28 de diciembre 2012    /   BUSINESS
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La gasolina de las startups

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La utopía está en Silicon Valley. No hay otro lugar en el mundo en el que se den condiciones más idóneas para montar un empresa basada en la innovación. A pesar de que el mundo es cada vez más pequeño y las distancias están dejando de existir, estar lejos del valle californiano supone limitar las posibilidades de éxito. Por eso, cobran todo el sentido las incubadoras o aceleradoras de startups porque, para pasar de estar sentado enviando currículos a levantarse y dibujar el futuro propio, hace falta un empujoncito y, qué carajo, un poco de pasta.

Puede que alguno le haya cogido tirria. De tantas veces repetida como instrumento de captura de votos, la palabra ‘emprendedor’ ha corrido el riesgo de prostituir su significado. Durante un tiempo pareció que una persona ya era emprendedora si montaba un taller de esclavos chinos cosiendo monederos. “¡Esos son los que crean empleo!”, se decía. Y ahí residía la justificación para cualquier tipo de desmán: en el sacrosanto nombre de la generación de riqueza.

Quienes están llamados a escribir el futuro de la recuperación económica parece que han de optar, en su mayoría, por iniciativas sostenibles y responsables basadas en la tecnología. Y esos son los quieren quedarse con la denominación de emprendedores.

El ecosistema que necesitan para su multiplicación ha sido tradicionalmente yermo en España. El que quería invertir en un pequeña empresa montaba un bar. Porque otra cosa no, pero aquí de bares se entiende. El escenario comenzó a cambiar gracias a la iniciativa de pequeños grupos autoorganizados de emprendedores que evangelizan acerca de su cultura como si de una religión se tratase.

Ahora brotan iniciativas de carácter más ‘corporativo’ que apuestan por la captación del talento temprano, la formación intensiva, el asesoramiento económico y legal e, incluso, la inversión de capital en fases iniciales. Es el caso de SeedRocket, una iniciativa sin ánimo de lucro que intenta impulsar startups de base tecnológica a través del asesoramiento de un grupo de emprendedores del sector tecnológico español. “No somos solo una aceleradora”, cuenta Pamela de la Muñoza, una de la managers del proyecto. “El proceso de aceleración forma parte de un ciclo global al que llamamos Ciclo SeedRocket”.

La iniciativa, con sede en Barcelona, consta de varias fases que van desde la transformación de una idea primigenia en un prototipo real a lo largo de un fin de semana hasta un encuentro con inversores para intentar cerrar una primera ronda de financiación. En medio de todo ese recorrido, hay programas de formación, o estancias de seis meses en la aceleradora, en las que los mentores guían a los verdes empresarios por las procelosas aguas del emprendimiento. “Hasta la fecha hemos conseguido que más de 30 mentores implicados asesoren a más de 120 startups”, explica De la Muñoza. “Desde 2009 hemos conseguido inversiones superiores a los siete millones de euros para startups en fases iniciales”.

Algunos grandes grupos empresariales se han dado cuenta de que estar al tanto del nacimiento de las empresas que pueden ser grandes en el futuro no tiene más que ventajas. Para ello han optado por el modelo de ‘La Masía’, que no deja de dar talentos jóvenes a cierto equipo de fútbol. ¿Para qué vas a firmar en el talonario cantidades desproporcionadas para comprar compañías si puedes ver cómo crecen dentro de casa?

Banesto comenzó Yuzz hace dos años. “Hasta entonces todos los proyectos iban dirigidos a emprendedores o empresas que ya estaban constituidas. Pero nos dimos cuenta de que había un colectivo de jóvenes con ideas y con talento, que incluso no sabían que podían ser emprendedores, y que necesitan ayuda para que sus ideas se convirtieran en proyectos empresariales”. Así lo explica Victoria Zuasti, directora de la Fundación Banesto Sociedad y Tecnología.

Ese era el problema que está comenzando a desaparecer. La barrera para lanzarse a ser el jefe de uno mismo era, en muchos casos, mental. En la ecuación estaba, por supuesto, la falta de información acerca de cómo hacerlo ya que los programas educativos obvian por sistema cualquier referencia al emprendimiento. Sin embargo, la falta de convencimiento propio era la mayor barricada para impedir la creación de startups. Uno de los pocos factores positivos de la crisis es que ha dejado a muchas personas con poco que perder y esa situación les ha lanzado, casi sin elección, al abismo del autoempleo.

Según Zuasti, “el objetivo de Yuzz no es tanto que los jóvenes constituyan su empresa, que también, sino que buscamos un cambio social en la juventud española para que sean conscientes y conocedores de que emprender es una opción real y viable para su futuro”.

