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25 de enero 2019    /   IDEAS
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Fyre: la mayor estafa milenial jamás contada

25 de enero 2019    /   IDEAS     por          
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Venía yo a contarte la rimbombante historia de Fyre, un festival para ricos y pijos que se celebró –bueno, no se llegó a celebrar– la pasada primavera en Bahamas.

La cosa se pareció más a un huracán en Haití y sin necesidad de que hiciera mal tiempo, todo por un empresario que se vino tan arriba que se va a chupar unos cuantos años en la cárcel aunque la cosa no le remuerda la conciencia.

Instrucciones para montar un castillo de arena imaginario

Niñas y niños: aunque resulte extraño, lo primero que debes hacer para construir un castillo imaginario es contratar a una buena agencia de publi, otra de relaciones públicas, llevarte a un mogollón de modelos a Bahamas, un equipo de vídeo y empezar a quemar pasta como un magnate petrolero ruso.
Así lo hizo Billy McFarland, CEO de Fyre Media, junto a su abducido equipo de colaboradores que no dudó ni un instante en ponerse a las órdenes del mesiánico líder. Como esto es bastante largo de explicar y no sé por dónde empezar, comenzaré contándote que hay dos impactantes documentales en Netflix y Hulu que cuentan la historia de Fyre, su espídico crecimiento y su monumental caída.

Ambos han sido estrenados esta semana y han reventado los indicadores de incredulidad y vergüenza ajena.

Fyre Media era una start-up que había diseñado una app para contratar artistas de altísimo nivel para conciertos, fiestas privadas y demás. La idea era sencilla: mirabas el catálogo de bandas y músicos y los contratabas casi en un clic.

Sin embargo, en una de esas reuniones en las que nadie detiene una nefasta idea, alguien se vino arriba. Billy McFarland y sus socios, entre ellos el rapero Ja Rule, pensaron que la mejor manera de difundir el propósito de su app era crear un festival. Así, se comenzaron a escribir las primeras líneas de una catástrofe empresarial legendaria de la que todo el mundo se ríe porque los afectados eran pijos y ricachones. Tan pijos, ricachones e inconscientes como para soltar hasta 12.000 pavos por el abono a un festival en el que uno de los cabezas de cartel era Blink-182. Ese era el nivel.

Ahora, paremos un instante y echemos uno ojo al vídeo de lanzamiento de Fyre Festival. Seguimos hablando tras los minutos musicales.

fyre-catering
Para gourmets

Fyre: una estafa que refleja la sociedad que somos

Fyre se llevó a una panda de postadolescentes y a un grupo de top models a Bahamas solo para crear el vídeo que acabas de ver y para generar ruido en medios sociales. Todo partió de la nada y en la nada se quedó.

Bueno, salvo que la influencia de los influencers es una influencia real e hizo que los paquetes de entradas (con precios por encima de los mil pavos) se agotasen como un suspiro limeño.

Las promesas eran muy propias de la cultura del pelotazo, de un Coachella elevado a la máxima potencia: habría un tesoro enterrado de un millón de dólares esperando a que algún asistente lo encontrase, cerdos nadando, villas para descansar entre concierto y concierto, vuelos privados, caterings de alto standing…

La estrategia de medios sociales fue tan apabullante y efectiva que hasta los inversores corrieron a arrojar su dinero a los impulsores de la idea sin hacer preguntas, sin atender a las señales de alarma. Fue una especie de histeria colectiva en la que el que desentonaba era el que quería cuestionar el sueño del proyecto perfecto, el ideal de felicidad y éxito. Era plan perfecto para ocultar el vacío.

Los disidentes eran apartados. Los que dudaban, purgados. Billy McFarland era, más que el CEO de una start-up, el líder de una secta. Fyre era el Rajneeshpuram del festivalismo milenial.

Los dos documentales del Fyre Festival son una patada en la boca de la nueva (o ya no tan nueva) economía digital. O de lo que algunos quieren hacer con la nueva economía digital. Son el reflejo del mundo en 2019: la glorificación del dictado emprendedor de Silicon Valley, la servidumbre al escaparate de las redes sociales, la esclavitud aspiracional hacia un ídolo de humo, la promesa de una vida mejor aunque sea durante dos fines de semana, aunque sea una ilusión en un oasis.

