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26 de septiembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Publico, ergo sum. Cueste lo cueste

26 de septiembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Un fotógrafo italiano que vive en Madrid elige una editorial en Londres para editar su segundo fotolibro y lo presenta en Ámsterdam, en la feria de libros Unseen.
Un fotógrafo manchego se decanta por una distribuidora online especializada en libros de fotografía, que acaba de lanzarse al mundo editorial, y lo presenta en el Festival Rencontres d’Arles, en Francia.
Un fotógrafo madrileño, después de darle muchas vueltas, se lanza a la autoedición de la mano de Cristina de Middel, la fotógrafa española con más tirón en Europa, que le exhorta a sacar su obra como sea.
Porque se trata precisamente de eso: publicar, cada uno a su manera. Tres modelos, tres opciones, tres publicaciones que acaban de salir en el mercado europeo de fotolibros.
Italia o Italia es el libro de Federico Clavarino, que acaba de cumplir 30 años. «He elegido Akina porque es una editorial independiente que me ha permitido tener más control sobre mi trabajo y porque confío mucho en ellos», explica Federico, natural de Turín. «En mi caso, la autoedición era inviable, primero porque es un libro caro y segundo, porque habría sido difícil distribuirlo. A posteriori, estoy muy feliz de mi elección porque Valentina y Alex, la pareja de italianos que fundó la editorial en Londres, han aportado mucho a la edición y al diseño del libro», añade.
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En su libro, Clavarino plasma en imágenes una Italia casi desconocida, un país del que se fue hace muchos años y que siempre le produjo sentimientos encontrados. «En mi anterior libro, Ukraina Pasport, había documentado Ucrania, un país en el que tuve problemas a la hora de comunicarme por causa del idioma y donde mi experiencia del lugar estaba basada en algún viaje, en los relatos de la gente que me encontraba y en lo que había estudiado», explica el fotógrafo.
«¿Por qué entonces no trabajar en Italia, donde todo iba a ser más simple? La idea me estimulaba bastante. Antes de este trabajo había viajado poco por mi país. Estaba lleno de prejuicios, en parte por los motivos que me impulsaron a marcharme, en parte por las noticias que me llegaban y que servían para justificar mi elección», revela Clavarino.
Lo que se encontró en su país natal superó todas sus expectativas. Sin querer entrar a analizar demasiado en detalle la realidad política del país transalpino, Clavarino retrata la dimensión sociopolítica desde una perspectiva diferente, a partir de las sensaciones que experimenta a la hora de recorrer las calles de las ciudades y los senderos de la campiña italiana. «En general, la impresión que tengo es que Italia es un país mucho más fragmentado de lo que pensaba, sumergido en una parálisis profunda. He visto personas oprimidas, aburridas, cerradas en sus pequeñas provincias, cínicas, rendidas».
«Pero también he conocido a personas de una generosidad fuera de lo común, personas muy echadas para adelante, y las he encontrado en los lugares más inesperados. He recorrido un país aplastado por el peso de sus ruinas, de sus monumentos y de centros de poder inamovibles. Y he reencontrado en el fondo de mí un amor infinito por este lugar, ligado inextricablemente al dolor, al desprecio y a la nostalgia», relata Clavarino, para quien «el libro, sin duda, es una obra sobre el territorio que está indisolublemente ligada a una experiencia autobiográfica».
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Tardó cuatro años y medio y nueve viajes en producir todas las imágenes del libro. Cuando no estaba disparando, trabajaba en otros aspectos del proceso creativo, investigando, dando forma a las ideas que nutren el proyecto o construyendo secuencias narrativas. «Para editar usé un método un poco obsesivo. Después de cada viaje, escaneaba los negativos, imprimía copias pequeñas de las fotos y las colocaba en una caja. Usé tres cajas y las fotos que me gustaban iban avanzando de caja. Creo que Friedlander usaba un sistema parecido. Las fotos que resistían a la selección pasaban a un panel metálico en mi pared. Allí las dividía por categorías», aclara Clavarino. Imprimía de forma artesanal solo las que le gustaban de verdad. Lo hacía en laboratorio a un tamaño mayor para poder trabajar en el color de forma más personal. Cada viernes, durante dos años, imprimió una o dos fotos, que luego fueron usadas para la maqueta del libro.
