Publicado: 19 de marzo 2016 02:21  /   ENTRETENIMIENTO
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Freak Metal: el hijo bromista del metal

Publicado: 19 de marzo 2016 02:21  /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Dicen que nació en Valencia, con un biberón de vino tibio y un pañal de skay. Se lo encontraron los Gigatron con una nota: «soy el hijo del metal». Creció rezando a la Virgen de las Tachuelas, y eso que las religiones no eran lo suyo, si acaso le llamaba la atención Odín. Es un anacronismo, aunque tampoco muy lejano: nació en los 90 e inspirado por su padre adoptó el estilo de los 80.

Cuando empezó a crecerle el pelo, nunca más quiso cortarlo. Compró una chupa de cuero y salió por España a hacer amigos, luciendo melena y pidiendo que le grabasen el de Slayer. Reutilizó los parches de Kiss de su padre, aunque se negó a cantar canciones de Parchís. Su voz deja mucho que desear, pero le da igual. Es el hijo bromista del metal.

Con los años fue adoptando otras personalidades y otros nombres y su estilo fue abriendo otros frentes, a veces más cerca del rock que del metal pero con la misma finalidad: hacer reír. Se dejaba tocar por cualquiera: El Reno Renardo, Nanowar, Mamá Ladilla, Hamburguesa Vegetal

Empezó a viajar por el mundo y descubrió a sus hermanos: Tenacious D, Mr. Bungle, Babymetal. Y luego está su personaje estrella: Rafa Corega, que no es ni más ni menos que Faemino, del mítico dúo Faemino y Cansado. Cada vez eran más, pero él seguía siendo Freak Metal y hacía reír allá donde iba con sus greñas.

Se apropió de canciones ajenas con las que nadie antes pudo reír. Du Hast, de Rammstein, la convirtió en Tu hamster y se lo dijo a la cara: «Tu hamster huele mal, tiene aspecto fecal y no da vueltas en la rueda». Nadie pudo decirle nada porque no hubo fan de Rammstein que entendise la letra y no se rindiese a sus pies.

Odio a las ballenas, de Rafa Corega, se convirtió en himno freak por excelencia que encandiló hasta a defensores de los animales con ganas de reír. Ahora, Corega acaba de publicar Quiero ser un hipster un tema que suena a Rosendo y que espera convertir en la canción del invierno, según dijo en su perfil de Facebook. Porque sí, Rafa Corega tiene su propio perfil de Facebook y página web con una biografía imaginaria y bastante creíble.

Con Chanquete ha muerto, los Mamá Ladilla consiguieron arrancar carcajadas a todos aquellos que crecieron con el entrañable personaje cuya muerte marcó a varias generaciones. Aunque lo suyo es más punk, comparten público con Gigatron y todos los demás. Otro de sus temas míticos es Cunnilingus post mortem, que no es lo que parece, sino un compendio de frases latinas que mantiene el castellano, enumeradas sin ningún sentido pero de una forma muy pegadiza.

Su voz no ha mejorado y la pubertad no hizo mucho por cambiarla. El hijo bromista del metal sigue cantando igual de mal, creando letras cutres y luciendo las mismas greñas y una chupa desarrapada. Pero después de un cuarto de siglo sigue deleitando a los incondicionales del humor absurdo y tocando tan bien que cualquiera que no comparta su idioma podría pensar que la cosa va en serio. Todavía le cuesta distinguir algunas palabras parecidas, y no porque no pueda hacerlo, sino porque no le da la gana y hasta le parece gracioso. Si le preguntan cuándo asentará la cabeza, deja el kalimotxo sobre la mesa, se tumba apoyando la cabeza sobre un taburete y dice: «ya está».

Dicen que nació en Valencia, con un biberón de vino tibio y un pañal de skay. Se lo encontraron los Gigatron con una nota: «soy el hijo del metal». Creció rezando a la Virgen de las Tachuelas, y eso que las religiones no eran lo suyo, si acaso le llamaba la atención Odín. Es un anacronismo, aunque tampoco muy lejano: nació en los 90 e inspirado por su padre adoptó el estilo de los 80.

Cuando empezó a crecerle el pelo, nunca más quiso cortarlo. Compró una chupa de cuero y salió por España a hacer amigos, luciendo melena y pidiendo que le grabasen el de Slayer. Reutilizó los parches de Kiss de su padre, aunque se negó a cantar canciones de Parchís. Su voz deja mucho que desear, pero le da igual. Es el hijo bromista del metal.

Con los años fue adoptando otras personalidades y otros nombres y su estilo fue abriendo otros frentes, a veces más cerca del rock que del metal pero con la misma finalidad: hacer reír. Se dejaba tocar por cualquiera: El Reno Renardo, Nanowar, Mamá Ladilla, Hamburguesa Vegetal

Empezó a viajar por el mundo y descubrió a sus hermanos: Tenacious D, Mr. Bungle, Babymetal. Y luego está su personaje estrella: Rafa Corega, que no es ni más ni menos que Faemino, del mítico dúo Faemino y Cansado. Cada vez eran más, pero él seguía siendo Freak Metal y hacía reír allá donde iba con sus greñas.

Se apropió de canciones ajenas con las que nadie antes pudo reír. Du Hast, de Rammstein, la convirtió en Tu hamster y se lo dijo a la cara: «Tu hamster huele mal, tiene aspecto fecal y no da vueltas en la rueda». Nadie pudo decirle nada porque no hubo fan de Rammstein que entendise la letra y no se rindiese a sus pies.

Odio a las ballenas, de Rafa Corega, se convirtió en himno freak por excelencia que encandiló hasta a defensores de los animales con ganas de reír. Ahora, Corega acaba de publicar Quiero ser un hipster un tema que suena a Rosendo y que espera convertir en la canción del invierno, según dijo en su perfil de Facebook. Porque sí, Rafa Corega tiene su propio perfil de Facebook y página web con una biografía imaginaria y bastante creíble.

Con Chanquete ha muerto, los Mamá Ladilla consiguieron arrancar carcajadas a todos aquellos que crecieron con el entrañable personaje cuya muerte marcó a varias generaciones. Aunque lo suyo es más punk, comparten público con Gigatron y todos los demás. Otro de sus temas míticos es Cunnilingus post mortem, que no es lo que parece, sino un compendio de frases latinas que mantiene el castellano, enumeradas sin ningún sentido pero de una forma muy pegadiza.

Su voz no ha mejorado y la pubertad no hizo mucho por cambiarla. El hijo bromista del metal sigue cantando igual de mal, creando letras cutres y luciendo las mismas greñas y una chupa desarrapada. Pero después de un cuarto de siglo sigue deleitando a los incondicionales del humor absurdo y tocando tan bien que cualquiera que no comparta su idioma podría pensar que la cosa va en serio. Todavía le cuesta distinguir algunas palabras parecidas, y no porque no pueda hacerlo, sino porque no le da la gana y hasta le parece gracioso. Si le preguntan cuándo asentará la cabeza, deja el kalimotxo sobre la mesa, se tumba apoyando la cabeza sobre un taburete y dice: «ya está».

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