fbpx
27 de octubre 2014    /   CREATIVIDAD
por
 

Creatividad: La sencilla fórmula de las emociones

27 de octubre 2014    /   CREATIVIDAD     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Primero la información, luego la emoción: es la fórmula para atrapar al público.

—Una persona del público recibirá dos entradas para el concierto de… —dice el presentador.
La cámara sobrevuela la grada.
—¿Quién será, quién será? —dice el presentador.
La pregunta repetida intenta añadir emoción. El resultado es desigual: el público en el plató está expectante (¡la posibilidad de un pequeño premio!). Los telespectadores no muestran interés (las redes sociales, esos chivatos para los analistas, como se verá…).
Una joven ni guapa ni fea resulta agraciada. El presentador se acerca fingiendo interés.
—¿Cómo te llamas?
—Sara.
—No te lo esperabas, ¿verdad?
Algunos telespectadores comentan en Twitter que envidian la suerte de la chica, la tonta, la pava… «Ya podría haberme tocado a mi». La envidia es el único sentimiento que despierta la ocurrencia del programa de dar un premio a alguien desconocido por el público. Una idea pobre para atrapar a la audiencia. Pobre y errónea.
Momentos como estos alimentan programas de distintas cadenas. Momentos que pretenden ser emocionantes (la cámara alocada, música estridente), que acaban aguados desde la concepción.
¿QUIÉN ES SARA?
Los espectadores necesitan los antecedentes de Sara: quieren saber si merece el premio (por ridículo que sea: unas entradas, un CD, el beso de un actor famoso…) ¿Sara está en paro, tiene deudas, colabora con una ONG? Queremos creer que la justicia existe (aunque la realidad nos abofetea con frecuencia).
Cuando los espectadores tienen los antecedentes escriben en las redes sociales: «¡Me alegro por ella! ¡Se lo merece!». Y esto mismo pensarán los que no comentan: lo mismo la señora de Cuenca que el intelectual hispánico que dice leer The New Yorker en la intimidad.
La escena pintada del plató y el premio «sorpresa» es una prueba —pequeña, sí— de cómo estamos en los tiempos de querer atrapar al público con emociones rápidas, emociones en el aire. Emociones flash. Vacías como cáscaras abiertas. Las únicas emociones que no necesitan cocción ni antecedentes son el humor (la frase tonta de una miss, la metedura de pata de un político…), y el miedo, cuando el miedo es el gato que salta delante de la protagonista: ¡Oh, que susto! (Sin embargo, las grandes películas de terror, como El resplandor, no cimentan su fama en un gato saltarín ni una sombra que pasa tras la protagonista). Las emociones profundas requieren un tiempo, un contexto.
EL MAL EJEMPLO DE LA (MALA) PUBLICIDAD
Un anuncio de coches ejemplifica el burdo intento de emocionar por la vía rápida. Una hermosa mujer, un piano de fondo, una voz masculina y evocadora: «Ella es…», dice la voz, y enumera cualidades positivas sobre la mujer. La voz asegura que despierta sentimientos o es bella como el coche que entra a continuación en otro plano con música trepidante en las curvas de montaña. Una mujer como una tecnología que emociona. Agua y aceite. Este anuncio no podría jamás servir como ejemplo para el dicho ‘atrapar moscas con miel’. (Incluso la publicidad puede despertar emociones más allá de la indignación si «olvida» el producto).
LA LLAMADA EN DIRECTO QUE NO EMOCIONA
No nos importa este anuncio más que los programas de televisión que regalan tonterías o anuncian una llamada sorpresa para un miembro del público. Esta última es otra moda que provoca bostezo.
—¿Tú eres Inma? —el presentador.
—Sí —la mujer entre los cuarenta y los cincuenta.
—Alguien quiere darte un mensaje.
—¿Mamá? —una joven, la llamada del directo.
—Es mi hija —la mujer.
—Que tengo que darte una noticia —como quien cuenta que ha comprado una plancha eléctrica—: que vas a ser abuela. ¡Gemelos!
—¡Oh!
Una noticia emocionante para la futura mamá y la futura abuela, pero carente de interés para los telespectadores. Aquí no se ha aplicado el abc de la creación de emociones. Erraron por completo quienes perpetraron este momento: ni en la grada ni en las casas hubo lágrimas, ni risas (quizás algunas mamás y abuelas se identificaron ligeramente).
