25 de mayo 2016    /   IDEAS
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Fuiste a la universidad y estás decepcionado: bienvenido al club

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Cuando fuiste a la universidad, no sabías que pedías casi un imposible: que se cumpliera la mitad de la mitad de lo que te habían prometido los centros de educación superior, los medios y la sociedad durante años de campañas de marketing y periodismo happy. Formabas parte de la generación mejor preparada y sabías que igual no llegarías a ser un líder como decían, pero tampoco creías que la palabra «líder» en aquellos anuncios significase, en realidad, «precario», «temporal» o «carne de cañón».

Parece inevitable recordar las palabras con las que Orwell describía en 1984 el eslogan de un partido político ficticio: «Guerra es paz, libertad es esclavitud, ignorancia es fuerza». Toda tu vida hasta los 23 o 24 años, mientras te sacabas el Advanced en inglés y obtenías el nivel B-1 de francés, alemán o italiano para marcar la diferencia, te habían hablado en una lengua que creías que era la tuya y que, ciertamente, era la de otros. No podía ser más ajena. Sabías todos los idiomas menos el que tenías que saber. La neolengua, mentirosa como la del eslogan de Orwell, iba a sellar tu futuro.    

A los cantos de sirena que escuchabas en casa (¡Orgullo de abuela! ¡Ya son dos generaciones de universitarios en la familia!) se sumaban unos lemas ubicuos sobre los divertidos y excéntricos protagonistas de una revolución fabulosa (¡La clase creativa! ¡Los visionarios de la economía del conocimiento! ¡Funky business!). No puedes negar que, a veces, se dibujaba una sonrisa condescendiente y algo culpable en tu rostro cuando mirabas a tantas generaciones anteriores que habían tenido que arrastrar, como Sísifo, la piedra inmensa y gris de un trabajo aburrido y que no les gustaba colina arriba, colina abajo. Pobre gente. No les pagaban por pensar y a ti te pagarían por crear y viajar por el mundo. Habían nacido en la época y el lugar equivocados. ¡No como tú, querido líder!

Pero, MALAS NOTICIAS, sí eran como tú, aunque el día que elegiste carrera y universidad ni siquiera lo sospechases. Creías que iban a formarte para el mercado laboral, que habría buenas prácticas y oportunidades profesionales después de años de codos y exámenes (también de fiestas y Orgasmus enloquecidos), que los profesores estarían volcados en enseñarte y los seleccionarían por su capacidad para hacerlo, que tus compañeros de estudios se lo tomarían en serio y te motivarían a  seguir su ejemplo (os motivaríais entre todos) y que los que se licenciasen más o menos bien acabarían viviendo mejor que sus padres.

Entonces, durante los primeros años de vida laboral, volviste la vista atrás, a la  universidad, y dijiste: me has decepcionado, me has engañado, no has cumplido tus promesas. Eras un caminante sin camino, eras un vagabundo del conocimiento (pedirías, al menos, la limosna de una beca con educación, con una pizca de vergüenza, llevando corbata) y aquella casa del saber, pensabas, no era más que la vivienda de protección oficial de la ignorancia y una fábrica en serie de parados.

Es verdad que, en la intimidad de tu conciencia, intentabas ser más justo: habías aprendido cosas, habías conocido a buenos e interesantes amigos y ahora, hablando en plata (en la de los salarios y la estabilidad, digo), te encontrabas varios escalones por encima de los que no se habían licenciado. La explosión y posterior hundimiento de los trabajos no cualificados de la construcción eran la prueba de que no te habías equivocado. En la precariedad, como en todo, hay clases y, BUENAS NOTICIAS, tú estarías arriba.

Respuestas locas a situaciones locas

¿Pero era realmente la universidad la única culpable de no te hubieses convertido en el trabajador que esperabas? Cuando te miras en el espejo, tu imagen te devuelve un abrasivo signo de interrogación. Estos años han arrancado la condescendencia de tu sonrisa. No te preocupes: nos la han arrancado a todos. Quizás nunca deberíamos haberla tenido. Igual es que éramos estúpidos.

