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21 de julio 2016    /   IDEAS
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¿Por qué la gente más estúpida que tú es capaz de ganarte en una discusión?

21 de julio 2016    /   IDEAS     por          
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Hace unos días me vi inmerso en una cena de restaurante, una suerte de mesa redonda lisérgica, en la que todos los concurrentes decían cosas sin pies ni cabeza. Casi todas eran afirmaciones sobre ciencia y ninguno de ellos tenía ni remota idea de nada de lo que decía.

Todos ellos eran personas con estudios, cultivadas, con profesiones relacionadas con la comunicación… pero sus afirmaciones me dejaban desarmado. No sabía ni por dónde empezar a replicar. Algunas veces hilvanaba mentalmente cómo podría resultar lo más pedagógico posible, pero enseguida me refugiaba de nuevo en el mutismo, mordiéndome la lengua: «Me enfurece equivocarme cuando sé que tengo razón», que decía Molière.

Todas aquellas afirmaciones eran dogmáticas, seguras de sí mismas, sin fisuras, sin vacilaciones, jalonadas de clichés. Estaba en una mesa llena de tontos ilustrados, lo que Nietzsche llamaba bildungsphilisters o zafios doctos, ignorantes que enarbolan sus títulos académicos y sus años de experiencia pero que carecen de erudición verdadera por su falta de curiosidad y humildad. Para que os hagáis una idea, estas fueron algunas de los temas que se trataron en aquella cena:

  • Los fantasmas existen. Los hemos visto o conocemos a alguien de fiar que los ha visto.
  • Lo natural es siempre mejor que lo artificial.
  • Los alimentos sin químicos son mejores que los que los tienen.
  • La alimentación biológica es más sana.
  • Los transgénicos son malos en todos los sentidos.
  • Existe la intolerancia a la lactosa porque las vacas no pastan y la leche no es como antes.
  • Los niños de antes se entretenían con piedras y ahora necesitan juguetes y tablets.
  • El profesor siempre tiene razón aunque no la tenga para que así el alumno nunca dude de la jerarquía de autoridad. Lo mismo sucede con la abuela y los padres.
  • Antes los niños no eran sometidos a tantas normas de seguridad y sobrevivíamos.

 

Primer problema: gente que confía demasiado en lo que dice

Todos estos temas fueron postulados desde el llamado efecto Dunning-Kruger, evidenciando que todos ellos sólo hablaban de oídas y no habían dedicado demasiado tiempo a investigar acerca de los temas objetos de glosa. Yo sólo osé hablar a propósito del primer tema, aduciendo que las personas que asisten a la aparición de fantasmas no pueden estar seguros de que han visto un fantasma: tal vez son víctimas de una alucinación.

Nadie hizo caso de mi comentario y continuaron hablando y hablando. No callaban. Todo era charla de ascensor extendida a lo largo de tres horas de cena. Me sentía como el convidado de piedra que siempre ponen en los debates de 13TV, ese púlpito mediático de la Conferencia Episcopal donde se imita el formato de debate típicamente adversarial pero en el que sólo discuten personas que piensan exactamente lo mismo sobre todos los temas. Era como si hubiera soplado un silbato para perros y todos ellos, claro, no fueran cánidos.

Todos somos capaces de autoangañarnos con la misma eficacia en todos los ámbitos de la vida. Desde que nuestra ex era más mala de lo que era hasta que determinado partido político traerá la prosperidad que merecemos. En consecuencia, no consiste en determinar que los polemistas de 13tv sean imbéciles, ni que mis acompañantes en aquella cena fueran idiotas, sino en asumir que todos lo podemos ser en algún momento. Por eso, al hablar, debemos ir siempre con cierto tiento, como si avanzáramos por un terreno lleno de minas.

Es un consejo un tanto estéril, porque a todos nos complace tener razón y todos estamos sesgados por el efecto lago Wobegon, como explica Kathryn Schulz en su libro En defensa del error:

Muchísimos vamos por la vida dando por supuesto que en lo esencial tenemos razón, siempre y acerca de todo: de nuestras convicciones políticas e intelectuales, de nuestras creencias religiosas y morales, de nuestra valoración de los demás, de nuestros recuerdos, de nuestra manera de entender lo que pasa. Si nos paramos a pensarlo, cualquiera diría que nuestra situación habitual es la de dar por sentado de manera inconsciente que estamos muy cerca de la omnisciencia.

Naturalmente, yo mismo, en este artículo, probablemente estaré incurriendo de forma más o menos grave en esos defectos. Y no dudo de que tropiezo en muchos otros sesgos más o menos ortodoxos cuando estoy en un debate de tipo adversarial y me da un poco de rabia que el otro tenga razón, como la ley de la controversia de Benford, la ley de Godwin y otras.

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Segundo problema: gente que desconfía demasiado de lo que dice

En el punto diametralmente opuesto, otra parte del efecto Dunning-Kruger postula que las personas pueden infravalorar sus aptitudes de forma exagerada. Es lo que en psicología se llama «síndrome del impostor».

Es un sesgo muy nocivo porque suele tener lugar básicamente en dos casos: en personas que son más inteligentes de lo habitual (y por tanto analizan de forma sistemática lo que dicen ellos y los demás) y en personas competentes que se encuentran en ámbitos donde se las considera incompetentes (mujeres en trabajos tradicionalmente de hombres, una persona sin estudios académicos en una mesa con periodistas titulados, etc.).

Ambos factores ponen en evidencia que este sesgo limita la opinión de personas extraordinarias que se consideran infraordinarias precisamente porque son extraordinarias. El mismo Albert Einstein llegó a decir: «La exagerada estima en la que se tiene el trabajo de toda mi vida me incomoda profundamente. Me siento obligado a verme a mí mismo como un estafador involuntario».

