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7 de junio 2016    /   CREATIVIDAD
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‘Freelanstéricos’: Cómo convertir tu oficina doméstica en un infierno

7 de junio 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Otros les llaman homeoffice, que queda muy cool, pero miras a tu alrededor y jamás vincularías tu espacio de trabajo con ese nombre. Acaso te vienen a la mente palabras más parecidas a ‘escombro’ o ‘vertedero’. Home suena a chimenea, a chisporroteo pacífico; sin embargo, lo tuyo es un enjambre de papeles que sólo mueve a la histeria o a la pereza. Sin medias tintas.

Te ocurre porque eres un freelanstérico. El freelanstérico se peina poco y trabaja con el botón del pantalón desabrochado; puede tener un pie descalzo y el otro no, y sufre un grado más o menos alto de procrastinación. En general, funciona por oleadas de trabajo, por idas y venidas de remordimiento, suele sorprenderle el reloj porque siempre marca una hora mayor de la que debería. No adora el desorden, más bien lo detesta, pero hay algo que le impide limpiar y no acumular deshechos. Mirado desde fuera, parece que disfruta de su mugre y que se revuelca en ella con regocijo, pero nada más lejos de la realidad.

oficina doméstica desorden

El freelanstérico es vulnerable y sensible. Resulta una víctima fácil de sí mismo y de los posts que muestran imágenes de oficinas caseras y dan consejos de diseño y decoración. Acude a esos contenidos con vocación masoquista, acusando el mismo tembleque de huesos con el que consultamos a Dr. Google cuando nos duele algo y sospechamos que tenemos todos los síntomas del cáncer. Sin embargo, en su época de mayor conciencia de clase (que suele sobrevenir a principio de mes) da rienda suelta a su escepticismo y demuestra una especie de orgullo de su propio caos.

El freelanstérico es vulnerable y sensible. Resulta una víctima fácil de sí mismo y de los posts que muestran imágenes de oficinas caseras y dan consejos de diseño y decoración.

Los artículos con consejos para construir el paraíso laboral en casa hablan de planificar cuidadosamente los muebles y complementos que serán más necesarios y operativos; de personalizar la sala con detalles decorativos sutiles para crear una atmósfera cómoda; de ser sostenible, no derrochar papel; y, sobre todo, de mantener el orden como piedra angular del trabajo autónomo, dedicando unos cuantos minutos cada día a restaurar el lugar, despejar la mesa y regresarla a su pulcritud inicial.

El freelanstérico, si le pilla en la cresta del ciclo emocional, asiente con malicia ante las imágenes de estos artículos. Hay algo pretencioso en esas oficinas impecables, es como si el mismísimo Dalai Lama hubiera asesorado en el montaje del lugar. Además, resultan antinaturales, son la versión mobiliaria de Leticia Sabater, es decir, pretenden reconstruir su virginidad día sí, día también.

No obstante, por mucho que se pavonee, hay algo que este espécimen de currante autónomo nunca reconocería: que comienza siempre con buenas intenciones. El primer día ordena la estancia, la desinfecta, trapea bien la mesa y los estantes, coloca la agenda y los cuadernos con esmero, alineándolos, y aparca los bolígrafos a la vera, sólo uno de cada color, en formación: lo ve claro, primero gastará esos y luego sacará los nuevos. También coloca la papelera cerca y organiza un par de montones con el papel impreso siguiendo, por ejemplo, una lógica de contenido. Al terminar, respira con gusto el olor químico del líquido limpiador y admira cómo ha quedado el espacio de trabajo. Incluso sonríe.

Desde el primer día, el freelanstérico despliega su naturaleza: la contaminación, el arte de crear pequeños infiernos. En cuestión de horas ha extraviado uno de los bolígrafos en algún rincón de la casa y algún folio se apea del montón, y ahí se queda. Tampoco es para tanto, el ambiente sigue impecable.

El segundo día ya coge algún impreso para usarlo de posavasos y colocar encima la taza de café. Por supuesto, esa taza tardará días en llegar al fregadero. La agenda ha empezado a torcerse y a montarse sobre otros cuadernos. Si tuviera consciencia, el freelanstérico debería empezar a despedirse de estos cuadernos: pasará meses sin verlos. Paulatinamente las montañitas de papeles crecen y se van imbricando hasta formar una sola estructura que, junto con las hojas arrugadas, acaba pareciendo una maqueta de un Frank Gehry atacado de parkinson. Por algún motivo, a la papelera se la ignora completamente.

