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20 de junio 2017    /   IDEAS
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El año 2017 arregla los destrozos de 2016: ¿se frena la ola ultra?

20 de junio 2017    /   IDEAS     por        fotografia  John Gomez - Shutterstock
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El año 2016 lo acabamos con el corazón en un puño. Nadie lo esperaba, pero el referéndum sobre el brexit acabó decantándose en favor de que el Reino Unido abandonara una Europa en crisis. Nadie lo esperaba, pero Donald Trump ganó las elecciones de EEUU. Nadie lo esperaba, pero los movimientos —cuanto menos— ultranacionalistas iban ganando adeptos en Europa y se acercaban elecciones importantes.

Cuando acabó 2016, nombres como los de Donald Trump, Nigel Farage, Boris Johnson, Marine Le Pen, Geert Wilders o Frauke Petri copaban los titulares. Hasta había hueco para otros nombres menos conocidos, como el de Norbert Hofer, que tenían grandes posibilidades de gobernar en Austria. Pero 2017, por suerte, nos ha dado un respiro.

No es que el brexit no vaya a tener lugar —que sí, aunque tras el varapalo a Theresa May quizá sea menos traumático en su desarrollo—, ni que Donald Trump ya no sea presidente —que sí, pero ya le investigan y quién sabe si llegará a terminar su mandato—. Pero una serie de buenas noticias han ido sucediéndose, en lo que respecta a que el populismo siga sumando victorias electorales.

Austria cambió la racha

En realidad, la primera buena noticia llegó en diciembre de 2016, pero la cosa se alargó más de la cuenta. En abril se celebró la primera ronda de las elecciones, en la que dos candidatos superaron la criba: el ultraderechista Norbert Hofer del FPÖ —partido al que impulsó Jörg Haider hasta que decidió irse y montar el BZÖ— y el veteranísimo exlíder de los verdes, el ahora independiente Alexander van der Bellen.

Huelga decir que a sus 72 años él era la esperanza de una UE muy preocupada: la victoria del brexit y el auge en las encuestas de Marine Le Pen frente a unos destrozados partidos tradicionales auguraban una sucesión de ‘sorpresas’ al estilo de la de Trump. Pero no fue así: en mayo se celebró la segunda vuelta, y tras un recuento eterno, Van der Bellen parecía ganar. Sin embargo, la justicia impugnó el proceso y las elecciones tendrían que repetirse. Pasó casi medio año hasta que Europa, con el corazón en un puño, pudo respirar aliviada al repetirse la victoria del ecologista.

Sin embargo, y dejando de lado las presidenciales, la tendencia sigue asustando, porque esa proyección no es flor de un día. Ya en 1999 el ultra Jörg Haider iba a ser candidato para primer ministro del país, pero la UE pidió su impugnación por su ideología y finalmente no pudo presentarse. Con su muerte su partido el BZÖ acabó desinflándose… para que el FPÖ resurgiera.

De hecho, los socialistas del SPÖ y los populares del ÖVP llevan cayendo en el número de escaños desde 2002 (y van tres elecciones), justo el mismo periodo que lleva el FPÖ escalando. Ahora mismo los socialistas tienen 52 escaños, los populares 47 y los ultras 40 (por 24 de los siguientes, los verdes). Así que quizá 2018 nos vuelva a dar un susto en Austria cuando vuelvan a abrirse las urnas.

El ‘susto’ de Wilders

Superado el mal trago austríaco (por el momento), las oraciones de Europa se dirigieron en marzo hacia un país algo más importante en la tradición continental como era Holanda. Allí el ultra Geert Wilders —que comparte con Trump algo más que el peinado— apuntaba alto en las encuestas. De hecho, media Europa le conocía gracias a sus salidas de tono en las instituciones europeas, y también en las redes sociales. Por ejemplo, cuando culpó a las políticas de Merkel con los refugiados por el atentado.

