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31 de mayo 2017    /   ENTRETENIMIENTO
por
fotografia  Alexander Petrosyan

Fotografías que solo podían hacerse en Rusia

31 de mayo 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por        fotografia  Alexander Petrosyan
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Quien observe los contrastes, paradojas y escenas grotescas de la obra de Alexander Petrosyan puede pensar que se halla en una suerte de teatro o de festival. Pero así es la sociedad rusa, llena de piezas que parecen no encajar del todo, de personajes dispares y escenas asombrosas. O así es, al menos, cuando es mirada a través del objetivo de un fotógrafo atento que ha entrenado un radar para detectar lo asombroso y extravagante.

Petrosyan ya era un fotógrafo profesional cuando, en el año 2000, se dio cuenta de que le interesaba más el componente creativo de la fotografía y desechó todos sus proyectos comerciales. «Me volví de nuevo un fotógrafo amateur», recuerda.

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A veces, Petrosyan muestra fotografías un tanto grotescas de la sociedad rusa. Pero no le preocupa perjudicar con eso la imagen que se tiene del país desde el exterior. Simplemente, no piensa en ello, porque su espectador principal es gente local. «Ellos, igual que yo, están inmersos en este mundo donde todo está del revés. Por eso no hace falta explicar nunca nada a los nuestros: intuitivamente se entiende todo, tanto lo que se ve desde el exterior como la parte “entre líneas». Para los espectadores de fuera de la frontera, dice, «muchas situaciones normales para nosotros pueden parecerles fantasmagoría».

Petrosyan es armenio de nacimiento, creció en la ciudad ucraniana de Lviv y ha vivido casi toda su vida en San Petersburgo. Aunque cree que podría vivir casi en cualquier otra parte, piensa firmemente que «se puede salir de Rusia, pero Rusia no puede ser arrancada de ti».

Él ha elegido Rusia como el escenario para gran parte de sus fotografías porque se trata de una sociedad «en la que todo está mal, la norma se considera insensatez y viceversa, parece tragicómica… ¡no existe el aburrimiento aquí!». Cuando ha viajado a una ciudad como Helsinki, donde todo es «cómodo, calmado y adecuado a la vida civilizada normal», se ha sentido «desamparado» con su cámara en la mano, sin una buena historia a la que agarrarse.

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Él comenzó a hacer fotografías en una época de cambios. Cambiaba el sistema político y también lo hacían las tecnologías fotográficas. «Leningrado, convirtiéndose de nuevo en Sant Petersburgo, comenzó rápidamente a perder la autenticidad preservada durante 70 años de fuerza soviética, la globalización borró rápidamente el color local inimitable», recuerda.

Su objetivo es que sus fotografías cuenten las historias por sí mismas, sin que haga falta ningún conocimiento previo de la sociedad rusa. «Mi objetivo es que mis fotos sean autosuficientes como la música, pero muy a menudo, sin pie de foto, le parecen poco entendibles o absurdas a las personas lejanas a la realidad rusa».

Para conseguir estas historias, dice, lo importante es «no ser indiferente. Cuanto más fuerte es el sentimiento, más te inspira la escena, inconscientemente, a buscar y experimentar con ella».

Mi objetivo es que mis fotos sean autosuficientes como la música

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Sus intereses abarcan un amplio espectro. Aunque abundan los relatos humanos, también tiene paisajes. Según él, «todo se resume a hacer lo que te resulte genuinamente interesante». A partir de ahí, acepta que los intereses y las preferencias de estilo van cambiando. Si hay una norma que sigue, esta es únicamente la de huir de los estereotipos para, así, poder fotografiar la diferencia.

Todo se resume a hacer lo que te resulte genuinamente interesante

Muchos le enmarcan en el estilo de «fotografía callejera». Él piensa que eso es «un fenómeno demasiado amplio como para constreñirlo en un marco rígido», ya que abarca desde los fotógrafos que se fijan en la parte formal y buscan combinaciones interesantes de formas, líneas, luz, etc. para demostrar sus habilidades hasta otros que persiguen el «drama interno del plano», esperando a que pasen cosas increíbles, «como que algo pequeño y en apariencia insignificante de pronto tenga una lectura inconmensurablemente grande, profunda y eterna». Él se considera más cerca de la segunda tendencia.

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Petrosyan, que va camino de las dos décadas realizando fotos artísticas —tiempo durante el cual ha trabajado en publicaciones reconocidas y recibido numerosos premios—, no tiene muy claro si le resulta ahora más fácil que cuando empezó encontrar escenas susceptibles de estar en sus colecciones. Por un lado, dice, «está claro que los tiempos cambian, algo merma; pero a la vez, otras cosas salen a un primer plano». Un ejemplo de los cambios que conlleva el tiempo es que gran parte de su obra puede verse también en Instagram.

