30 de octubre 2018    /   IDEAS
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Fiestas en Ibiza: el redescubrimiento del gas de la risa

30 de octubre 2018    /   IDEAS     por          
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A las noticias de los últimos veranos ha venido a unírseles una tradición de nuevo cuño: el auge del consumo de gas de la risa en Ibiza. Esta costumbre importada de Inglaterra, junto al balconing y otras experiencias recreativas, se ha disparado, sobre todo, entre los jóvenes que acuden al reclamo del sol eterno y la cerveza barata.

La situación habría llegado a tal extremo que, según informaba el Diario de Mallorca del 23 de julio, un avispado había abierto una cuenta de Twitter para facilitar el gas a cualquier dirección las 24 horas del día, con promociones incluidas.

Caricatura de Beddoes y Davy haciendo una demostración del gas. Wellcome Collection

La forma de consumirlo es aspirando el aire de globos previamente hinchados con el contenido de ampollas de óxido nitroso (ese es el nombre químico de este gas). Las ampollas se pueden comprar de forma legal en ferreterías con un precio entre 50 céntimos y un euro, ya que se utilizan de forma habitual en cocina para cargar los sifones con los que se hacen las espumas.

Los globos se venden en la calle a un precio entre dos y medio y cinco euros. Y es esa venta lo único que es delito: todo lo demás, incluido el consumo, es perfectamente legal.

Un hombre bailando y riendo por los efectos del gas. Wellcome Collection

El óxido nitroso produce un efecto inmediato. No hay más que ver los vídeos de YouTube en los que grupos de amigos respiran el gas de los globos para prorrumpir inmediatamente en violentas carcajadas. El efecto es tan potente que se recomienda consumirlo sentados o apoyados porque provoca movimientos espasmódicos de los músculos. Aunque en pocos minutos el efecto se disipa sin dejar más secuelas que dolor de cabeza, agujetas por las carcajadas sin freno y un sabor dulzón en la boca.

Es esa inmediatez, su inocuidad en comparación con las drogas «duras», la sencillez del consumo y el precio irrisorio (aunque no es del todo inofensivo: sobre todo, puede producir malos efectos si se consume combinado con otro tipo de estupefacientes, y entre la veintena de casos de fallecimiento registrados en la última década en Gran Bretaña, hay casos de ahogamiento e, incluso, de reacciones alérgicas) lo que ha llevado a un auge tal que playas como las del municipio de Sant Antoni de Portmany amanezcan cubiertas de globos y cápsulas vacías que muchas veces acaban en el mar.

Demostración de los efectos del gas de la risa hacia 1840. Wellcome Collection

Más o menos, como si cada noche se celebrara allí una cadena de cumpleaños simultáneos.

Lo más irónico es que lo que puede parecer el no va más de lo moderno es en realidad más viejo que la tos. De hecho, es casi tan viejo como la química moderna, porque el descubrimiento del óxido nitroso (N2O) se puede contar entre los primeros logros obtenidos por la ciencia cuando logró dejar atrás la alquimia.

Y quizá lo más sorprendente es que, aunque ha jugado un papel fundamental en el avance de, entre otros campos, la medicina, en realidad su origen no fue muy distinto al del espectáculo de las playas ibicencas.

El óxido nitroso comenzó a hacerse famoso gracias a un científico inglés, Thomas Beddoes, que se dedicaba a invitar a todos los prohombres que conocía a su casa a cenar para luego, literalmente, echarse unas risas mediante el gas. Beddoes estaba convencido de que inhalar gases podía tener propiedades curativas para enfermedades como la tuberculosis, y acabó creando en 1799 la Sociedad Neumática de Bristol, donde los enfermos eran tratados con mezclas convenientes de gases.

Ilustración de una canción satírica, ‘Laughing Gas’. Wellcome Collection

Sin embargo, la falta de resultados acabó con la institución.

Con Beddoes trabajaba un joven aprendiz, Humphry Davy, que fue, de hecho, quien primero probó en sí mismo los efectos del óxido nitroso (hay que decir que esa era la forma habitual de experimentar las cosas por entonces, en el propio cuerpo, así que ser químico a finales del siglo XVIII era una profesión de alto riesgo).

Su primera impresión fue notar cómo su oído se volvía más agudo para, a continuación, ponerse a dar saltos gritando de alegría. Beddoes describiría la experiencia, que presenció, como si su discípulo sintiera un «orgasmo superior».

A partir de ese momento, Davy (que terminaría convirtiéndose en uno de los mayores científicos de toda la historia inglesa y que presidiría la Royal Society) se obsesionó con el gas, que inhalaba varias veces al día, probándolo con todas las combinaciones posibles de bebidas, drogas y otros gases. En una ocasión, se introdujo en una gran caja e hizo que la llenaran con trescientos litros de óxido nitroso. Sintió tal subidón que proclamó sentirse un ser superior, «recién creado y superior a los mortales».