Sus posturas al respecto son bien conocidas. No ya porque la cabecera de sus redes sociales sea un enorme ’STOP Islam’, sino porque allá por 2008 ya se hizo famoso por la emisión de un documental llamado Fitna en el que vinculaba sin tapujos a la inmigración musulmana con el origen del terrorismo.

No es en que Holanda la ultraderecha sea una sorpresa, por más que sea un país visto como liberal por sus políticas sobre cuestiones como el matrimonio homosexual, el consumo de marihuana o la prostitución. El ‘padre’ ideológico de Wilders fue Pim Fortuyn, asesinado en 2002 en plena campaña, cuando los sondeos le auguraban un magnífico resultado.

El PVV (siglas de su partido) dio un gran salto en 2010, cuando pasó de de 9 a 24 diputados y se convirtió en tercera fuerza. Luego cayó, aunque se mantuvo como tercera fuerza… y las elecciones de este año auguraban un fuerte tirón a su favor, que podía verse magnificado por el augurado derrumbe socialista. Finalmente ambas previsiones se cumplieron: los socialistas pasaron de 38 a 9 escaños, y el PVV repuntó, pero menos de lo esperado: se quedó con 20 escaños, aunque como segunda fuerza política del país. En las europeas ya llevaba desde 2009 siendo segunda fuerza, lo que da idea de que la corriente de fondo no es flor de un día.

En la victoria del ‘popular’ Mark Rutte frente a Wilders hay, sin embargo, una mala noticia. Durante la campaña varios representantes del Gobierno turco, muy criticado por su islamización, estaban haciendo campaña en tierras holandesas, reforzando en el imaginario el argumentario de Wilders. Para evitarlo, Rutte asumió como suyo parte del discurso de Wilders y endureció el tono para asegurar la victoria. Le funcionó… pero a qué precio.

El ‘match point’ de Francia

Llegamos a mayo. Salvar Austria y Holanda era una buena noticia, pero la clave estaba en Francia. Porque —que nadie se engañe— Europa tiene dos pilares, y el otro es Alemania. En el país vecino los augurios tampoco eran buenos: las debilidades de los dos grandes partidos, los dos que habían gobernado en alternancia, quedaron expuestas en sus primarias. Se esperaba que Nicolas Sarkozy o Alain Juppé tomaran el pulso del partido, pero ganó François Fillon. El problema: que además de no conectar con las bases jóvenes, empezaron a estallarle un reguero de casos de corrupción que le dejaban sin opciones en la carrera electoral.

Al otro lado del espectro ideológico las cosas no iban mejor: el derrumbe en popularidad del presidente Françoise Hollande arrastró al supuestamente señalado, que era Manuel Valls, y también se llevó consigo a otros veteranos con peso. Ganó la apuesta menos esperada, que era Benoit Hamon… y entonces los sondeos empezaron a zumbarle con sus augurios apocalípticos.

A quien podía esperar el socialismo era, sin embargo, a un joven y magnético Emmanuel Macron, que pese a haber trabajado en el gabinete de Hollande —y pese a llevarse de pena con gente como Valls— decidió no competir por la candidatura socialista. «No soy socialista», dijo. En su lugar, se lo jugó todo a una carta, creó un partido de la noche a la mañana que hasta lleva las siglas de su nombre y se lanzó a la carretera. Y logró superar la primera vuelta de unas elecciones en las que, por primera vez, ninguno de los partidos tradicionales estaría.

Aquí empezaban las malas noticias: como sucedió en 2002, el ultraderechista Frente Nacional sería el otro contendiente en la segunda vuelta. Y sí, el FN es un partido irrelevante en lo ejecutivo (logró un escaño en 1997, ninguno en 2002 o 2007, y dos en 2012), pero sí es importante en realidad. Es el ‘partido tapado’ precisamente por ese sistema de elección a doble vuelta francés que blinda las elecciones para partidos más moderados. Sin embargo, en las elecciones locales o europeas sí han sido importantes en los últimos años: tanto como para ser la primera fuerza del país en las europeas de 2014.

