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11 de diciembre 2018    /   IDEAS
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¿Han sido los milenials el parapeto que ha liberado a la generación Z del rechazo y las burlas?

11 de diciembre 2018    /   IDEAS     por          
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Los milenials (nacidos entre 1980 y 2000, aproximadamente) son la generación más analizada (y vilipendiada) de la historia. Han volado decenas de artículos y comentarios descuartizándola, y surgió una reacción de defensa para desarticular los mitos vertidos y para negar la uniformidad que les atribuían. Sin embargo, parece que la nueva generación, la catalogada como Z (nacidos inmediatamente después), está recibiendo un bautismo mucho menos inquisitorial, o incluso favorable.

Ninguna generación ha sido homogénea a lo largo de la historia, todas han sido criticadas por sus mayores: el único mérito de sus argumentos era que sus mayores estuvieran muertos o ya desposeídos de voz pública y que, por lo tanto, no pudieran echarle a la cara el pecado de vivir de forma diferente.

Hace unas semanas, The New York Times recordaba una aseveración del desarrollador millonario Tim Gurner. Según él, la razón por la que los milenials no pueden comprar casa es que gastan demasiado en pan tostado con aguacate.

Del caso de Gurner se desprende que los argumentos generacionales contienen ingredientes de argumentos de clase y se articulan de un modo semejante. Ambos tratan de afirmar su supuesta superioridad frente a un otro al que atribuyen la culpa de su inferioridad. Sobre ambos, tanto padres o abuelos como ricos, recae un buen porcentaje de la responsabilidad del destino de ese otro. Ridiculizar es su forma de borrar el vínculo, de lavarse las manos.

Pero, ¿por qué, pese a la inclinación histórica al menosprecio de los jóvenes, los Z no sufren el mismo azote? «El runrún que hay detrás de los Z es que «ahora sí que sí». Ahora sí hemos dado con la primera cohorte demográfica que vive y se desarrolla en un entorno plenamente digitalizado», valora Antonio Fumero, profesor de la Universidad Politécnica de Madrid y autor del artículo JoveneZ.

«Mi impresión -continúa Fumero- es que los milenials fueron un primer intento, tímido, de caracterizar demográficamente a una verdadera sociedad de la información, con todas las dimensiones de la digitalización presentes en todos los ámbitos de su vida».

Los milenials son la generación en la que se produce la disrupción. No nacieron con internet ni siquiera con ordenador (al menos los más primerizos). En su personalidad colisionaron aspectos del mundo analógico con otros que iban incorporando mientras la digitalización se propagaba. Se fusionaron los dos universos con tal fuerza gravitatoria que se hacía indistinguible el límite entre uno y otro: ambiciones, formas de deseo, imperativos morales, emociones, miedos…

Fue la generación de la disonancia, la que empezó a quebrar los moldes tradicionales, y esa quebrazón ofendía porque evidenciaba que había otra forma de vivir, menos sujeta a restricciones. Parecía que aquellas ilusiones que los padres silenciaban cuando cruzaban la frontera de la vida adulta, esos sueños que se convertían en fantasmas… parecía que los milenials estaban dispuestos a cumplirlos. Eso debió doler.

Tenían las armas, el acceso a la formación: los instrumentos. Sin embargo, un golpe que, visto con el tiempo, se parece a un ajusticiamiento generacional, los paró en seco. Tenían las armas, pero les arrebataron el campo de batalla.

Descubrieron tarde que aquella libertad era solo un juego de espejos y no una posibilidad de vida plena. Debían conformarse con el sabor de los espejos, y no estaban preparados para ello: los Z sí.

Estos seísmos sociales fraguaron unas personalidades, a juicio de Iñaki Ortega, coautor del libro Generación Z, inconsistentes. «Los milenials intentan ser irreverentes pero acaban siendo disciplinados. He llegado a decir que son un bluf porque aspiraban a cambiar el mundo y no lo han podido hacer».

generación z

Ortega atribuye esta cojera espiritual a la dificultad de cambiar costumbres centenarias: «No voy a tener trabajo, voy a ser un nómada, no tendré casa ni hijos, quiero ser un eterno joven… todo eso es muy difícil, y los milenials se han convertido en unos idealistas frustrados», opina.

«Yo, yo, yo»

Cambiar, cuestionar convicciones establecidas como hicieron los milenials es algo osado, insoportable; nacer en un mundo mutado y crecer en su seno, como los Z, es diferente: cuesta más dispensar culpas. Puede leerse de otra forma: la gente se acostumbró a lo digital y al tipo de personalidad asociada al nuevo paradigma: solo te subleva lo que te sorprende.

Y otra más: las grandes corporaciones descubrieron (al tiempo que la propiciaban) que esa nueva forma de ser les permitiría hurtar derechos y desresponsabilizarse de la vida de los trabajadores como nunca antes. Los jóvenes digitales fueron una nota disonante que pronto empezó a sonar como una bicoca.

Uno de los hitos de la descalificación de los milenials, como recuerda Ortega, fue la portada de la revista Time que rezaba «La generación del yo, yo, yo». La cabecera abrió la veda a un desprecio que se veía justificado por los sistemas de valores vigentes en las generaciones anteriores.