Le preocupa en cierto modo la «previsibilidad» de su punto de vista, y es por ello que trata de afinar la percepción hacia «un nivel más profundo de entendimiento». Aunque sigue siendo difícil de conseguir, «moverte hacia la profundidad es lo más interesante». Cree, además, que no es posible separar al fotógrafo de la fotografía: «La persona que está haciendo la foto, si lo hace sinceramente, siempre aparece en sus fotos mostrando su actitud hacia la vida».

La persona que está haciendo la foto, si lo hace sinceramente, siempre aparece en sus fotos mostrando su actitud hacia la vida

Para él, lo más valioso de la fotografía es no poder simular con antelación cómo saldrá. «Las mejores fotos se obtienen cuando algo de repente va mal, cuando lo planeado se tuerce inesperadamente». Cuando esto ocurre, él lo considera un regalo.

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La búsqueda del contraste y la paradoja

Si algo abunda en su fotografía, son los contrastes. Suele enfrentar personajes con distinta indumentaria o situados en un entorno que a priori no les corresponde, entre otros recursos. 

Él dice que es su vaguería la que le hace tomar el camino más sencillo y más lógico. No quiere «capturar la razón implícita e indirectamente», ni siquiera perseguir «los detalles finos e indicios». Para él es más fácil, dice tajante, «hacerlo de manera bruta y directa».

Justifica esta elección echando mano de una cita de la escritora de fantasía Ursula K. Le Guin y adaptándola a su argumento: «Solo en el silencio, la palabra; solo en la oscuridad, la luz… y solo en los contrastes queda claro el reconocimiento de lo contrapuesto». Esta forma narrativa centrada en el asombro es, asegura, «un tema perpetuo»: «ying-yang, bueno-malo… Justamente los temas perpetuos son esa cosa importante por la que merece la pena hacer fotografía».

Y finaliza con otra bella metáfora, porque su discurso está lleno de colores y texturas, como su obra fotográfica: «Estos temas son las constantes inmutables, y nuestra percepción y razonamiento son realmente la alquimia que da lugar a la fotografía creativa».

Las mejores fotos se obtienen cuando lo planeado se tuerce inesperadamente

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Parece magia que se tope con tantas situaciones paradójicas, pero él asegura que, con una cierta habilidad, «empiezas a encontrarlas en todas partes». Si con tu mirada buscas lo incongruente, percibes de una forma totalmente distinta lo cotidiano.

Alexander Petrosyan se compara con pescador o un cazador. No en vano, dice, se usa el mismo verbo para cazar y hacer fotos: «disparar». Y espera, «aunque suene trillado» que su mejor foto sea una que todavía no ha tomado.

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Quien observe los contrastes, paradojas y escenas grotescas de la obra de Alexander Petrosyan puede pensar que se halla en una suerte de teatro o de festival. Pero así es la sociedad rusa, llena de piezas que parecen no encajar del todo, de personajes dispares y escenas asombrosas. O así es, al menos, cuando es mirada a través del objetivo de un fotógrafo atento que ha entrenado un radar para detectar lo asombroso y extravagante.

Petrosyan ya era un fotógrafo profesional cuando, en el año 2000, se dio cuenta de que le interesaba más el componente creativo de la fotografía y desechó todos sus proyectos comerciales. «Me volví de nuevo un fotógrafo amateur», recuerda.

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A veces, Petrosyan muestra fotografías un tanto grotescas de la sociedad rusa. Pero no le preocupa perjudicar con eso la imagen que se tiene del país desde el exterior. Simplemente, no piensa en ello, porque su espectador principal es gente local. «Ellos, igual que yo, están inmersos en este mundo donde todo está del revés. Por eso no hace falta explicar nunca nada a los nuestros: intuitivamente se entiende todo, tanto lo que se ve desde el exterior como la parte “entre líneas». Para los espectadores de fuera de la frontera, dice, «muchas situaciones normales para nosotros pueden parecerles fantasmagoría».

Petrosyan es armenio de nacimiento, creció en la ciudad ucraniana de Lviv y ha vivido casi toda su vida en San Petersburgo. Aunque cree que podría vivir casi en cualquier otra parte, piensa firmemente que «se puede salir de Rusia, pero Rusia no puede ser arrancada de ti».

Él ha elegido Rusia como el escenario para gran parte de sus fotografías porque se trata de una sociedad «en la que todo está mal, la norma se considera insensatez y viceversa, parece tragicómica… ¡no existe el aburrimiento aquí!». Cuando ha viajado a una ciudad como Helsinki, donde todo es «cómodo, calmado y adecuado a la vida civilizada normal», se ha sentido «desamparado» con su cámara en la mano, sin una buena historia a la que agarrarse.

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Él comenzó a hacer fotografías en una época de cambios. Cambiaba el sistema político y también lo hacían las tecnologías fotográficas. «Leningrado, convirtiéndose de nuevo en Sant Petersburgo, comenzó rápidamente a perder la autenticidad preservada durante 70 años de fuerza soviética, la globalización borró rápidamente el color local inimitable», recuerda.

