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3 de marzo 2015    /   IDEAS
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El hombre que construyó un ordenador en su casa para cambiar el mundo

3 de marzo 2015    /   IDEAS     por          
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Como Fred Moore no tenía dinero para comprarse un ordenador, en 1975 decidió crear un club de aficionados para que le ayudaran a fabricarlo. Así nació el Club del Ordenador Hecho en Casa (Homebrew Computer Club), cuya filosofía fue fabricar máquinas asombrosas, vender sus creaciones (hardware) y compartir su propiedad intelectual (software).
El propósito final era, sin embargo, cambiar el mundo y permitir que la ciudadanía tomara las riendas de su destino. Y Moore no estaba solo.
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¿Ordenador personal?
Hasta entonces, los ordenadores eran máquinas frías y alejadas del ser humano, una suerte de Skynet que los gobiernos y los militares usaban para oscuros fines. Los ordenadores eran lo más alejado de la contracultura, la rebelión y el flower power.
Además, nadie era capaz de imaginarse que un ordenador pudiera ser algo personal, de uso cotidiano, capaz de instalarse en tu propio domicilio. La reacción de la gente frente a esta idea era similar a la que se experimentó ante el desarrollo del walkman: ¿quién querría ir por la calle con los oídos tapados con auriculares en los que suena una música atronadora? Ken Olsen, presidente de Digital Equipment Corporation, una empresa que fabricaba miniordenadores del tamaño de una nevera pequeña, llegó a decir en 1974: «No veo razón alguna por la que alguien podría querer su propio ordenador».
 
El gurú Brand
Sin embargo, un tipo extravagante llamado Steward Brand advirtió que las herramientas informáticas tenían un potencial no explotado por la sociedad. Brand era un biólogo de Stanford que también pertenecía al grupo de los «Alegres Bromistas» (Merry Pranksters), una troupe liderada por Ken Kesey (autor de Alguien voló sobre el nido del cuco), que gustaba de recorrer el país en una furgoneta de colores fosforescentes llamada Further («más lejos») con la que repartían LSD para expandir consciencias.
800px-Furthur_05
Brand también era productor de un colectivo artístico multimedia que se llamaba USCO, el cual, en palabras del biógrafo Walter Isaacson en su libro Los innovadores, «organizaba eventos a base de rock ácido, magia tecnológica, luces estroboscópicas, imágenes proyectadas y performances que requerían la participación del público».
Para hacerse una idea de la importancia de Brand en el movimiento contracultural californiano, hay que leer las primeras páginas de Ponche de Ácido Lisérgico, de Tom Wolfe, donde se describe a Brand de esta guisa: «un tipo delgado y rubio con un disco resplandeciente en la frente, y una corbata hecha de abalorios indios. Sin camisa, no obstante, solo la cortaba de abalorios en la piel desnuda y un mandil de carnicero con medallas del rey de Suecia encima».
ba_summer20_ph22-e1278996981860Según Kevin Kelly, editor de la revista Wired, Brand también fue el responsable de la aceptación del ordenador personal por parte de la contracultura estadounidense, algo así como la correa de transmisión entre ambos universos. Los que perseguían doblegar el poder establecido se dieron cuenta entonces de que los ordenadores personales permitirían el empoderamiento social, el Do It Yourself y la interconexión. No en vano, se atribuye a Brand la invención de mismo término «ordenador personal» (PC).
En tal contexto, los ordenadores personales empezaron a ser posibles gracias a los microprocesadores, pero también a los preceptos de la contracultura norteamericana y los movimientos libertarios que abogaban por la destrucción del poder centralizado. Es decir, contracultura y cibercultura unidas. Como el propio Brand afirmaría en una ocasión: «”El poder para el pueblo” era una mentira romántica. Los ordenadores hicieron más que la política para cambiar la sociedad».
Para captar la confluencia de estas sinergias entre gurús de la tecnología y gurús de la contracultura, vale la pena leer las primeras líneas de un poema de 1967 escrito por Richard Brautigan, del Instituto de Tecnología de California, titulado All Watched Over By Machines of Loving Grace:
Me gusta pensar (¡y / cuanto antes, mejor!) / en un prado cibernético / donde mamíferos y ordenadores / vivan juntos en mutua / armonía programada /como el agua pura / tocando el cielo despejado.
Finalmente, Brand tuvo una idea genial para difundir gráficamente la idea de que el mundo era pequeño, que todos estábamos en él y que nos necesitábamos mutuamente para sobrevivir. De que, en suma, solo la colaboración, una colaboración catalizada a través de la tecnología, nos permitiría dar el siguiente paso evolutivo.
Esa idea, en una época en la que aún no existía Twitter, consistió en repartir chapas en la que se apreciaba la imagen de la Tierra tomada desde el espacio, como una esfera perdida en la nada. La imagen había sido tomada por la NASA después de que Brand les convenciera para hacerlo. Era noviembre de 1967 y el satélite ATS-3 tomó la imagen a una altitud de 33.800 kilómetros para aportar su granito de arena a la revolución.
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Los integrantes del Club
Alan Kay, admirador de Brand, y ecléctico estudiante, fue una de las primeras personas que visualizó en su mente cómo podría ser un ordenador personal. Para ser verdaderamente personal no solo tenía que ser pequeño, sino fácil de utilizar, y equipado con una interface más visual. Kay imaginó pantallas gráficas, iconos, hipertexto y un cursor manejado por un ratón. Y todo ello lo vertió en su tesis doctoral, presentada en 1968, como explica Isaacson: «estaba diseñando un ordenador como si fuera un humanista además de un ingeniero, inspirándose para ello en un impresor italiano de principios del siglo XVI llamado Aldo Manucio, que comprendió que los libros personales debían caber en las alforjas y empezó a producirlos del tamaño que hoy es común».
shelf.184Entonces, ya sí, un tipo llamado Fred Moore, hijo de un coronel del ejército destinado en el Pentágono que estudiaba en Berkeley y se había convertido en activista pacifista, recogió el testigo de Brand y Kay y trató de hacerlo realidad, tal y como explica Peter H. Diamandis en su libro Abundancia:

