14 de marzo 2018    /   ENTRETENIMIENTO
por
ilustracion  Rocío Cañero

Fuerdáis: los jóvenes pijazos de las grandes fortunas chinas

14 de marzo 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por        ilustracion  Rocío Cañero
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Forrados están los fuerdáis. Primero les llegó la pasta y, después, la palabra. Hacía falta un nombre para hablar de estos jóvenes chinos que se pulen la fortuna de sus padres millonarios en petardeo y desmesuras. Veinteañeros que publican fotos en sus redes sociales quemando fajos de billetes y mostrando sus cuentas bancarias millonarias.

O, como el hijo del magnate chino y accionista del Atlético de Madrid Wang Sicong, que farda en Weibo (el Twitter chino) de los ocho iPhone 7 que regala a su perro Coco y de los dos relojes Apple de oro que pone en sus dos patitas. Nada más y nada menos que unos 20.000 euros en una tacada para un animal megapijo que viste bolsos Fendi de miles de euros y bebe agua embotellada de las Islas Fiji (postureo nivel Dios).

La palabra fuerdái se hizo imprescindible un día de 2009. Hu Bin, un multimillonario de 20 años, atropelló a un ingeniero que, del impacto, echó a volar hasta alcanzar los cinco metros de altura y acabó aterrizando en un golpetazo que lo alejó 20 metros del cochazo. Nah… –decía en términos burocráticos el informe policial–, si el coche iba solo a 70 kilómetros por hora. Pero un juicio demostró que Hu Bin conducía a todo trapo porque estaba echándose una carrera con unos amigos y acabó condenado a tres años de cárcel por conducción temeraria.

Pero al año siguiente se produjo un accidente más catastrófico aún por ese antiguo juego de la velocidad. Ese que inmortalizó Nick Romano en la película Llamad a cualquier puerta (1949) cuando dijo: «Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver». Ese parecido a las apuestas que hacían los jóvenes españoles de los años 90 cuando ponían sus coches a toda velocidad en dirección contraria.

En 2010, Li Quiming, el hijo del director de la Policía de la provincia de Hebei, arrolló a dos estudiantes en un campus universitario y una de las jóvenes murió unas horas después. El chaval, de 22 años, salió por patas como si allí no hubiera ocurrido nada. Al poco, un agente lo detuvo y Li Quiming, borracho, le soltó: «Venga, denúnciame si te atreves. Mi padre es Li Gang». Esa chulería, que recuerda al «no sabe usted con quién está hablando» de los tiempos de Franco, se convirtió en un meme que ha circulado durante años por internet.

fuerdai

Desde aquel primer accidente de 2009 la prensa empezó a hablar a menudo de esta «segunda generación de ricos» o «hijos de los nuevos ricos chinos», como los define la Fundéu. La palabra fù’èrdài se popularizó en todo el mundo y se ha ido adaptando a los usos y costumbres de cada país. En inglés se ha convertido en fuerdai y en español, con la tilde bien puesta en su sitio, fuerdái.

Estos mileniales millonarios revuelven los sentimientos de millones de chinos. Algunos los siguen con morbo; otros los desprecian. Muchas teleseries incluyen personajes excesivos de este pelaje y hay incluso un reality show que trata de mostrar su vida: Ultra Rich Asian Girls of Vancouver.

A muchos les repele también la forma esperpéntica que estos millonarios tienen de fardar. Shamus Khan, sociólogo especializado en elites de la Universidad de Columbia, en EEUU, explicó a The New Yorker que este comportamiento no tiene antecedentes en el país que se llama a sí mismo «el centro del mundo». China fue la economía dominante hasta 1810. «Antes de eso, las elites chinas eran muy reservadas y eran casi esnob en su visión de los extranjeros. Ellos pensaban que las élites europeas estaban formadas por personas retrógradas que querían adquirir la cultura de China». Y eso los llevaba a emprender viajes arriesgados y peligrosos en busca de su delicioso té, sus sedas exquisitas y su delicada porcelana.

Este asombro se produjo hasta en las más altas esferas del Gobierno del país. En 2015, los mandatarios, escandalizados, decidieron que había que intentar meter a estos pijazos en vereda porque los veían como «niños mimados, arrogantes y tercos», según un artículo de la BBC. «Algunos jóvenes ricos solo saben que tienen dinero, pero no entienden de dónde viene. Saben cómo mostrar su riqueza, pero no saben cómo crearla», indicó, en una nota, el Departamento de Trabajo del Frente Unido.

Y para meterlos en cintura planificaron un curso destinado a jóvenes multimillonarios en el que tenían que estudiar la doctrina de Confuncio, para portarse bien, y teorías empresariales, para actuar con cabeza. A muchos dirigentes les preocupa que los herederos de las grandes fortunas del país estén en mano de manirrotos. Pero, que no cunda el pánico, estos son los más extravagantes. También hay fuerdáis que trabajan a destajo y no usan sus redes sociales para mostrar a sus huskies royendo diamantes. Pero como indica el refrán chino, recogido en la BBC, «las buenas noticias no pasan de la puerta. Las malas viajan a miles de kilómetros».

