22 de diciembre 2021    /   IDEAS
por
 Ilustración: Holasoyka

Presente líquido, futuro vaporoso

22 de diciembre 2021    /   IDEAS     por          Ilustración: Holasoyka
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El anuncio empezaba con un chico que acudía a una de esas quedadas en las que tienes que ir rotando de mesa en mesa buscando el flechazo en conversaciones sucesivas de apenas cinco minutos. Ya en el coche le enseñaba a la elegida un tatuaje con el nombre de ella, a lo que ella respondía enseñando otro con el nombre de él, y ambos se reían. No es que estuvieran predestinados, es que habían buscado a una persona que se llamara igual que sus exparejas.

El anuncio —que, por cierto, era de coches— tiene algunos años ya, pero aventuraba un enfrentamiento que ha acabado por estallar en los últimos años. No se trata de la típica contienda generacional entre lo nuevo y lo viejo, o lo convencional y lo innovador, sino directamente entre aquellas cosas que antes eran estables y un mundo actual en el que impera todo lo que no es duradero. Si cometiste el error de tatuarte el nombre de otra persona, al menos encuentra la forma de darle una nueva vida.

Si recuerdas el anuncio, recordarás que posiblemente lo viste viviendo aún en casa de tus padres. Piensa ahora en lo que rodeaba a la televisión. La mayoría de casas de baby boomers lucen desde hace décadas los mismos muebles de madera noble. Fueron hechos a medida de la nueva casa como una parte más del ritual matrimonial, y a su imagen y semejanza: carísimos, clásicos y pensados para durar. Misma pareja, misma casa, mismos muebles, y posiblemente mismo trabajo hasta la apacible jubilación.

Si todo ha ido bien, posiblemente ya no vivas con ellos. Pero es probable que tú no hayas pasado por el altar y quizá tampoco tengas casa en propiedad. Lo que seguro que no tienes es un mueble como ese, porque los hijos de los baby-boomers han optado masivamente por los muebles de aglomerado hechos por una multinacional sueca que, a diferencia de esa madera noble, tienen una vida útil de apenas unos años y unas cuantas mudanzas empalmando casas de alquiler.

futuro de la sociedad líquida

NO QUEDA MÁS REMEDIO QUE FLUIR

Decir que el mundo ha cambiado es lo mismo que no decir nada, porque nunca deja de hacerlo. Pero es verdad que parece que ahora hay una variación algo más profunda: no es que se cuestione lo que hacían quienes nos precedían, sino que hay una enmienda a la totalidad del estilo de vida anterior. 

El resumen superficial implica afirmar que la gente ya no se compromete, ni se casa, ni tiene familia, ni se compra casa. Es lo que Zygmunt Bauman anunció hace más de dos décadas en su libro Liquid modernity‘: la vida es líquida porque todo fluye y cambia, nada permanece. Es, para algunos, una opción: no quiero una pareja estable, ni una residencia fija, ni un trabajo que me ancle a la mesa, ni una vida predecible y rutinaria. Pero, más allá de quien decide vivir así, está la otra parte de la historia: la gente que no lleva esa vida por decisión, sino porque no tiene otra alternativa. 

Sí, algunos cambian el romanticismo por Tinder, el papel por stories efímeras en redes sociales, el transporte privado por el compartido, la compra por el renting, y viven reproduciendo notas de voz al doble de velocidad porque no tienen horas en el día. La música, las series o las películas ya no se tienen, sino que se accede a ellas, al menos mientras pagas la suscripción.

Se sale hasta bien entrados los treinta y, en muchos casos, la estabilidad —laboral, familiar o de cualquier otro tipo— no asoma hasta casi los cuarenta. La mayoría de esa nueva generación ya no tiene trabajos para toda la vida, ni puede confiar en tener ingresos estables, ni certezas sobre el mañana, como tenían sus progenitores. Hasta ahí los hechos, la cuestión es dilucidar cuál es la causa y cuál la consecuencia.