El doctor Syntax y su mujer prueban los efectos del gas. Wellcome Collection

Las noticias sobre la existencia del gas de la risa recorrieron los salones como la pólvora, y así se convirtió en una atracción de feria que triunfaba de pueblo en pueblo y en la que se ofrecía al público experimentar sus efectos.

Pero no solo: también las clases altas cayeron rendidas ante la novedad, y pronto no hubo fiesta de renombre en la que no se distribuyera el gas entre los asistentes (una de estas fiestas, que eran sorprendentemente libertinas para la imagen que tenemos de los primeros años del siglo XIX, aparece recreada en un capítulo de la serie Taboo, que aquí puede verse en HBO).

Sin embargo, al gas de la risa todavía le quedaría una última vuelta de tuerca para trascender su condición de mera atracción para dejar de sí una herencia más respetable. En 1844, un dentista llamado Horace Wells acudió a un espectáculo de feria con un amigo en Hartford (Connecticut). Ambos probaron el gas y, como cabía prever, se pusieron a correr como posesos por el recinto.

Wells fue el primero que sintió remitir los efectos y observó sorprendido cómo su amigo seguía dando saltos con su pierna cubierta de sangre. Al parecer, se había dado un golpe brutal contra el asiento, pero no fue hasta que los efectos comenzaron a disiparse cuando empezó a dolerle.

Un grupo de poetas componiendo bajo los efectos del gas de la risa. Wellcome Collection

Intrigado, Wells no dejó de darle vueltas a la idea de que el óxido nitroso, en realidad, potenciaba una respuesta en el cerebro que lo que hacía era exacerbar las reacciones buscadas. Así, tanto podía llevar a la juerga más extrema como a eliminar cualquier reacción al dolor.

Wells acababa de dar con la clave de la anestesia, pero no logró disfrutar los resultados: su primera demostración pública fue un completo fracaso, y tuvo que ver cómo un advenedizo, William Morton, le robaba su descubrimiento y obtenía el éxito que a él se le escapó.

200 años después, un rejuvenecido óxido nitroso parece comenzar de nuevo su viaje por el equivalente moderno de las ferias y los espectáculos lúdicos, aunque desconocemos si esta vez acabará llevando hacia algún otro descubrimiento fundamental.

A las noticias de los últimos veranos ha venido a unírseles una tradición de nuevo cuño: el auge del consumo de gas de la risa en Ibiza. Esta costumbre importada de Inglaterra, junto al balconing y otras experiencias recreativas, se ha disparado, sobre todo, entre los jóvenes que acuden al reclamo del sol eterno y la cerveza barata.

La situación habría llegado a tal extremo que, según informaba el Diario de Mallorca del 23 de julio, un avispado había abierto una cuenta de Twitter para facilitar el gas a cualquier dirección las 24 horas del día, con promociones incluidas.

Caricatura de Beddoes y Davy haciendo una demostración del gas. Wellcome Collection

La forma de consumirlo es aspirando el aire de globos previamente hinchados con el contenido de ampollas de óxido nitroso (ese es el nombre químico de este gas). Las ampollas se pueden comprar de forma legal en ferreterías con un precio entre 50 céntimos y un euro, ya que se utilizan de forma habitual en cocina para cargar los sifones con los que se hacen las espumas.

Los globos se venden en la calle a un precio entre dos y medio y cinco euros. Y es esa venta lo único que es delito: todo lo demás, incluido el consumo, es perfectamente legal.

Un hombre bailando y riendo por los efectos del gas. Wellcome Collection

El óxido nitroso produce un efecto inmediato. No hay más que ver los vídeos de YouTube en los que grupos de amigos respiran el gas de los globos para prorrumpir inmediatamente en violentas carcajadas. El efecto es tan potente que se recomienda consumirlo sentados o apoyados porque provoca movimientos espasmódicos de los músculos. Aunque en pocos minutos el efecto se disipa sin dejar más secuelas que dolor de cabeza, agujetas por las carcajadas sin freno y un sabor dulzón en la boca.

Es esa inmediatez, su inocuidad en comparación con las drogas «duras», la sencillez del consumo y el precio irrisorio (aunque no es del todo inofensivo: sobre todo, puede producir malos efectos si se consume combinado con otro tipo de estupefacientes, y entre la veintena de casos de fallecimiento registrados en la última década en Gran Bretaña, hay casos de ahogamiento e, incluso, de reacciones alérgicas) lo que ha llevado a un auge tal que playas como las del municipio de Sant Antoni de Portmany amanezcan cubiertas de globos y cápsulas vacías que muchas veces acaban en el mar.

