razón en lo de las cochinillas. ¡Quién iba a querer hacer pigmento de las chinchillas pudiendo hacer abrigos! Ya está corregido. Muchas gracias de nuevo.

    • Watching the second debate was an excruciating experience. There are many things I’d rather do than go through that again – like sawing between my toes with a razor blade or watching the Shopping Neo.Hrkwotwever, there might be one reason to watch tonight’s debate.I have a theory that McCain is on the edge – if there is actual eye contact between the candidates, McCain will pick up a chair and huck it at Obama.

    • Selon le Oxford English Dictionary, le coming out est l’introduction formelle d’une jeune fille (de bonne famille bien entendu, ce qui équivalait à l’époque à nos poples, o tempora) en société (nos médias? o mores)1903 MRS. VAIZEY P. O’Shaughnessy xxiii. 240 Bridgie wore her coming-out dress.

  • Y yo que me compro la caja de 36 lápices de colores de Stabilo y me creo tener una gama enorme donde elegir… ¡Que mañana más colorida, magnífico!

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