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12 de marzo 2017    /   IDEAS
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Por qué algunos gays se han pasado a la ultraderecha

12 de marzo 2017    /   IDEAS     por          
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El pasado 11 de junio Barack Obama pronunció un discurso que tuvo algo de visionario. Trazó un paralelismo claro entre racismo y homofobia, al asegurar que «no puedes, por un lado, quejarte cuando alguien te lo hace a ti, y luego hacérselo a los demás. Tiene que haber cierta consistencia en tu forma de pensar sobre estos temas».

Dos días más tarde, un estadounidense de origen afgano mataba a 50 personas en un club gay de Orlando. El que estaba llamado a ser el sucesor de Obama no tuvo problema en defender la hipótesis contraria. Donald Trump se apresuró a alertar sobre la entrada de radicales «que esclavizan a mujeres y asesinan a gais» al tiempo que acusó a las comunidades musulmanas de EEUU de proteger a los responsables.

Las dos ideas, la que defiende Obama y equipara discriminación sin atender el motivo que la origina, y la de Trump, que se vale del miedo de unos para discriminar a otros, representan dos formas de entender la política. La primera sigue teniendo más predicamento entre el votante LGBT. La segunda está aumentando a niveles alarmantes.

El primer político europeo en combinar con éxito tolerancia gay e intolerancia racial fue Pim Fortuyn. El fundador del partido ultraderechista neerlandés era abiertamente homosexual y aún más abiertamente xenófobo. Fue asesinado a tiros en 2002.

En su ensayo Contra la islamización de nuestra cultura, apuntaba que el islam atenta contra los derechos de las mujeres y contra minorías sociales como el colectivo LGTB. Este era y es el factor clave, potenciado por acontecimientos recientes como los asaltos sexuales masivos en la estación de tren de Colonia o la citada masacre de Orlando, que se ha convertido en la encarnación de un fantasma que la extrema derecha lleva tiempo agitando.

Estos acontecimientos han causado el efecto esperado. Según los últimos sondeos, el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen tiene el apoyo de un 25% de los homosexuales de la ciudad de París, un porcentaje que baja al 16% cuando hablamos de heterosexuales. Abriendo el abanico al resto de Francia, dos tercios de las parejas casadas homosexuales podrían optar por el FN, un partido que hace unos años, cuando el padre de la actual presidenta estaba al frente, describía la homosexualidad como una «anomalía biológica y social». Pero ¿a qué se debe este viraje?

En su libro Pourquoi les gays sont passés à droite (Por qué los gays se han pasado a la derecha, 2012), Didier Lestrade, fundador de la revista Têtu, critica el estilo de vida gay contemporáneo por superficial, consumista y estático, características que asocia a los movimientos políticos conservadores.

«El racismo siempre ha existido», reconoce Lestrade, «pero actualmente la extrema derecha abre sus brazos a los gais para defenderlos de los negros y los árabes. Hace falta denunciar esto, porque es contrario a la agenda LGTB, contrario al ideal gay, contrario a todo lo que nos ha hecho felices y orgullosos de ser homosexuales», predica el escritor. Pero más allá de estereotipos sociales, el vuelco del voto LGTB tiene nombres y apellidos.

Julien Odoul es la cara (y el cuerpo) de la nueva ultraderecha francesa. En la portada de la revista de temática gay Têtu (irónicamente, la revista de Lestrade) aparecía luciendo unos potentes brazos, unos sugerentes pectorales y una mirada acero azul que haría temblar al mismísimo Zoolander. Años después, Odoul se presenta encorbatado, repeinado y siempre cerca de su valedora, Marine Le Pen.

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Foto: Cristianos Gays

Odoul comparte pasado con su compañero de partido, Bruno Clavier, que se fotografía con la misma soltura dando abrazos a otros hombres ligeros de ropa o a Le Pen, esta vez más cubierto y más casto. Son los guiños más evidentes del partido a los jóvenes gais. Pero hay otros, menos mediáticos, más relevantes, como Sebastian Chenu, fundador del colectivo LGTB GayLib y actual consejero de política cultural de Le Pen, o el número dos del partido, Florian Philippot, a quienes muchos acusan de haber instaurado un lobby homosexual alrededor de la líder.

