15 abril, 2019    /   IDEAS
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Francisco Muñoz Guerrero: «El verdadero banco de pruebas de la lengua está en la calle»

15 abril, 2019    /   IDEAS     por
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Para curar cualquier enfermedad, antes conviene diagnosticarla perfectamente. Un buen Vademecum se convierte en la herramienta fundamental de todo médico que se enfrenta a la enfermedad y busca una cura.

La lengua sufre también enfermedades e infecciones que no siempre son fáciles de sanar: mayusculitis, xenofonismo, pleonasmosis, inclusivitis, archisilabia, filocomodina… Urge un doctor House que dé con el diagnóstico adecuado para poder aplicar el tratamiento sanador. Afortunadamente, tenemos a ese hombre.

Francisco Muñoz Guerrero, escritor, lingüista, corrector y miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) ejerce como un House lingüístico, con la misma socarronería e ironía que el popular galeno de la ficción, en ¡Eso no se dice! (Pie de Página, 2019).

Francisco Muñoz Guerrero publica '¡Eso no se dice!'

Artículo relacionado

En su libro, Muñoz Guerrero describe con gran sentido del humor los muchos pecados que cometemos los hablantes a diario con respecto a nuestra lengua. Muchas de esas desviaciones de la norma culta en las que caemos con frecuencia son, en realidad, la consecuencia de la evolución de un idioma.

«Al lenguaje le gusta renovarse, crear nuevas entidades y modificar los espacios que constituyen la expresión hablada y escrita que se robustecen con la savia de palabras vivas que nos ayudan a comunicarnos con mayor propiedad», escribe en el prefacio.

Pero también nos advierte: «Los hablantes nos aferramos con frecuencia a determinadas modas que poco o nada aportan al buen uso del lenguaje, modas que las más de las veces languidecen por sí solas tras pasar por el filtro del tiempo».

Siempre nos recuerdas que los hablantes somos los dueños del idioma (y estoy de acuerdo), pero los que más sabéis de esto nos echáis unas broncas tremendas, aunque desde el cariño, por el mal uso que hacemos de él a veces. ¿No es contradictorio?

Los hablantes somos, en efecto, los dueños del idioma porque este no se hace en un laboratorio, sino en la calle y en los buenos libros, pero su uso nos afecta a todos, no a unos pocos. Si esos pocos, que por lo general son los que tienen mayor capacidad de difusión, no lo emplean adecuadamente, están haciéndole un flaco favor al lenguaje. Cuidarlo es labor de todos.

Sin esos errores que cometemos al hablar y escribir, ¿hubiera evolucionado nuestra lengua como lo ha hecho? Quiero decir, ¿son necesarios esos errores para hacerla crecer?

El lenguaje no es un ente estático, sino vivo y dinámico, muy dinámico, y con una gran capacidad de absorción de todo aquello que pueda servirle para evolucionar. Como tal ser vivo necesita alimentarse, y su comida son palabras y expresiones, muchas de las cuales mudan de significado o grafía con el tiempo. El guay de Jorge Manrique que aparece en las Coplas a la muerte de su padre y el guay que hoy usamos solo se parecen en la escritura. Sus significados son diametralmente opuestos. Uno es un lamento; el otro, una expresión coloquial de contento. ¿Errores? No, evolución.

La lista de linguopatías (así llama Muñoz Guerrero a estas enfermedades que padecemos quienes hablamos fuera de la norma culta) parece inagotable. Unas son viejas; otras, acaban de llegar. La inclusivitis es una de ellas. Se da principalmente, advierte el académico de la ANLE, «en el entorno político, y en otros sectores», pero ya está alcanzando a otros campos como el de la comunicación.

«Llamaré a las cosas por su nombre, sin tapujos, sin rodeos, diré el sueño y la soltura, aun a riesgo de que alguien pueda considerar que este capítulo –o puede que más– es contrario a la pretensión de dar visibilidad a la mujer porque se muestra refractario a lo que llaman “ser inclusivos”», declara solemnemente al inicio del capítulo que dedica al lenguaje inclusivo.

Te metes en un jardín peligroso, le prevengo. Ese desdoblamiento soporífero de géneros para dar relevancia en el discurso a lo femenino (compañeros y compañeras, etc.) a mí también me resulta insoportable e innecesario. Pero ¿qué crees que acabará triunfando: la norma o lo políticamente correcto?