El artista de la escritura y de las imágenes en movimiento debe conocer esta fórmula. No dejarse malear por la publicidad desalmada ni los infestos programas de televisión (llora ahora, que te lo digo, llora a la de tres…) Conocer el a-b-c de la creación de emociones ayuda a atrapar con una novela, con un programa de telerrealidad y con una obra como Breaking Bad. (¡Herejía!, llega a mis oídos). El arroz tiene un proceso de cocción. Encima o entre los granos las carnes o los pescados, las salsas de autor.
PRIMERO LA INFORMACIÓN, DESPUÉS LA EMOCIÓN
La fórmula se explica con un sencillo gráfico (que muchos lectores estarán intuyendo):
Primero la información y después la emoción
Este esquema puede aplicarse a cualquier historia que se pretenda contar: tanto ficticia como una crónica de la realidad. Cuando Tom Hanks pisa la playa en Salvar al soldado Ryan apenas conocemos al personaje que interpreta el actor. Sin embargo, la identificación emocional existe con Tom Hanks.
Conocemos el bagaje de este actor: es el niño que se hace grande, es el abogado víctima del sida, es Forrest Gump… Tom Hanks es Tom Hanks antes que el oficial del ejército. Por esto, no nos importa que alrededor de Tom Hanks mueran miles de soldados. Lo que queremos es que Tom Hanks salga de la carnicería. Si el personaje interpretado por Hanks hubiera sido un actor desconocido, su muerte en los primeros minutos no hubiera causado molestia en los espectadores.
Por otro lado, los programas de telerrealidad no atrapan por la calidad (cuestión relativa) de las propuestas. Los protagonistas ofrecen a los espectadores información en cada emisión: qué son, qué quieren en la vida, cómo se comportan con los demás… Toda esta información provoca reacciones en los espectadores. Unos protagonistas caen bien y otros mal.
De la misma manera que nos gustan los cotilleos sobre personas que conocemos y no los que escuchamos paseando por la calle o en el autobús.
CONTAR LA REALIDAD CON EMOCIONES
La muerte de Excalibur, el perro de Teresa —la auxiliar que fue afectada por ébola—, entra en el esquema de «primero la información, después la emoción». El público supo desde el principio que Excalibur era más que un perro para Teresa, un amigo. ¿Quién no ha visto la imagen de Teresa y Excalibur compartiendo sofá?  Una estampa hogareña. Por esto, la muerte de Excalibur no es la muerte de un perro: es la muerte de uno de los protagonistas de la noticia. La indignación popular cobra sentido.
Excalibur - información y emoción
Una parte de los usuarios de las redes sociales llamaron hipócritas a quienes se manifestaron contra la ejecución de Excalibur. Todos los días sacrifican perros, dijeron los críticos, perros que nadie quiere salvar. Pero los manifestantes no actuaron por hipocresía: actuaron conmovidos por una historia concreta, la de una mujer enferma cuyo perro, al que quiere, será sacrificado. Los gatos y perros que aguardan su turno para el sacrificio no aparecen en la prensa. Son invisibles.
LOS PRINCIPIOS VIBRANTES
Las emociones flash están presentes en la mayoría de los productos audiovisuales y en las novelas. Los bestsellers comienzan con víctimas de asesinato que miran al cielo mientras la sangre cae por la frente. Muchas películas abren con accidentes, tiros, explosiones… que afectan a personajes que no conocemos.
También Breaking Bad comienza con una secuencia trepidante: una golosina para los espectadores impacientes. Sin embargo, después Vince Gilligan se atreve a armar con paciencia un personaje poco atractivo para las audiencias, candidato al drama social. Es la gran lección de Breaking Bad para los contadores de historias: se puede atrapar al público con ruido y furia, pero estos elementos cansan. (Puedo captar tu atención si te grito al oído, pero así no te quedarás conmigo: tengo que susurrarte). El contador de historias atrapará a los espectadores si sabe mostrar la humanidad y vulnerabilidad de su protagonista. Por supuesto, toda información debe ofrecerse con elegancia, tensión, fuerza.