La masificación de la educación superior –que no existan ni remotamente suficientes puestos cualificados para integrar en ellos a las decenas de miles de alumnos que salen al mercado todos los años– no es solo responsabilidad de la universidad, que por supuesto quiere ganar más dinero con las matrículas,  sino de una sociedad que está convencida de que los jóvenes que no reciban una educación superior están condenados a aterradoras condiciones laborales, a ser víctimas de la automatización o de la mano de obra esclava de los países emergentes y a vivir, simple y llanamente, peor que sus padres.

Es fácil el diagnóstico: hay que redimensionar el tamaño de la oferta académica y ajustarla a la realidad del mercado que los alumnos se van a encontrar. El tratamiento es lo difícil: cerrar facultades y universidades, despedir a cientos de académicos, a veces con muchísima ilusión y talento, negarle la universidad a tu hijo si no da el perfil o que tú asumas que tus compañeros del colegio pueden ir a la Complutense o la Autónoma de Barcelona  y tú no. Sabes que, con los valores actuales, eres peor que ellos y que tu futuro también lo será. Estás condenado.

Andre Spicer, profesor de la escuela de negocios Cass en Londes, escribió recientemente en The Guardian que estaba harto de ver a universitarios que se estrellaban contra el mito de una economía del conocimiento, que demandaba supuestamente cada vez más profesionales cualificados. Aportaba unas cifras que podrían ser, más o menos, las de España: sólo el 20% de los trabajos en Estados Unidos en 2010 exigía un título universitario y los números iban en descenso.

En estas circunstancias, y de un modo aparentemente absurdo, el 40% de los jóvenes había decidido sacarse una licenciatura y los precios de las matrículas se habían multiplicado por cinco desde mediados de los ochenta. El acelerón ha continuado en los últimos años en Estados Unidos… exactamente cuando los títulos cuestan más y valen menos… y cuando las quiebras de los estudiantes que no pueden devolver los créditos se multiplican en consecuencia.

Pero aquello no era absurdo. Las premisas, allí y en España, estaban claras, grabadas a fuego en nuestros corazones de estudiantes y padres: primera, nadie quiere ser peor o más tonto que los demás o ni estar condenado a sufrir una vida de inestabilidad y angustia desde los 18 años; segunda, si hay trabajos cualificados y bien pagados, yo compraré la lotería para que me toque uno; tercera, si compito por un trabajo poco cualificado (el de un administrativo, por ejemplo), tendré más posibilidades de conseguirlo que el que no haya ido a la universidad.

Por desgracia para los estudiantes, parte del boom de universitarios ha coincidido desde los noventa con sucesivas oleadas de reformas laborales mal diseñadas, y ahora con unos índices de paro altísimos, que han socavado sus salarios y su seguridad.

Sufren, por eso mismo, la triple maldición que pretendían conjurar yendo a la universidad. Sus empleos están mal pagados, muchas veces son temporales y en demasiadas ocasiones los fuerzan a dedicarse o bien a algo que no tiene nada que ver con lo que estudiaron o bien a un trabajo que apenas exige cualificación. ¿Cómo no iba a pensar de este modo el 37% de los trabajadores británicos que sus puestos no aportaban nada a la sociedad?¿Cómo no iban a llegar a la conclusión en Reino Unido o en España de que las universidades y la sociedad los habían estafado?

¡Echadle gasolina!

Porque es cierto que la universidad no tenía la culpa de todo, pero sí la responsabilidad de agravar el fuego –más gasolina, profesor– que otras circunstancias habían desatado con lanzallamas. Ni programas ni materias, tampoco la forma de impartirlas, se ajustaban a las necesidades del estudiante o a la realidad laboral que abrazaría al salir del aula. La promoción de los profesores tenía que ver casi nada con la satisfacción del alumno o el currículum del candidato y casi todo con la satisfacción del jefe de departamento.

