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27 de marzo 2017    /   CREATIVIDAD
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Si tienes un hueco en casa, tienes una galería de arte

27 de marzo 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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A principios del siglo XX, las vanguardias propusieron acabar con los museos. El Manifiesto futurista invitaba a destrozarlos. «Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias», decían los seguidores de Marinetti.

El teórico ruso Tarabukin se conformaba con un poco menos que los futuristas. Él se limitaba a afirmar que «los museos ya están tan llenos que no es de ninguna utilidad insistir con variaciones sobre temas antiguos».

Ante el anquilosamiento de los museos, las galerías de arte fueron en su momento un revulsivo. En ellas tenían cabida esas expresiones artísticas rechazadas por el academicismo. Pero con el tiempo, la galería de arte también se aburguesó y hubo que reinventarla.

Una de esas innovaciones se han centrado en buscar espacios expositivos inusuales. Recientemente, la web Artsy se hacía eco de una nueva tendencia que se ha puesto de moda en San Francisco: la inauguración de galerías de arte en casas particulares.

Según ese medio anglosajón, el aumento de los alquileres en esa ciudad de la Costa Este es tal, que los residentes han encontrado en el arte una forma de sufragar sus gastos de vivienda.

Algunos dedican sólo algunas habitaciones a la exposición y establecen horarios estrictos de visitas. Otros prefieren que todo el espacio habitado sea galería y no les importa que, cada dos por tres, un grupo de extraños entre en su casa para ver obras de arte. «Si invito gente a cenar a mi casa, ¿por qué no les voy a invitar a ver arte?» se preguntaba en el artículo Lukaza Branfman-Verissimo, artista y curadora de una de estas galerías.

En lo que todos coinciden es que, independientemente de los ingresos extras que les pueda reportar, la experiencia de convivir con el arte y servir de escaparate a nuevos artistas es muy enriquecedora.

Según esos habitantes de San Francisco, hasta Harry Potter podría abrir una galería en el hueco de la escalera de casa de sus tíos. En todo caso, no sería esa la propuesta expositiva más rara en lo que a galerías se refiere. En Nashville, por ejemplo, está la la galería de arte más pequeña de esa ciudad norteamericana. «Nos atreveríamos a decir, que de todo el mundo», afirman convencidos sus responsables.

Esta galería, inaugurada en 2008, no es más que un panel de 68×94 centímetros protegido por un cristal y colocado en una pared «entre el comercio de cosméticos y zapatería Peabody en Hillsboro Village». Abren 24 horas al día los siete días a la semana, y los que deseen exponer no tienen más que contactar con el curador a través del mail que aparece en la web.

Pero todavía hay galerías o instituciones de arte más raras que The Smallest Art Gallery. Por ejemplo, el HOMU, The Homeless Museum of Art fundado por Filip Noterdaeme en 2003 y cuyo eslogan es «no nos acomodamos». Este museo «sin sede» es, más que un lugar en el que exponer arte, una forma de activismo artístico en sí misma.

En su rol de director del HOMU, Filip Noterdaeme ha enviado cartas oficiales a las instituciones artísticas más importantes de Nueva York para colaborar con ellas de tú a tú. Además, ha organizado exposiciones y ha rodado vídeos promocionales que son piezas de arte en sí mismas. Todo ello sin contar las acciones artísticas realizadas, como la de pagar veinte entradas del MoMa en monedas de un centavo. A 20 dólares la entrada, 40.000 monedas.

Al final, la propuesta del HOMU no ha resultado tan descabellada. A día de hoy son varias las ferias de arte e instituciones extranjeras que han invitado a su director a que exponga en ellas su particular colección.

Pero no hay que irse tan lejos para disfrutar de galerías de arte fuera de lo normal. En 2012, un grupo de diez grafiteros se internaron en los túneles del metro de París para crear otras tantas piezas de arte urbano. En el momento de su creación sólo estuvieron presentes los artistas, tres organizadores, dos fotógrafos y un periodista. Estos últimos documentaron el proyecto, única forma de ver las obras de esa galería clandestina sin tener que bajar al metro.

Para los que no deseen correr tantos riesgos, Madrid tiene la Sala Nómada, una galería de arte que recorre las calles de la ciudad en bicicleta. Fundada por los artistas Laura Flores y Andrés Montes, la Sala Nómada pretende romper esa barrera que hace que el público se retraiga a la hora de acudir a una galería.

Para ello, nada mejor que llevar el arte a los lugares que frecuenta la gente, por ejemplo, la zona de los museos de El Prado, Reina Sofía, Caixa Forum y Thyssen Bornemisza.

Según sus responsables, esta propuesta es «una respuesta a la institucionalización de la producción artística». Un proyecto modesto en los medios pero ambicioso en concepto, que pretende crecer en el futuro. «Queremos participar en festivales culturales, entablar diálogos sobre la creación, generar la mayor difusión artística posible…», sin bajarse de la bicicleta ni renunciar al pequeño formato.