Si podía encontrar un modo de conectar los principales actores en los diversos movimientos de izquierda que operaban en Estados Unidos, quizá esos movimientos pudieran convertirse en una fuerza considerable. Comenzó a llevar registros de todos ellos y de sus contactos en tarjetones de 8 por 13 cm, pero había tantos que pronto se dio por vencido. Sospechó que su base de datos podrá ser mucho más efectiva si pudiera utilizar un ordenador para gestionarla.

A falta de dinero para adquirir dicho ordenador, el Club del Ordenador Hecho en Casa hizo piña. El folleto que repartió el club para hacer proselitismo rezaba lo que sigue: «¿Estás construyendo tu propio ordenador? ¿Un terminal? ¿Un TV Typewriter? ¿Un dispositivo de entrada/salida? ¿Acaso alguna otra caja mágica negra digital? Si es así, puede que te guste venir a reunirte con gente que comparta tus intereses».
Entre los miembros estaban Steve Jobs y Steve Wozniak, Lee Felsenstein, Adam Osborne o el Capitán Crunch (John Draper). Vale la pena destacar algunas píldoras biográficas de los miembros de este club futurista que hibridaba la contracultura y el movimiento hippie con la cibercultura y el movimiento hacker.
-El propio Fred Moore parecía un profeta con su barba descuidada y su cabello ondulado.
John Draper usaba como alias «Capitán Crunch» porque descubrió que se podían hacer llamadas telefónicas gratuitas usando un silbato de juguete que venía (gratis) en un paquete de cereales.
Steve Wozniak, además de ser la mano de derecha de Steve Jobs, además de vestir como Jesucristo (solo de cuello para arriba, para abajo vestía como un nerd), se dedicaba a hacer travesuras como crear dispositivos para emitir chirridos con los tonos precisos para engañar a teléfonos, y así realizar llamadas a larga distancia sin pagar. Lo probó la primera vez haciendo una llamada al Vaticano haciéndose pasar por Henry Kissinger. Dijo que necesitaba hablar con el Papa. Los funcionarios del Vaticano, lamentablemente, advirtieron que se trataba de una broma de mal gusto antes de despertar al Pontífice.
Lee Felsenstein, un graduado en ingeniería eléctrica por Berkeley que evitaba el sexo y las drogas, era activista del DIY (Dot It Yourself). También era un gran aficionado a la ciencia ficción, sobre todo a las obras de Robert Heinlein. En una ocasión, puso un anuncio en el Barkeley Barb para hacer contactos en una época en la que aún no existía Facebook, que decía tal que así: «Hombre renacentista, ingeniero y revolucionario busca conversación». Así conocí a Jude Milhon, una de las primeras mujeres hackers de la historia.