¿Por qué los milenials son la generación más criticada/analizada de la historia? Antonio Fumero opina que la eclosión informativa alrededor de esta hornada humana tiene que ver menos (aunque también) con su peculiaridad que con el interés mediático.

Por un lado, gracias a la red y los dispositivos móviles, los milenials generaban contenidos sobre sí mismos a un ritmo vertiginoso; pero, a la vez, el volumen de la crítica que se vertió sobre ellos solo fue posible gracias a que los autores de las críticas y de las reflexiones estaban, también, volcados en la red. La posibilidad de generar miríadas de información convirtió a los milenials en la primera generación expulgada globalmente.

Si eran una generación narcisista y ensimismada, el hecho de que el resto del mundo la observara obsesivamente, confirmaba (o tal vez alentaba) esa razón de ser.

«A partir de la portada de Time, se generó un movimiento de defensa de los milenials. A veces la defensa es pura, otras es interesada y lo que dice es: «Ojo, ojo, que nos metemos con nuestros clientes, y aunque no tienen capacidad de consumo sí reflejan cómo se consumirá en el futuro». Entonces cambió el marketing y lo milenial se convierte en un concepto feliz, en sinónimo de joven digital», razona el coautor de Generación Z.

Cuando aterrizan los Z, el terreno está convenientemente despejado (los milenials se han quemado despejándolo). Ellos sí son nativos digitales. Ortega expresa que esta circunstancia cambia radicalmente su personalidad. Los Z sí lograrán el éxito, y no porque se restaurarán las seguridades económicas periclitadas, sino porque la idea íntima de éxito de esta generación ha mutado.

«El éxito ya no es comprarte un coche, un traje, una casa, tener hijos y estar en un gran despacho; es otras cosas: libertad, ser consecuente con unos mismo, autorrealizarse, y esto es más consecuente con la personalidad de los Z: la irreverencia, la inmediatez, la innovación…», señala.

Este carácter no entorpece el desarrollo de una sociedad en la que las empresas no necesitan más que picotear la fuerza de trabajo y no comprometerse con ella. En otra época parecería una locura, pero deja de serlo si cambias el significado de las palabras.

Se han desprestigiado las actitudes que buscan la estabilidad, las vocaciones de factura funcionarial… Al anteponer el fantasma de los sueños a la satisfacción material, los jóvenes han acabado asociando todo eso a una intolerable y poco glamurosa pérdida de libertad. El tiempo dirá si eso los hace más felices o provoca que sean víctimas de una infelicidad ilocalizable y crónica.

Los milenials (nacidos entre 1980 y 2000, aproximadamente) son la generación más analizada (y vilipendiada) de la historia. Han volado decenas de artículos y comentarios descuartizándola, y surgió una reacción de defensa para desarticular los mitos vertidos y para negar la uniformidad que les atribuían. Sin embargo, parece que la nueva generación, la catalogada como Z (nacidos inmediatamente después), está recibiendo un bautismo mucho menos inquisitorial, o incluso favorable.

Ninguna generación ha sido homogénea a lo largo de la historia, todas han sido criticadas por sus mayores: el único mérito de sus argumentos era que sus mayores estuvieran muertos o ya desposeídos de voz pública y que, por lo tanto, no pudieran echarle a la cara el pecado de vivir de forma diferente.

Hace unas semanas, The New York Times recordaba una aseveración del desarrollador millonario Tim Gurner. Según él, la razón por la que los milenials no pueden comprar casa es que gastan demasiado en pan tostado con aguacate.

Del caso de Gurner se desprende que los argumentos generacionales contienen ingredientes de argumentos de clase y se articulan de un modo semejante. Ambos tratan de afirmar su supuesta superioridad frente a un otro al que atribuyen la culpa de su inferioridad. Sobre ambos, tanto padres o abuelos como ricos, recae un buen porcentaje de la responsabilidad del destino de ese otro. Ridiculizar es su forma de borrar el vínculo, de lavarse las manos.

Pero, ¿por qué, pese a la inclinación histórica al menosprecio de los jóvenes, los Z no sufren el mismo azote? «El runrún que hay detrás de los Z es que «ahora sí que sí». Ahora sí hemos dado con la primera cohorte demográfica que vive y se desarrolla en un entorno plenamente digitalizado», valora Antonio Fumero, profesor de la Universidad Politécnica de Madrid y autor del artículo JoveneZ.

«Mi impresión -continúa Fumero- es que los milenials fueron un primer intento, tímido, de caracterizar demográficamente a una verdadera sociedad de la información, con todas las dimensiones de la digitalización presentes en todos los ámbitos de su vida».

Los milenials son la generación en la que se produce la disrupción. No nacieron con internet ni siquiera con ordenador (al menos los más primerizos). En su personalidad colisionaron aspectos del mundo analógico con otros que iban incorporando mientras la digitalización se propagaba. Se fusionaron los dos universos con tal fuerza gravitatoria que se hacía indistinguible el límite entre uno y otro: ambiciones, formas de deseo, imperativos morales, emociones, miedos…

Fue la generación de la disonancia, la que empezó a quebrar los moldes tradicionales, y esa quebrazón ofendía porque evidenciaba que había otra forma de vivir, menos sujeta a restricciones. Parecía que aquellas ilusiones que los padres silenciaban cuando cruzaban la frontera de la vida adulta, esos sueños que se convertían en fantasmas… parecía que los milenials estaban dispuestos a cumplirlos. Eso debió doler.

Tenían las armas, el acceso a la formación: los instrumentos. Sin embargo, un golpe que, visto con el tiempo, se parece a un ajusticiamiento generacional, los paró en seco. Tenían las armas, pero les arrebataron el campo de batalla.

Descubrieron tarde que aquella libertad era solo un juego de espejos y no una posibilidad de vida plena. Debían conformarse con el sabor de los espejos, y no estaban preparados para ello: los Z sí.

Estos seísmos sociales fraguaron unas personalidades, a juicio de Iñaki Ortega, coautor del libro Generación Z, inconsistentes. «Los milenials intentan ser irreverentes pero acaban siendo disciplinados. He llegado a decir que son un bluf porque aspiraban a cambiar el mundo y no lo han podido hacer».

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Ortega atribuye esta cojera espiritual a la dificultad de cambiar costumbres centenarias: «No voy a tener trabajo, voy a ser un nómada, no tendré casa ni hijos, quiero ser un eterno joven… todo eso es muy difícil, y los milenials se han convertido en unos idealistas frustrados», opina.

«Yo, yo, yo»

Cambiar, cuestionar convicciones establecidas como hicieron los milenials es algo osado, insoportable; nacer en un mundo mutado y crecer en su seno, como los Z, es diferente: cuesta más dispensar culpas. Puede leerse de otra forma: la gente se acostumbró a lo digital y al tipo de personalidad asociada al nuevo paradigma: solo te subleva lo que te sorprende.

Y otra más: las grandes corporaciones descubrieron (al tiempo que la propiciaban) que esa nueva forma de ser les permitiría hurtar derechos y desresponsabilizarse de la vida de los trabajadores como nunca antes. Los jóvenes digitales fueron una nota disonante que pronto empezó a sonar como una bicoca.

Uno de los hitos de la descalificación de los milenials, como recuerda Ortega, fue la portada de la revista Time que rezaba «La generación del yo, yo, yo». La cabecera abrió la veda a un desprecio que se veía justificado por los sistemas de valores vigentes en las generaciones anteriores.

¿Por qué los milenials son la generación más criticada/analizada de la historia? Antonio Fumero opina que la eclosión informativa alrededor de esta hornada humana tiene que ver menos (aunque también) con su peculiaridad que con el interés mediático.

Por un lado, gracias a la red y los dispositivos móviles, los milenials generaban contenidos sobre sí mismos a un ritmo vertiginoso; pero, a la vez, el volumen de la crítica que se vertió sobre ellos solo fue posible gracias a que los autores de las críticas y de las reflexiones estaban, también, volcados en la red. La posibilidad de generar miríadas de información convirtió a los milenials en la primera generación expulgada globalmente.

Si eran una generación narcisista y ensimismada, el hecho de que el resto del mundo la observara obsesivamente, confirmaba (o tal vez alentaba) esa razón de ser.

«A partir de la portada de Time, se generó un movimiento de defensa de los milenials. A veces la defensa es pura, otras es interesada y lo que dice es: «Ojo, ojo, que nos metemos con nuestros clientes, y aunque no tienen capacidad de consumo sí reflejan cómo se consumirá en el futuro». Entonces cambió el marketing y lo milenial se convierte en un concepto feliz, en sinónimo de joven digital», razona el coautor de Generación Z.

Cuando aterrizan los Z, el terreno está convenientemente despejado (los milenials se han quemado despejándolo). Ellos sí son nativos digitales. Ortega expresa que esta circunstancia cambia radicalmente su personalidad. Los Z sí lograrán el éxito, y no porque se restaurarán las seguridades económicas periclitadas, sino porque la idea íntima de éxito de esta generación ha mutado.

«El éxito ya no es comprarte un coche, un traje, una casa, tener hijos y estar en un gran despacho; es otras cosas: libertad, ser consecuente con unos mismo, autorrealizarse, y esto es más consecuente con la personalidad de los Z: la irreverencia, la inmediatez, la innovación…», señala.

Este carácter no entorpece el desarrollo de una sociedad en la que las empresas no necesitan más que picotear la fuerza de trabajo y no comprometerse con ella. En otra época parecería una locura, pero deja de serlo si cambias el significado de las palabras.

Se han desprestigiado las actitudes que buscan la estabilidad, las vocaciones de factura funcionarial… Al anteponer el fantasma de los sueños a la satisfacción material, los jóvenes han acabado asociando todo eso a una intolerable y poco glamurosa pérdida de libertad. El tiempo dirá si eso los hace más felices o provoca que sean víctimas de una infelicidad ilocalizable y crónica.

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