El ejemplo más inesperado lo encontramos en Austria. Jörg Haider nunca pensó en mezclar homosexualidad y xenofobia. Al menos no de forma pública. El líder del racista BZÖ falleció en un accidente de coche en 2008, pero la auténtica tragedia vino después, cuando se supo que conducía ebrio tras abandonar un club de ambiente. La cosa tomó tintes de melodrama cuando Stefan Petzner, su sucesor en el cargo, reconoció en una entrevista que ambos eran más que amigos. Fue destituido pero la semilla quedó ahí, cambiando el ideal de líder heterosexual y xenófobo.

Hoy en día alguien como Haider no tendría que esconder su sexualidad. A nadie le llamaría la atención especialmente. En lugares como Rusia y Alemania proliferan las organizaciones neonazis gais. Las webs de los supremacistas blancos estadounidenses venden banderas confederadas junto a banderas del arcoíris. El movimiento trasciende lo político y empieza a calar en la sociedad civil.

A pesar de todos estos casos Pablo Simón, politólogo y autor en Politikon, descarta catalogar el fenómeno como global. Pone como ejemplo organizaciones como la Liga Norte italiana o el Amanecer Dorado de Grecia. «Estos partidos se mantienen xenófobos y anti-LGTB, porque esa postura entronca con la historia de sus países», reflexiona. «En Italia, donde hay una tradición religiosa muy fuerte, se mantiene la homofobia. También está el ejemplo de Polonia, otro país enormemente católico y conservador que tuvo el ejemplo de los hermanos Kaczyński, que incluso iniciaron una cruzada contra los Teletubbies por incitar a la homosexualidad. En Europa del este existe un miedo a la decadencia de Occidente. Igual que en otros lados ven el islam como algo nuevo, ellos ven la homosexualidad como una tradición importada».

Todos estos países se mantienen al margen de una tendencia que se da sobre todo en estados donde ha habido mucha inmigración y una integración difícil. ¿Y dónde encajaría España en todo este tema? En un término medio. Simón no entra a valorar demasiado a VOX, el partido que más a la derecha se sitúa en el panorama político español. Según el politólogo se encuentra «fuera de cualquier coordenada parlamentaria», aunque concede que «no crea mensajes específicos para este colectivo al tener una base católica».

Catolicismo y racismo parecen ser los dos ingredientes que hacen bascular a la extrema derecha europea hacia una u otra posición. Owen Jones no ve gran diferencia en el resultado final. Jones es columnista del diario The Guardian, homosexual y una de las voces más respetadas de la izquierda europea.

En una de sus últimas columnas alertaba sobre cómo «los movimientos de extrema derecha están marchando sobre el mundo occidental, tratando de apropiarse de la campaña de los derechos homosexuales para su propio beneficio». «Los musulmanes», decía Jones, «son reflejados como una amenaza existencial hacia las personas gais, y hay muchos que sólo mencionan los derechos LGTB para atacar a los inmigrantes o a los musulmanes como si fueran un todo».

El periodista relaciona en su origen la homofobia y el racismo, como ya hiciera Obama, y ve en ambos sentimientos la imposibilidad de empatizar con el diferente. También considera que ambos acabarán yendo de la mano. Para aquellos que piensen de forma diferente recuerda un dato: desde que se impuso el Brexit gracias a argumentos eminentemente racistas, los crímenes homófobos han aumentado en Inglaterra un 147%.


El pasado 11 de junio Barack Obama pronunció un discurso que tuvo algo de visionario. Trazó un paralelismo claro entre racismo y homofobia, al asegurar que «no puedes, por un lado, quejarte cuando alguien te lo hace a ti, y luego hacérselo a los demás. Tiene que haber cierta consistencia en tu forma de pensar sobre estos temas».

Dos días más tarde, un estadounidense de origen afgano mataba a 50 personas en un club gay de Orlando. El que estaba llamado a ser el sucesor de Obama no tuvo problema en defender la hipótesis contraria. Donald Trump se apresuró a alertar sobre la entrada de radicales «que esclavizan a mujeres y asesinan a gais» al tiempo que acusó a las comunidades musulmanas de EEUU de proteger a los responsables.

Las dos ideas, la que defiende Obama y equipara discriminación sin atender el motivo que la origina, y la de Trump, que se vale del miedo de unos para discriminar a otros, representan dos formas de entender la política. La primera sigue teniendo más predicamento entre el votante LGBT. La segunda está aumentando a niveles alarmantes.

El primer político europeo en combinar con éxito tolerancia gay e intolerancia racial fue Pim Fortuyn. El fundador del partido ultraderechista neerlandés era abiertamente homosexual y aún más abiertamente xenófobo. Fue asesinado a tiros en 2002.