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John Draper (Captain Crunch), Lee Felsenstein y Roger Melen.

Era un grupo ecléctico y excéntrico, en palabras del propio Felsenstein, como leemos en Los innovadores:

Tenía sus exploradores psicodélicos (no muchos), sus seguidores de las reglas del radioaficionado, sus aspirantes a potentados de clase alta, sus técnicos e ingenieros inadaptados de segunda y tercera filas, y demás gente excéntrica, incluida una dama remilgada que había sido piloto personal del presidente Eisenhower cuando era un hombre. Todos ellos querían que hubiera ordenadores personales, y todos ellos querían librarse de las coacciones institucionales, ya fueran del gobierno, de IBM o de sus patronos. La gente solo quería tocar lo digital con los dedos y, de paso, divertirse.

El club fue el inicio de algo más importante, como explica John Markoff en What the Dormouse Said: How the 60s Counterculture Shaped the Personal Computer Industry:

Con el grito de guerra de Ted Nelson, poder de computación para el pueblo, resonando en el ambiente, los aficionados iban a derribar el invernadero del mundo de la informática y a transformarse a sí mismos en un movimiento basado en un conjunto completamente nuevo de valores respecto a lo que era el mundo tradicional de los negocios en Estados Unidos.

La primera reunión del Club del Ordenador Hecho en Casa se celebró el 5 de marzo de 1975, en un garaje de Menlo Park, cerca de la Universidad de Stanford, en California. Era una noche lluviosa. Y se produjo a la vez que aparecía el primer ordenador doméstico verdaderamente personal.
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Esta aparición no tuvo lugar en las inmediaciones, en Silicon Valley, ni en ninguno de los centros informáticos de la Costa Este, sino en mitad de la nada, en Alburquerque, Nuevo México. La persona en la que hemos de fijarnos tampoco es informático, sino un emprendedor llamado Ed Roberts. Pero ésa es otra historia. Otra línea argumental a la que podéis aproximaros de forma un poco libre y apócrifa a través de la serie de televisión Halt and Catch Fire.

Imágenes | ComputerHistory | Wikimedia

Como Fred Moore no tenía dinero para comprarse un ordenador, en 1975 decidió crear un club de aficionados para que le ayudaran a fabricarlo. Así nació el Club del Ordenador Hecho en Casa (Homebrew Computer Club), cuya filosofía fue fabricar máquinas asombrosas, vender sus creaciones (hardware) y compartir su propiedad intelectual (software).
El propósito final era, sin embargo, cambiar el mundo y permitir que la ciudadanía tomara las riendas de su destino. Y Moore no estaba solo.
800px-Science_museum_025_adjusted
¿Ordenador personal?
Hasta entonces, los ordenadores eran máquinas frías y alejadas del ser humano, una suerte de Skynet que los gobiernos y los militares usaban para oscuros fines. Los ordenadores eran lo más alejado de la contracultura, la rebelión y el flower power.
Además, nadie era capaz de imaginarse que un ordenador pudiera ser algo personal, de uso cotidiano, capaz de instalarse en tu propio domicilio. La reacción de la gente frente a esta idea era similar a la que se experimentó ante el desarrollo del walkman: ¿quién querría ir por la calle con los oídos tapados con auriculares en los que suena una música atronadora? Ken Olsen, presidente de Digital Equipment Corporation, una empresa que fabricaba miniordenadores del tamaño de una nevera pequeña, llegó a decir en 1974: «No veo razón alguna por la que alguien podría querer su propio ordenador».
 