A principios del siglo XX, las vanguardias propusieron acabar con los museos. El Manifiesto futurista invitaba a destrozarlos. «Queremos destruir los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias», decían los seguidores de Marinetti.

El teórico ruso Tarabukin se conformaba con un poco menos que los futuristas. Él se limitaba a afirmar que «los museos ya están tan llenos que no es de ninguna utilidad insistir con variaciones sobre temas antiguos».

Ante el anquilosamiento de los museos, las galerías de arte fueron en su momento un revulsivo. En ellas tenían cabida esas expresiones artísticas rechazadas por el academicismo. Pero con el tiempo, la galería de arte también se aburguesó y hubo que reinventarla.

Una de esas innovaciones se han centrado en buscar espacios expositivos inusuales. Recientemente, la web Artsy se hacía eco de una nueva tendencia que se ha puesto de moda en San Francisco: la inauguración de galerías de arte en casas particulares.

Según ese medio anglosajón, el aumento de los alquileres en esa ciudad de la Costa Este es tal, que los residentes han encontrado en el arte una forma de sufragar sus gastos de vivienda.

Algunos dedican sólo algunas habitaciones a la exposición y establecen horarios estrictos de visitas. Otros prefieren que todo el espacio habitado sea galería y no les importa que, cada dos por tres, un grupo de extraños entre en su casa para ver obras de arte. «Si invito gente a cenar a mi casa, ¿por qué no les voy a invitar a ver arte?» se preguntaba en el artículo Lukaza Branfman-Verissimo, artista y curadora de una de estas galerías.

En lo que todos coinciden es que, independientemente de los ingresos extras que les pueda reportar, la experiencia de convivir con el arte y servir de escaparate a nuevos artistas es muy enriquecedora.

Según esos habitantes de San Francisco, hasta Harry Potter podría abrir una galería en el hueco de la escalera de casa de sus tíos. En todo caso, no sería esa la propuesta expositiva más rara en lo que a galerías se refiere. En Nashville, por ejemplo, está la la galería de arte más pequeña de esa ciudad norteamericana. «Nos atreveríamos a decir, que de todo el mundo», afirman convencidos sus responsables.

Esta galería, inaugurada en 2008, no es más que un panel de 68×94 centímetros protegido por un cristal y colocado en una pared «entre el comercio de cosméticos y zapatería Peabody en Hillsboro Village». Abren 24 horas al día los siete días a la semana, y los que deseen exponer no tienen más que contactar con el curador a través del mail que aparece en la web.

Pero todavía hay galerías o instituciones de arte más raras que The Smallest Art Gallery. Por ejemplo, el HOMU, The Homeless Museum of Art fundado por Filip Noterdaeme en 2003 y cuyo eslogan es «no nos acomodamos». Este museo «sin sede» es, más que un lugar en el que exponer arte, una forma de activismo artístico en sí misma.

En su rol de director del HOMU, Filip Noterdaeme ha enviado cartas oficiales a las instituciones artísticas más importantes de Nueva York para colaborar con ellas de tú a tú. Además, ha organizado exposiciones y ha rodado vídeos promocionales que son piezas de arte en sí mismas. Todo ello sin contar las acciones artísticas realizadas, como la de pagar veinte entradas del MoMa en monedas de un centavo. A 20 dólares la entrada, 40.000 monedas.

Al final, la propuesta del HOMU no ha resultado tan descabellada. A día de hoy son varias las ferias de arte e instituciones extranjeras que han invitado a su director a que exponga en ellas su particular colección.

Pero no hay que irse tan lejos para disfrutar de galerías de arte fuera de lo normal. En 2012, un grupo de diez grafiteros se internaron en los túneles del metro de París para crear otras tantas piezas de arte urbano. En el momento de su creación sólo estuvieron presentes los artistas, tres organizadores, dos fotógrafos y un periodista. Estos últimos documentaron el proyecto, única forma de ver las obras de esa galería clandestina sin tener que bajar al metro.

Para los que no deseen correr tantos riesgos, Madrid tiene la Sala Nómada, una galería de arte que recorre las calles de la ciudad en bicicleta. Fundada por los artistas Laura Flores y Andrés Montes, la Sala Nómada pretende romper esa barrera que hace que el público se retraiga a la hora de acudir a una galería.

Para ello, nada mejor que llevar el arte a los lugares que frecuenta la gente, por ejemplo, la zona de los museos de El Prado, Reina Sofía, Caixa Forum y Thyssen Bornemisza.

Según sus responsables, esta propuesta es «una respuesta a la institucionalización de la producción artística». Un proyecto modesto en los medios pero ambicioso en concepto, que pretende crecer en el futuro. «Queremos participar en festivales culturales, entablar diálogos sobre la creación, generar la mayor difusión artística posible…», sin bajarse de la bicicleta ni renunciar al pequeño formato.

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