Por si fuera poco, muchos centros de educación superior intentaban cerrar la puerta a los competidores que pudieran ofrecer un servicio mejor que el suyo y eso, y su escasa voluntad y conocimiento del mercado extrauniversitario, los llevaba a tardar años en adaptarse a las nuevas realidades de empresas, sí, pero también del sector sin ánimo de lucro. Hay historias de terror sobre alumnos de Comunicación Audiovisual que hacen prácticas ahora mismo en una universidad madrileña con vídeos VHS. Además, los estudiantes no tenían manera de elegir como es debido el lugar donde querían intentar estudiar: no había datos fiables de empleabilidad, de los sectores de destino de los antiguos alumnos, de su grado de satisfacción o del grado de satisfacción de los empleadores con su formación.

En un contexto de ira y frustración como éste, no es extraño que cada vez sean más los expertos que consideran que la universidad es una institución irrelevante y que, sencillamente, sólo sirve para adquirir una base teórica, un buen número de amigos de los que también se aprende y unos años de diversión que, a diferencia de Estados Unidos, no terminan con la suspensión de pagos de los alumnos. Es tragedia y comedia aprobar todas las asignaturas para acabar suspendiendo pagos.  

La decepción con la educación superior parece masiva. De eso no hay duda. Por ahora, gana abrumadoramente el campo que defiende reformarla frente al que apuesta por abolirla, reemplazarla o enviarla a la marginalidad como empiezan a sugerir algunos en Silicon Valley. Todavía gran parte de la sociedad –tú mismo, no te escondas– sigue pensando que sus hijos vivirán mejor y sufrirán menos si son licenciados.

Recapitulamos: estás frustrado con la universidad, pero no te arrepientes ni por un segundo de tener un título universitario y harás todo lo posible para que tus hijos consigan el suyo. Exagerarás las posibilidades de sus licenciaturas para que las estudien y ellos, cuando descubran lo ocurrido, se frustrarán y seguramente harán lo mismo con tus nietos. Esto es lo que llamaba Orwell doblepensar. Dame el número de tu psiquiatra. Yo te daré el del mío.

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Cuando fuiste a la universidad, no sabías que pedías casi un imposible: que se cumpliera la mitad de la mitad de lo que te habían prometido los centros de educación superior, los medios y la sociedad durante años de campañas de marketing y periodismo happy. Formabas parte de la generación mejor preparada y sabías que igual no llegarías a ser un líder como decían, pero tampoco creías que la palabra «líder» en aquellos anuncios significase, en realidad, «precario», «temporal» o «carne de cañón».

Parece inevitable recordar las palabras con las que Orwell describía en 1984 el eslogan de un partido político ficticio: «Guerra es paz, libertad es esclavitud, ignorancia es fuerza». Toda tu vida hasta los 23 o 24 años, mientras te sacabas el Advanced en inglés y obtenías el nivel B-1 de francés, alemán o italiano para marcar la diferencia, te habían hablado en una lengua que creías que era la tuya y que, ciertamente, era la de otros. No podía ser más ajena. Sabías todos los idiomas menos el que tenías que saber. La neolengua, mentirosa como la del eslogan de Orwell, iba a sellar tu futuro.    

A los cantos de sirena que escuchabas en casa (¡Orgullo de abuela! ¡Ya son dos generaciones de universitarios en la familia!) se sumaban unos lemas ubicuos sobre los divertidos y excéntricos protagonistas de una revolución fabulosa (¡La clase creativa! ¡Los visionarios de la economía del conocimiento! ¡Funky business!). No puedes negar que, a veces, se dibujaba una sonrisa condescendiente y algo culpable en tu rostro cuando mirabas a tantas generaciones anteriores que habían tenido que arrastrar, como Sísifo, la piedra inmensa y gris de un trabajo aburrido y que no les gustaba colina arriba, colina abajo. Pobre gente. No les pagaban por pensar y a ti te pagarían por crear y viajar por el mundo. Habían nacido en la época y el lugar equivocados. ¡No como tú, querido líder!

Pero, MALAS NOTICIAS, sí eran como tú, aunque el día que elegiste carrera y universidad ni siquiera lo sospechases. Creías que iban a formarte para el mercado laboral, que habría buenas prácticas y oportunidades profesionales después de años de codos y exámenes (también de fiestas y Orgasmus enloquecidos), que los profesores estarían volcados en enseñarte y los seleccionarían por su capacidad para hacerlo, que tus compañeros de estudios se lo tomarían en serio y te motivarían a  seguir su ejemplo (os motivaríais entre todos) y que los que se licenciasen más o menos bien acabarían viviendo mejor que sus padres.