El chico del anuncio de coches no elegía a la chica por romanticismo —que es otro de esos ideales del pasado—, sino por pragmatismo: ya que cometió el error de tatuarse el nombre de alguien, al menos reciclarlo. Como quien se lleva de mudanza una estantería de Ikea, o quien decide venderla en una app de segunda mano, que también es algo muy de sociedad líquida como forma de deshacerte de todas esas cosas que te atan a un pasado que ya no existe.

TATUAJES EFÍMEROS COMO METÁFORA PERFECTA

Curiosamente, en plena vorágine de lo efímero es precisamente la industria de los tatuajes la que vive una edad dorada. Pocos se tatúan nombres de amados ya —porque ya se sabe que ahora todo fluye, también el amor—, y optan por otros motivos. Las coordenadas de tu nacimiento, que eso no cambiará nunca, o la representación gráfica de un latido, por ejemplo. Pero en este presente líquido ni siquiera los tatuajes duran ya para siempre: según crecía el sector, florecía la oferta de borrado con láser.

Pero la última revolución, también sintomática, es llevar lo efímero a tu piel. Todo empezó porque Jeff, Vandan, Brennal y Josh, cuatro emprendedores estadounidenses, se enfrentaban a un idéntico dilema: les encantaban los tatuajes, pero era un asunto delicado en sus familias. Según cuentan en su carta de presentación, crecieron en hogares con férreas convicciones tradicionales y lo de tatuarse no estaba bien visto. Por eso se les ocurrió poner en marcha un proyecto en apariencia contradictorio: un estudio de tatuajes efímeros. De nuevo, la tradición contra la innovación.

La idea, por supuesto, no ha gustado a todos: para los puristas del sector, la gracia está precisamente en que se queden ahí para siempre. Pero los creadores de Ephemeral, que así se llama la empresa, lo tienen claro: tatuarse es la mejor forma de expresión que existe porque «te pertenece solo a ti y a tu cuerpo» y «reflejan tu creatividad de la forma más personal», y eso es algo que cambia con el tiempo. Por eso no creen que su propuesta vaya contra la esencia de este ritual que acompaña a la humanidad desde hace milenios: «hacemos posible que tus tatuajes cambien contigo según tú y tu identidad vais creciendo». Hasta nosotros somos líquidos.

NO ATARSE PARA NO ARREPENTIRSE

En su propuesta llama la atención una idea que aparece varias veces de distintas formas: el arrepentimiento. Para ellos es un valor no tener que arrepentirte porque unos meses después de tatuarte todo desaparecerá. Tu piel será de nuevo un lienzo listo para redecorar, sin huellas del pasado. Otra casa de alquiler, otra persona ocupando tu corazón. No hay mejor metáfora en una sociedad que huye de las ataduras, incluso más que de los convencionalismos.

Frente al compromiso, lo duradero y lo estable, lo cambiante, efímero y rápido. Un movimiento de dedo para elegir pareja. Un clic para que tu compra llegue a casa. Otro para usar el patinete que hay aparcado en la esquina, que luego dejarás olvidado en otra calle. Una habitación en un piso compartido por unos meses. Una suscripción temporal a un servicio de ocio. Un trabajo temporal. Un viaje con desconocidos en un coche privado al que no volverás a subirte.

Las tradiciones, convenciones y rutinas nos han traído hasta aquí. Era más o menos fácil saber qué pasaría mañana si teníamos planificado el hoy, porque cuando los cimientos son sólidos, se puede edificar encima. Pero cuesta aventurar qué sucederá cuando no se puede construir porque nada es ya permanente ni estable. 

El ayer era sólido, como esos muebles de madera a los que décadas de vida contemplan. El hoy es líquido, como las relaciones que establecemos a nuestro alrededor. El mañana es vaporoso, tanto como para no saber siquiera si algún día podremos alcanzar esa apacible jubilación que era la consecuencia inexorable de años de trabajo rutinario.

