29 de julio 2014    /   IDEAS
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La misma fórmula del odio

29 de julio 2014    /   IDEAS     por          
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Hace un siglo que estalló la guerra… y también los escaparates de París.
El 28 de julio de 1914 dio pie a que en los días sucesivos se desatara una locura que duró más de cuatro años. La población de los países beligerantes se contagió automáticamente de un odio visceral al enemigo. Solo hay que comprobar cómo se desarrollaron los primeros días tras las declaraciones de guerra, cuando aún no había muertos que lamentar ni historias de atrocidades. Todo esto vino después, pero el rencor virulento de los ciudadanos se desató en los primeros compases de la fatídica danza de metralla y barro que fue la Primera Guerra Mundial.
El periodista Gaziel (seudónimo de Agustí Calvet), por aquel entonces joven estudiante en París, describe en un libro de diarios (Diario de un estudiante. París 1914, reeditado por Diëresis) el ambiente que respiraba la capital francesa. Resulta que en una de las urbes culturalmente más avanzadas de la época, bandadas de ciudadanos se lanzaron a saquear comercios con rótulos que sonaban a alemán. Los escaparates de las lecherías Maggi, que en ese tiempo eran las más famosas de Francia, quedaron hechos añicos. Todo porque se corrió la voz de que la marca pertenecía a una sociedad alemana, cuando en realidad era suiza.
No fue solo en París donde se produjeron altercados. Francia, Inglaterra y Rusia afirmaron que sus nacionales habían sido atacados cuando trataron de dejar Alemania. Ciudadanos alemanes y austríacos también fueron maltratados en otros países cuando estalló la guerra. En Londres se atacaron panaderías y tiendas alemanas, mientras en Bruselas y Amberes se celebraban crueldades de este tipo con gran aceptación popular. La situación preocupó tanto al gobierno belga que encargó una investigación para aclarar los hechos.

La propaganda tampoco ayuda precisamente a calmar los ánimos
La propaganda tampoco ayuda precisamente a calmar los ánimos

Gaziel también cuenta en sus diarios cómo un tropel de gente acosa y apalea a un ciudadano alemán al que acusan de espía y que se salva por los pelos. En estos días se cumplen 100 años de aquellos sucesos, cuando turbas de ciudadanos de París reventaron a pedradas escaparates amparadas en sospechas léxicas y trataron de linchar a una persona (al menos) por hablar un idioma distinto.
Es un odio irracional, sin conocimiento, con más ardor que ideas, con más inercia que motivación. Sin embargo, Gaziel describe otra escena con un cariz diferente. En la pensión de estudiantes donde él vivía, nada más declararse la guerra, las tertulias pasaron del tono bucólico que daba de sí un verano en el París de la Belle Époque a la preocupación, el patriotismo vigoroso y, sobre todo, un odio incondicional a los alemanes. Uno de los huéspedes de la pensión había sido un oficial alemán. Era un tipo torpón y galante, propenso a los tropiezos, que se daba largos paseos por París. En las veladas con los jóvenes pensionistas tocaba el piano, piezas lentas, desperezadas, que invitaban a las estudiantes a bailar con los estudiantes. Poco antes del estallido de la guerra el militar se tuvo que marchar.
En las tertulias de la pensión, entre las imprecaciones contra los alemanes y la inquina rezumante, Gaziel se extraña al  «oír de los labios de aquella juventud francesa, femenina, que odia a muerte a los alemanes en abstracto, el elogio más sincero y afectuoso de un oficial prusiano que debe tener de 28 a 30 años y es justamente el único alemán que ellas han conocido personalmente y tratado un poco».
Cuando alguien recuerda en medio de la dialéctica combativa al militar alemán, todo son alabanzas hacia él. Al único que conocen le tienen estima, pero por lo que se deduce cualquiera de los tertulianos estaría de acuerdo con borrar a todos los alemanes de la faz de la Tierra. Cien años después de estas escenas circula por internet el siguiente dibujo.
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Era la mezcla perfecta hace 100 años y hoy lo sigue siendo. A un tarro de ignorancia se le calienta con una chispa de miedo y hecho: ya tenemos destilado el odio. No se puede negar que en París flotaba el miedo a primeros de agosto de 1914. Quizás a la muchedumbre que asaltaba comercios se la podía acusar de ignorante. Pero a los tertulianos de la pensión de Gaziel, estudiantes en su mayoría, de distintas partes de Francia y del mundo, a los que se presupone una educación bastante completa, no se les podía acusar de ignorantes. Y, sin embargo, en odiar a los alemanes, al enemigo, al malo, no les ganaba nadie.
La ignorancia que sirve de pasto al miedo es más complicada que la que se cura con libros y escuela. La ignorancia que alimenta el odio, y que por ende sostiene las guerras (aunque estas se inicien a otro nivel y por otros intereses) tiene que ver con el desconocimiento del otro y se deshace con empatía.
¿Quién podría matar o enviar tropas contra su vecino si lo saluda todos los días y conoce a su familia, su situación personal y sus ilusiones de vida? Dejando de lado sociopatías, ¿quién? Nadie apoyaría–ni cumpliría– una orden para matar a alguien que conoce. Hasta Michael Corleone tenía remordimientos por haberlo hecho.
Las poblaciones siguen apoyando guerras porque desconocen al enemigo. Sin ir más lejos en el tiempo, Israel es un país con un nivel cultural alto, según la OECD es el segundo con la mejor educación, solo superado por Canadá. Sin embargo, su ejército está arrasando la franja de Gaza en una época en la que cada vez menos gente se cree que bombardear o invadir solucione problemas. Su acción se permite y en algunos círculos hasta se apoya, despertando solo algunas protestas entre sus ciudadanos.
El miedo existe a los cohetes lanzados por Hamás. Mientras que la ignorancia, el desconocimiento del enemigo, se nota en que Israel vive desde la lejanía el millar de muertos palestinos, un suceso espeluznante que si se piensa fríamente, tendría que haber vuelto loco al país. Y los soldados que participan en la operación, ¿cómo pueden abstraerse de las consecuencias que tiene su misión? Ni en Gaza o en Somalia, ni en Siria o Ucrania se mata a personas, se mata a abstracciones.
En las Navidades de 1914, sin embargo, los soldados alemanes, franceses, ingleses y de un cúmulo de otras nacionalidades, incluidos militares de profesión junto con panaderos, alfareros, escritores, empresarios, tenderos, campesinos, abogados, labradores, pintores (de brocha gorda y de lienzos), jardineros llevaban más de cuatro meses combatiendo entre obuses, barro y miseria. Algunos batallones del frente se acercaron, acordaron hacer un alto el fuego para celebrar la fiesta de Navidad sin ansiedades bélicas y, de paso, hablando… se conocieron un poco. Tanta empatía sintieron, tan iguales se vieron en las penosas condiciones de las trincheras, que intercambiaron regalos y comida durante el día de Navidad. Al parecer incluso se organizaron partidos de fútbol. Ellos que unas horas antes se habían estado matando a tiros.
La película francesa Feliz Navidad ofrece una representación de lo que ocurrió. Los mandos militares se enteraron de estas treguas improvisadas porque los soldados lo narraban en sus cartas. A partir de ese momento se ordenaban bombardeos en la víspera de Navidad y se rotaba a las tropas a lo largo del frente. Todo para evitar la impresión de que al otro lado había personas.