Su objetivo es que sus fotografías cuenten las historias por sí mismas, sin que haga falta ningún conocimiento previo de la sociedad rusa. «Mi objetivo es que mis fotos sean autosuficientes como la música, pero muy a menudo, sin pie de foto, le parecen poco entendibles o absurdas a las personas lejanas a la realidad rusa».

Para conseguir estas historias, dice, lo importante es «no ser indiferente. Cuanto más fuerte es el sentimiento, más te inspira la escena, inconscientemente, a buscar y experimentar con ella».

Mi objetivo es que mis fotos sean autosuficientes como la música

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Sus intereses abarcan un amplio espectro. Aunque abundan los relatos humanos, también tiene paisajes. Según él, «todo se resume a hacer lo que te resulte genuinamente interesante». A partir de ahí, acepta que los intereses y las preferencias de estilo van cambiando. Si hay una norma que sigue, esta es únicamente la de huir de los estereotipos para, así, poder fotografiar la diferencia.

Todo se resume a hacer lo que te resulte genuinamente interesante

Muchos le enmarcan en el estilo de «fotografía callejera». Él piensa que eso es «un fenómeno demasiado amplio como para constreñirlo en un marco rígido», ya que abarca desde los fotógrafos que se fijan en la parte formal y buscan combinaciones interesantes de formas, líneas, luz, etc. para demostrar sus habilidades hasta otros que persiguen el «drama interno del plano», esperando a que pasen cosas increíbles, «como que algo pequeño y en apariencia insignificante de pronto tenga una lectura inconmensurablemente grande, profunda y eterna». Él se considera más cerca de la segunda tendencia.

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Petrosyan, que va camino de las dos décadas realizando fotos artísticas —tiempo durante el cual ha trabajado en publicaciones reconocidas y recibido numerosos premios—, no tiene muy claro si le resulta ahora más fácil que cuando empezó encontrar escenas susceptibles de estar en sus colecciones. Por un lado, dice, «está claro que los tiempos cambian, algo merma; pero a la vez, otras cosas salen a un primer plano». Un ejemplo de los cambios que conlleva el tiempo es que gran parte de su obra puede verse también en Instagram.

Le preocupa en cierto modo la «previsibilidad» de su punto de vista, y es por ello que trata de afinar la percepción hacia «un nivel más profundo de entendimiento». Aunque sigue siendo difícil de conseguir, «moverte hacia la profundidad es lo más interesante». Cree, además, que no es posible separar al fotógrafo de la fotografía: «La persona que está haciendo la foto, si lo hace sinceramente, siempre aparece en sus fotos mostrando su actitud hacia la vida».

La persona que está haciendo la foto, si lo hace sinceramente, siempre aparece en sus fotos mostrando su actitud hacia la vida

Para él, lo más valioso de la fotografía es no poder simular con antelación cómo saldrá. «Las mejores fotos se obtienen cuando algo de repente va mal, cuando lo planeado se tuerce inesperadamente». Cuando esto ocurre, él lo considera un regalo.

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La búsqueda del contraste y la paradoja

Si algo abunda en su fotografía, son los contrastes. Suele enfrentar personajes con distinta indumentaria o situados en un entorno que a priori no les corresponde, entre otros recursos. 

Él dice que es su vaguería la que le hace tomar el camino más sencillo y más lógico. No quiere «capturar la razón implícita e indirectamente», ni siquiera perseguir «los detalles finos e indicios». Para él es más fácil, dice tajante, «hacerlo de manera bruta y directa».

Justifica esta elección echando mano de una cita de la escritora de fantasía Ursula K. Le Guin y adaptándola a su argumento: «Solo en el silencio, la palabra; solo en la oscuridad, la luz… y solo en los contrastes queda claro el reconocimiento de lo contrapuesto». Esta forma narrativa centrada en el asombro es, asegura, «un tema perpetuo»: «ying-yang, bueno-malo… Justamente los temas perpetuos son esa cosa importante por la que merece la pena hacer fotografía».

Y finaliza con otra bella metáfora, porque su discurso está lleno de colores y texturas, como su obra fotográfica: «Estos temas son las constantes inmutables, y nuestra percepción y razonamiento son realmente la alquimia que da lugar a la fotografía creativa».

Las mejores fotos se obtienen cuando lo planeado se tuerce inesperadamente

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Parece magia que se tope con tantas situaciones paradójicas, pero él asegura que, con una cierta habilidad, «empiezas a encontrarlas en todas partes». Si con tu mirada buscas lo incongruente, percibes de una forma totalmente distinta lo cotidiano.

Alexander Petrosyan se compara con pescador o un cazador. No en vano, dice, se usa el mismo verbo para cazar y hacer fotos: «disparar». Y espera, «aunque suene trillado» que su mejor foto sea una que todavía no ha tomado.

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Opiniones 13
  • Cuando William Klein volvió a finales de los 50 a su casa de Nueva York, se percató de lo mismo que este fotógrafo, es lo que tiene los excesos del consumismo humano.

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