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30 de enero 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Del clavel a la bandera. Breve historia de la iconografía gay

30 de enero 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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En marzo de 2013 miles de usuarios de las redes sociales empezaron a cambiar sus avatares por el símbolo matemático de ‘igual’. Las dos bandas paralelas resaltaban en tonos salmón sobre un fondo rojo. En los primeros días nadie sabía muy bien qué significado oculto tenía el símbolo, qué campaña de marketing estaba detrás. Fue entonces cuando el actor George Takei, abiertamente gay y popular por sus apariciones en Star Trek, lo puso como foto de perfil en su Facebook (donde tiene más de tres millones de likes) y su Twitter (con más de 600.000 seguidores). En los siguientes días la campaña, ideada por Human Right Watch para concienciar sobre los derechos homosexuales, se hizo viral.
Esta anécdota recoge todos los elementos de la iconografía gay. La activista, con un pequeño componente de diseño y uno grande de lucha, y la que hace referencia a la cultura popular, que encuentra su máximo exponente actual en actores, futbolistas y divas del pop. Gayconography pretende moverse entre estos dos extremos. El libro del fotógrafo y periodista Guillem Medina plantea un difícil equilibrio entre las novelas victorianas de Oscar Wilde y los arpegios vocales de Barbra Streisand, pasando por la fotografía de Bruce Weber, la pintura de Frida Kahlo y las ilustraciones de Tom of Finland. A lo largo de 219 páginas, Medina ofrece una mirada artística y analítica de la cultura gay. «Quería hacer una aproximación cronológica, un repaso, a base de pequeñas píldoras, para representar la iconografía del mundo gay más allá de los cuatro estereotipos que tiene la gente», defiende en conversación telefónica. En su libro, Medina ha elegido ir más allá del cliché, que compara acertadamente con el que ofrece la película Ocho apellidos vascos sobre los tópicos regionales de la España de pandereta.
9788494112898La simbología y los códigos tienen en el mundo gay mayor importancia que en la mayoría de colectivos sociales. Históricamente se usaban para reconocerse sin levantar sospechas, gracias a detalles como los colores brillantes. Oscar Wilde llevaba un clavel verde en la solapa de su chaqueta, una flor que fue usada por los homosexuales europeos a finales del siglo XIX y principios del XX en una forma de código secreto para expresar su orientación sexual. La práctica fue recogida por el libro The Green Carnation, usado en el juicio contra Wilde por sodomía, y conecta con la que se daba en Australia, mutando aquí el color por el amarillo. Otra forma de reconocerse sin levantar sospechas era a través de un código oral, palabras que encerraban un doble significado como el ‘¿entiendes?’ que se dió en España o el declararse ‘amigo de Dorothy’ (por la protagonista de la película El mago de Oz) en EE.UU. Estos dos elementos, el visual, representado por los colores vivos, y el oral, que encarnaba la película más icónica del colectivo homosexual, convergieron en la década de los setenta para parir el símbolo definitivo de la comunidad: la bandera del arcoiris. Como explica Medina en su libro, el creador de la bandera multicolor aseguró haberse inspirado en la canción Somewhere over the rainbow que entonaba Garland en la producción de la Metro-Goldwyn-Mayer. Y como afirman varios historiadores, el uso en el pasado de los colores vivos como código homosexual fue determinante en esta decisión.
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En la actualidad la simbología gay responde a otras necesidades. Permanece en cierta medida la función de reconocimiento discreto, representada por la citada bandera, que se coloca en pegatinas o en su forma física en bares, hoteles y todo tipo de locales alrededor del mundo. Pero sobre todo tiene un componente lúdico, que impregna todas las artes -cine, música, literatura, fotografía, cómic- y otro reivindicativo que enlaza con la necesidad de sentirse parte de un colectivo y de dar un referente a los jóvenes homosexuales que pueden enfrentarse al rechazo de la sociedad. Para Medina, el formato que mejor representa esta iconografía actualmente, el que mayor impacto produce, es la televisión. Y dentro de esta, las series. Algunas como Queer as Folk, The L word o el musical adolescente Glee se han convertido ya en auténticos iconos. «Puede que en los temas sociales en España estemos más avanzados, pero a la hora de representar esta realidad tan diversa en la pequeña y la gran pantalla, estamos muy lejos de americanos e ingleses», reconoce el autor.
Glee
Precisamente una cinta inglesa, la reciente Pride, escenifica, en uno de sus pasajes, una característica recurrente de la iconografía gay. La película narra la unión de activistas por los derechos homosexuales con la comunidad minera en la Inglaterra de Margaret Thatcher. En una escena, un personaje recrimina a otro el haber utilizado el eslogan ‘Los pervertidos apoyan a los mineros’. «Nos apropiamos de las palabras que usan para insultarnos», replica este, «así las hacemos nuestras». Esta aseveración encuentra un reflejo en la realidad que va más allá del uso, cada vez menos peyorativo, de la palabra ‘maricón’; un reflejo que nos retrotrae a la barbarie nazi, cuando los homosexuales eran identificados en los campos de concentración con un triángulo rosa invertido. El mismo que ha utilizado el colectivo desde entonces para recordar su discriminación histórica, apropiándoselo.
Más de medio siglo separa este símbolo del clavel verde que lucía Wilde en su solapa. Más de medio siglo lo separa del símbolo ‘igual’ que inundó las redes sociales hace dos años. Sin embargo los tres tienen algo en común: haberse convertido en parte de la iconografía de un colectivo. Por encima de los arpegios de Barbra Streisand.

En marzo de 2013 miles de usuarios de las redes sociales empezaron a cambiar sus avatares por el símbolo matemático de ‘igual’. Las dos bandas paralelas resaltaban en tonos salmón sobre un fondo rojo. En los primeros días nadie sabía muy bien qué significado oculto tenía el símbolo, qué campaña de marketing estaba detrás. Fue entonces cuando el actor George Takei, abiertamente gay y popular por sus apariciones en Star Trek, lo puso como foto de perfil en su Facebook (donde tiene más de tres millones de likes) y su Twitter (con más de 600.000 seguidores). En los siguientes días la campaña, ideada por Human Right Watch para concienciar sobre los derechos homosexuales, se hizo viral.
Esta anécdota recoge todos los elementos de la iconografía gay. La activista, con un pequeño componente de diseño y uno grande de lucha, y la que hace referencia a la cultura popular, que encuentra su máximo exponente actual en actores, futbolistas y divas del pop. Gayconography pretende moverse entre estos dos extremos. El libro del fotógrafo y periodista Guillem Medina plantea un difícil equilibrio entre las novelas victorianas de Oscar Wilde y los arpegios vocales de Barbra Streisand, pasando por la fotografía de Bruce Weber, la pintura de Frida Kahlo y las ilustraciones de Tom of Finland. A lo largo de 219 páginas, Medina ofrece una mirada artística y analítica de la cultura gay. «Quería hacer una aproximación cronológica, un repaso, a base de pequeñas píldoras, para representar la iconografía del mundo gay más allá de los cuatro estereotipos que tiene la gente», defiende en conversación telefónica. En su libro, Medina ha elegido ir más allá del cliché, que compara acertadamente con el que ofrece la película Ocho apellidos vascos sobre los tópicos regionales de la España de pandereta.
9788494112898La simbología y los códigos tienen en el mundo gay mayor importancia que en la mayoría de colectivos sociales. Históricamente se usaban para reconocerse sin levantar sospechas, gracias a detalles como los colores brillantes. Oscar Wilde llevaba un clavel verde en la solapa de su chaqueta, una flor que fue usada por los homosexuales europeos a finales del siglo XIX y principios del XX en una forma de código secreto para expresar su orientación sexual. La práctica fue recogida por el libro The Green Carnation, usado en el juicio contra Wilde por sodomía, y conecta con la que se daba en Australia, mutando aquí el color por el amarillo. Otra forma de reconocerse sin levantar sospechas era a través de un código oral, palabras que encerraban un doble significado como el ‘¿entiendes?’ que se dió en España o el declararse ‘amigo de Dorothy’ (por la protagonista de la película El mago de Oz) en EE.UU. Estos dos elementos, el visual, representado por los colores vivos, y el oral, que encarnaba la película más icónica del colectivo homosexual, convergieron en la década de los setenta para parir el símbolo definitivo de la comunidad: la bandera del arcoiris. Como explica Medina en su libro, el creador de la bandera multicolor aseguró haberse inspirado en la canción Somewhere over the rainbow que entonaba Garland en la producción de la Metro-Goldwyn-Mayer. Y como afirman varios historiadores, el uso en el pasado de los colores vivos como código homosexual fue determinante en esta decisión.
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En la actualidad la simbología gay responde a otras necesidades. Permanece en cierta medida la función de reconocimiento discreto, representada por la citada bandera, que se coloca en pegatinas o en su forma física en bares, hoteles y todo tipo de locales alrededor del mundo. Pero sobre todo tiene un componente lúdico, que impregna todas las artes -cine, música, literatura, fotografía, cómic- y otro reivindicativo que enlaza con la necesidad de sentirse parte de un colectivo y de dar un referente a los jóvenes homosexuales que pueden enfrentarse al rechazo de la sociedad. Para Medina, el formato que mejor representa esta iconografía actualmente, el que mayor impacto produce, es la televisión. Y dentro de esta, las series. Algunas como Queer as Folk, The L word o el musical adolescente Glee se han convertido ya en auténticos iconos. «Puede que en los temas sociales en España estemos más avanzados, pero a la hora de representar esta realidad tan diversa en la pequeña y la gran pantalla, estamos muy lejos de americanos e ingleses», reconoce el autor.
Glee
Precisamente una cinta inglesa, la reciente Pride, escenifica, en uno de sus pasajes, una característica recurrente de la iconografía gay. La película narra la unión de activistas por los derechos homosexuales con la comunidad minera en la Inglaterra de Margaret Thatcher. En una escena, un personaje recrimina a otro el haber utilizado el eslogan ‘Los pervertidos apoyan a los mineros’. «Nos apropiamos de las palabras que usan para insultarnos», replica este, «así las hacemos nuestras». Esta aseveración encuentra un reflejo en la realidad que va más allá del uso, cada vez menos peyorativo, de la palabra ‘maricón’; un reflejo que nos retrotrae a la barbarie nazi, cuando los homosexuales eran identificados en los campos de concentración con un triángulo rosa invertido. El mismo que ha utilizado el colectivo desde entonces para recordar su discriminación histórica, apropiándoselo.
Más de medio siglo separa este símbolo del clavel verde que lucía Wilde en su solapa. Más de medio siglo lo separa del símbolo ‘igual’ que inundó las redes sociales hace dos años. Sin embargo los tres tienen algo en común: haberse convertido en parte de la iconografía de un colectivo. Por encima de los arpegios de Barbra Streisand.

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