Por suerte para Europa, ganó Macron, porque en realidad Le Pen no podía ganar (de nuevo por obra y gracia del sistema electoral). De hecho, es posible que Le Pen nunca pueda ganar, pero no ha perdido, porque seguirá ahí. Al menos de momento el sistema puede respirar tranquilo, porque el partido del presidente Macron ha logrado una mayoría absoluta nunca vista —y menos en un partido nuevo—.

Reino Unido

La victoria de Macron en Francia apuntalaba la buena marcha del año en términos electorales para la Unión Europea. Llegaba entonces el adelanto electoral que la ‘premier’ británica, Theresa May, había forzado. El objetivo era lograr una mayoría aún más amplia para negociar un brexit duro y desfavorable con la UE. En fin, Europa seguía con atención la cita, pero nadie creía que Jeremy Corbyn —líder laborista al que han tenido que elegir dos veces, como a Pedro Sánchez, porque también le hicieron la cama internamente— pudiera ganar. De hecho, aunque lo hiciera, ya dijo que iba a respetar la voluntad del pueblo británico expresada en aquel nefasto (para Europa) referéndum.

Vaya, que Europa daba la cosa como amortizada. Pero hete aquí que May ganó, pero perdiendo bastante y —quizá más importante— con los laboristas ganando bastante. No es que Corbyn sea santo de la devoción de Bruselas (demasiado a la izquierda, demasiado sindicalista) pero May gusta casi menos. Y eso es así quizá porque nadie piense que si ella cayera —que podría pasar todavía— el ‘hombre fuerte’ del brexit es el polémico y radical exalcalde de Londres, Boris Johnson, que sí se parece bastante a Trump, y no solo en el pelo.

Pero más allá de ese revés para la ‘premier’, hubo otro gran derrotado en las urnas: el ultranacionalista y euroescéptico UKIP, padre del brexit. De hecho, ellos son un poco como el FN francés, pero en pequeño: no son importantes en el Parlamento, ni tenían quizá opciones de gobernar. Pero sí son fuertes gracias al voto británico de las europeas: fue tercera fuerza en 2004, segunda en 2009 y primera en las últimas de 2014. Y de aquellos polvos, estos lodos.

El paso de su exlíder Nigel Farage por las instituciones comunitarias ha dejado un reguero de vídeos controvertidos, igual que sus portadas bebiendo cerveza… o sus reuniones con el todavía candidato Trump cuando, una vez ganado el brexit, decidió retirarse del partido porque —total— ya había logrado su objetivo.

El drama del brexit, su salida y estas elecciones han acabado por dinamitar internamente el partido —cuyo líder, con un brevísimo mandato, ha dimitido—, que no obtuvo representación y pasó de más de cuatro millones de votos a menos de 600.000.

Lo que queda por delante

Tras esta ristra de inesperadas buenas noticias, toca mirar al futuro. Una de las siguientes citas electorales tocará al otro pilar de la UE, aunque ahí se esperan pocas sorpresas. Hay quien augura un buen resultado al socialismo patrio, aunque Merkel parece indestructible a día de hoy. En cualquier caso, el gran miedo no viene de ninguno de esos partidos, sino del ultraderechista AFD, que copó también grandes titulares meses atrás y ahora parece diluirse en las encuestas tras la decisión de la polémica Frauke Petri de no concurrir como candidata.

Sin embargo, y aunque ahora las noticias sean buenas (para Europa), el fantasma ultranacionalista y ultraderechista sigue recorriendo Europa. Este gráfico de ElDiario.es, además de mostrar la caída generalizada de la socialidemocracia —que era su objetivo primario— ilustra también la latencia y pujanza de los ultras. Y aún quedan plazas en el caliente Este de Europa, atrapado entre el nacionalismo y las injerencias Rusas, y el norte de Europa, estandarte de muchas cosas buenas a nivel político y social, pero también foco de movimientos ultra a los que no conviene perder la pista.