Demostración de los efectos del gas de la risa hacia 1840. Wellcome Collection

Más o menos, como si cada noche se celebrara allí una cadena de cumpleaños simultáneos.

Lo más irónico es que lo que puede parecer el no va más de lo moderno es en realidad más viejo que la tos. De hecho, es casi tan viejo como la química moderna, porque el descubrimiento del óxido nitroso (N2O) se puede contar entre los primeros logros obtenidos por la ciencia cuando logró dejar atrás la alquimia.

Y quizá lo más sorprendente es que, aunque ha jugado un papel fundamental en el avance de, entre otros campos, la medicina, en realidad su origen no fue muy distinto al del espectáculo de las playas ibicencas.

El óxido nitroso comenzó a hacerse famoso gracias a un científico inglés, Thomas Beddoes, que se dedicaba a invitar a todos los prohombres que conocía a su casa a cenar para luego, literalmente, echarse unas risas mediante el gas. Beddoes estaba convencido de que inhalar gases podía tener propiedades curativas para enfermedades como la tuberculosis, y acabó creando en 1799 la Sociedad Neumática de Bristol, donde los enfermos eran tratados con mezclas convenientes de gases.

Ilustración de una canción satírica, ‘Laughing Gas’. Wellcome Collection

Sin embargo, la falta de resultados acabó con la institución.

Con Beddoes trabajaba un joven aprendiz, Humphry Davy, que fue, de hecho, quien primero probó en sí mismo los efectos del óxido nitroso (hay que decir que esa era la forma habitual de experimentar las cosas por entonces, en el propio cuerpo, así que ser químico a finales del siglo XVIII era una profesión de alto riesgo).

Su primera impresión fue notar cómo su oído se volvía más agudo para, a continuación, ponerse a dar saltos gritando de alegría. Beddoes describiría la experiencia, que presenció, como si su discípulo sintiera un «orgasmo superior».

A partir de ese momento, Davy (que terminaría convirtiéndose en uno de los mayores científicos de toda la historia inglesa y que presidiría la Royal Society) se obsesionó con el gas, que inhalaba varias veces al día, probándolo con todas las combinaciones posibles de bebidas, drogas y otros gases. En una ocasión, se introdujo en una gran caja e hizo que la llenaran con trescientos litros de óxido nitroso. Sintió tal subidón que proclamó sentirse un ser superior, «recién creado y superior a los mortales».

El doctor Syntax y su mujer prueban los efectos del gas. Wellcome Collection

Las noticias sobre la existencia del gas de la risa recorrieron los salones como la pólvora, y así se convirtió en una atracción de feria que triunfaba de pueblo en pueblo y en la que se ofrecía al público experimentar sus efectos.

Pero no solo: también las clases altas cayeron rendidas ante la novedad, y pronto no hubo fiesta de renombre en la que no se distribuyera el gas entre los asistentes (una de estas fiestas, que eran sorprendentemente libertinas para la imagen que tenemos de los primeros años del siglo XIX, aparece recreada en un capítulo de la serie Taboo, que aquí puede verse en HBO).

Sin embargo, al gas de la risa todavía le quedaría una última vuelta de tuerca para trascender su condición de mera atracción para dejar de sí una herencia más respetable. En 1844, un dentista llamado Horace Wells acudió a un espectáculo de feria con un amigo en Hartford (Connecticut). Ambos probaron el gas y, como cabía prever, se pusieron a correr como posesos por el recinto.

Wells fue el primero que sintió remitir los efectos y observó sorprendido cómo su amigo seguía dando saltos con su pierna cubierta de sangre. Al parecer, se había dado un golpe brutal contra el asiento, pero no fue hasta que los efectos comenzaron a disiparse cuando empezó a dolerle.

Un grupo de poetas componiendo bajo los efectos del gas de la risa. Wellcome Collection

Intrigado, Wells no dejó de darle vueltas a la idea de que el óxido nitroso, en realidad, potenciaba una respuesta en el cerebro que lo que hacía era exacerbar las reacciones buscadas. Así, tanto podía llevar a la juerga más extrema como a eliminar cualquier reacción al dolor.

Wells acababa de dar con la clave de la anestesia, pero no logró disfrutar los resultados: su primera demostración pública fue un completo fracaso, y tuvo que ver cómo un advenedizo, William Morton, le robaba su descubrimiento y obtenía el éxito que a él se le escapó.

200 años después, un rejuvenecido óxido nitroso parece comenzar de nuevo su viaje por el equivalente moderno de las ferias y los espectáculos lúdicos, aunque desconocemos si esta vez acabará llevando hacia algún otro descubrimiento fundamental.

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