Según están las cosas mucho me temo que acabaremos hablando el doble para decir lo mismo que podría decirse con la mitad de palabras. Ese desdoblamiento es contrario a la economía de lenguaje propia de todas las lenguas. La incorrección nace de confundir el género, que es una categoría gramatical, con el sexo, que es una condición orgánica de los animales y las pantas.

Es cierto que hay casos, muchos, en los que es necesario diferenciar lo masculino de lo femenino para evitar ambigüedades. En eso estamos todos de acuerdo, pero doblar por doblar no conduce a nada.

Quede claro que estoy hablando de lenguaje, no sea que se le quiera sacar punta a mis palabras. Me declaro pública y abiertamente defensor del feminismo, sin tapujos ni reservas, y lo que es más importante, lo ejerzo, pero cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Permite que me meta, a raíz de la pregunta anterior, en algo un poco más social. Si hay colectivos que invitan a usar la -e como marca de género neutro (nosotres, elles…) porque no se sienten representados ni incluidos en el masculino como género neutro, ¿cómo debe responder un idioma ante esto?

El lenguaje tiene sus propios mecanismos para poner cada cosa en su sitio. En mi opinión esa propuesta no parece que vaya a tener mucho recorrido. Y si lo tiene, habrá que aceptarla. El tiempo lo dirá.

Francisco Muñoz Guerrero publica '¡Eso no se dice!'
Foto: Juan Gómez Macías

Salgamos del jardín. Diagnosticada la inclusivitis, otra linguopatía ataca el organismo del español: el xenofonismo: «Se aplica al síndrome que se manifiesta por una marcada e innecesaria tendencia al empleo de locuciones y términos de otras lenguas en detrimento de sus respectivos equivalentes en español». Así la define el doctor Muñoz Guerrero. Ese gusto exagerado por emplear términos principalmente tomados del inglés para definir realidades que tienen traducción en la lengua de Cervantes. Lo que el lingüista llama «hablar en extranjero».

Un hablante medio podría volverse loco con este tema y entender que le llegan dos mensajes contradictorios. El uso de extranjerismos no es nuevo, ni tampoco la enfermedad que provoca. De hecho, su uso ha ayudado desde siempre al enriquecimiento del español para nombrar realidades que no existían en él. Sin embargo, desde otro punto de vista, el uso abusivo de esos términos extranjeros puede acabar empobreciendo el idioma. Ambos puntos de vista parecen obvios.

Sin embargo, los hablantes hemos optado en muchas ocasiones por quedarnos con muchas expresiones foráneas, aun teniendo traducción en español. Es el caso de community manager, que la Fundéu recomienda sustituir por gestor de redes o comunidades, entre otros muchos ejemplos.

¿Por qué nos empeñamos en el inglés y no en el español?

Es un hecho que todas las lenguas han ido creciendo gracias a la incorporación de palabras y expresiones, debidamente adaptadas, procedentes de otras. Negarlo sería una estupidez. Por ejemplo, la mayoría de las palabras del inglés, la actual lingua franca usada en muchos países, tienen raíces latinas.

Y no digamos el español, que además del latín ha bebido en las fuentes del griego, el árabe, el francés, el italiano y otras lenguas, muchas de ellas de origen americano, como canoa, la primera palabra que pasó de las lenguas amerindias al español que ahora hablamos en España y en América. Otro ejemplo, barbacoa. La mayoría ignora que es una palabra española de origen caribe y la pronuncian en inglés, barbecue. Vaya tela.

El problema de esos extranjerismos es que se recurre a ellos aun cuando hay equivalentes en español, pero queda muy bien ante la galería eso de «hablar en extranjero». Esta dolencia, esta linguopatía, es lo que se llama xenofonismo.

Sigo con extranjerismos: ¿no sería mejor adaptarlos al español como ya hicimos con fútbol en lugar de luchar contra ellos?

Por supuesto. No se trata de luchar contra los extranjerismos, sino de servirnos de ellos de manera inteligente, esto es, adaptándolos a nuestra lengua como se ha hecho siempre. Y en los casos en que esto, por sus estructuras o elementos constitutivos, no fuese posible, dejarlos tal cual y registrarlos con la marca cursiva.

El español actual es más lengua de cultura que lengua de especialidad. En este campo, el de la terminología, el inglés es el que manda. Pues bien, aceptémoslo, pero no confundamos los churros con las meninas.

Y más: De todos los extranjerismos que abundan en nuestra manera de escribir y de hablar, ¿cuáles crees tú que dejarán de usarse antes?

