15 de diciembre 2020    /   IDEAS
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¿Pero quién demonios emplea hoy el futuro de subjuntivo?

Un relato ortográfico

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Cómo llegó hasta allí, no lo sabía, pero el caso es que aquel hombrecito venido de fuera, aunque él juraba que había nacido en Burgos, acabó haciéndose un hueco en el piso y el corazoncito de soltera de Sandra. Cuando le preguntó cómo había llegado allí y quién le había abierto la puerta, él contaba que estaba en su palacio tomando un jerez después de la visita de los condes de Montemayor, y que tras sufrir un desagradable ataque de gases y un pestañeo, de pronto se había visto en aquel lugar que desconocía y en un mundo que ni en sus sueños hubiera podido imaginar. 

Sandra, aficionada a la literatura fantástica, enseguida comprendió que aquel hombrecito venía del pasado, así que lo acogió con entusiasmo hasta encontrar la manera de devolverle a su tiempo. Pero como el piso no era grande y la cosa se alargaba, el roce hizo el cariño y de la curiosidad inicial pasaron a la experimentación del sexo atemporal que les satisfizo enormemente a ambos. «Nunca hubiere yo creído que pudiera tocarse la luna con las manos», decía el hombrecito para halagar a su compañera de cama. «Anda, calla y sigue follándome», respondía Sandra a quien tanta palabrería no solo le resultaba ñoña, sino que le cortaba todo el subidón. 

Y así pasaron los días hasta que alguien descubrió la presencia del viajero en el tiempo y quiso llevárselo a un laboratorio para estudiarlo. «¡Quien pretendiere separarnos, hubiere de sufrir el castigo de mi ira!», bramaba el hombrecillo ante la amenaza. Y Sandra, mucho más práctica, solo podía responder mientras le vestía de hípster para tratar de hacerle pasar por un hombre de hoy: «Tú mejor cierra ese piquito de oro que tienes. Y si te preguntan que por qué hablas así, di que eres abogado».

Arcaico nos suena ya ese futuro de subjuntivo que el viajero del tiempo de la historia de hoy suelta cada dos por tres. Porque, aunque la RAE afirma que su uso sigue siendo correcto y válido, también dice que es más viejo que el chiste de Mis Tetas. Y, efectivamente, a no ser que se emplee un lenguaje jurídico o en frases hechas como aquella de «allá donde fueres haz lo que vieres», lo normal es que sustituyamos ese tiempo verbal por otros menos anacrónicos. Así, la frase de marras que tanto nos gusta conservar en su versión original bien podríamos decirla como «allá donde vayas haz lo que veas», pero no nos quedaría tan erudita, eso sí. 

Ahora bien, no está de más saber que ese futuro de subjuntivo tiene un pequeño matiz de incertidumbre y de probabilidad mucho más propias del futuro en sí que sus versiones actualizadas, lo que le da cierto encanto. Al decir fueres no das por sentado que vas a ir, como sí lo harías con vayas. Y es más improbable que lo vieres a que lo veas. Quizá por esa cuestión de matices que puede pasársenos por alto al común de los hablantes guste tanto a los juristas, tan tiquismiquis ellos con las cosas del delinquir y del legislar. Por si acaso, cumple la ley y déjate de florituras lingüísticas.

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Cómo llegó hasta allí, no lo sabía, pero el caso es que aquel hombrecito venido de fuera, aunque él juraba que había nacido en Burgos, acabó haciéndose un hueco en el piso y el corazoncito de soltera de Sandra. Cuando le preguntó cómo había llegado allí y quién le había abierto la puerta, él contaba que estaba en su palacio tomando un jerez después de la visita de los condes de Montemayor, y que tras sufrir un desagradable ataque de gases y un pestañeo, de pronto se había visto en aquel lugar que desconocía y en un mundo que ni en sus sueños hubiera podido imaginar. 

Sandra, aficionada a la literatura fantástica, enseguida comprendió que aquel hombrecito venía del pasado, así que lo acogió con entusiasmo hasta encontrar la manera de devolverle a su tiempo. Pero como el piso no era grande y la cosa se alargaba, el roce hizo el cariño y de la curiosidad inicial pasaron a la experimentación del sexo atemporal que les satisfizo enormemente a ambos. «Nunca hubiere yo creído que pudiera tocarse la luna con las manos», decía el hombrecito para halagar a su compañera de cama. «Anda, calla y sigue follándome», respondía Sandra a quien tanta palabrería no solo le resultaba ñoña, sino que le cortaba todo el subidón. 

Y así pasaron los días hasta que alguien descubrió la presencia del viajero en el tiempo y quiso llevárselo a un laboratorio para estudiarlo. «¡Quien pretendiere separarnos, hubiere de sufrir el castigo de mi ira!», bramaba el hombrecillo ante la amenaza. Y Sandra, mucho más práctica, solo podía responder mientras le vestía de hípster para tratar de hacerle pasar por un hombre de hoy: «Tú mejor cierra ese piquito de oro que tienes. Y si te preguntan que por qué hablas así, di que eres abogado».

Arcaico nos suena ya ese futuro de subjuntivo que el viajero del tiempo de la historia de hoy suelta cada dos por tres. Porque, aunque la RAE afirma que su uso sigue siendo correcto y válido, también dice que es más viejo que el chiste de Mis Tetas. Y, efectivamente, a no ser que se emplee un lenguaje jurídico o en frases hechas como aquella de «allá donde fueres haz lo que vieres», lo normal es que sustituyamos ese tiempo verbal por otros menos anacrónicos. Así, la frase de marras que tanto nos gusta conservar en su versión original bien podríamos decirla como «allá donde vayas haz lo que veas», pero no nos quedaría tan erudita, eso sí. 

Ahora bien, no está de más saber que ese futuro de subjuntivo tiene un pequeño matiz de incertidumbre y de probabilidad mucho más propias del futuro en sí que sus versiones actualizadas, lo que le da cierto encanto. Al decir fueres no das por sentado que vas a ir, como sí lo harías con vayas. Y es más improbable que lo vieres a que lo veas. Quizá por esa cuestión de matices que puede pasársenos por alto al común de los hablantes guste tanto a los juristas, tan tiquismiquis ellos con las cosas del delinquir y del legislar. Por si acaso, cumple la ley y déjate de florituras lingüísticas.

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