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El resultado son 136 páginas de imágenes que evocan a Luigi Ghirri o a Guigo Guidi, dos fotógrafos que han trabajado sobre el territorio italiano. «Pero las referencias son muchas, dentro y fuera de la fotografía: claramente Cristobal Hara, en cierto modo también Atget y Koudelka. Y luego muchos pintores, sobre todo italianos: Morandi, De Chirico, Giotto. Y también mucha literatura: La poética del espacio de Bachelard, los poemas di Cesare Pavese, sobre todo los de Trabajar cansa, Huesos de sepia de Montale, los Cuatro Cuartetos de T.S. Eliot, algunos fragmentos de Nietzsche, de Heráclito, de Marco Aurelio…», afirma Clavarino.
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El caso de XY XX, de Fosi Vegue, es totalmente diferente. Un día, Vegue descubrió «un patio de vecinos con varias habitaciones a las que prostitutas llevaban a sus clientes» y decidió retratar el trasiego que había en este peculiar edificio. «Lo curioso es que en el mismo lugar también había otras vidas, como una pareja que pasaba todo el día viendo la televisión», cuenta el fotógrafo.
Tres años pasó Fosi Vegue espiando y retratando a estos improvisados modelos, pero más que el ejercicio de un mirón, se trataba de una investigación visual a todos los efectos. Fosi Vegue estaba más interesado en las formas y las luces que emergían de las ventanas que en lo que realmente sucedía dentro de aquellos cuartos humildes y sudorosos. La razón que llevaba a aquellas personas a encerrarse durante un tiempo en un espacio privado, que no sellado, era lo de menos para este fotógrafo, que concibe su obra como un «estudio sobre el sexo como catalizador de nuestros instintos, de nuestros deseos y contradicciones».
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La producción fotográfica representó un reto porque tenía un solo ángulo posible y una única óptica, el superzoom del que tuvo que valerse para alcanzar las imágenes deseadas. En la mente iluminada de Fosi Vegue, ese desafío técnico se convierte en un lance al espectador, que es invitado a participar activamente a descifrar las imágenes del libro, completando con su imaginación lo que solo se sugiere, sin llegar a ser mostrado de forma explícita.

Fosi Vegue, 38 años, trabajó durante mucho tiempo en la edición del libro junto al diseñador Eloi Gimeno, el mismo que colaboró en Karma, de Óscar Monzón.
Vegue usa a conciencia imágenes fuertemente pixeladas como estratagema narrativo. «Tuve que convertir todas mis limitaciones en posibilidades», explica el fotógrafo, cofundador del colectivo Blank Paper y director de la escuela de Madrid que lleva el mismo nombre.
Cuando llegó a la edición definitiva, barajó editoriales como Mörell Books o RVB. Finalmente se decantó por Dalpine, una plataforma online que distribuye fotolibros de calidad por internet y que desde el año pasado ha comenzado su andadura como editorial. «Ellos estaban muy convencidos de querer sacarlo. Así que fue muy fácil», revela el fotógrafo manchego.
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«De momento, Dalpine solo tiene a tres autores, a los que pueden dedicar más tiempo. Tratan con mucho mimo a cada uno. Han respetado absolutamente las decisiones de diseño, de tamaño, de papel… He podido trabajar con absoluta libertad y eso siempre es importante a la hora de sacar tu propio libro. Además, están presentes en las mejores ferias internacionales: Arles, Unseen, Paris Photo, Fiebre», añade Vegue.
Y de hecho, siguiendo la tradición internacional de los fotógrafos españoles contemporáneos, Fosi Vegue ha lanzado el libro en Arles y ha seguido presentándolo en E.CO Santos, el festival de colectivos iberoamericanos en Brasil, y en Unseen, la feria de libros de Ámsterdam, que se ha convertido en una plataforma de referencia para autores de todo el mundo.
No es una casualidad que Federico Clavarino haya escogido precisamente esta feria para lanzar Italia o Italia. «Ha sido una ocasión excelente para conocer a otros  fotógrafos y editores italianos. Gente joven que está haciendo cosas muy interesantes, como Milo Montelli, fotógrafo y fundador de una editora llamada Skinnerboox, Alessandro Calabrese, Tommaso Parrillo (WittyKiwi) o Tommaso Tanini», afirma.