El gurú Brand
Sin embargo, un tipo extravagante llamado Steward Brand advirtió que las herramientas informáticas tenían un potencial no explotado por la sociedad. Brand era un biólogo de Stanford que también pertenecía al grupo de los «Alegres Bromistas» (Merry Pranksters), una troupe liderada por Ken Kesey (autor de Alguien voló sobre el nido del cuco), que gustaba de recorrer el país en una furgoneta de colores fosforescentes llamada Further («más lejos») con la que repartían LSD para expandir consciencias.
800px-Furthur_05
Brand también era productor de un colectivo artístico multimedia que se llamaba USCO, el cual, en palabras del biógrafo Walter Isaacson en su libro Los innovadores, «organizaba eventos a base de rock ácido, magia tecnológica, luces estroboscópicas, imágenes proyectadas y performances que requerían la participación del público».
Para hacerse una idea de la importancia de Brand en el movimiento contracultural californiano, hay que leer las primeras páginas de Ponche de Ácido Lisérgico, de Tom Wolfe, donde se describe a Brand de esta guisa: «un tipo delgado y rubio con un disco resplandeciente en la frente, y una corbata hecha de abalorios indios. Sin camisa, no obstante, solo la cortaba de abalorios en la piel desnuda y un mandil de carnicero con medallas del rey de Suecia encima».
ba_summer20_ph22-e1278996981860Según Kevin Kelly, editor de la revista Wired, Brand también fue el responsable de la aceptación del ordenador personal por parte de la contracultura estadounidense, algo así como la correa de transmisión entre ambos universos. Los que perseguían doblegar el poder establecido se dieron cuenta entonces de que los ordenadores personales permitirían el empoderamiento social, el Do It Yourself y la interconexión. No en vano, se atribuye a Brand la invención de mismo término «ordenador personal» (PC).
En tal contexto, los ordenadores personales empezaron a ser posibles gracias a los microprocesadores, pero también a los preceptos de la contracultura norteamericana y los movimientos libertarios que abogaban por la destrucción del poder centralizado. Es decir, contracultura y cibercultura unidas. Como el propio Brand afirmaría en una ocasión: «”El poder para el pueblo” era una mentira romántica. Los ordenadores hicieron más que la política para cambiar la sociedad».
Para captar la confluencia de estas sinergias entre gurús de la tecnología y gurús de la contracultura, vale la pena leer las primeras líneas de un poema de 1967 escrito por Richard Brautigan, del Instituto de Tecnología de California, titulado All Watched Over By Machines of Loving Grace:
Me gusta pensar (¡y / cuanto antes, mejor!) / en un prado cibernético / donde mamíferos y ordenadores / vivan juntos en mutua / armonía programada /como el agua pura / tocando el cielo despejado.
Finalmente, Brand tuvo una idea genial para difundir gráficamente la idea de que el mundo era pequeño, que todos estábamos en él y que nos necesitábamos mutuamente para sobrevivir. De que, en suma, solo la colaboración, una colaboración catalizada a través de la tecnología, nos permitiría dar el siguiente paso evolutivo.
Esa idea, en una época en la que aún no existía Twitter, consistió en repartir chapas en la que se apreciaba la imagen de la Tierra tomada desde el espacio, como una esfera perdida en la nada. La imagen había sido tomada por la NASA después de que Brand les convenciera para hacerlo. Era noviembre de 1967 y el satélite ATS-3 tomó la imagen a una altitud de 33.800 kilómetros para aportar su granito de arena a la revolución.
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Los integrantes del Club
Alan Kay, admirador de Brand, y ecléctico estudiante, fue una de las primeras personas que visualizó en su mente cómo podría ser un ordenador personal. Para ser verdaderamente personal no solo tenía que ser pequeño, sino fácil de utilizar, y equipado con una interface más visual. Kay imaginó pantallas gráficas, iconos, hipertexto y un cursor manejado por un ratón. Y todo ello lo vertió en su tesis doctoral, presentada en 1968, como explica Isaacson: «estaba diseñando un ordenador como si fuera un humanista además de un ingeniero, inspirándose para ello en un impresor italiano de principios del siglo XVI llamado Aldo Manucio, que comprendió que los libros personales debían caber en las alforjas y empezó a producirlos del tamaño que hoy es común».
shelf.184Entonces, ya sí, un tipo llamado Fred Moore, hijo de un coronel del ejército destinado en el Pentágono que estudiaba en Berkeley y se había convertido en activista pacifista, recogió el testigo de Brand y Kay y trató de hacerlo realidad, tal y como explica Peter H. Diamandis en su libro Abundancia:

Si podía encontrar un modo de conectar los principales actores en los diversos movimientos de izquierda que operaban en Estados Unidos, quizá esos movimientos pudieran convertirse en una fuerza considerable. Comenzó a llevar registros de todos ellos y de sus contactos en tarjetones de 8 por 13 cm, pero había tantos que pronto se dio por vencido. Sospechó que su base de datos podrá ser mucho más efectiva si pudiera utilizar un ordenador para gestionarla.

