27 de octubre 2022    /   CREATIVIDAD
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Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

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El mundo gira cada vez más deprisa. Y no, no es una metáfora: los pasados 26 y 29 de julio de 2022 quedaron grabados en el calendario como dos fechas en las que se superó el récord de velocidad de nuestro planeta. La Tierra tardó 1,59 milisegundos menos en completar el movimiento de rotación sobre su propio eje. Y aunque su causa no se conozca con certeza, podría tener implicaciones a nivel global en nuestra manera de medir el tiempo.

Lo que sí sabemos a ciencia cierta es que, gracias a internet y la revolución tecnológica, la información también viaja cada vez más rápido. Un correo electrónico da la vuelta al mundo en cuestión de segundos, sin importar dónde se encuentren sus destinatarios.

Y ocurre lo mismo con la información: para bien o para mal, vivimos en una sociedad globalizada que comparte intereses económicos, culturales y políticos. Una sociedad cada vez más concienciada de que, como decía el visionario Richard Buckminster Fuller, «no vamos a ser capaces de pilotar nuestra nave espacial Tierra durante mucho tiempo más, a no ser que entendamos que es una única nave, y que nuestro destino es común. Tenemos que ser todos o no seremos ninguno».

Parte de ese manual de instrucciones metafórico que nos indica cómo navegar la única nave que compartimos es entender que el futuro será sostenible o nunca tendrá lugar.

La arquitectura lleva años tomando nota. Muestra de ello son los últimos galardonados del premio Pritzker, unos de los más prestigiosos de la disciplina. Esta condecoración reconoce el trabajo que ciertos arquitectos están desempeñando en su labor profesional para, quizás, marcar el camino al resto de sus compañeros. Diseñadores comprometidos con la labor social y transformadora que tiene la arquitectura dentro de la sociedad. Porque sí, el premio es individual y en ocasiones sirve para reconocer la trayectoria de un individuo. Pero últimamente parece que el jurado quiere sensibilizar a todo el colectivo de que las cosas no se estaban haciendo demasiado bien.

En 2021 los premiados fueron Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal. Una pareja que ya llevaba años demostrando que se podía hacer mucho con muy poco. Sus proyectos van desde la ampliación de una vivienda que replica los invernaderos de la zona, aumentando el espacio habitable y reduciendo su coste energético, hasta una casa sobre un acantilado que permite a los árboles atravesar sus forjados para que ninguno de ellos fuera talado.

Tras el premio Pritzker a los franceses, el elegido para continuar con esta filosofía de sostenibilidad fue Francis Kéré, un ciudadano de Burkina Faso que se hizo arquitecto para mejorar las escuelas de su país. Cuando todavía era un niño, se trasladó a Berlín para formarse como carpintero mientras terminaba el instituto.

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Diez años más tarde, consiguió una beca para estudiar arquitectura, logrando el título en 2004 a la edad de 39 años. Obtener el título no fue un impedimento para lograr su principal objetivo, y tres años antes de recibirlo ya se había puesto manos a la obra. Kéré, convencido de que la arquitectura es una herramienta capaz de mejorar el futuro de toda una sociedad, levantó su primer edificio con ayuda de los ciudadanos: un colegio. 

En aquel proyecto se acordó de la escuela que lo vio crecer, un edificio de hormigón, oscuro y con graves problemas de ventilación. Y quiso solucionar aquellos inconvenientes con un instrumento muy potente: el sentido común. Porque, aunque oficialmente todavía no fuese arquitecto, por su cabeza ya revoloteaban ideas que, con muy poco, mejorarían la manera en la que se estaba construyendo en su país.

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Por cada obstáculo, él ofrecía una solución. Como la de levantar la cubierta para que se refrescasen sus espacios interiores y el calor no quedase dentro acumulado. O la de prolongar los aleros más allá del edificio para reducir el soleamiento en sus fachadas. O la de incluir vegetación para rebajar las altas temperaturas. Propuestas que habían sido pensadas para resolver las principales carencias de muchas edificaciones sin aumentar el presupuesto de obra.

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Burkina Faso, Gando. Grundschule. Arch. Francis Kere.
Primary school.
Foto: Erik-Jan Ouwerkerk

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Se olvidó y acotó todo aquello que sobraba, ya fueran alardes estructurales o formales, para centrarse en las personas que iban a habitar dichos espacios. En un lugar con tanta escasez de medios y limitaciones económicas, la manera de enfocar la arquitectura también es diferente. Su trabajo utiliza materiales del lugar y se apoya en la propia comunidad que después habitará sus edificios.

Esta forma de pensar une al arquitecto con sus usuarios, conociendo de primera mano la problemática de cada emplazamiento. Una de sus máximas es la de utilizar técnicas tradicionales y su innovación tiene más que ver con manejar la lógica constructiva que con emplear una tecnología cara e inaccesible.

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Vivimos en un planeta asolado por las crisis económicas, sanitarias y conflictos bélicos, y a estas alturas es de agradecer que se premie una arquitectura preocupada por ayudar y mejorar las condiciones habitables de quien, en ocasiones, no puede pagar sus servicios.

Parece mentira que ciertos arquitectos tengan que recordarnos que el uso que se hace del dinero en arquitectura es tan importante como el contexto o la apariencia que tiene el edificio. A través de sus ideas, han demostrado que con muy poco es posible mejorar las ciudades donde vivimos; y que la sostenibilidad no es más que un equilibrio entre la economía, el medioambiente y las personas que lo habitamos.