Las tazas de café se irán evacuando atendiendo a criterios de estricta necesidad: básicamente, cuando no queden más limpias en el armario o cuando los posos fermenten.

El escritorio del freelanstérico contiene más humanidad que la de los currantes organizados, lo cual es absolutamente negativo. Hay una correlación brutal entre el cerebro y la mesa en que se trabaja, en ella podemos ver una suerte de escáner del subconsciente. El caos físico nace del caos mental y, al mismo tiempo, le sirve de alimento.

Hay una correlación brutal entre el cerebro y la mesa en que se trabaja, en ella podemos ver una suerte de escáner del subconsciente

Sumergido en esa toxicidad, el trabajador sólo puede desarrollar dos modalidades de trabajo. Por un lado, la pereza aturdida y el remoloneo, con buenas dosis de F5 en cualquier red social o periódico; y por otro lado, el frenesí, el tecleo apresurado, la concentración sublimada, la tormenta creativa… en ciclos de 15 minutos cada hora.

Con todo, llega un día en que el freelanstérico se bloquea intelectualmente y sufre un brote de limpieza compulsiva. Estalla, arrambla con todo, refunfuñando, pasa el trapo furioso por los muebles mientras fantasea con que lo que está restregando es su propio cerebro, pliegue a pliegue (y le recorre la espina dorsal un frescor bastante placentero). Vuelve a alinear los cuadernos y saca unos bolis sin estrenar, los coloca y les da dos palmaditas amistosas. La positividad lo embarga. «Lo mantendré así, esta vez sí que sí», piensa, reconfortado. Como recompensa, se dirige a la cocina y enciende la máquina de café.

Otros les llaman homeoffice, que queda muy cool, pero miras a tu alrededor y jamás vincularías tu espacio de trabajo con ese nombre. Acaso te vienen a la mente palabras más parecidas a ‘escombro’ o ‘vertedero’. Home suena a chimenea, a chisporroteo pacífico; sin embargo, lo tuyo es un enjambre de papeles que sólo mueve a la histeria o a la pereza. Sin medias tintas.

Te ocurre porque eres un freelanstérico. El freelanstérico se peina poco y trabaja con el botón del pantalón desabrochado; puede tener un pie descalzo y el otro no, y sufre un grado más o menos alto de procrastinación. En general, funciona por oleadas de trabajo, por idas y venidas de remordimiento, suele sorprenderle el reloj porque siempre marca una hora mayor de la que debería. No adora el desorden, más bien lo detesta, pero hay algo que le impide limpiar y no acumular deshechos. Mirado desde fuera, parece que disfruta de su mugre y que se revuelca en ella con regocijo, pero nada más lejos de la realidad.

oficina doméstica desorden

El freelanstérico es vulnerable y sensible. Resulta una víctima fácil de sí mismo y de los posts que muestran imágenes de oficinas caseras y dan consejos de diseño y decoración. Acude a esos contenidos con vocación masoquista, acusando el mismo tembleque de huesos con el que consultamos a Dr. Google cuando nos duele algo y sospechamos que tenemos todos los síntomas del cáncer. Sin embargo, en su época de mayor conciencia de clase (que suele sobrevenir a principio de mes) da rienda suelta a su escepticismo y demuestra una especie de orgullo de su propio caos.

El freelanstérico es vulnerable y sensible. Resulta una víctima fácil de sí mismo y de los posts que muestran imágenes de oficinas caseras y dan consejos de diseño y decoración.

Los artículos con consejos para construir el paraíso laboral en casa hablan de planificar cuidadosamente los muebles y complementos que serán más necesarios y operativos; de personalizar la sala con detalles decorativos sutiles para crear una atmósfera cómoda; de ser sostenible, no derrochar papel; y, sobre todo, de mantener el orden como piedra angular del trabajo autónomo, dedicando unos cuantos minutos cada día a restaurar el lugar, despejar la mesa y regresarla a su pulcritud inicial.