No me atrevo a decirlo. El nacimiento y la muerte de las palabras, sean nacionales o foráneas, corresponde al conjunto de los hablantes. Ahí no hay institución que mande. Sería bonito que hubiese un registro de palabras muertas. No en desuso ni poco usadas, sino muertas.

Cambio de tercio. Hablemos de la RAE. Me parece que está habiendo un tímido cambio en la Academia, un querer acercarse algo más al hablante medio, a la calle. Plataformas como Enclave RAE, los juegos que han tenido tanto éxito en Twitter para promocionarla, un Libro de estilo en el que se incluye un apartado sobre nuevas tecnologías… ¿Piensas lo mismo? ¿Es un buen camino?

Cualquier camino para acercarse al hablante y mamar la esencia del lenguaje siempre es bueno, eso nadie lo duda. La filología, la etimología, la dialectología o la semiología son especialidades capaces de conformar el lenguaje y estructurarlo de modo que pueda ser registrado y puesto al alcance de cualquiera.

Su trabajo se sirve de muy diversas ramas del conocimiento, porque el lenguaje es la consecuencia de elementos sociales, económicos, religiosos o históricos, entre otros, fundidos en el crisol del tiempo y adaptados a la realidad del momento.

Pero el verdadero banco de pruebas está en la calle, que es donde se depura el resultado para que adquiera la categoría de lengua. Los experimentos al margen de esta existencia real y efectiva no suelen dar buen resultado.

¿Y si desapareciera la RAE y todas las Academias? ¿Qué ocurriría con el idioma?

Yo creo en el trabajo de las Academias y considero que son muy necesarias. Su labor de guardianas del lenguaje es muy meritoria, aunque a veces pueda parecernos que avanzan muy lentamente o que adoptan ciertas decisiones que nos resultan llamativas.

Las Academias ni permiten ni prohíben que se diga esto o aquello, como se cree equivocadamente. Su tarea es dar fe de lo que se dice y registrarlo en el diccionario académico, amén de cuidar y adaptar la norma culta por medio de la ortografía y la gramática. Aunque no harían mal en revisar algunas cosas.

No concibo una lengua como la nuestra, tan rica, tan armónica, tan llena de matices, sin un estamento que vele por ella.

Para curar cualquier enfermedad, antes conviene diagnosticarla perfectamente. Un buen Vademecum se convierte en la herramienta fundamental de todo médico que se enfrenta a la enfermedad y busca una cura.

La lengua sufre también enfermedades e infecciones que no siempre son fáciles de sanar: mayusculitis, xenofonismo, pleonasmosis, inclusivitis, archisilabia, filocomodina… Urge un doctor House que dé con el diagnóstico adecuado para poder aplicar el tratamiento sanador. Afortunadamente, tenemos a ese hombre.

Francisco Muñoz Guerrero, escritor, lingüista, corrector y miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) ejerce como un House lingüístico, con la misma socarronería e ironía que el popular galeno de la ficción, en ¡Eso no se dice! (Pie de Página, 2019).

Francisco Muñoz Guerrero publica '¡Eso no se dice!'

En su libro, Muñoz Guerrero describe con gran sentido del humor los muchos pecados que cometemos los hablantes a diario con respecto a nuestra lengua. Muchas de esas desviaciones de la norma culta en las que caemos con frecuencia son, en realidad, la consecuencia de la evolución de un idioma.

«Al lenguaje le gusta renovarse, crear nuevas entidades y modificar los espacios que constituyen la expresión hablada y escrita que se robustecen con la savia de palabras vivas que nos ayudan a comunicarnos con mayor propiedad», escribe en el prefacio.

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Pero también nos advierte: «Los hablantes nos aferramos con frecuencia a determinadas modas que poco o nada aportan al buen uso del lenguaje, modas que las más de las veces languidecen por sí solas tras pasar por el filtro del tiempo».

Siempre nos recuerdas que los hablantes somos los dueños del idioma (y estoy de acuerdo), pero los que más sabéis de esto nos echáis unas broncas tremendas, aunque desde el cariño, por el mal uso que hacemos de él a veces. ¿No es contradictorio?

Los hablantes somos, en efecto, los dueños del idioma porque este no se hace en un laboratorio, sino en la calle y en los buenos libros, pero su uso nos afecta a todos, no a unos pocos. Si esos pocos, que por lo general son los que tienen mayor capacidad de difusión, no lo emplean adecuadamente, están haciéndole un flaco favor al lenguaje. Cuidarlo es labor de todos.