Primero la información, luego la emoción: es la fórmula para atrapar al público.

—Una persona del público recibirá dos entradas para el concierto de… —dice el presentador.
La cámara sobrevuela la grada.
—¿Quién será, quién será? —dice el presentador.
La pregunta repetida intenta añadir emoción. El resultado es desigual: el público en el plató está expectante (¡la posibilidad de un pequeño premio!). Los telespectadores no muestran interés (las redes sociales, esos chivatos para los analistas, como se verá…).
Una joven ni guapa ni fea resulta agraciada. El presentador se acerca fingiendo interés.
—¿Cómo te llamas?
—Sara.
—No te lo esperabas, ¿verdad?
Algunos telespectadores comentan en Twitter que envidian la suerte de la chica, la tonta, la pava… «Ya podría haberme tocado a mi». La envidia es el único sentimiento que despierta la ocurrencia del programa de dar un premio a alguien desconocido por el público. Una idea pobre para atrapar a la audiencia. Pobre y errónea.
Momentos como estos alimentan programas de distintas cadenas. Momentos que pretenden ser emocionantes (la cámara alocada, música estridente), que acaban aguados desde la concepción.
¿QUIÉN ES SARA?
Los espectadores necesitan los antecedentes de Sara: quieren saber si merece el premio (por ridículo que sea: unas entradas, un CD, el beso de un actor famoso…) ¿Sara está en paro, tiene deudas, colabora con una ONG? Queremos creer que la justicia existe (aunque la realidad nos abofetea con frecuencia).
Cuando los espectadores tienen los antecedentes escriben en las redes sociales: «¡Me alegro por ella! ¡Se lo merece!». Y esto mismo pensarán los que no comentan: lo mismo la señora de Cuenca que el intelectual hispánico que dice leer The New Yorker en la intimidad.
La escena pintada del plató y el premio «sorpresa» es una prueba —pequeña, sí— de cómo estamos en los tiempos de querer atrapar al público con emociones rápidas, emociones en el aire. Emociones flash. Vacías como cáscaras abiertas. Las únicas emociones que no necesitan cocción ni antecedentes son el humor (la frase tonta de una miss, la metedura de pata de un político…), y el miedo, cuando el miedo es el gato que salta delante de la protagonista: ¡Oh, que susto! (Sin embargo, las grandes películas de terror, como El resplandor, no cimentan su fama en un gato saltarín ni una sombra que pasa tras la protagonista). Las emociones profundas requieren un tiempo, un contexto.
EL MAL EJEMPLO DE LA (MALA) PUBLICIDAD
Un anuncio de coches ejemplifica el burdo intento de emocionar por la vía rápida. Una hermosa mujer, un piano de fondo, una voz masculina y evocadora: «Ella es…», dice la voz, y enumera cualidades positivas sobre la mujer. La voz asegura que despierta sentimientos o es bella como el coche que entra a continuación en otro plano con música trepidante en las curvas de montaña. Una mujer como una tecnología que emociona. Agua y aceite. Este anuncio no podría jamás servir como ejemplo para el dicho ‘atrapar moscas con miel’. (Incluso la publicidad puede despertar emociones más allá de la indignación si «olvida» el producto).
LA LLAMADA EN DIRECTO QUE NO EMOCIONA
No nos importa este anuncio más que los programas de televisión que regalan tonterías o anuncian una llamada sorpresa para un miembro del público. Esta última es otra moda que provoca bostezo.
—¿Tú eres Inma? —el presentador.
—Sí —la mujer entre los cuarenta y los cincuenta.
—Alguien quiere darte un mensaje.
—¿Mamá? —una joven, la llamada del directo.
—Es mi hija —la mujer.
—Que tengo que darte una noticia —como quien cuenta que ha comprado una plancha eléctrica—: que vas a ser abuela. ¡Gemelos!
—¡Oh!
Una noticia emocionante para la futura mamá y la futura abuela, pero carente de interés para los telespectadores. Aquí no se ha aplicado el abc de la creación de emociones. Erraron por completo quienes perpetraron este momento: ni en la grada ni en las casas hubo lágrimas, ni risas (quizás algunas mamás y abuelas se identificaron ligeramente).
El artista de la escritura y de las imágenes en movimiento debe conocer esta fórmula. No dejarse malear por la publicidad desalmada ni los infestos programas de televisión (llora ahora, que te lo digo, llora a la de tres…) Conocer el a-b-c de la creación de emociones ayuda a atrapar con una novela, con un programa de telerrealidad y con una obra como Breaking Bad. (¡Herejía!, llega a mis oídos). El arroz tiene un proceso de cocción. Encima o entre los granos las carnes o los pescados, las salsas de autor.
PRIMERO LA INFORMACIÓN, DESPUÉS LA EMOCIÓN
La fórmula se explica con un sencillo gráfico (que muchos lectores estarán intuyendo):
Primero la información y después la emoción
Este esquema puede aplicarse a cualquier historia que se pretenda contar: tanto ficticia como una crónica de la realidad. Cuando Tom Hanks pisa la playa en Salvar al soldado Ryan apenas conocemos al personaje que interpreta el actor. Sin embargo, la identificación emocional existe con Tom Hanks.
Conocemos el bagaje de este actor: es el niño que se hace grande, es el abogado víctima del sida, es Forrest Gump… Tom Hanks es Tom Hanks antes que el oficial del ejército. Por esto, no nos importa que alrededor de Tom Hanks mueran miles de soldados. Lo que queremos es que Tom Hanks salga de la carnicería. Si el personaje interpretado por Hanks hubiera sido un actor desconocido, su muerte en los primeros minutos no hubiera causado molestia en los espectadores.
Por otro lado, los programas de telerrealidad no atrapan por la calidad (cuestión relativa) de las propuestas. Los protagonistas ofrecen a los espectadores información en cada emisión: qué son, qué quieren en la vida, cómo se comportan con los demás… Toda esta información provoca reacciones en los espectadores. Unos protagonistas caen bien y otros mal.
De la misma manera que nos gustan los cotilleos sobre personas que conocemos y no los que escuchamos paseando por la calle o en el autobús.
CONTAR LA REALIDAD CON EMOCIONES
La muerte de Excalibur, el perro de Teresa —la auxiliar que fue afectada por ébola—, entra en el esquema de «primero la información, después la emoción». El público supo desde el principio que Excalibur era más que un perro para Teresa, un amigo. ¿Quién no ha visto la imagen de Teresa y Excalibur compartiendo sofá?  Una estampa hogareña. Por esto, la muerte de Excalibur no es la muerte de un perro: es la muerte de uno de los protagonistas de la noticia. La indignación popular cobra sentido.
Excalibur - información y emoción
Una parte de los usuarios de las redes sociales llamaron hipócritas a quienes se manifestaron contra la ejecución de Excalibur. Todos los días sacrifican perros, dijeron los críticos, perros que nadie quiere salvar. Pero los manifestantes no actuaron por hipocresía: actuaron conmovidos por una historia concreta, la de una mujer enferma cuyo perro, al que quiere, será sacrificado. Los gatos y perros que aguardan su turno para el sacrificio no aparecen en la prensa. Son invisibles.
LOS PRINCIPIOS VIBRANTES
Las emociones flash están presentes en la mayoría de los productos audiovisuales y en las novelas. Los bestsellers comienzan con víctimas de asesinato que miran al cielo mientras la sangre cae por la frente. Muchas películas abren con accidentes, tiros, explosiones… que afectan a personajes que no conocemos.
También Breaking Bad comienza con una secuencia trepidante: una golosina para los espectadores impacientes. Sin embargo, después Vince Gilligan se atreve a armar con paciencia un personaje poco atractivo para las audiencias, candidato al drama social. Es la gran lección de Breaking Bad para los contadores de historias: se puede atrapar al público con ruido y furia, pero estos elementos cansan. (Puedo captar tu atención si te grito al oído, pero así no te quedarás conmigo: tengo que susurrarte). El contador de historias atrapará a los espectadores si sabe mostrar la humanidad y vulnerabilidad de su protagonista. Por supuesto, toda información debe ofrecerse con elegancia, tensión, fuerza.