El freelanstérico, si le pilla en la cresta del ciclo emocional, asiente con malicia ante las imágenes de estos artículos. Hay algo pretencioso en esas oficinas impecables, es como si el mismísimo Dalai Lama hubiera asesorado en el montaje del lugar. Además, resultan antinaturales, son la versión mobiliaria de Leticia Sabater, es decir, pretenden reconstruir su virginidad día sí, día también.

No obstante, por mucho que se pavonee, hay algo que este espécimen de currante autónomo nunca reconocería: que comienza siempre con buenas intenciones. El primer día ordena la estancia, la desinfecta, trapea bien la mesa y los estantes, coloca la agenda y los cuadernos con esmero, alineándolos, y aparca los bolígrafos a la vera, sólo uno de cada color, en formación: lo ve claro, primero gastará esos y luego sacará los nuevos. También coloca la papelera cerca y organiza un par de montones con el papel impreso siguiendo, por ejemplo, una lógica de contenido. Al terminar, respira con gusto el olor químico del líquido limpiador y admira cómo ha quedado el espacio de trabajo. Incluso sonríe.

Desde el primer día, el freelanstérico despliega su naturaleza: la contaminación, el arte de crear pequeños infiernos. En cuestión de horas ha extraviado uno de los bolígrafos en algún rincón de la casa y algún folio se apea del montón, y ahí se queda. Tampoco es para tanto, el ambiente sigue impecable.

El segundo día ya coge algún impreso para usarlo de posavasos y colocar encima la taza de café. Por supuesto, esa taza tardará días en llegar al fregadero. La agenda ha empezado a torcerse y a montarse sobre otros cuadernos. Si tuviera consciencia, el freelanstérico debería empezar a despedirse de estos cuadernos: pasará meses sin verlos. Paulatinamente las montañitas de papeles crecen y se van imbricando hasta formar una sola estructura que, junto con las hojas arrugadas, acaba pareciendo una maqueta de un Frank Gehry atacado de parkinson. Por algún motivo, a la papelera se la ignora completamente.

Las tazas de café se irán evacuando atendiendo a criterios de estricta necesidad: básicamente, cuando no queden más limpias en el armario o cuando los posos fermenten.

El escritorio del freelanstérico contiene más humanidad que la de los currantes organizados, lo cual es absolutamente negativo. Hay una correlación brutal entre el cerebro y la mesa en que se trabaja, en ella podemos ver una suerte de escáner del subconsciente. El caos físico nace del caos mental y, al mismo tiempo, le sirve de alimento.

Hay una correlación brutal entre el cerebro y la mesa en que se trabaja, en ella podemos ver una suerte de escáner del subconsciente

Sumergido en esa toxicidad, el trabajador sólo puede desarrollar dos modalidades de trabajo. Por un lado, la pereza aturdida y el remoloneo, con buenas dosis de F5 en cualquier red social o periódico; y por otro lado, el frenesí, el tecleo apresurado, la concentración sublimada, la tormenta creativa… en ciclos de 15 minutos cada hora.

Con todo, llega un día en que el freelanstérico se bloquea intelectualmente y sufre un brote de limpieza compulsiva. Estalla, arrambla con todo, refunfuñando, pasa el trapo furioso por los muebles mientras fantasea con que lo que está restregando es su propio cerebro, pliegue a pliegue (y le recorre la espina dorsal un frescor bastante placentero). Vuelve a alinear los cuadernos y saca unos bolis sin estrenar, los coloca y les da dos palmaditas amistosas. La positividad lo embarga. «Lo mantendré así, esta vez sí que sí», piensa, reconfortado. Como recompensa, se dirige a la cocina y enciende la máquina de café.

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Opiniones 10
  • Fantástico Articulo.
    Inevitable sentirnos identificados cuando trabajamos desde casa.
    Desde luego no en los niveles que se describen en el articulo pero, me duele reconocer que si me identifico con alguno de los rasgos.

  • Yo más bien me defino como: freelansaséptica…. pulcra, definida espacial «chimenea/mesa de trabajo» , cartesiana, con algunos puntos débiles, pero esos no los cuento; jaja

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