Le ocurrió a una panda de pijos. Pero no te rías mucho. No te pasó a ti porque no podías pagarlo. Si hubieras podido, es posible que hubieras caído. Muy poca gente puso en duda el disparate. Nadie escuchó a quien lo hizo.

fyre-tickets

Siempre pagan los mismos

El sentido de la chanza debe ser siempre ascendente. Está mal burlarse de tus empleados, de la gente que no tiene recursos o de un niño inmaduro. Está bien reírse del opresor, del jefe o, en este caso, de quien se deja 12.000 dólares en Blink-182 sin más gancho que diez modelos en la playa. El dios de las risas aprueba eso.

El problema son las víctimas colaterales, que siempre existen. Para que todo el tinglado de la frivolidad y el despilfarro funcione, hace falta energía emprendedora para arrancar estos proyectos kamikazes, dinero para echar a la hoguera y pringados pobres que pasen la mopa y hagan los sándwiches.

La parte más desgarradora del lanzamiento de Netflix pone cara a una de esas damnificadas: Maryann Rolle.

Maryann Rolle es la propietaria de un negocio local que se encargó de una parte de la comida. O al menos ese era el plan inicial, porque además fue una de las que dieron la cara ante los festivaleros cuando los niños ricos se ocultaron de la turba enfurecida.

Rolle se comió el marrón, asumió un pufo de impagos que se fundieron todos los ahorros de su vida –unos 50.000 dólares– y se quedó con esta cara.

maryann-rolle-fyre

Por suerte, el lanzamiento de los documentales ha servido para que su historia se difunda y haya, al menos, una nota feliz en todo este chiringuito.

Una campaña en GoFundMe ha conseguido que unas 5.000 personas sumen más de 150.000 dólares para Rolle.

El documental de Netflix se llama Fyre: la mayor fiesta que nunca ocurrió y el de Hulu Fyre fraud. Ya tienes algo que hacer este fin de semana.

Actualización: El artículo se acaba aquí, que está muy feo contar el final de las pelis.

Venía yo a contarte la rimbombante historia de Fyre, un festival para ricos y pijos que se celebró –bueno, no se llegó a celebrar– la pasada primavera en Bahamas.

La cosa se pareció más a un huracán en Haití y sin necesidad de que hiciera mal tiempo, todo por un empresario que se vino tan arriba que se va a chupar unos cuantos años en la cárcel aunque la cosa no le remuerda la conciencia.

Instrucciones para montar un castillo de arena imaginario

Niñas y niños: aunque resulte extraño, lo primero que debes hacer para construir un castillo imaginario es contratar a una buena agencia de publi, otra de relaciones públicas, llevarte a un mogollón de modelos a Bahamas, un equipo de vídeo y empezar a quemar pasta como un magnate petrolero ruso.
Así lo hizo Billy McFarland, CEO de Fyre Media, junto a su abducido equipo de colaboradores que no dudó ni un instante en ponerse a las órdenes del mesiánico líder. Como esto es bastante largo de explicar y no sé por dónde empezar, comenzaré contándote que hay dos impactantes documentales en Netflix y Hulu que cuentan la historia de Fyre, su espídico crecimiento y su monumental caída.

Ambos han sido estrenados esta semana y han reventado los indicadores de incredulidad y vergüenza ajena.

Fyre Media era una start-up que había diseñado una app para contratar artistas de altísimo nivel para conciertos, fiestas privadas y demás. La idea era sencilla: mirabas el catálogo de bandas y músicos y los contratabas casi en un clic.

Sin embargo, en una de esas reuniones en las que nadie detiene una nefasta idea, alguien se vino arriba. Billy McFarland y sus socios, entre ellos el rapero Ja Rule, pensaron que la mejor manera de difundir el propósito de su app era crear un festival. Así, se comenzaron a escribir las primeras líneas de una catástrofe empresarial legendaria de la que todo el mundo se ríe porque los afectados eran pijos y ricachones. Tan pijos, ricachones e inconscientes como para soltar hasta 12.000 pavos por el abono a un festival en el que uno de los cabezas de cartel era Blink-182. Ese era el nivel.