Entonces, durante los primeros años de vida laboral, volviste la vista atrás, a la  universidad, y dijiste: me has decepcionado, me has engañado, no has cumplido tus promesas. Eras un caminante sin camino, eras un vagabundo del conocimiento (pedirías, al menos, la limosna de una beca con educación, con una pizca de vergüenza, llevando corbata) y aquella casa del saber, pensabas, no era más que la vivienda de protección oficial de la ignorancia y una fábrica en serie de parados.

Es verdad que, en la intimidad de tu conciencia, intentabas ser más justo: habías aprendido cosas, habías conocido a buenos e interesantes amigos y ahora, hablando en plata (en la de los salarios y la estabilidad, digo), te encontrabas varios escalones por encima de los que no se habían licenciado. La explosión y posterior hundimiento de los trabajos no cualificados de la construcción eran la prueba de que no te habías equivocado. En la precariedad, como en todo, hay clases y, BUENAS NOTICIAS, tú estarías arriba.

Respuestas locas a situaciones locas

¿Pero era realmente la universidad la única culpable de no te hubieses convertido en el trabajador que esperabas? Cuando te miras en el espejo, tu imagen te devuelve un abrasivo signo de interrogación. Estos años han arrancado la condescendencia de tu sonrisa. No te preocupes: nos la han arrancado a todos. Quizás nunca deberíamos haberla tenido. Igual es que éramos estúpidos.

La masificación de la educación superior –que no existan ni remotamente suficientes puestos cualificados para integrar en ellos a las decenas de miles de alumnos que salen al mercado todos los años– no es solo responsabilidad de la universidad, que por supuesto quiere ganar más dinero con las matrículas,  sino de una sociedad que está convencida de que los jóvenes que no reciban una educación superior están condenados a aterradoras condiciones laborales, a ser víctimas de la automatización o de la mano de obra esclava de los países emergentes y a vivir, simple y llanamente, peor que sus padres.

Es fácil el diagnóstico: hay que redimensionar el tamaño de la oferta académica y ajustarla a la realidad del mercado que los alumnos se van a encontrar. El tratamiento es lo difícil: cerrar facultades y universidades, despedir a cientos de académicos, a veces con muchísima ilusión y talento, negarle la universidad a tu hijo si no da el perfil o que tú asumas que tus compañeros del colegio pueden ir a la Complutense o la Autónoma de Barcelona  y tú no. Sabes que, con los valores actuales, eres peor que ellos y que tu futuro también lo será. Estás condenado.

Andre Spicer, profesor de la escuela de negocios Cass en Londes, escribió recientemente en The Guardian que estaba harto de ver a universitarios que se estrellaban contra el mito de una economía del conocimiento, que demandaba supuestamente cada vez más profesionales cualificados. Aportaba unas cifras que podrían ser, más o menos, las de España: sólo el 20% de los trabajos en Estados Unidos en 2010 exigía un título universitario y los números iban en descenso.

En estas circunstancias, y de un modo aparentemente absurdo, el 40% de los jóvenes había decidido sacarse una licenciatura y los precios de las matrículas se habían multiplicado por cinco desde mediados de los ochenta. El acelerón ha continuado en los últimos años en Estados Unidos… exactamente cuando los títulos cuestan más y valen menos… y cuando las quiebras de los estudiantes que no pueden devolver los créditos se multiplican en consecuencia.

Pero aquello no era absurdo. Las premisas, allí y en España, estaban claras, grabadas a fuego en nuestros corazones de estudiantes y padres: primera, nadie quiere ser peor o más tonto que los demás o ni estar condenado a sufrir una vida de inestabilidad y angustia desde los 18 años; segunda, si hay trabajos cualificados y bien pagados, yo compraré la lotería para que me toque uno; tercera, si compito por un trabajo poco cualificado (el de un administrativo, por ejemplo), tendré más posibilidades de conseguirlo que el que no haya ido a la universidad.