El año 2016 lo acabamos con el corazón en un puño. Nadie lo esperaba, pero el referéndum sobre el brexit acabó decantándose en favor de que el Reino Unido abandonara una Europa en crisis. Nadie lo esperaba, pero Donald Trump ganó las elecciones de EEUU. Nadie lo esperaba, pero los movimientos —cuanto menos— ultranacionalistas iban ganando adeptos en Europa y se acercaban elecciones importantes.

Cuando acabó 2016, nombres como los de Donald Trump, Nigel Farage, Boris Johnson, Marine Le Pen, Geert Wilders o Frauke Petri copaban los titulares. Hasta había hueco para otros nombres menos conocidos, como el de Norbert Hofer, que tenían grandes posibilidades de gobernar en Austria. Pero 2017, por suerte, nos ha dado un respiro.

No es que el brexit no vaya a tener lugar —que sí, aunque tras el varapalo a Theresa May quizá sea menos traumático en su desarrollo—, ni que Donald Trump ya no sea presidente —que sí, pero ya le investigan y quién sabe si llegará a terminar su mandato—. Pero una serie de buenas noticias han ido sucediéndose, en lo que respecta a que el populismo siga sumando victorias electorales.

Austria cambió la racha

En realidad, la primera buena noticia llegó en diciembre de 2016, pero la cosa se alargó más de la cuenta. En abril se celebró la primera ronda de las elecciones, en la que dos candidatos superaron la criba: el ultraderechista Norbert Hofer del FPÖ —partido al que impulsó Jörg Haider hasta que decidió irse y montar el BZÖ— y el veteranísimo exlíder de los verdes, el ahora independiente Alexander van der Bellen.

Huelga decir que a sus 72 años él era la esperanza de una UE muy preocupada: la victoria del brexit y el auge en las encuestas de Marine Le Pen frente a unos destrozados partidos tradicionales auguraban una sucesión de ‘sorpresas’ al estilo de la de Trump. Pero no fue así: en mayo se celebró la segunda vuelta, y tras un recuento eterno, Van der Bellen parecía ganar. Sin embargo, la justicia impugnó el proceso y las elecciones tendrían que repetirse. Pasó casi medio año hasta que Europa, con el corazón en un puño, pudo respirar aliviada al repetirse la victoria del ecologista.

Sin embargo, y dejando de lado las presidenciales, la tendencia sigue asustando, porque esa proyección no es flor de un día. Ya en 1999 el ultra Jörg Haider iba a ser candidato para primer ministro del país, pero la UE pidió su impugnación por su ideología y finalmente no pudo presentarse. Con su muerte su partido el BZÖ acabó desinflándose… para que el FPÖ resurgiera.

De hecho, los socialistas del SPÖ y los populares del ÖVP llevan cayendo en el número de escaños desde 2002 (y van tres elecciones), justo el mismo periodo que lleva el FPÖ escalando. Ahora mismo los socialistas tienen 52 escaños, los populares 47 y los ultras 40 (por 24 de los siguientes, los verdes). Así que quizá 2018 nos vuelva a dar un susto en Austria cuando vuelvan a abrirse las urnas.

El ‘susto’ de Wilders

Superado el mal trago austríaco (por el momento), las oraciones de Europa se dirigieron en marzo hacia un país algo más importante en la tradición continental como era Holanda. Allí el ultra Geert Wilders —que comparte con Trump algo más que el peinado— apuntaba alto en las encuestas. De hecho, media Europa le conocía gracias a sus salidas de tono en las instituciones europeas, y también en las redes sociales. Por ejemplo, cuando culpó a las políticas de Merkel con los refugiados por el atentado.