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El anuncio empezaba con un chico que acudía a una de esas quedadas en las que tienes que ir rotando de mesa en mesa buscando el flechazo en conversaciones sucesivas de apenas cinco minutos. Ya en el coche le enseñaba a la elegida un tatuaje con el nombre de ella, a lo que ella respondía enseñando otro con el nombre de él, y ambos se reían. No es que estuvieran predestinados, es que habían buscado a una persona que se llamara igual que sus exparejas.

El anuncio —que, por cierto, era de coches— tiene algunos años ya, pero aventuraba un enfrentamiento que ha acabado por estallar en los últimos años. No se trata de la típica contienda generacional entre lo nuevo y lo viejo, o lo convencional y lo innovador, sino directamente entre aquellas cosas que antes eran estables y un mundo actual en el que impera todo lo que no es duradero. Si cometiste el error de tatuarte el nombre de otra persona, al menos encuentra la forma de darle una nueva vida.

Si recuerdas el anuncio, recordarás que posiblemente lo viste viviendo aún en casa de tus padres. Piensa ahora en lo que rodeaba a la televisión. La mayoría de casas de baby boomers lucen desde hace décadas los mismos muebles de madera noble. Fueron hechos a medida de la nueva casa como una parte más del ritual matrimonial, y a su imagen y semejanza: carísimos, clásicos y pensados para durar. Misma pareja, misma casa, mismos muebles, y posiblemente mismo trabajo hasta la apacible jubilación.

Si todo ha ido bien, posiblemente ya no vivas con ellos. Pero es probable que tú no hayas pasado por el altar y quizá tampoco tengas casa en propiedad. Lo que seguro que no tienes es un mueble como ese, porque los hijos de los baby-boomers han optado masivamente por los muebles de aglomerado hechos por una multinacional sueca que, a diferencia de esa madera noble, tienen una vida útil de apenas unos años y unas cuantas mudanzas empalmando casas de alquiler.

futuro de la sociedad líquida

NO QUEDA MÁS REMEDIO QUE FLUIR

Decir que el mundo ha cambiado es lo mismo que no decir nada, porque nunca deja de hacerlo. Pero es verdad que parece que ahora hay una variación algo más profunda: no es que se cuestione lo que hacían quienes nos precedían, sino que hay una enmienda a la totalidad del estilo de vida anterior. 

El resumen superficial implica afirmar que la gente ya no se compromete, ni se casa, ni tiene familia, ni se compra casa. Es lo que Zygmunt Bauman anunció hace más de dos décadas en su libro Liquid modernity‘: la vida es líquida porque todo fluye y cambia, nada permanece. Es, para algunos, una opción: no quiero una pareja estable, ni una residencia fija, ni un trabajo que me ancle a la mesa, ni una vida predecible y rutinaria. Pero, más allá de quien decide vivir así, está la otra parte de la historia: la gente que no lleva esa vida por decisión, sino porque no tiene otra alternativa. 

Sí, algunos cambian el romanticismo por Tinder, el papel por stories efímeras en redes sociales, el transporte privado por el compartido, la compra por el renting, y viven reproduciendo notas de voz al doble de velocidad porque no tienen horas en el día. La música, las series o las películas ya no se tienen, sino que se accede a ellas, al menos mientras pagas la suscripción.

Se sale hasta bien entrados los treinta y, en muchos casos, la estabilidad —laboral, familiar o de cualquier otro tipo— no asoma hasta casi los cuarenta. La mayoría de esa nueva generación ya no tiene trabajos para toda la vida, ni puede confiar en tener ingresos estables, ni certezas sobre el mañana, como tenían sus progenitores. Hasta ahí los hechos, la cuestión es dilucidar cuál es la causa y cuál la consecuencia.