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Forrados están los fuerdáis. Primero les llegó la pasta y, después, la palabra. Hacía falta un nombre para hablar de estos jóvenes chinos que se pulen la fortuna de sus padres millonarios en petardeo y desmesuras. Veinteañeros que publican fotos en sus redes sociales quemando fajos de billetes y mostrando sus cuentas bancarias millonarias.

O, como el hijo del magnate chino y accionista del Atlético de Madrid Wang Sicong, que farda en Weibo (el Twitter chino) de los ocho iPhone 7 que regala a su perro Coco y de los dos relojes Apple de oro que pone en sus dos patitas. Nada más y nada menos que unos 20.000 euros en una tacada para un animal megapijo que viste bolsos Fendi de miles de euros y bebe agua embotellada de las Islas Fiji (postureo nivel Dios).

La palabra fuerdái se hizo imprescindible un día de 2009. Hu Bin, un multimillonario de 20 años, atropelló a un ingeniero que, del impacto, echó a volar hasta alcanzar los cinco metros de altura y acabó aterrizando en un golpetazo que lo alejó 20 metros del cochazo. Nah… –decía en términos burocráticos el informe policial–, si el coche iba solo a 70 kilómetros por hora. Pero un juicio demostró que Hu Bin conducía a todo trapo porque estaba echándose una carrera con unos amigos y acabó condenado a tres años de cárcel por conducción temeraria.

Pero al año siguiente se produjo un accidente más catastrófico aún por ese antiguo juego de la velocidad. Ese que inmortalizó Nick Romano en la película Llamad a cualquier puerta (1949) cuando dijo: «Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver». Ese parecido a las apuestas que hacían los jóvenes españoles de los años 90 cuando ponían sus coches a toda velocidad en dirección contraria.

En 2010, Li Quiming, el hijo del director de la Policía de la provincia de Hebei, arrolló a dos estudiantes en un campus universitario y una de las jóvenes murió unas horas después. El chaval, de 22 años, salió por patas como si allí no hubiera ocurrido nada. Al poco, un agente lo detuvo y Li Quiming, borracho, le soltó: «Venga, denúnciame si te atreves. Mi padre es Li Gang». Esa chulería, que recuerda al «no sabe usted con quién está hablando» de los tiempos de Franco, se convirtió en un meme que ha circulado durante años por internet.

fuerdai

Desde aquel primer accidente de 2009 la prensa empezó a hablar a menudo de esta «segunda generación de ricos» o «hijos de los nuevos ricos chinos», como los define la Fundéu. La palabra fù’èrdài se popularizó en todo el mundo y se ha ido adaptando a los usos y costumbres de cada país. En inglés se ha convertido en fuerdai y en español, con la tilde bien puesta en su sitio, fuerdái.

Estos mileniales millonarios revuelven los sentimientos de millones de chinos. Algunos los siguen con morbo; otros los desprecian. Muchas teleseries incluyen personajes excesivos de este pelaje y hay incluso un reality show que trata de mostrar su vida: Ultra Rich Asian Girls of Vancouver.

A muchos les repele también la forma esperpéntica que estos millonarios tienen de fardar. Shamus Khan, sociólogo especializado en elites de la Universidad de Columbia, en EEUU, explicó a The New Yorker que este comportamiento no tiene antecedentes en el país que se llama a sí mismo «el centro del mundo». China fue la economía dominante hasta 1810. «Antes de eso, las elites chinas eran muy reservadas y eran casi esnob en su visión de los extranjeros. Ellos pensaban que las élites europeas estaban formadas por personas retrógradas que querían adquirir la cultura de China». Y eso los llevaba a emprender viajes arriesgados y peligrosos en busca de su delicioso té, sus sedas exquisitas y su delicada porcelana.

Este asombro se produjo hasta en las más altas esferas del Gobierno del país. En 2015, los mandatarios, escandalizados, decidieron que había que intentar meter a estos pijazos en vereda porque los veían como «niños mimados, arrogantes y tercos», según un artículo de la BBC. «Algunos jóvenes ricos solo saben que tienen dinero, pero no entienden de dónde viene. Saben cómo mostrar su riqueza, pero no saben cómo crearla», indicó, en una nota, el Departamento de Trabajo del Frente Unido.

Y para meterlos en cintura planificaron un curso destinado a jóvenes multimillonarios en el que tenían que estudiar la doctrina de Confuncio, para portarse bien, y teorías empresariales, para actuar con cabeza. A muchos dirigentes les preocupa que los herederos de las grandes fortunas del país estén en mano de manirrotos. Pero, que no cunda el pánico, estos son los más extravagantes. También hay fuerdáis que trabajan a destajo y no usan sus redes sociales para mostrar a sus huskies royendo diamantes. Pero como indica el refrán chino, recogido en la BBC, «las buenas noticias no pasan de la puerta. Las malas viajan a miles de kilómetros».

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