Sus posturas al respecto son bien conocidas. No ya porque la cabecera de sus redes sociales sea un enorme ’STOP Islam’, sino porque allá por 2008 ya se hizo famoso por la emisión de un documental llamado Fitna en el que vinculaba sin tapujos a la inmigración musulmana con el origen del terrorismo.

No es en que Holanda la ultraderecha sea una sorpresa, por más que sea un país visto como liberal por sus políticas sobre cuestiones como el matrimonio homosexual, el consumo de marihuana o la prostitución. El ‘padre’ ideológico de Wilders fue Pim Fortuyn, asesinado en 2002 en plena campaña, cuando los sondeos le auguraban un magnífico resultado.

El PVV (siglas de su partido) dio un gran salto en 2010, cuando pasó de de 9 a 24 diputados y se convirtió en tercera fuerza. Luego cayó, aunque se mantuvo como tercera fuerza… y las elecciones de este año auguraban un fuerte tirón a su favor, que podía verse magnificado por el augurado derrumbe socialista. Finalmente ambas previsiones se cumplieron: los socialistas pasaron de 38 a 9 escaños, y el PVV repuntó, pero menos de lo esperado: se quedó con 20 escaños, aunque como segunda fuerza política del país. En las europeas ya llevaba desde 2009 siendo segunda fuerza, lo que da idea de que la corriente de fondo no es flor de un día.

En la victoria del ‘popular’ Mark Rutte frente a Wilders hay, sin embargo, una mala noticia. Durante la campaña varios representantes del Gobierno turco, muy criticado por su islamización, estaban haciendo campaña en tierras holandesas, reforzando en el imaginario el argumentario de Wilders. Para evitarlo, Rutte asumió como suyo parte del discurso de Wilders y endureció el tono para asegurar la victoria. Le funcionó… pero a qué precio.

El ‘match point’ de Francia

Llegamos a mayo. Salvar Austria y Holanda era una buena noticia, pero la clave estaba en Francia. Porque —que nadie se engañe— Europa tiene dos pilares, y el otro es Alemania. En el país vecino los augurios tampoco eran buenos: las debilidades de los dos grandes partidos, los dos que habían gobernado en alternancia, quedaron expuestas en sus primarias. Se esperaba que Nicolas Sarkozy o Alain Juppé tomaran el pulso del partido, pero ganó François Fillon. El problema: que además de no conectar con las bases jóvenes, empezaron a estallarle un reguero de casos de corrupción que le dejaban sin opciones en la carrera electoral.

Al otro lado del espectro ideológico las cosas no iban mejor: el derrumbe en popularidad del presidente Françoise Hollande arrastró al supuestamente señalado, que era Manuel Valls, y también se llevó consigo a otros veteranos con peso. Ganó la apuesta menos esperada, que era Benoit Hamon… y entonces los sondeos empezaron a zumbarle con sus augurios apocalípticos.

A quien podía esperar el socialismo era, sin embargo, a un joven y magnético Emmanuel Macron, que pese a haber trabajado en el gabinete de Hollande —y pese a llevarse de pena con gente como Valls— decidió no competir por la candidatura socialista. «No soy socialista», dijo. En su lugar, se lo jugó todo a una carta, creó un partido de la noche a la mañana que hasta lleva las siglas de su nombre y se lanzó a la carretera. Y logró superar la primera vuelta de unas elecciones en las que, por primera vez, ninguno de los partidos tradicionales estaría.

Aquí empezaban las malas noticias: como sucedió en 2002, el ultraderechista Frente Nacional sería el otro contendiente en la segunda vuelta. Y sí, el FN es un partido irrelevante en lo ejecutivo (logró un escaño en 1997, ninguno en 2002 o 2007, y dos en 2012), pero sí es importante en realidad. Es el ‘partido tapado’ precisamente por ese sistema de elección a doble vuelta francés que blinda las elecciones para partidos más moderados. Sin embargo, en las elecciones locales o europeas sí han sido importantes en los últimos años: tanto como para ser la primera fuerza del país en las europeas de 2014.