El chico del anuncio de coches no elegía a la chica por romanticismo —que es otro de esos ideales del pasado—, sino por pragmatismo: ya que cometió el error de tatuarse el nombre de alguien, al menos reciclarlo. Como quien se lleva de mudanza una estantería de Ikea, o quien decide venderla en una app de segunda mano, que también es algo muy de sociedad líquida como forma de deshacerte de todas esas cosas que te atan a un pasado que ya no existe.

TATUAJES EFÍMEROS COMO METÁFORA PERFECTA

Curiosamente, en plena vorágine de lo efímero es precisamente la industria de los tatuajes la que vive una edad dorada. Pocos se tatúan nombres de amados ya —porque ya se sabe que ahora todo fluye, también el amor—, y optan por otros motivos. Las coordenadas de tu nacimiento, que eso no cambiará nunca, o la representación gráfica de un latido, por ejemplo. Pero en este presente líquido ni siquiera los tatuajes duran ya para siempre: según crecía el sector, florecía la oferta de borrado con láser.

Pero la última revolución, también sintomática, es llevar lo efímero a tu piel. Todo empezó porque Jeff, Vandan, Brennal y Josh, cuatro emprendedores estadounidenses, se enfrentaban a un idéntico dilema: les encantaban los tatuajes, pero era un asunto delicado en sus familias. Según cuentan en su carta de presentación, crecieron en hogares con férreas convicciones tradicionales y lo de tatuarse no estaba bien visto. Por eso se les ocurrió poner en marcha un proyecto en apariencia contradictorio: un estudio de tatuajes efímeros. De nuevo, la tradición contra la innovación.

La idea, por supuesto, no ha gustado a todos: para los puristas del sector, la gracia está precisamente en que se queden ahí para siempre. Pero los creadores de Ephemeral, que así se llama la empresa, lo tienen claro: tatuarse es la mejor forma de expresión que existe porque «te pertenece solo a ti y a tu cuerpo» y «reflejan tu creatividad de la forma más personal», y eso es algo que cambia con el tiempo. Por eso no creen que su propuesta vaya contra la esencia de este ritual que acompaña a la humanidad desde hace milenios: «hacemos posible que tus tatuajes cambien contigo según tú y tu identidad vais creciendo». Hasta nosotros somos líquidos.

NO ATARSE PARA NO ARREPENTIRSE

En su propuesta llama la atención una idea que aparece varias veces de distintas formas: el arrepentimiento. Para ellos es un valor no tener que arrepentirte porque unos meses después de tatuarte todo desaparecerá. Tu piel será de nuevo un lienzo listo para redecorar, sin huellas del pasado. Otra casa de alquiler, otra persona ocupando tu corazón. No hay mejor metáfora en una sociedad que huye de las ataduras, incluso más que de los convencionalismos.

Frente al compromiso, lo duradero y lo estable, lo cambiante, efímero y rápido. Un movimiento de dedo para elegir pareja. Un clic para que tu compra llegue a casa. Otro para usar el patinete que hay aparcado en la esquina, que luego dejarás olvidado en otra calle. Una habitación en un piso compartido por unos meses. Una suscripción temporal a un servicio de ocio. Un trabajo temporal. Un viaje con desconocidos en un coche privado al que no volverás a subirte.

Las tradiciones, convenciones y rutinas nos han traído hasta aquí. Era más o menos fácil saber qué pasaría mañana si teníamos planificado el hoy, porque cuando los cimientos son sólidos, se puede edificar encima. Pero cuesta aventurar qué sucederá cuando no se puede construir porque nada es ya permanente ni estable. 

El ayer era sólido, como esos muebles de madera a los que décadas de vida contemplan. El hoy es líquido, como las relaciones que establecemos a nuestro alrededor. El mañana es vaporoso, tanto como para no saber siquiera si algún día podremos alcanzar esa apacible jubilación que era la consecuencia inexorable de años de trabajo rutinario.

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