Compártelo twitter facebook whatsapp
El insultador: una reivindicación del arte del insulto
Los alquimistas de Android
El diseño "menos es más" de D&G Junior
De conejos, gatos e ironía milenial: Así es la creadora de Sarah Scribbles
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp
Opiniones 3
  • De no ser porque ahora mismo ésto está ejecutado con maestría en la entrega de información noticiosa sería genial, estás dando la primera clase de un buen curso para guionistas.
    Sin embargo, la mecanización de este ejercicio da lugar a que últimamente si es que una historia no contiene vuelcos que revelan su propósito en desorden -hablando del canon clásico-, pareciera que no merece ser siquiera mencionada.
    Un ejemplo de una historia así es la del Árbol de la vida, Sean Penn, Brad Pitt y tal, mis amigos han llegado a la conclusión que de no ser por la brutal fotografía -uno de los trabajos más pulcros y logrados de la última década-, sería intrascendente, vamos, que por sí misma es sosa y enredada.
    A mi me parece una de las mejores tramas que he visto en mi vida, quizás por el background católico que tengo, quizás porque me atrajo terriblemente la crudeza de la historia, quizás porque el estereotipo a lo Rainman de Penn y lo Raine de Pitt ha cansado al personal y les resulta chocante ver la puesta en escena, no sé, pero de lo que sí te puedo hablar es de que he quedado fascinado.
    Ahí está pues que lo específico pocas veces es rentable y lo general tiende a serlo más. La pregunta es ¿debemos comenzar a despersonalizarnos y separarnos del ego? o ¿nos hartaremos de nuevos clichés por puro gusto? tildando a la vez gran número de cuestiones como vagas o superfluas.
    Pienso que hay que trascender a ese mecanismo y extrapolar esa actitud en varios aspectos cotidianos. Un saludo y gracias por la lectura, ha sido muy amena.

  • Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *