7 de julio 2015    /   CIENCIA
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¿Existe un gen para la mala hostia?

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Cuando salgo a la calle y me enfrento a una chavalería más gritona que una reunión sindical, a individuos que resultan incívicos, fulanos que te sirven el café como si te perdonaran la vida o, sencillamente, llegan hasta a mí retazos de conversaciones ajenas que me recuerdan que Hombres, mujeres y viceversa no es un programa de ficción, sino la puñetera realidad social española, me pregunto si existe un gen para la mala hostia.
Gen malo
Por el momento, los métodos de que disponemos para saber si un rasgo es heredable o no ponen de manifiesto que la personalidad antisocial y la tendencia a los problemas con la ley presentan un componente heredable importante, si bien a veces sus efectos dependen de las características del contexto.
Si examinamos un importante estudio publicado en Science y realizado en 1984 con adoptados daneses criados en familias con un padre adoptivo que hubiera sido condenado por un crimen, casi el 25% de los hijos biológicos de criminales habían sido condenados por algún delito; y solo ocurría en el 15% de los hijos biológicos de padres no criminales.
Con todo, ser atrapado por cometer un delito tampoco es una medida objetiva de mala hostia. Podría ser que el delincuente haya tenido suerte y nadie le haya visto. O que nadie le haya denunciado. O que sencillamente tenga ganas de hacer daño o robar cosas pero no lo haya hecho, por eso se tienen en cuenta otros factores, tal y como matiza el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

Los estudios actuales utilizan medidas de violencia más sensibles, entre ellas autoinformes confidenciales, escalas de agresividad y conducta antisocial validadas, y puntuaciones de profesores, amigos y padres (por ejemplo, si se dice que la persona «hace daño a los demás para sacar provecho de ello» o «provoca en los demás miedo o malestar adrede»).

Los resultados, entonces, continúan siendo los mismos: las tendencias agresivas tienen una heredabilidad significativa. En estudios que hacen un seguimiento de gemelos que han sido separados al nacer, y por tanto se han criado en entornos diferentes, los genes explican el 38% de la variación en la agresividad. Los genetistas conductuales Soo Hyun Rhee e Irwin Waldman examinaron más de cien estudios sobre gemelos y adopción, seleccionaron los 19 más estrictos y exhaustivos, y concluyeron que las tendencias agresivas se heredan también en cifras porcentuales similares.
Podemos discutir exactamente el porcentaje hasta el hartazgo, pero lo que parece innegable es que la mala hostia se hereda en una buena parte.
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El poder del contexto
A pesar de que la agresividad puede heredarse en parte, el contexto tiene un peso específico nada desdeñable. Hasta el punto de que en el mundo estamos asistiendo a un proceso de pacificación generalizado: hay menos crímenes violentos, menos muertos en guerras (porcentualmente hablando), etc.
Basta con echar un ojo a los índices de homicidios de cualquier país civilizado para comprobar que las personas tienden, cada vez menos, a matar al prójimo. Si bien es cierto que en 1960 hubo un repunte brutal de homicidios en Estados Unidos y Europa, la curva, en general, siempre ha sido descendente. Solo el 3% de las muertes del siglo XX serían por causas violentas. Solo a modo de ejemplo, todas las sociedades preestatales dedicadas a una mezcla de caza y recolección tienen porcentajes de muertes violentas que superan el 20%.
Eso no significa que el contexto sea capaz de moldear cualquier conducta. Esa idea se ha ido volviendo ingenua en los últimos cuarenta años de investigación de la genética conductual. Habrá siempre un porcentaje de casos en los que los individuos serán violentos y agresivos y ningún contexto podrá cambiar eso. Como explica el neurólogo Dick Swaab en su libro Somos nuestro cerebro:

El 72% de los delincuentes juveniles está en la cárcel por un delito de agresión. A estos delincuentes se les han detectado trastornos psiquiátricos con asombrosa frecuencia; en los casos de adolescentes varones recluidos la proporción llega incluso al 90%. Además del comportamiento antisocial, se da el abuso de sustancias adictivas, psicosis y TDAH.

Cuando se esgrime la educación y los valores como forma de eliminar la violencia en el mundo no se tiene en cuenta que el «proceso educativo» empieza ya en el útero materno. Por ejemplo, los fetos que son sometidos a grave desnutrición de su madre durante la gestación pueden sufrir más tarde trastornos antisociales de la personalidad:

Si se combina la herencia genética del bebé con el hecho de que la madre fume durante la gestación, el niño tendrá nueve veces más riesgo de desarrollar TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad), un síndrome que suele ir acompañado de agresividad y mayores posibilidades de tener problemas con la justifica.

Llegados a este punto, abordar a determinados criminales como culpables de sus actos resulta estéril, a la luz de una futura justicia neurobiológica, y quizá, una vez ya hayamos hecho lo posible por mejorar los factores ambientales, deberíamos encaminar nuestros esfuerzos en gestionar los factores biológicos y hereditarios. Al fin y al cabo, Hulk no se trasformaba en Hulk porque estuviera mal educado, sino por culpa de un puñado de genes mutantes.
 
Imágenes: Pixabay Portada: Shutterstock

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Gen malo
Por el momento, los métodos de que disponemos para saber si un rasgo es heredable o no ponen de manifiesto que la personalidad antisocial y la tendencia a los problemas con la ley presentan un componente heredable importante, si bien a veces sus efectos dependen de las características del contexto.
Si examinamos un importante estudio publicado en Science y realizado en 1984 con adoptados daneses criados en familias con un padre adoptivo que hubiera sido condenado por un crimen, casi el 25% de los hijos biológicos de criminales habían sido condenados por algún delito; y solo ocurría en el 15% de los hijos biológicos de padres no criminales.
Con todo, ser atrapado por cometer un delito tampoco es una medida objetiva de mala hostia. Podría ser que el delincuente haya tenido suerte y nadie le haya visto. O que nadie le haya denunciado. O que sencillamente tenga ganas de hacer daño o robar cosas pero no lo haya hecho, por eso se tienen en cuenta otros factores, tal y como matiza el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

Los estudios actuales utilizan medidas de violencia más sensibles, entre ellas autoinformes confidenciales, escalas de agresividad y conducta antisocial validadas, y puntuaciones de profesores, amigos y padres (por ejemplo, si se dice que la persona «hace daño a los demás para sacar provecho de ello» o «provoca en los demás miedo o malestar adrede»).

Los resultados, entonces, continúan siendo los mismos: las tendencias agresivas tienen una heredabilidad significativa. En estudios que hacen un seguimiento de gemelos que han sido separados al nacer, y por tanto se han criado en entornos diferentes, los genes explican el 38% de la variación en la agresividad. Los genetistas conductuales Soo Hyun Rhee e Irwin Waldman examinaron más de cien estudios sobre gemelos y adopción, seleccionaron los 19 más estrictos y exhaustivos, y concluyeron que las tendencias agresivas se heredan también en cifras porcentuales similares.
Podemos discutir exactamente el porcentaje hasta el hartazgo, pero lo que parece innegable es que la mala hostia se hereda en una buena parte.
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El poder del contexto
A pesar de que la agresividad puede heredarse en parte, el contexto tiene un peso específico nada desdeñable. Hasta el punto de que en el mundo estamos asistiendo a un proceso de pacificación generalizado: hay menos crímenes violentos, menos muertos en guerras (porcentualmente hablando), etc.
Basta con echar un ojo a los índices de homicidios de cualquier país civilizado para comprobar que las personas tienden, cada vez menos, a matar al prójimo. Si bien es cierto que en 1960 hubo un repunte brutal de homicidios en Estados Unidos y Europa, la curva, en general, siempre ha sido descendente. Solo el 3% de las muertes del siglo XX serían por causas violentas. Solo a modo de ejemplo, todas las sociedades preestatales dedicadas a una mezcla de caza y recolección tienen porcentajes de muertes violentas que superan el 20%.
Eso no significa que el contexto sea capaz de moldear cualquier conducta. Esa idea se ha ido volviendo ingenua en los últimos cuarenta años de investigación de la genética conductual. Habrá siempre un porcentaje de casos en los que los individuos serán violentos y agresivos y ningún contexto podrá cambiar eso. Como explica el neurólogo Dick Swaab en su libro Somos nuestro cerebro:

El 72% de los delincuentes juveniles está en la cárcel por un delito de agresión. A estos delincuentes se les han detectado trastornos psiquiátricos con asombrosa frecuencia; en los casos de adolescentes varones recluidos la proporción llega incluso al 90%. Además del comportamiento antisocial, se da el abuso de sustancias adictivas, psicosis y TDAH.

Cuando se esgrime la educación y los valores como forma de eliminar la violencia en el mundo no se tiene en cuenta que el «proceso educativo» empieza ya en el útero materno. Por ejemplo, los fetos que son sometidos a grave desnutrición de su madre durante la gestación pueden sufrir más tarde trastornos antisociales de la personalidad:

Si se combina la herencia genética del bebé con el hecho de que la madre fume durante la gestación, el niño tendrá nueve veces más riesgo de desarrollar TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad), un síndrome que suele ir acompañado de agresividad y mayores posibilidades de tener problemas con la justifica.

Llegados a este punto, abordar a determinados criminales como culpables de sus actos resulta estéril, a la luz de una futura justicia neurobiológica, y quizá, una vez ya hayamos hecho lo posible por mejorar los factores ambientales, deberíamos encaminar nuestros esfuerzos en gestionar los factores biológicos y hereditarios. Al fin y al cabo, Hulk no se trasformaba en Hulk porque estuviera mal educado, sino por culpa de un puñado de genes mutantes.
 
Imágenes: Pixabay Portada: Shutterstock

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