Yuzz, que está dirigido a jóvenes de entre 18 y 30 años de edad, impulsa “startups basadas en ideas innovadoras de base tecnológica”, declara Victoria Zuasti. “Siete meses de acompañamiento para desarrollar sus ideas a través de experiencias, formación y networking”.

La aceleradora ofrece la ayuda de expertos, mentores individuales que les acompañan y aconsejan a la hora de elaborar un plan de negocio, formación en creación y gestión de empresas, formación en comunicación, técnicas de negociación y soporte administrativo y jurídico.

La iniciativa, que comenzó tras el verano su tercera edición, tendrá 34 centros por toda España que darán cobertura a 700 jóvenes. Hasta el momento, Yuzz ha visto cómo se constituían 393 empresas gracias a su empujón, el 60% de todos los participantes en el programa.

La apuesta de Telefónica se llama Wayra. La iniciativa, que comenzó en Latinoamérica, ha recibido más de 11.000 candidaturas y se extiende por diez países. Al igual que las dos aceleradoras anteriores, Wayra tiene cada año en nómina a diez proyectos que utilizan de manera intensiva las nuevas tecnologías. “Estratégicamente nos conviene porque es el mundo en el que nos movemos como operadora global”, declaran desde la incubadora. “Sabemos muy bien que muchas de las ideas del futuro vendrán de allí”. Wayra está impulsando en este momento a más de cien startups que se mueven entre el comercio electrónico, la sostenibilidad tecnológica, las apps móviles, los servicios de vídeo o las tecnología basadas en la nube.

Para la portavocía de Wayra, “los emprendedores son verdaderos agentes de cambio en las economías. Vemos a las universidades y laboratorios como fuente de investigación y expertos calificados; y a las empresas, como agentes para buscar alianzas y encadenamientos productivos con el resto de eslabones. Todo eso es lo que crea un ambiente favorable para la inversión en capital de riesgo”.

Teniendo en cuenta la poca fe que parecen tener los últimos gobiernos de este país en la inversión en todos estos agentes, el rol que jugarán las iniciativas de apoyo a startups será capital para la creación masiva de empleo. De no ser así, la crisis económica pasará, al igual que lo hacen todas las crisis. Sin embargo, España habrá perdido el tren y no quedará otro remedio que el de volver a ser los camareros y los albañiles de Europa. Otra vez más. Y a esperar a que llegue otra devastadora crisis.

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La utopía está en Silicon Valley. No hay otro lugar en el mundo en el que se den condiciones más idóneas para montar un empresa basada en la innovación. A pesar de que el mundo es cada vez más pequeño y las distancias están dejando de existir, estar lejos del valle californiano supone limitar las posibilidades de éxito. Por eso, cobran todo el sentido las incubadoras o aceleradoras de startups porque, para pasar de estar sentado enviando currículos a levantarse y dibujar el futuro propio, hace falta un empujoncito y, qué carajo, un poco de pasta.

Puede que alguno le haya cogido tirria. De tantas veces repetida como instrumento de captura de votos, la palabra ‘emprendedor’ ha corrido el riesgo de prostituir su significado. Durante un tiempo pareció que una persona ya era emprendedora si montaba un taller de esclavos chinos cosiendo monederos. “¡Esos son los que crean empleo!”, se decía. Y ahí residía la justificación para cualquier tipo de desmán: en el sacrosanto nombre de la generación de riqueza.

Quienes están llamados a escribir el futuro de la recuperación económica parece que han de optar, en su mayoría, por iniciativas sostenibles y responsables basadas en la tecnología. Y esos son los quieren quedarse con la denominación de emprendedores.

El ecosistema que necesitan para su multiplicación ha sido tradicionalmente yermo en España. El que quería invertir en un pequeña empresa montaba un bar. Porque otra cosa no, pero aquí de bares se entiende. El escenario comenzó a cambiar gracias a la iniciativa de pequeños grupos autoorganizados de emprendedores que evangelizan acerca de su cultura como si de una religión se tratase.

Ahora brotan iniciativas de carácter más ‘corporativo’ que apuestan por la captación del talento temprano, la formación intensiva, el asesoramiento económico y legal e, incluso, la inversión de capital en fases iniciales. Es el caso de SeedRocket, una iniciativa sin ánimo de lucro que intenta impulsar startups de base tecnológica a través del asesoramiento de un grupo de emprendedores del sector tecnológico español. “No somos solo una aceleradora”, cuenta Pamela de la Muñoza, una de la managers del proyecto. “El proceso de aceleración forma parte de un ciclo global al que llamamos Ciclo SeedRocket”.