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Hace un siglo que estalló la guerra… y también los escaparates de París.
El 28 de julio de 1914 dio pie a que en los días sucesivos se desatara una locura que duró más de cuatro años. La población de los países beligerantes se contagió automáticamente de un odio visceral al enemigo. Solo hay que comprobar cómo se desarrollaron los primeros días tras las declaraciones de guerra, cuando aún no había muertos que lamentar ni historias de atrocidades. Todo esto vino después, pero el rencor virulento de los ciudadanos se desató en los primeros compases de la fatídica danza de metralla y barro que fue la Primera Guerra Mundial.
El periodista Gaziel (seudónimo de Agustí Calvet), por aquel entonces joven estudiante en París, describe en un libro de diarios (Diario de un estudiante. París 1914, reeditado por Diëresis) el ambiente que respiraba la capital francesa. Resulta que en una de las urbes culturalmente más avanzadas de la época, bandadas de ciudadanos se lanzaron a saquear comercios con rótulos que sonaban a alemán. Los escaparates de las lecherías Maggi, que en ese tiempo eran las más famosas de Francia, quedaron hechos añicos. Todo porque se corrió la voz de que la marca pertenecía a una sociedad alemana, cuando en realidad era suiza.
No fue solo en París donde se produjeron altercados. Francia, Inglaterra y Rusia afirmaron que sus nacionales habían sido atacados cuando trataron de dejar Alemania. Ciudadanos alemanes y austríacos también fueron maltratados en otros países cuando estalló la guerra. En Londres se atacaron panaderías y tiendas alemanas, mientras en Bruselas y Amberes se celebraban crueldades de este tipo con gran aceptación popular. La situación preocupó tanto al gobierno belga que encargó una investigación para aclarar los hechos.