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La proyección internacional de los españoles no ha pasado desapercibida a los ojos atentos de críticos y periodistas especializados. Este verano, la prestigiosa revista British Journal of Photography ha incluido el trabajo de Fosi Vegue en un número especial dedicado a la nueva fotografía española. Es sin duda uno de los efectos inesperados de la crisis, que ha obligado a muchos fotógrafos y fotoperiodistas a explorar nuevos caminos a través de trabajos personales originales y, muchas veces, experimentales. «Los críticos internacionales tienen puestas las miradas aquí porque se está haciendo una fotografía valiente, distinta, muy pasional, que gusta fuera quizás porque ellos son más fríos», dice Vegue.
Curiosamente, el diario brasileño Folha de S. Paulo ha comprado las imágenes de XY XX con las pinturas de Caravaggio y, mira por dónde, con la estética de las pelis pornos de la televisión de los 80.
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El trabajo íntimo de Alberto Lizaralde, 35 años, va por otros derroteros.«Everything will be ok es la crónica mágica de un proceso de cambio que nace de una crisis personal, de un colapso emocional, de la caída al agujero en el que todos hemos entrado o entraremos en algún momento. Pero también es la historia que desemboca en lo positivo, la sanación, en el saber que al final, pase lo que pase, merece la pena vivir, brindar y rodearte de gente que siente como tú». Así define Alberto el fotolibro que acaba de presentar en Madrid, de la mano de Cristina de Middel y Horacio Fernández.
Durante cuatro años, de 2009 a2013, trabajó en este proyecto personal, que ha plasmado en un libro autoeditado.«No he preparado ninguna fotografía. Todas las situaciones están retratadas tal y como me las he encontrado. Siempre llevaba mi cámara encima y tomaba fotografías de lo que se cruzaba. No me paraba mucho a reflexionar sobre lo que fotografiaba, para mí era un proceso un tanto irracional. Solo cuando me sentaba a editar las fotos reflexionaba sobre las imágenes y lo que quería contar», explica Lizaralde.
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Publicitario desde hace 10 años, este fotógrafo trabajó un tiempo como crítico de cine, lo cual explica su mirada compleja y al mismo tiempo refinada. Él habla con sorna e ironía de su formación autodidacta. «Sinceramente no sé cuáles son mis referencias. He comido tanta mierda audiovisual en mi vida que mi cerebro es algo cercano a un estercolero. Desde infames y maravillosas series de televisión como Búscate la vida, hasta toda la filmografía de Hitchcock o Kubrick. El cine siempre me ha apasionado. Supongo que de ahí puede venir la necesidad de usar un libro como secuenciación y ordenación temporal de las imágenes», indica.
Como todo fotolibro que se respete, Everythingwill be ok también pasó por un largo proceso de edición y reedición. «Llevaba con una maqueta bajo el brazo ya muchísimo tiempo. Me puse a llamar a las puertas de las editoriales más interesantes para mí, pero pocas siquiera respondieron. Dos llegaron a interesarse activamente. Mantuve conversaciones con ellas durante meses hasta que un día recibí un mail en el que lamentaban decírmelo pero que… bla, bla, bla…, que no le podrían dedicar el tiempo y el esfuerzo necesario. La típica excusa: ‘No es por ti, es por mí’. Sentía que había perdido muchos meses en este proceso».
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«Me sinceré con mi amiga Cristina De Middel y ella me dijo que este libro tenía que publicarse, que no podía quedarse en un cajón. Me prometió que me ayudaría a autopublicarlo. Así que unimos nuestras fuerzas en un formato poco común, una ‘coautopublicación’. Ella no ha alterado una sola foto de mi maqueta. Únicamente hizo algunas sugerencias muy acertadas sobre la portada», cuenta Alberto. «Tras el bajón de las puertas cerradas de las editoriales, ahora pienso que es lo mejor que me podía haber pasado. Esta experiencia con Cristina está siendo maravillosa. Autoeditar supone hacer lo que quieres cuando quieres. Aunque, lógicamente, el esfuerzo es infinitamente mayor: tú te lo guisas y tú te lo comes. Todo», agrega.