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El mundo gira cada vez más deprisa. Y no, no es una metáfora: los pasados 26 y 29 de julio de 2022 quedaron grabados en el calendario como dos fechas en las que se superó el récord de velocidad de nuestro planeta. La Tierra tardó 1,59 milisegundos menos en completar el movimiento de rotación sobre su propio eje. Y aunque su causa no se conozca con certeza, podría tener implicaciones a nivel global en nuestra manera de medir el tiempo.

Lo que sí sabemos a ciencia cierta es que, gracias a internet y la revolución tecnológica, la información también viaja cada vez más rápido. Un correo electrónico da la vuelta al mundo en cuestión de segundos, sin importar dónde se encuentren sus destinatarios.

Y ocurre lo mismo con la información: para bien o para mal, vivimos en una sociedad globalizada que comparte intereses económicos, culturales y políticos. Una sociedad cada vez más concienciada de que, como decía el visionario Richard Buckminster Fuller, «no vamos a ser capaces de pilotar nuestra nave espacial Tierra durante mucho tiempo más, a no ser que entendamos que es una única nave, y que nuestro destino es común. Tenemos que ser todos o no seremos ninguno».

Parte de ese manual de instrucciones metafórico que nos indica cómo navegar la única nave que compartimos es entender que el futuro será sostenible o nunca tendrá lugar.

La arquitectura lleva años tomando nota. Muestra de ello son los últimos galardonados del premio Pritzker, unos de los más prestigiosos de la disciplina. Esta condecoración reconoce el trabajo que ciertos arquitectos están desempeñando en su labor profesional para, quizás, marcar el camino al resto de sus compañeros. Diseñadores comprometidos con la labor social y transformadora que tiene la arquitectura dentro de la sociedad. Porque sí, el premio es individual y en ocasiones sirve para reconocer la trayectoria de un individuo. Pero últimamente parece que el jurado quiere sensibilizar a todo el colectivo de que las cosas no se estaban haciendo demasiado bien.

En 2021 los premiados fueron Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal. Una pareja que ya llevaba años demostrando que se podía hacer mucho con muy poco. Sus proyectos van desde la ampliación de una vivienda que replica los invernaderos de la zona, aumentando el espacio habitable y reduciendo su coste energético, hasta una casa sobre un acantilado que permite a los árboles atravesar sus forjados para que ninguno de ellos fuera talado.

Tras el premio Pritzker a los franceses, el elegido para continuar con esta filosofía de sostenibilidad fue Francis Kéré, un ciudadano de Burkina Faso que se hizo arquitecto para mejorar las escuelas de su país. Cuando todavía era un niño, se trasladó a Berlín para formarse como carpintero mientras terminaba el instituto.

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Diez años más tarde, consiguió una beca para estudiar arquitectura, logrando el título en 2004 a la edad de 39 años. Obtener el título no fue un impedimento para lograr su principal objetivo, y tres años antes de recibirlo ya se había puesto manos a la obra. Kéré, convencido de que la arquitectura es una herramienta capaz de mejorar el futuro de toda una sociedad, levantó su primer edificio con ayuda de los ciudadanos: un colegio. 

En aquel proyecto se acordó de la escuela que lo vio crecer, un edificio de hormigón, oscuro y con graves problemas de ventilación. Y quiso solucionar aquellos inconvenientes con un instrumento muy potente: el sentido común. Porque, aunque oficialmente todavía no fuese arquitecto, por su cabeza ya revoloteaban ideas que, con muy poco, mejorarían la manera en la que se estaba construyendo en su país.

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Por cada obstáculo, él ofrecía una solución. Como la de levantar la cubierta para que se refrescasen sus espacios interiores y el calor no quedase dentro acumulado. O la de prolongar los aleros más allá del edificio para reducir el soleamiento en sus fachadas. O la de incluir vegetación para rebajar las altas temperaturas. Propuestas que habían sido pensadas para resolver las principales carencias de muchas edificaciones sin aumentar el presupuesto de obra.

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Burkina Faso, Gando. Grundschule. Arch. Francis Kere.
Primary school.
Foto: Erik-Jan Ouwerkerk

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Se olvidó y acotó todo aquello que sobraba, ya fueran alardes estructurales o formales, para centrarse en las personas que iban a habitar dichos espacios. En un lugar con tanta escasez de medios y limitaciones económicas, la manera de enfocar la arquitectura también es diferente. Su trabajo utiliza materiales del lugar y se apoya en la propia comunidad que después habitará sus edificios.

Esta forma de pensar une al arquitecto con sus usuarios, conociendo de primera mano la problemática de cada emplazamiento. Una de sus máximas es la de utilizar técnicas tradicionales y su innovación tiene más que ver con manejar la lógica constructiva que con emplear una tecnología cara e inaccesible.

Francis Kéré: el arquitecto y la escuela

Vivimos en un planeta asolado por las crisis económicas, sanitarias y conflictos bélicos, y a estas alturas es de agradecer que se premie una arquitectura preocupada por ayudar y mejorar las condiciones habitables de quien, en ocasiones, no puede pagar sus servicios.

Parece mentira que ciertos arquitectos tengan que recordarnos que el uso que se hace del dinero en arquitectura es tan importante como el contexto o la apariencia que tiene el edificio. A través de sus ideas, han demostrado que con muy poco es posible mejorar las ciudades donde vivimos; y que la sostenibilidad no es más que un equilibrio entre la economía, el medioambiente y las personas que lo habitamos.

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