Sin esos errores que cometemos al hablar y escribir, ¿hubiera evolucionado nuestra lengua como lo ha hecho? Quiero decir, ¿son necesarios esos errores para hacerla crecer?

El lenguaje no es un ente estático, sino vivo y dinámico, muy dinámico, y con una gran capacidad de absorción de todo aquello que pueda servirle para evolucionar. Como tal ser vivo necesita alimentarse, y su comida son palabras y expresiones, muchas de las cuales mudan de significado o grafía con el tiempo. El guay de Jorge Manrique que aparece en las Coplas a la muerte de su padre y el guay que hoy usamos solo se parecen en la escritura. Sus significados son diametralmente opuestos. Uno es un lamento; el otro, una expresión coloquial de contento. ¿Errores? No, evolución.

La lista de linguopatías (así llama Muñoz Guerrero a estas enfermedades que padecemos quienes hablamos fuera de la norma culta) parece inagotable. Unas son viejas; otras, acaban de llegar. La inclusivitis es una de ellas. Se da principalmente, advierte el académico de la ANLE, «en el entorno político, y en otros sectores», pero ya está alcanzando a otros campos como el de la comunicación.

«Llamaré a las cosas por su nombre, sin tapujos, sin rodeos, diré el sueño y la soltura, aun a riesgo de que alguien pueda considerar que este capítulo –o puede que más– es contrario a la pretensión de dar visibilidad a la mujer porque se muestra refractario a lo que llaman “ser inclusivos”», declara solemnemente al inicio del capítulo que dedica al lenguaje inclusivo.

Te metes en un jardín peligroso, le prevengo. Ese desdoblamiento soporífero de géneros para dar relevancia en el discurso a lo femenino (compañeros y compañeras, etc.) a mí también me resulta insoportable e innecesario. Pero ¿qué crees que acabará triunfando: la norma o lo políticamente correcto?

Según están las cosas mucho me temo que acabaremos hablando el doble para decir lo mismo que podría decirse con la mitad de palabras. Ese desdoblamiento es contrario a la economía de lenguaje propia de todas las lenguas. La incorrección nace de confundir el género, que es una categoría gramatical, con el sexo, que es una condición orgánica de los animales y las pantas.

Es cierto que hay casos, muchos, en los que es necesario diferenciar lo masculino de lo femenino para evitar ambigüedades. En eso estamos todos de acuerdo, pero doblar por doblar no conduce a nada.

Quede claro que estoy hablando de lenguaje, no sea que se le quiera sacar punta a mis palabras. Me declaro pública y abiertamente defensor del feminismo, sin tapujos ni reservas, y lo que es más importante, lo ejerzo, pero cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Permite que me meta, a raíz de la pregunta anterior, en algo un poco más social. Si hay colectivos que invitan a usar la -e como marca de género neutro (nosotres, elles…) porque no se sienten representados ni incluidos en el masculino como género neutro, ¿cómo debe responder un idioma ante esto?

El lenguaje tiene sus propios mecanismos para poner cada cosa en su sitio. En mi opinión esa propuesta no parece que vaya a tener mucho recorrido. Y si lo tiene, habrá que aceptarla. El tiempo lo dirá.

Francisco Muñoz Guerrero publica '¡Eso no se dice!'
Foto: Juan Gómez Macías

Salgamos del jardín. Diagnosticada la inclusivitis, otra linguopatía ataca el organismo del español: el xenofonismo: «Se aplica al síndrome que se manifiesta por una marcada e innecesaria tendencia al empleo de locuciones y términos de otras lenguas en detrimento de sus respectivos equivalentes en español». Así la define el doctor Muñoz Guerrero. Ese gusto exagerado por emplear términos principalmente tomados del inglés para definir realidades que tienen traducción en la lengua de Cervantes. Lo que el lingüista llama «hablar en extranjero».

Un hablante medio podría volverse loco con este tema y entender que le llegan dos mensajes contradictorios. El uso de extranjerismos no es nuevo, ni tampoco la enfermedad que provoca. De hecho, su uso ha ayudado desde siempre al enriquecimiento del español para nombrar realidades que no existían en él. Sin embargo, desde otro punto de vista, el uso abusivo de esos términos extranjeros puede acabar empobreciendo el idioma. Ambos puntos de vista parecen obvios.