Por desgracia para los estudiantes, parte del boom de universitarios ha coincidido desde los noventa con sucesivas oleadas de reformas laborales mal diseñadas, y ahora con unos índices de paro altísimos, que han socavado sus salarios y su seguridad.

Sufren, por eso mismo, la triple maldición que pretendían conjurar yendo a la universidad. Sus empleos están mal pagados, muchas veces son temporales y en demasiadas ocasiones los fuerzan a dedicarse o bien a algo que no tiene nada que ver con lo que estudiaron o bien a un trabajo que apenas exige cualificación. ¿Cómo no iba a pensar de este modo el 37% de los trabajadores británicos que sus puestos no aportaban nada a la sociedad?¿Cómo no iban a llegar a la conclusión en Reino Unido o en España de que las universidades y la sociedad los habían estafado?

¡Echadle gasolina!

Porque es cierto que la universidad no tenía la culpa de todo, pero sí la responsabilidad de agravar el fuego –más gasolina, profesor– que otras circunstancias habían desatado con lanzallamas. Ni programas ni materias, tampoco la forma de impartirlas, se ajustaban a las necesidades del estudiante o a la realidad laboral que abrazaría al salir del aula. La promoción de los profesores tenía que ver casi nada con la satisfacción del alumno o el currículum del candidato y casi todo con la satisfacción del jefe de departamento.

Por si fuera poco, muchos centros de educación superior intentaban cerrar la puerta a los competidores que pudieran ofrecer un servicio mejor que el suyo y eso, y su escasa voluntad y conocimiento del mercado extrauniversitario, los llevaba a tardar años en adaptarse a las nuevas realidades de empresas, sí, pero también del sector sin ánimo de lucro. Hay historias de terror sobre alumnos de Comunicación Audiovisual que hacen prácticas ahora mismo en una universidad madrileña con vídeos VHS. Además, los estudiantes no tenían manera de elegir como es debido el lugar donde querían intentar estudiar: no había datos fiables de empleabilidad, de los sectores de destino de los antiguos alumnos, de su grado de satisfacción o del grado de satisfacción de los empleadores con su formación.

En un contexto de ira y frustración como éste, no es extraño que cada vez sean más los expertos que consideran que la universidad es una institución irrelevante y que, sencillamente, sólo sirve para adquirir una base teórica, un buen número de amigos de los que también se aprende y unos años de diversión que, a diferencia de Estados Unidos, no terminan con la suspensión de pagos de los alumnos. Es tragedia y comedia aprobar todas las asignaturas para acabar suspendiendo pagos.  

La decepción con la educación superior parece masiva. De eso no hay duda. Por ahora, gana abrumadoramente el campo que defiende reformarla frente al que apuesta por abolirla, reemplazarla o enviarla a la marginalidad como empiezan a sugerir algunos en Silicon Valley. Todavía gran parte de la sociedad –tú mismo, no te escondas– sigue pensando que sus hijos vivirán mejor y sufrirán menos si son licenciados.

Recapitulamos: estás frustrado con la universidad, pero no te arrepientes ni por un segundo de tener un título universitario y harás todo lo posible para que tus hijos consigan el suyo. Exagerarás las posibilidades de sus licenciaturas para que las estudien y ellos, cuando descubran lo ocurrido, se frustrarán y seguramente harán lo mismo con tus nietos. Esto es lo que llamaba Orwell doblepensar. Dame el número de tu psiquiatra. Yo te daré el del mío.

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Opiniones 20
  • Me han entrado ganas de llorar leyendo esto porque todo es TAN VERDAD. Estudios que no cumplen con lo que prometía el programa, prácticas donde no te valoran (ni te pagan) y entrada al mundo laboral con una cara de póker de la hostia. Pero se te ha olvidado la guinda del pastel: «voy a hacer un máster, a ver si así…» NO. LO. HAGÁIS. ES MENTIRA TODO.

  • Lo que más me decepcionó de la universidad fue que, nada más salir, me llamó un profesor para ofrecerme mi primer trabajo. Tras la emoción inicial de conseguir algo nada más poner un pié fuera de la facultad me dice «Ah!, pero ya acabaste todo? que pena, si te hubieran quedado materias suspendidas podrías optar a un sueldo de 600€ con una ayuda…. ahora sólo podemos ofrecerte 150€ y da gracias».