La propaganda tampoco ayuda precisamente a calmar los ánimos
La propaganda tampoco ayuda precisamente a calmar los ánimos

Gaziel también cuenta en sus diarios cómo un tropel de gente acosa y apalea a un ciudadano alemán al que acusan de espía y que se salva por los pelos. En estos días se cumplen 100 años de aquellos sucesos, cuando turbas de ciudadanos de París reventaron a pedradas escaparates amparadas en sospechas léxicas y trataron de linchar a una persona (al menos) por hablar un idioma distinto.
Es un odio irracional, sin conocimiento, con más ardor que ideas, con más inercia que motivación. Sin embargo, Gaziel describe otra escena con un cariz diferente. En la pensión de estudiantes donde él vivía, nada más declararse la guerra, las tertulias pasaron del tono bucólico que daba de sí un verano en el París de la Belle Époque a la preocupación, el patriotismo vigoroso y, sobre todo, un odio incondicional a los alemanes. Uno de los huéspedes de la pensión había sido un oficial alemán. Era un tipo torpón y galante, propenso a los tropiezos, que se daba largos paseos por París. En las veladas con los jóvenes pensionistas tocaba el piano, piezas lentas, desperezadas, que invitaban a las estudiantes a bailar con los estudiantes. Poco antes del estallido de la guerra el militar se tuvo que marchar.
En las tertulias de la pensión, entre las imprecaciones contra los alemanes y la inquina rezumante, Gaziel se extraña al  «oír de los labios de aquella juventud francesa, femenina, que odia a muerte a los alemanes en abstracto, el elogio más sincero y afectuoso de un oficial prusiano que debe tener de 28 a 30 años y es justamente el único alemán que ellas han conocido personalmente y tratado un poco».
Cuando alguien recuerda en medio de la dialéctica combativa al militar alemán, todo son alabanzas hacia él. Al único que conocen le tienen estima, pero por lo que se deduce cualquiera de los tertulianos estaría de acuerdo con borrar a todos los alemanes de la faz de la Tierra. Cien años después de estas escenas circula por internet el siguiente dibujo.
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Era la mezcla perfecta hace 100 años y hoy lo sigue siendo. A un tarro de ignorancia se le calienta con una chispa de miedo y hecho: ya tenemos destilado el odio. No se puede negar que en París flotaba el miedo a primeros de agosto de 1914. Quizás a la muchedumbre que asaltaba comercios se la podía acusar de ignorante. Pero a los tertulianos de la pensión de Gaziel, estudiantes en su mayoría, de distintas partes de Francia y del mundo, a los que se presupone una educación bastante completa, no se les podía acusar de ignorantes. Y, sin embargo, en odiar a los alemanes, al enemigo, al malo, no les ganaba nadie.
La ignorancia que sirve de pasto al miedo es más complicada que la que se cura con libros y escuela. La ignorancia que alimenta el odio, y que por ende sostiene las guerras (aunque estas se inicien a otro nivel y por otros intereses) tiene que ver con el desconocimiento del otro y se deshace con empatía.
¿Quién podría matar o enviar tropas contra su vecino si lo saluda todos los días y conoce a su familia, su situación personal y sus ilusiones de vida? Dejando de lado sociopatías, ¿quién? Nadie apoyaría–ni cumpliría– una orden para matar a alguien que conoce. Hasta Michael Corleone tenía remordimientos por haberlo hecho.
Las poblaciones siguen apoyando guerras porque desconocen al enemigo. Sin ir más lejos en el tiempo, Israel es un país con un nivel cultural alto, según la OECD es el segundo con la mejor educación, solo superado por Canadá. Sin embargo, su ejército está arrasando la franja de Gaza en una época en la que cada vez menos gente se cree que bombardear o invadir solucione problemas. Su acción se permite y en algunos círculos hasta se apoya, despertando solo algunas protestas entre sus ciudadanos.
El miedo existe a los cohetes lanzados por Hamás. Mientras que la ignorancia, el desconocimiento del enemigo, se nota en que Israel vive desde la lejanía el millar de muertos palestinos, un suceso espeluznante que si se piensa fríamente, tendría que haber vuelto loco al país. Y los soldados que participan en la operación, ¿cómo pueden abstraerse de las consecuencias que tiene su misión? Ni en Gaza o en Somalia, ni en Siria o Ucrania se mata a personas, se mata a abstracciones.
En las Navidades de 1914, sin embargo, los soldados alemanes, franceses, ingleses y de un cúmulo de otras nacionalidades, incluidos militares de profesión junto con panaderos, alfareros, escritores, empresarios, tenderos, campesinos, abogados, labradores, pintores (de brocha gorda y de lienzos), jardineros llevaban más de cuatro meses combatiendo entre obuses, barro y miseria. Algunos batallones del frente se acercaron, acordaron hacer un alto el fuego para celebrar la fiesta de Navidad sin ansiedades bélicas y, de paso, hablando… se conocieron un poco. Tanta empatía sintieron, tan iguales se vieron en las penosas condiciones de las trincheras, que intercambiaron regalos y comida durante el día de Navidad. Al parecer incluso se organizaron partidos de fútbol. Ellos que unas horas antes se habían estado matando a tiros.
La película francesa Feliz Navidad ofrece una representación de lo que ocurrió. Los mandos militares se enteraron de estas treguas improvisadas porque los soldados lo narraban en sus cartas. A partir de ese momento se ordenaban bombardeos en la víspera de Navidad y se rotaba a las tropas a lo largo del frente. Todo para evitar la impresión de que al otro lado había personas.

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