La iniciativa, con sede en Barcelona, consta de varias fases que van desde la transformación de una idea primigenia en un prototipo real a lo largo de un fin de semana hasta un encuentro con inversores para intentar cerrar una primera ronda de financiación. En medio de todo ese recorrido, hay programas de formación, o estancias de seis meses en la aceleradora, en las que los mentores guían a los verdes empresarios por las procelosas aguas del emprendimiento. “Hasta la fecha hemos conseguido que más de 30 mentores implicados asesoren a más de 120 startups”, explica De la Muñoza. “Desde 2009 hemos conseguido inversiones superiores a los siete millones de euros para startups en fases iniciales”.

Algunos grandes grupos empresariales se han dado cuenta de que estar al tanto del nacimiento de las empresas que pueden ser grandes en el futuro no tiene más que ventajas. Para ello han optado por el modelo de ‘La Masía’, que no deja de dar talentos jóvenes a cierto equipo de fútbol. ¿Para qué vas a firmar en el talonario cantidades desproporcionadas para comprar compañías si puedes ver cómo crecen dentro de casa?

Banesto comenzó Yuzz hace dos años. “Hasta entonces todos los proyectos iban dirigidos a emprendedores o empresas que ya estaban constituidas. Pero nos dimos cuenta de que había un colectivo de jóvenes con ideas y con talento, que incluso no sabían que podían ser emprendedores, y que necesitan ayuda para que sus ideas se convirtieran en proyectos empresariales”. Así lo explica Victoria Zuasti, directora de la Fundación Banesto Sociedad y Tecnología.

Ese era el problema que está comenzando a desaparecer. La barrera para lanzarse a ser el jefe de uno mismo era, en muchos casos, mental. En la ecuación estaba, por supuesto, la falta de información acerca de cómo hacerlo ya que los programas educativos obvian por sistema cualquier referencia al emprendimiento. Sin embargo, la falta de convencimiento propio era la mayor barricada para impedir la creación de startups. Uno de los pocos factores positivos de la crisis es que ha dejado a muchas personas con poco que perder y esa situación les ha lanzado, casi sin elección, al abismo del autoempleo.

Según Zuasti, “el objetivo de Yuzz no es tanto que los jóvenes constituyan su empresa, que también, sino que buscamos un cambio social en la juventud española para que sean conscientes y conocedores de que emprender es una opción real y viable para su futuro”.

Yuzz, que está dirigido a jóvenes de entre 18 y 30 años de edad, impulsa “startups basadas en ideas innovadoras de base tecnológica”, declara Victoria Zuasti. “Siete meses de acompañamiento para desarrollar sus ideas a través de experiencias, formación y networking”.

La aceleradora ofrece la ayuda de expertos, mentores individuales que les acompañan y aconsejan a la hora de elaborar un plan de negocio, formación en creación y gestión de empresas, formación en comunicación, técnicas de negociación y soporte administrativo y jurídico.

La iniciativa, que comenzó tras el verano su tercera edición, tendrá 34 centros por toda España que darán cobertura a 700 jóvenes. Hasta el momento, Yuzz ha visto cómo se constituían 393 empresas gracias a su empujón, el 60% de todos los participantes en el programa.

La apuesta de Telefónica se llama Wayra. La iniciativa, que comenzó en Latinoamérica, ha recibido más de 11.000 candidaturas y se extiende por diez países. Al igual que las dos aceleradoras anteriores, Wayra tiene cada año en nómina a diez proyectos que utilizan de manera intensiva las nuevas tecnologías. “Estratégicamente nos conviene porque es el mundo en el que nos movemos como operadora global”, declaran desde la incubadora. “Sabemos muy bien que muchas de las ideas del futuro vendrán de allí”. Wayra está impulsando en este momento a más de cien startups que se mueven entre el comercio electrónico, la sostenibilidad tecnológica, las apps móviles, los servicios de vídeo o las tecnología basadas en la nube.

Para la portavocía de Wayra, “los emprendedores son verdaderos agentes de cambio en las economías. Vemos a las universidades y laboratorios como fuente de investigación y expertos calificados; y a las empresas, como agentes para buscar alianzas y encadenamientos productivos con el resto de eslabones. Todo eso es lo que crea un ambiente favorable para la inversión en capital de riesgo”.

Teniendo en cuenta la poca fe que parecen tener los últimos gobiernos de este país en la inversión en todos estos agentes, el rol que jugarán las iniciativas de apoyo a startups será capital para la creación masiva de empleo. De no ser así, la crisis económica pasará, al igual que lo hacen todas las crisis. Sin embargo, España habrá perdido el tren y no quedará otro remedio que el de volver a ser los camareros y los albañiles de Europa. Otra vez más. Y a esperar a que llegue otra devastadora crisis.

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