En su ensayo Contra la islamización de nuestra cultura, apuntaba que el islam atenta contra los derechos de las mujeres y contra minorías sociales como el colectivo LGTB. Este era y es el factor clave, potenciado por acontecimientos recientes como los asaltos sexuales masivos en la estación de tren de Colonia o la citada masacre de Orlando, que se ha convertido en la encarnación de un fantasma que la extrema derecha lleva tiempo agitando.

Estos acontecimientos han causado el efecto esperado. Según los últimos sondeos, el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen tiene el apoyo de un 25% de los homosexuales de la ciudad de París, un porcentaje que baja al 16% cuando hablamos de heterosexuales. Abriendo el abanico al resto de Francia, dos tercios de las parejas casadas homosexuales podrían optar por el FN, un partido que hace unos años, cuando el padre de la actual presidenta estaba al frente, describía la homosexualidad como una «anomalía biológica y social». Pero ¿a qué se debe este viraje?

En su libro Pourquoi les gays sont passés à droite (Por qué los gays se han pasado a la derecha, 2012), Didier Lestrade, fundador de la revista Têtu, critica el estilo de vida gay contemporáneo por superficial, consumista y estático, características que asocia a los movimientos políticos conservadores.

«El racismo siempre ha existido», reconoce Lestrade, «pero actualmente la extrema derecha abre sus brazos a los gais para defenderlos de los negros y los árabes. Hace falta denunciar esto, porque es contrario a la agenda LGTB, contrario al ideal gay, contrario a todo lo que nos ha hecho felices y orgullosos de ser homosexuales», predica el escritor. Pero más allá de estereotipos sociales, el vuelco del voto LGTB tiene nombres y apellidos.

Julien Odoul es la cara (y el cuerpo) de la nueva ultraderecha francesa. En la portada de la revista de temática gay Têtu (irónicamente, la revista de Lestrade) aparecía luciendo unos potentes brazos, unos sugerentes pectorales y una mirada acero azul que haría temblar al mismísimo Zoolander. Años después, Odoul se presenta encorbatado, repeinado y siempre cerca de su valedora, Marine Le Pen.

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Foto: Cristianos Gays

Odoul comparte pasado con su compañero de partido, Bruno Clavier, que se fotografía con la misma soltura dando abrazos a otros hombres ligeros de ropa o a Le Pen, esta vez más cubierto y más casto. Son los guiños más evidentes del partido a los jóvenes gais. Pero hay otros, menos mediáticos, más relevantes, como Sebastian Chenu, fundador del colectivo LGTB GayLib y actual consejero de política cultural de Le Pen, o el número dos del partido, Florian Philippot, a quienes muchos acusan de haber instaurado un lobby homosexual alrededor de la líder.

El ejemplo más inesperado lo encontramos en Austria. Jörg Haider nunca pensó en mezclar homosexualidad y xenofobia. Al menos no de forma pública. El líder del racista BZÖ falleció en un accidente de coche en 2008, pero la auténtica tragedia vino después, cuando se supo que conducía ebrio tras abandonar un club de ambiente. La cosa tomó tintes de melodrama cuando Stefan Petzner, su sucesor en el cargo, reconoció en una entrevista que ambos eran más que amigos. Fue destituido pero la semilla quedó ahí, cambiando el ideal de líder heterosexual y xenófobo.

Hoy en día alguien como Haider no tendría que esconder su sexualidad. A nadie le llamaría la atención especialmente. En lugares como Rusia y Alemania proliferan las organizaciones neonazis gais. Las webs de los supremacistas blancos estadounidenses venden banderas confederadas junto a banderas del arcoíris. El movimiento trasciende lo político y empieza a calar en la sociedad civil.

A pesar de todos estos casos Pablo Simón, politólogo y autor en Politikon, descarta catalogar el fenómeno como global. Pone como ejemplo organizaciones como la Liga Norte italiana o el Amanecer Dorado de Grecia. «Estos partidos se mantienen xenófobos y anti-LGTB, porque esa postura entronca con la historia de sus países», reflexiona. «En Italia, donde hay una tradición religiosa muy fuerte, se mantiene la homofobia. También está el ejemplo de Polonia, otro país enormemente católico y conservador que tuvo el ejemplo de los hermanos Kaczyński, que incluso iniciaron una cruzada contra los Teletubbies por incitar a la homosexualidad. En Europa del este existe un miedo a la decadencia de Occidente. Igual que en otros lados ven el islam como algo nuevo, ellos ven la homosexualidad como una tradición importada».