Por suerte para Europa, ganó Macron, porque en realidad Le Pen no podía ganar (de nuevo por obra y gracia del sistema electoral). De hecho, es posible que Le Pen nunca pueda ganar, pero no ha perdido, porque seguirá ahí. Al menos de momento el sistema puede respirar tranquilo, porque el partido del presidente Macron ha logrado una mayoría absoluta nunca vista —y menos en un partido nuevo—.

Reino Unido

La victoria de Macron en Francia apuntalaba la buena marcha del año en términos electorales para la Unión Europea. Llegaba entonces el adelanto electoral que la ‘premier’ británica, Theresa May, había forzado. El objetivo era lograr una mayoría aún más amplia para negociar un brexit duro y desfavorable con la UE. En fin, Europa seguía con atención la cita, pero nadie creía que Jeremy Corbyn —líder laborista al que han tenido que elegir dos veces, como a Pedro Sánchez, porque también le hicieron la cama internamente— pudiera ganar. De hecho, aunque lo hiciera, ya dijo que iba a respetar la voluntad del pueblo británico expresada en aquel nefasto (para Europa) referéndum.

Vaya, que Europa daba la cosa como amortizada. Pero hete aquí que May ganó, pero perdiendo bastante y —quizá más importante— con los laboristas ganando bastante. No es que Corbyn sea santo de la devoción de Bruselas (demasiado a la izquierda, demasiado sindicalista) pero May gusta casi menos. Y eso es así quizá porque nadie piense que si ella cayera —que podría pasar todavía— el ‘hombre fuerte’ del brexit es el polémico y radical exalcalde de Londres, Boris Johnson, que sí se parece bastante a Trump, y no solo en el pelo.

Pero más allá de ese revés para la ‘premier’, hubo otro gran derrotado en las urnas: el ultranacionalista y euroescéptico UKIP, padre del brexit. De hecho, ellos son un poco como el FN francés, pero en pequeño: no son importantes en el Parlamento, ni tenían quizá opciones de gobernar. Pero sí son fuertes gracias al voto británico de las europeas: fue tercera fuerza en 2004, segunda en 2009 y primera en las últimas de 2014. Y de aquellos polvos, estos lodos.

El paso de su exlíder Nigel Farage por las instituciones comunitarias ha dejado un reguero de vídeos controvertidos, igual que sus portadas bebiendo cerveza… o sus reuniones con el todavía candidato Trump cuando, una vez ganado el brexit, decidió retirarse del partido porque —total— ya había logrado su objetivo.

El drama del brexit, su salida y estas elecciones han acabado por dinamitar internamente el partido —cuyo líder, con un brevísimo mandato, ha dimitido—, que no obtuvo representación y pasó de más de cuatro millones de votos a menos de 600.000.

Lo que queda por delante

Tras esta ristra de inesperadas buenas noticias, toca mirar al futuro. Una de las siguientes citas electorales tocará al otro pilar de la UE, aunque ahí se esperan pocas sorpresas. Hay quien augura un buen resultado al socialismo patrio, aunque Merkel parece indestructible a día de hoy. En cualquier caso, el gran miedo no viene de ninguno de esos partidos, sino del ultraderechista AFD, que copó también grandes titulares meses atrás y ahora parece diluirse en las encuestas tras la decisión de la polémica Frauke Petri de no concurrir como candidata.

Sin embargo, y aunque ahora las noticias sean buenas (para Europa), el fantasma ultranacionalista y ultraderechista sigue recorriendo Europa. Este gráfico de ElDiario.es, además de mostrar la caída generalizada de la socialidemocracia —que era su objetivo primario— ilustra también la latencia y pujanza de los ultras. Y aún quedan plazas en el caliente Este de Europa, atrapado entre el nacionalismo y las injerencias Rusas, y el norte de Europa, estandarte de muchas cosas buenas a nivel político y social, pero también foco de movimientos ultra a los que no conviene perder la pista.

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