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El resurgimiento del fotolibro en la era digital, lejos de ser una moda, parece responder a una necesidad interior en esta época convulsionada por el exceso de estímulos y de información. Alberto Lizaralde, que va a distribuir su libro a través de la plataforma www.thisbookistrue.com, reconoce que no espera absolutamente nada de esta «coautopublicación». «Mi único objetivo era hacerlo. Era como una necesidad vital. Costara lo que costara, tenía que existir. Y por una razón muy sencilla: creo que es bueno compartir las cosas con la gente, porque hay muchas personas deseando que hables con ellas. El libro trata sobre una caída a un agujero negro emocional en el que todos hemos estado en algún momento. Pero acaba por todo lo alto, en una catarsis, en lo positivo. Pienso que hay mucha gente que se merece un libro que cuente algo así. Vale ya de chunguerismos», concluye Lizaralde.
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Un fotógrafo italiano que vive en Madrid elige una editorial en Londres para editar su segundo fotolibro y lo presenta en Ámsterdam, en la feria de libros Unseen.
Un fotógrafo manchego se decanta por una distribuidora online especializada en libros de fotografía, que acaba de lanzarse al mundo editorial, y lo presenta en el Festival Rencontres d’Arles, en Francia.
Un fotógrafo madrileño, después de darle muchas vueltas, se lanza a la autoedición de la mano de Cristina de Middel, la fotógrafa española con más tirón en Europa, que le exhorta a sacar su obra como sea.
Porque se trata precisamente de eso: publicar, cada uno a su manera. Tres modelos, tres opciones, tres publicaciones que acaban de salir en el mercado europeo de fotolibros.
Italia o Italia es el libro de Federico Clavarino, que acaba de cumplir 30 años. «He elegido Akina porque es una editorial independiente que me ha permitido tener más control sobre mi trabajo y porque confío mucho en ellos», explica Federico, natural de Turín. «En mi caso, la autoedición era inviable, primero porque es un libro caro y segundo, porque habría sido difícil distribuirlo. A posteriori, estoy muy feliz de mi elección porque Valentina y Alex, la pareja de italianos que fundó la editorial en Londres, han aportado mucho a la edición y al diseño del libro», añade.
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En su libro, Clavarino plasma en imágenes una Italia casi desconocida, un país del que se fue hace muchos años y que siempre le produjo sentimientos encontrados. «En mi anterior libro, Ukraina Pasport, había documentado Ucrania, un país en el que tuve problemas a la hora de comunicarme por causa del idioma y donde mi experiencia del lugar estaba basada en algún viaje, en los relatos de la gente que me encontraba y en lo que había estudiado», explica el fotógrafo.
«¿Por qué entonces no trabajar en Italia, donde todo iba a ser más simple? La idea me estimulaba bastante. Antes de este trabajo había viajado poco por mi país. Estaba lleno de prejuicios, en parte por los motivos que me impulsaron a marcharme, en parte por las noticias que me llegaban y que servían para justificar mi elección», revela Clavarino.
Lo que se encontró en su país natal superó todas sus expectativas. Sin querer entrar a analizar demasiado en detalle la realidad política del país transalpino, Clavarino retrata la dimensión sociopolítica desde una perspectiva diferente, a partir de las sensaciones que experimenta a la hora de recorrer las calles de las ciudades y los senderos de la campiña italiana. «En general, la impresión que tengo es que Italia es un país mucho más fragmentado de lo que pensaba, sumergido en una parálisis profunda. He visto personas oprimidas, aburridas, cerradas en sus pequeñas provincias, cínicas, rendidas».
«Pero también he conocido a personas de una generosidad fuera de lo común, personas muy echadas para adelante, y las he encontrado en los lugares más inesperados. He recorrido un país aplastado por el peso de sus ruinas, de sus monumentos y de centros de poder inamovibles. Y he reencontrado en el fondo de mí un amor infinito por este lugar, ligado inextricablemente al dolor, al desprecio y a la nostalgia», relata Clavarino, para quien «el libro, sin duda, es una obra sobre el territorio que está indisolublemente ligada a una experiencia autobiográfica».