Todos estos países se mantienen al margen de una tendencia que se da sobre todo en estados donde ha habido mucha inmigración y una integración difícil. ¿Y dónde encajaría España en todo este tema? En un término medio. Simón no entra a valorar demasiado a VOX, el partido que más a la derecha se sitúa en el panorama político español. Según el politólogo se encuentra «fuera de cualquier coordenada parlamentaria», aunque concede que «no crea mensajes específicos para este colectivo al tener una base católica».

Catolicismo y racismo parecen ser los dos ingredientes que hacen bascular a la extrema derecha europea hacia una u otra posición. Owen Jones no ve gran diferencia en el resultado final. Jones es columnista del diario The Guardian, homosexual y una de las voces más respetadas de la izquierda europea.

En una de sus últimas columnas alertaba sobre cómo «los movimientos de extrema derecha están marchando sobre el mundo occidental, tratando de apropiarse de la campaña de los derechos homosexuales para su propio beneficio». «Los musulmanes», decía Jones, «son reflejados como una amenaza existencial hacia las personas gais, y hay muchos que sólo mencionan los derechos LGTB para atacar a los inmigrantes o a los musulmanes como si fueran un todo».

El periodista relaciona en su origen la homofobia y el racismo, como ya hiciera Obama, y ve en ambos sentimientos la imposibilidad de empatizar con el diferente. También considera que ambos acabarán yendo de la mano. Para aquellos que piensen de forma diferente recuerda un dato: desde que se impuso el Brexit gracias a argumentos eminentemente racistas, los crímenes homófobos han aumentado en Inglaterra un 147%.


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Opiniones 12
  • ¿Por qué llamas ultraderecha al simple nacionalismo? El partido de Le Pen, hoy, es nacionalista, no ultraderechista. Francia posee además una República, la quinta, hecha a golpe de Estado por De Gaulle con verdadera representación parlamentaria y una Constitución, que la es, y por eso se cumple. Inglaterra tiene diputados de distrito, no títeres de listas; por tanto el ciudadano allí, mejor o peor, sí está representado. A Trump acabamos de ver cómo cualquier juez puede pararlo en seco y si dicta un decreto anticonstitucional, porque EE.UU. es la primera Constitución representativa del mundo, y también, al ser Constitución, norma de normas, y se cumple. Entonces, ¿por qué subes a la página este libelo de falsa izquierda haciendo ver que se adviene el infierno? En esos países la tradición y la Constitución defienden. Donde se votan títeres en listas, puede pasar cualquier cosa, porque no hay que cumplir programas y las Constituciones se cambian poniendo de acuerdo un par de jefes de partido.

  • Qué empanada mental, chaval. Y no me digas que no, porque entonces me estarás discriminando, y tendrás que clasificarte a ti mismo en la extrema derecha. ¿Sabes cómo fue posible la libertad y el progreso? Ejerciendo el espíritu crítico. Es cierto que el más progre es el que más liga, pero el más honesto es el que más duda. A diferencia de las ovejas, tú puedes escoger. Escoge.

  • Cómo me recuerda lo que se dice en este artículo al impresentable periodista de El Mundo, Eduardo Inda, que en el programa La Sexta Noche desarrolla esa misma campaña de ultraderecha tratando de aterrorizar a los gays españoles con la homofobia del islam iraní (vaya por delante que, mientras no cambien mucho las cosas para mí la mejor mezquita es la que no se construye y la mejor catedral la que se desacraliza y ya no tiene culto). Y sin embargo nuestro mayor peligro es el integrismo católico de colectivos como hazte oír que lleva a tantos transexuales y homosexuales al suicidio. No es raro que inda defienda la libertad de expresión terrorista de hazte oír, los postulados de uno y otro son los mismos.

  • José Fco. Rodríguez, ¿cómo llamarías tú a una ideología que defienda a «los suyos» e ignore, descalifique o incluso intente eliminar a los que consideran fuera de su «manada»? Los nacionalismos se basan en un sentimiento de grupo excluyente, atávico y puramente emocional. Sobre esa idea luego pueden añadirse capas de todo signo, ya sean «de derechas», «de izquierdas» o mediopensionistas. No existe eso que tú llamas «simple nacionalismo». Todos los nacionalismos tienen unas consecuencias inmediatas, y es que como mínimo siempre excluyen a alguien. Por otra parte, tiene gracia que aún se siga poniendo como ejemplo de democracia la de Estados Unidos, un país con sólo dos partidos, que se parecen muchísimo, y en el que ha habido presidentes de la estatura moral e intelectual de Nixon, Reagan, Bush o el actual señor del copete cardado. En España, con nuestro sistema de «títeres en listas», al menos no tuvimos de presidente a Gil y Gil, Mario Conde o Ruiz Mateos.