Sin embargo, los hablantes hemos optado en muchas ocasiones por quedarnos con muchas expresiones foráneas, aun teniendo traducción en español. Es el caso de community manager, que la Fundéu recomienda sustituir por gestor de redes o comunidades, entre otros muchos ejemplos.

¿Por qué nos empeñamos en el inglés y no en el español?

Es un hecho que todas las lenguas han ido creciendo gracias a la incorporación de palabras y expresiones, debidamente adaptadas, procedentes de otras. Negarlo sería una estupidez. Por ejemplo, la mayoría de las palabras del inglés, la actual lingua franca usada en muchos países, tienen raíces latinas.

Y no digamos el español, que además del latín ha bebido en las fuentes del griego, el árabe, el francés, el italiano y otras lenguas, muchas de ellas de origen americano, como canoa, la primera palabra que pasó de las lenguas amerindias al español que ahora hablamos en España y en América. Otro ejemplo, barbacoa. La mayoría ignora que es una palabra española de origen caribe y la pronuncian en inglés, barbecue. Vaya tela.

El problema de esos extranjerismos es que se recurre a ellos aun cuando hay equivalentes en español, pero queda muy bien ante la galería eso de «hablar en extranjero». Esta dolencia, esta linguopatía, es lo que se llama xenofonismo.

Sigo con extranjerismos: ¿no sería mejor adaptarlos al español como ya hicimos con fútbol en lugar de luchar contra ellos?

Por supuesto. No se trata de luchar contra los extranjerismos, sino de servirnos de ellos de manera inteligente, esto es, adaptándolos a nuestra lengua como se ha hecho siempre. Y en los casos en que esto, por sus estructuras o elementos constitutivos, no fuese posible, dejarlos tal cual y registrarlos con la marca cursiva.

El español actual es más lengua de cultura que lengua de especialidad. En este campo, el de la terminología, el inglés es el que manda. Pues bien, aceptémoslo, pero no confundamos los churros con las meninas.

Y más: De todos los extranjerismos que abundan en nuestra manera de escribir y de hablar, ¿cuáles crees tú que dejarán de usarse antes?

No me atrevo a decirlo. El nacimiento y la muerte de las palabras, sean nacionales o foráneas, corresponde al conjunto de los hablantes. Ahí no hay institución que mande. Sería bonito que hubiese un registro de palabras muertas. No en desuso ni poco usadas, sino muertas.

Cambio de tercio. Hablemos de la RAE. Me parece que está habiendo un tímido cambio en la Academia, un querer acercarse algo más al hablante medio, a la calle. Plataformas como Enclave RAE, los juegos que han tenido tanto éxito en Twitter para promocionarla, un Libro de estilo en el que se incluye un apartado sobre nuevas tecnologías… ¿Piensas lo mismo? ¿Es un buen camino?

Cualquier camino para acercarse al hablante y mamar la esencia del lenguaje siempre es bueno, eso nadie lo duda. La filología, la etimología, la dialectología o la semiología son especialidades capaces de conformar el lenguaje y estructurarlo de modo que pueda ser registrado y puesto al alcance de cualquiera.

Su trabajo se sirve de muy diversas ramas del conocimiento, porque el lenguaje es la consecuencia de elementos sociales, económicos, religiosos o históricos, entre otros, fundidos en el crisol del tiempo y adaptados a la realidad del momento.

Pero el verdadero banco de pruebas está en la calle, que es donde se depura el resultado para que adquiera la categoría de lengua. Los experimentos al margen de esta existencia real y efectiva no suelen dar buen resultado.

¿Y si desapareciera la RAE y todas las Academias? ¿Qué ocurriría con el idioma?

Yo creo en el trabajo de las Academias y considero que son muy necesarias. Su labor de guardianas del lenguaje es muy meritoria, aunque a veces pueda parecernos que avanzan muy lentamente o que adoptan ciertas decisiones que nos resultan llamativas.

Las Academias ni permiten ni prohíben que se diga esto o aquello, como se cree equivocadamente. Su tarea es dar fe de lo que se dice y registrarlo en el diccionario académico, amén de cuidar y adaptar la norma culta por medio de la ortografía y la gramática. Aunque no harían mal en revisar algunas cosas.

No concibo una lengua como la nuestra, tan rica, tan armónica, tan llena de matices, sin un estamento que vele por ella.

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Opiniones 2
    • Ciero, la expresión correcta es la que dices. Mi error ha sido no entrecomillar la expresión de Muñoz Guerrero, puesto que es un error intencionado y buscando la risa del lector. Ya está corregido. Gracias por el aviso.

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