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Tardó cuatro años y medio y nueve viajes en producir todas las imágenes del libro. Cuando no estaba disparando, trabajaba en otros aspectos del proceso creativo, investigando, dando forma a las ideas que nutren el proyecto o construyendo secuencias narrativas. «Para editar usé un método un poco obsesivo. Después de cada viaje, escaneaba los negativos, imprimía copias pequeñas de las fotos y las colocaba en una caja. Usé tres cajas y las fotos que me gustaban iban avanzando de caja. Creo que Friedlander usaba un sistema parecido. Las fotos que resistían a la selección pasaban a un panel metálico en mi pared. Allí las dividía por categorías», aclara Clavarino. Imprimía de forma artesanal solo las que le gustaban de verdad. Lo hacía en laboratorio a un tamaño mayor para poder trabajar en el color de forma más personal. Cada viernes, durante dos años, imprimió una o dos fotos, que luego fueron usadas para la maqueta del libro.
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El resultado son 136 páginas de imágenes que evocan a Luigi Ghirri o a Guigo Guidi, dos fotógrafos que han trabajado sobre el territorio italiano. «Pero las referencias son muchas, dentro y fuera de la fotografía: claramente Cristobal Hara, en cierto modo también Atget y Koudelka. Y luego muchos pintores, sobre todo italianos: Morandi, De Chirico, Giotto. Y también mucha literatura: La poética del espacio de Bachelard, los poemas di Cesare Pavese, sobre todo los de Trabajar cansa, Huesos de sepia de Montale, los Cuatro Cuartetos de T.S. Eliot, algunos fragmentos de Nietzsche, de Heráclito, de Marco Aurelio…», afirma Clavarino.
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El caso de XY XX, de Fosi Vegue, es totalmente diferente. Un día, Vegue descubrió «un patio de vecinos con varias habitaciones a las que prostitutas llevaban a sus clientes» y decidió retratar el trasiego que había en este peculiar edificio. «Lo curioso es que en el mismo lugar también había otras vidas, como una pareja que pasaba todo el día viendo la televisión», cuenta el fotógrafo.
Tres años pasó Fosi Vegue espiando y retratando a estos improvisados modelos, pero más que el ejercicio de un mirón, se trataba de una investigación visual a todos los efectos. Fosi Vegue estaba más interesado en las formas y las luces que emergían de las ventanas que en lo que realmente sucedía dentro de aquellos cuartos humildes y sudorosos. La razón que llevaba a aquellas personas a encerrarse durante un tiempo en un espacio privado, que no sellado, era lo de menos para este fotógrafo, que concibe su obra como un «estudio sobre el sexo como catalizador de nuestros instintos, de nuestros deseos y contradicciones».
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La producción fotográfica representó un reto porque tenía un solo ángulo posible y una única óptica, el superzoom del que tuvo que valerse para alcanzar las imágenes deseadas. En la mente iluminada de Fosi Vegue, ese desafío técnico se convierte en un lance al espectador, que es invitado a participar activamente a descifrar las imágenes del libro, completando con su imaginación lo que solo se sugiere, sin llegar a ser mostrado de forma explícita.

Fosi Vegue, 38 años, trabajó durante mucho tiempo en la edición del libro junto al diseñador Eloi Gimeno, el mismo que colaboró en Karma, de Óscar Monzón.
Vegue usa a conciencia imágenes fuertemente pixeladas como estratagema narrativo. «Tuve que convertir todas mis limitaciones en posibilidades», explica el fotógrafo, cofundador del colectivo Blank Paper y director de la escuela de Madrid que lleva el mismo nombre.
Cuando llegó a la edición definitiva, barajó editoriales como Mörell Books o RVB. Finalmente se decantó por Dalpine, una plataforma online que distribuye fotolibros de calidad por internet y que desde el año pasado ha comenzado su andadura como editorial. «Ellos estaban muy convencidos de querer sacarlo. Así que fue muy fácil», revela el fotógrafo manchego.
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«De momento, Dalpine solo tiene a tres autores, a los que pueden dedicar más tiempo. Tratan con mucho mimo a cada uno. Han respetado absolutamente las decisiones de diseño, de tamaño, de papel… He podido trabajar con absoluta libertad y eso siempre es importante a la hora de sacar tu propio libro. Además, están presentes en las mejores ferias internacionales: Arles, Unseen, Paris Photo, Fiebre», añade Vegue.