    ¿Cómo el propio sistema puede premiar los suspensos y menospreciar de esa forma el esfuerzo de un estudiante? Supongo que ese fue el momento más amargo junto con el hecho que la universidad ni se molestó en hacer graduación… total, así de poco importaba el hecho de haber invertido 5 años en una carrera…. de haberlo sabido.

  • Querido Gozalo: Este es el artículo más honesto que he leído sobre la realidad de la vida profesional!

    Somos seres atrapados con deseos de cambiar el cuento pero no sabemos cómo rayos lo haremos. Mientras tanto, seguimos invitando a los jóvenes a dar vueltas junto a nosotros en este círculo maldito.

  • Llorando.
    Es demoledor leer esto, sobre todo cuando aún te quedan dos años de una carrera de 5 (en realidad 6, para qué engañarnos). Y a la vez, liberador.
    En cualquier caso, gracias!

  • El 72% de los titulados en 2010 considera que su titulación les ha servido para encontrar trabajo. Por ramas esta opinión la comparten el 92% en Ciencias de la Salud, el 77% de Ingeniería y Arquitectura y sólo el 55,5% de Artes y Humanidades, según el INE. Es cierto que hay que reformar la universidad, pero tampoco entregársela a las empresas ni a los tecnócratas. Nada más fácil que controlar a una sociedad hiperespecializada y sin cultura. Y sí, los periodistas lo tenemos fatal también 🙂

    • Sin duda, Andrés. La clave es qué trabajos encontraron, si tenían relación con lo estudiado, cuánto duraron en ellos y si podían sobrevivir con lo que percibían.

      La universidad ya está en manos de empresas (las privadas) y de funcionarios tecnócratas (los profesores de las públicas). No es una amenaza: es un hecho.

  • Touché. Toda la razón. La universidad es la gran mentira a la clase trabajadora. Es un negocio más. Los puestos de trabajo chupiguays que nos venden siempre están reservados para los enchufados de turno… y así va el país. Al menos perteneceremos a una nueva élite trabajadora: los titulados universitarios emigrantes.

  • La universidad española es lo peor. Yo estudié en la Universidad de Oviedo e hice mi doctorado allí. Una pérdida de tiempo, un engaño, una estafa, un despropósito. Después trabajé en universidades extranjeras (EU y USA y un periodo muy breve en Australia) y ahí aprendí a ser un académico. Verguenza profunda me da decir que hice el MSc y PhD en Oviedo.

  • En México la situación no es muy distinta, pero vaya que me arrepiento de ese título universitario que no nos ha servido ni un carajo a nuestra generación.
    Perdimos cuatro o cinco años de nuestras vidas estudiando planes de estudio que no son requeridos por el mercado laboral, en vez de hacer una carrera técnica, o una vida laboral activa, ahora somos demasiado viejos para muchos puestos que permitirían crecimiento, sin las capacidades necesarias para puestos de nivel medio que también permitirían crecimiento, «sobre calificados» para una mierda, y en realidad creo que la calidad de vida de mis hijos dependerá de decirles la verdad, que la universidad no les da lo que el mercado pide y que es mejor adquirirlo mediante la experiencia o mediante cursos específicos, que aunque costosos, no se comparan en nada a una matrícula universitaria. De eso dependerá su futuro, no de una carrera, pensar así significa que no hemos aprendido nada, y que nuestros hijos se sentirán igual de defraudados si los encarrilamos a por esa dirección, pero peor aún, ya que nosotros habíamos experimentado ya el fracaso de esa vía y no se los advertimos, sino que los empujamos a ello.