A falta de dinero para adquirir dicho ordenador, el Club del Ordenador Hecho en Casa hizo piña. El folleto que repartió el club para hacer proselitismo rezaba lo que sigue: «¿Estás construyendo tu propio ordenador? ¿Un terminal? ¿Un TV Typewriter? ¿Un dispositivo de entrada/salida? ¿Acaso alguna otra caja mágica negra digital? Si es así, puede que te guste venir a reunirte con gente que comparta tus intereses».
Entre los miembros estaban Steve Jobs y Steve Wozniak, Lee Felsenstein, Adam Osborne o el Capitán Crunch (John Draper). Vale la pena destacar algunas píldoras biográficas de los miembros de este club futurista que hibridaba la contracultura y el movimiento hippie con la cibercultura y el movimiento hacker.
-El propio Fred Moore parecía un profeta con su barba descuidada y su cabello ondulado.
John Draper usaba como alias «Capitán Crunch» porque descubrió que se podían hacer llamadas telefónicas gratuitas usando un silbato de juguete que venía (gratis) en un paquete de cereales.
Steve Wozniak, además de ser la mano de derecha de Steve Jobs, además de vestir como Jesucristo (solo de cuello para arriba, para abajo vestía como un nerd), se dedicaba a hacer travesuras como crear dispositivos para emitir chirridos con los tonos precisos para engañar a teléfonos, y así realizar llamadas a larga distancia sin pagar. Lo probó la primera vez haciendo una llamada al Vaticano haciéndose pasar por Henry Kissinger. Dijo que necesitaba hablar con el Papa. Los funcionarios del Vaticano, lamentablemente, advirtieron que se trataba de una broma de mal gusto antes de despertar al Pontífice.
Lee Felsenstein, un graduado en ingeniería eléctrica por Berkeley que evitaba el sexo y las drogas, era activista del DIY (Dot It Yourself). También era un gran aficionado a la ciencia ficción, sobre todo a las obras de Robert Heinlein. En una ocasión, puso un anuncio en el Barkeley Barb para hacer contactos en una época en la que aún no existía Facebook, que decía tal que así: «Hombre renacentista, ingeniero y revolucionario busca conversación». Así conocí a Jude Milhon, una de las primeras mujeres hackers de la historia.

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John Draper (Captain Crunch), Lee Felsenstein y Roger Melen.

Era un grupo ecléctico y excéntrico, en palabras del propio Felsenstein, como leemos en Los innovadores:

Tenía sus exploradores psicodélicos (no muchos), sus seguidores de las reglas del radioaficionado, sus aspirantes a potentados de clase alta, sus técnicos e ingenieros inadaptados de segunda y tercera filas, y demás gente excéntrica, incluida una dama remilgada que había sido piloto personal del presidente Eisenhower cuando era un hombre. Todos ellos querían que hubiera ordenadores personales, y todos ellos querían librarse de las coacciones institucionales, ya fueran del gobierno, de IBM o de sus patronos. La gente solo quería tocar lo digital con los dedos y, de paso, divertirse.

El club fue el inicio de algo más importante, como explica John Markoff en What the Dormouse Said: How the 60s Counterculture Shaped the Personal Computer Industry:

Con el grito de guerra de Ted Nelson, poder de computación para el pueblo, resonando en el ambiente, los aficionados iban a derribar el invernadero del mundo de la informática y a transformarse a sí mismos en un movimiento basado en un conjunto completamente nuevo de valores respecto a lo que era el mundo tradicional de los negocios en Estados Unidos.

La primera reunión del Club del Ordenador Hecho en Casa se celebró el 5 de marzo de 1975, en un garaje de Menlo Park, cerca de la Universidad de Stanford, en California. Era una noche lluviosa. Y se produjo a la vez que aparecía el primer ordenador doméstico verdaderamente personal.
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Esta aparición no tuvo lugar en las inmediaciones, en Silicon Valley, ni en ninguno de los centros informáticos de la Costa Este, sino en mitad de la nada, en Alburquerque, Nuevo México. La persona en la que hemos de fijarnos tampoco es informático, sino un emprendedor llamado Ed Roberts. Pero ésa es otra historia. Otra línea argumental a la que podéis aproximaros de forma un poco libre y apócrifa a través de la serie de televisión Halt and Catch Fire.

Imágenes | ComputerHistory | Wikimedia

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