Y de hecho, siguiendo la tradición internacional de los fotógrafos españoles contemporáneos, Fosi Vegue ha lanzado el libro en Arles y ha seguido presentándolo en E.CO Santos, el festival de colectivos iberoamericanos en Brasil, y en Unseen, la feria de libros de Ámsterdam, que se ha convertido en una plataforma de referencia para autores de todo el mundo.
No es una casualidad que Federico Clavarino haya escogido precisamente esta feria para lanzar Italia o Italia. «Ha sido una ocasión excelente para conocer a otros  fotógrafos y editores italianos. Gente joven que está haciendo cosas muy interesantes, como Milo Montelli, fotógrafo y fundador de una editora llamada Skinnerboox, Alessandro Calabrese, Tommaso Parrillo (WittyKiwi) o Tommaso Tanini», afirma.
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La proyección internacional de los españoles no ha pasado desapercibida a los ojos atentos de críticos y periodistas especializados. Este verano, la prestigiosa revista British Journal of Photography ha incluido el trabajo de Fosi Vegue en un número especial dedicado a la nueva fotografía española. Es sin duda uno de los efectos inesperados de la crisis, que ha obligado a muchos fotógrafos y fotoperiodistas a explorar nuevos caminos a través de trabajos personales originales y, muchas veces, experimentales. «Los críticos internacionales tienen puestas las miradas aquí porque se está haciendo una fotografía valiente, distinta, muy pasional, que gusta fuera quizás porque ellos son más fríos», dice Vegue.
Curiosamente, el diario brasileño Folha de S. Paulo ha comprado las imágenes de XY XX con las pinturas de Caravaggio y, mira por dónde, con la estética de las pelis pornos de la televisión de los 80.
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El trabajo íntimo de Alberto Lizaralde, 35 años, va por otros derroteros.«Everything will be ok es la crónica mágica de un proceso de cambio que nace de una crisis personal, de un colapso emocional, de la caída al agujero en el que todos hemos entrado o entraremos en algún momento. Pero también es la historia que desemboca en lo positivo, la sanación, en el saber que al final, pase lo que pase, merece la pena vivir, brindar y rodearte de gente que siente como tú». Así define Alberto el fotolibro que acaba de presentar en Madrid, de la mano de Cristina de Middel y Horacio Fernández.
Durante cuatro años, de 2009 a2013, trabajó en este proyecto personal, que ha plasmado en un libro autoeditado.«No he preparado ninguna fotografía. Todas las situaciones están retratadas tal y como me las he encontrado. Siempre llevaba mi cámara encima y tomaba fotografías de lo que se cruzaba. No me paraba mucho a reflexionar sobre lo que fotografiaba, para mí era un proceso un tanto irracional. Solo cuando me sentaba a editar las fotos reflexionaba sobre las imágenes y lo que quería contar», explica Lizaralde.
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Como todo fotolibro que se respete, Everythingwill be ok también pasó por un largo proceso de edición y reedición. «Llevaba con una maqueta bajo el brazo ya muchísimo tiempo. Me puse a llamar a las puertas de las editoriales más interesantes para mí, pero pocas siquiera respondieron. Dos llegaron a interesarse activamente. Mantuve conversaciones con ellas durante meses hasta que un día recibí un mail en el que lamentaban decírmelo pero que… bla, bla, bla…, que no le podrían dedicar el tiempo y el esfuerzo necesario. La típica excusa: ‘No es por ti, es por mí’. Sentía que había perdido muchos meses en este proceso».
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El resurgimiento del fotolibro en la era digital, lejos de ser una moda, parece responder a una necesidad interior en esta época convulsionada por el exceso de estímulos y de información. Alberto Lizaralde, que va a distribuir su libro a través de la plataforma www.thisbookistrue.com, reconoce que no espera absolutamente nada de esta «coautopublicación». «Mi único objetivo era hacerlo. Era como una necesidad vital. Costara lo que costara, tenía que existir. Y por una razón muy sencilla: creo que es bueno compartir las cosas con la gente, porque hay muchas personas deseando que hables con ellas. El libro trata sobre una caída a un agujero negro emocional en el que todos hemos estado en algún momento. Pero acaba por todo lo alto, en una catarsis, en lo positivo. Pienso que hay mucha gente que se merece un libro que cuente algo así. Vale ya de chunguerismos», concluye Lizaralde.
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