  • Contundente y absolutamente cierto todo lo que comentas. Me ha parecido un análisis muy completo y sobre todo que toca los puntos clave por los cuales la Universidad requiere una reforma profunda. Añadiría un último punto si embargo y es de la cultura de la meritocracia. España es un país donde se estudia para aprobar y el resultado todo lo justifica. La cultura del esfuerzo diario o de la curiosidad intelectual no se valora, de ahí que la simple lectura en clave numerica de lo que ha sido el paso por la Universidad me parece un grave error. Hay mucha gente en España que ha compaginado su paso por la universidad con infinidad de actividades en paralelo: voluntariados, proyectos emprendedores, trabajos a media jornada y todo ello muchas veces no tiene recompensa. Lo dicho, enhorabuena y comparto un artículo sobre el mismo tema que escribí al acabar la carera. Un saludo! http://www.laveletainternacional.com/2013/08/balance-de-un-recien-doble-licenciado.html?m=1

  • Yo creo que el conocimiento nos da ante todo la capacidad de pensar x nosotros mismos, de enterarnos mejor de lo que nos cuentan y lo que ocurre a nuestro alrededor, y cierta seguridad a la hora de valorar nuestra opinión personal (en vez de pensar, x ejemplo,»No estoy de acuerdo, pero si lo dicen en la tele, ellos saben más que yo..; ().Se puede adquirir en la universidad o no, pero estoy convencida de que una población más culta es una población más libre de decidir, pensar y actuar.Que luego haya crisis, mucjos licenciados, y no licenciados no encuentren un buen puesto de trabajo, que tengan que irse fuera xque el estado no apuesta x la investigación es un problema q no tiene que ver con el número excesivo de gente preparada, que nunca sobra en ningún puesto de trabajo ni en la cola del paro.Por eso no creo que la solución pase x dejar de nuevo el acceso al conocimiento en manos de unos pocos, que también tienen ya garantizado un buen puesto x su situacion económica o familiar. Creo q hace falta mas amplitud de miras y flexibilidad x ambas partes:el problema es que mandan las empresas a la hora de crear puestos o apoyar un tipo de investigación u otra y aun tardan en aprender que si hacen sitio a gente preparada sólo pueden ganar.Los avances en tecnología, medicina, ciencia se han disparado desde el siglo pasado que es cuando una gran mayoria de personas ha tenido acceso a la educación. Desde luego la universidad es mejorable, como mychas otras cosas a día de hoy, pero…hoy x hoy ningun tipo de estudio garantiza una salida laboral.a

  • Un artículo ensoñador para toda persona que lea lo que nunca supo escribir o decir; está claro que el sistema que tenemos es dececepcionante, en todos los ámbitos descritos en el artículo; pero discrepo en parte, ya que es muy fácil echar la culpa al sistema (como el «echar la culpa a los demás») cuando no hemos analizado el sistema de funcionamiento y forma de clasificar a cada persona; equívoco el hacernos las víctimas sin hacer nada y decir todo (ESTE ARTÍCULO); no estoy de acuerdo, no creo que todo sea por la culpa del sistema y los factores que lo personalizan, creo que el mayor error es la persona que sin conocimiento estudia/trabaja en un puesto sin conocimiento de sus gustos, sí, por muy hardcore que suene; el no saber en realidad lo que gusta o deja de gustar, las pasiones, el tipo de vida, dónde quieres trabajar en un futuro o cuál es tu pasión son las preguntas que no se hacen, no se estudian, ni siquiera se analizan en una entrevista de trabajo, puede que ahí radique el 50% del problema que comentas en el artículo.

  • Lo único que hace este artículo es hablar de la Universidad como un lugar donde uno va a formarse para ganar un puesto de trabajo. Concepción totalmente errónea de lo que es una Universidad. La Universidad es un centro de difusión generación de conocimiento gracias a la investigación y a la docencia. Tanto la concepción de «buscar el trabajo de tus sueños» como la de la Universidad al servicio del mercado laboral lo único que fomentan es la precariedad laboral y ponen en peligro la transmisión de conocimiento que una empresa no considere «útil» para su negocio.

    El que quiera formarse para trabajar en el Silicon Valley, que se vaya a apuntarse a cursos de Coursera o a una FP. El que va a la Universidad es el que ama el conocimiento. Yo tengo un grado en ingeniería informática y un master en inteligencia artificial porque es el campo de conocimiento que más me encanta, pero no por ello trabajo de informático ni quisiera jamás en la vida hacerlo. Mi trabajo es para ganarme la vida, para nada más,

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