Ahora, paremos un instante y echemos uno ojo al vídeo de lanzamiento de Fyre Festival. Seguimos hablando tras los minutos musicales.

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Para gourmets

Fyre: una estafa que refleja la sociedad que somos

Fyre se llevó a una panda de postadolescentes y a un grupo de top models a Bahamas solo para crear el vídeo que acabas de ver y para generar ruido en medios sociales. Todo partió de la nada y en la nada se quedó.

Bueno, salvo que la influencia de los influencers es una influencia real e hizo que los paquetes de entradas (con precios por encima de los mil pavos) se agotasen como un suspiro limeño.

Las promesas eran muy propias de la cultura del pelotazo, de un Coachella elevado a la máxima potencia: habría un tesoro enterrado de un millón de dólares esperando a que algún asistente lo encontrase, cerdos nadando, villas para descansar entre concierto y concierto, vuelos privados, caterings de alto standing…

La estrategia de medios sociales fue tan apabullante y efectiva que hasta los inversores corrieron a arrojar su dinero a los impulsores de la idea sin hacer preguntas, sin atender a las señales de alarma. Fue una especie de histeria colectiva en la que el que desentonaba era el que quería cuestionar el sueño del proyecto perfecto, el ideal de felicidad y éxito. Era plan perfecto para ocultar el vacío.

Los disidentes eran apartados. Los que dudaban, purgados. Billy McFarland era, más que el CEO de una start-up, el líder de una secta. Fyre era el Rajneeshpuram del festivalismo milenial.

Los dos documentales del Fyre Festival son una patada en la boca de la nueva (o ya no tan nueva) economía digital. O de lo que algunos quieren hacer con la nueva economía digital. Son el reflejo del mundo en 2019: la glorificación del dictado emprendedor de Silicon Valley, la servidumbre al escaparate de las redes sociales, la esclavitud aspiracional hacia un ídolo de humo, la promesa de una vida mejor aunque sea durante dos fines de semana, aunque sea una ilusión en un oasis.

Le ocurrió a una panda de pijos. Pero no te rías mucho. No te pasó a ti porque no podías pagarlo. Si hubieras podido, es posible que hubieras caído. Muy poca gente puso en duda el disparate. Nadie escuchó a quien lo hizo.

fyre-tickets

Siempre pagan los mismos

El sentido de la chanza debe ser siempre ascendente. Está mal burlarse de tus empleados, de la gente que no tiene recursos o de un niño inmaduro. Está bien reírse del opresor, del jefe o, en este caso, de quien se deja 12.000 dólares en Blink-182 sin más gancho que diez modelos en la playa. El dios de las risas aprueba eso.

El problema son las víctimas colaterales, que siempre existen. Para que todo el tinglado de la frivolidad y el despilfarro funcione, hace falta energía emprendedora para arrancar estos proyectos kamikazes, dinero para echar a la hoguera y pringados pobres que pasen la mopa y hagan los sándwiches.

La parte más desgarradora del lanzamiento de Netflix pone cara a una de esas damnificadas: Maryann Rolle.

Maryann Rolle es la propietaria de un negocio local que se encargó de una parte de la comida. O al menos ese era el plan inicial, porque además fue una de las que dieron la cara ante los festivaleros cuando los niños ricos se ocultaron de la turba enfurecida.

Rolle se comió el marrón, asumió un pufo de impagos que se fundieron todos los ahorros de su vida –unos 50.000 dólares– y se quedó con esta cara.

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Por suerte, el lanzamiento de los documentales ha servido para que su historia se difunda y haya, al menos, una nota feliz en todo este chiringuito.

Una campaña en GoFundMe ha conseguido que unas 5.000 personas sumen más de 150.000 dólares para Rolle.

El documental de Netflix se llama Fyre: la mayor fiesta que nunca ocurrió y el de Hulu Fyre fraud. Ya tienes algo que hacer este fin de semana.

Actualización: El artículo se acaba aquí, que está muy feo contar el final de las pelis.

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Opiniones 7
  • Pues muy fácil; tal y como muestra la noticia y sin salirme de su texto, Maryan Rolle ha ganado 100.000 dólares limpios con lo que no sabemos a ciencia cierta, quién es el verdadero «beneficiado» de la susodicha estafa.

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