  • Ayer leí este artículo en la revista física que ofrecen en Vueling. Mi primera sorpresa fue el título del artículo, algo parecido a «El voto rosa LGTB se pasa a la ultraderecha».
    Me alegra profundamente que se corrigiera el título en la versión digital, porque ni es un voto rosa (en cualquier caso sería arcoíris) ni es LGTB, ya que en ningún momento del texto se habla de otra cosa que no sea el hombre gay occidental y blanco. Cosa que, por cierto, empobrece mucho la lectura. ¿No hay más perfiles en el movimiento LGTB para ilustrar el artículo? ¿Trans o lesbianas, por ejemplo? El término es amplio, si no simplemente tituladlo tristemente como en la versión digital: gays que se pasan a la ultraderecha.

  • El artículo es un completo desastre desde su planteamiento, porque no existe «el votante LGBT». Se nos quiere hacer creer, tras la lectura del artículo, que votar a Amanecer Dorado y a VOX, tiene alguna relación con el Brexit, la victoria de Trump y los crímenes homófobos, que van en aumento, según nos dicen… Los periodistas, los creadores de opinión… van por un lado, y la sociedad, la mayoría silenciosa, los votantes, van por otra.

    Nunca antes fue mayor la distancia entre la opinión publicada (la de Yoroboku, la de El País, la de la cadena SER, la de Jot Down o la de La Sexta) y la opinión publica, la de la calle. Pero vosotros, los periodistas, no os queréis bajar del burro, porque se vive muy cómodo entre lugares comunes, en vuestras acomodadas torres de marfil. Ahí fuera hay millones de parados. No son más tontos que vosotros por votar a Le Pen o a Trump, ni vosotros más listos por votar a Iglesias o a Rajoy.

    No existe el votante heterosexual, ni el votante jubilado, ni la votante vegana. Carolina Bescansa os ha engañado. Otra cosa es que se nos quiera hacer creer que el FN es el diablo, y que el periodista nos quiera vender la moto de quien Owen Jones -alguien que ha pedido el voto para Podemos, no lo olvidemos- es el nuevo Carl Schmitt de la ciencia política moderna… Hay gays y gays, no son un todo, si quieren votar a Marine Le Pen, no son menos listos o más intolerantes que los que van a votar a Macron, que es el candidato de las élites financieras francesas.

    Otro lugar común del periodismo actual es el tema de Trump. Obama es fantástico, y Trump es muy malo, porque me lo ha dicho Angels Barceló, el gran Wyoming, la SER y los de El Jueves. Si pensáis que por repetirlo mil veces, váis a convertir a los Clinton o a Obama en campeones de los derechos civiles, allá vosotros. A día de hoy, Obama es el presidente que más ilegales ha expulsado en la historia de EEUU, pero como es negro, es un tío genial. Pues vale.

    Por último, subrayar la OBSESIÓN que tienen muchos gays -no todos, afortunadamente, solamente los periodistas y los vinculados al lobby rosa- de querer sacar del armario a todo el mundo. En los últimos años hemos leído que Franco, Hitler, Napoleón y ahora Haider eran homosexuales… Casualmente, nunca se dice que el Ché Guevara, Stalin o el mismo Durruti fusilaban homosexuales, o que Marx siempre consideró a los «hermafroditas» o a los negros como seres inferiores… En fin, seguid inventando vuestras películas de consumo interno, para daros palmaditas en la espalda y vender la moto de que sois gente super tolerante y super fantástica, mientras nosotros, los que no somos de vuestra cuerda ideológica, somos LOS MALOS y los facha franco nazis… Además, si en Europa estamos como estamos no es por la ultraderecha, es gracias a Hollande, Draghi, Rajoy, Merkel y compañía…

  • porque los gays lo que quieren es pisar los derechos de la mujer, ocupar los puestos de trabajo de la mujer, educar en desigualdad, el culto al marketing, a la sociedad de consumo, su ideología es machista.

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