A juicio del experto Dean Burnett, la mezcla del primer problema (gente que confía demasiado en lo que dice) y el segundo problema (gente que desconfía demasiado lo que dice) en un mismo debate o conversación acarrea profundos desastres, tal y como escribe en su libro El cerebro idiota:

El debate público moderno está desastrosamente sesgado por culpa de ello. Hay áreas temáticas importantes, como la vacunación o el cambio climático, que se ven acaparadas por las diatribas apasionadas de individuos con opiniones personales infundadas, en vez de por las explicaciones más calmadas de los expertos bien informados, y todo ello por culpa de unas cuantas rarezas del funcionamiento cerebral.

También es culpa de nuestro cableado neuronal que nos fiemos más de las opiniones de las personas que argumentan con mayor seguridad y aplomo. La cuestión es que las personas que suelen hablar de ese modo acostumbran a ser las que sufren más profundamente el primer problema (gente que confía demasiado en lo que dice). Las personas que se muestran dubitativas e inseguras no suscitan la misma confianza, como revelaron los estudios de Steven Penrod y Brian Cutler llevados a cabo en las salas de vistas de durante los juicios.

Además, las personas que muestran una mayor actividad raquídea también se han acostumbrado a desconfiar más de sus propias opiniones porque estas cambian y evolucionan a medida que meditan sobre ellas, como explica Steven Johnson en La mente de par en par:

Tengo una extraña propensión a recordar con intensidad ciertos argumentos expuestos de pasada por amigos, profesores o colegas, en el marco de una conversación de sobremesa o de un seminario. (…) Al cabo de los meses, y hasta de los años, me sorprendo dando vueltas a sus argumentos, construyendo contra-argumentos o reforzando su verdad esencial con nuevas pruebas.

Finalmente, pues, nos dejamos contaminar con mayor facilidad de las opiniones más inanes. Y resulta francamente difícil tener la razón en un debate cuando el que más duda de sus razones es el que más razones tiene, por regla general.

O dicho de otro modo: fijaos más en las personas que pierden los debates y no os dejéis deslumbrar por los oropeles de la retórica y el carisma de quienes ganan los debates. 13Tv incluido.

 

Hace unos días me vi inmerso en una cena de restaurante, una suerte de mesa redonda lisérgica, en la que todos los concurrentes decían cosas sin pies ni cabeza. Casi todas eran afirmaciones sobre ciencia y ninguno de ellos tenía ni remota idea de nada de lo que decía.

Todos ellos eran personas con estudios, cultivadas, con profesiones relacionadas con la comunicación… pero sus afirmaciones me dejaban desarmado. No sabía ni por dónde empezar a replicar. Algunas veces hilvanaba mentalmente cómo podría resultar lo más pedagógico posible, pero enseguida me refugiaba de nuevo en el mutismo, mordiéndome la lengua: «Me enfurece equivocarme cuando sé que tengo razón», que decía Molière.

Todas aquellas afirmaciones eran dogmáticas, seguras de sí mismas, sin fisuras, sin vacilaciones, jalonadas de clichés. Estaba en una mesa llena de tontos ilustrados, lo que Nietzsche llamaba bildungsphilisters o zafios doctos, ignorantes que enarbolan sus títulos académicos y sus años de experiencia pero que carecen de erudición verdadera por su falta de curiosidad y humildad. Para que os hagáis una idea, estas fueron algunas de los temas que se trataron en aquella cena:

  • Los fantasmas existen. Los hemos visto o conocemos a alguien de fiar que los ha visto.
  • Lo natural es siempre mejor que lo artificial.
  • Los alimentos sin químicos son mejores que los que los tienen.
  • La alimentación biológica es más sana.
  • Los transgénicos son malos en todos los sentidos.
  • Existe la intolerancia a la lactosa porque las vacas no pastan y la leche no es como antes.
  • Los niños de antes se entretenían con piedras y ahora necesitan juguetes y tablets.
  • El profesor siempre tiene razón aunque no la tenga para que así el alumno nunca dude de la jerarquía de autoridad. Lo mismo sucede con la abuela y los padres.
  • Antes los niños no eran sometidos a tantas normas de seguridad y sobrevivíamos.

 

Primer problema: gente que confía demasiado en lo que dice

Todos estos temas fueron postulados desde el llamado efecto Dunning-Kruger, evidenciando que todos ellos sólo hablaban de oídas y no habían dedicado demasiado tiempo a investigar acerca de los temas objetos de glosa. Yo sólo osé hablar a propósito del primer tema, aduciendo que las personas que asisten a la aparición de fantasmas no pueden estar seguros de que han visto un fantasma: tal vez son víctimas de una alucinación.

Nadie hizo caso de mi comentario y continuaron hablando y hablando. No callaban. Todo era charla de ascensor extendida a lo largo de tres horas de cena. Me sentía como el convidado de piedra que siempre ponen en los debates de 13TV, ese púlpito mediático de la Conferencia Episcopal donde se imita el formato de debate típicamente adversarial pero en el que sólo discuten personas que piensan exactamente lo mismo sobre todos los temas. Era como si hubiera soplado un silbato para perros y todos ellos, claro, no fueran cánidos.

Todos somos capaces de autoangañarnos con la misma eficacia en todos los ámbitos de la vida. Desde que nuestra ex era más mala de lo que era hasta que determinado partido político traerá la prosperidad que merecemos. En consecuencia, no consiste en determinar que los polemistas de 13tv sean imbéciles, ni que mis acompañantes en aquella cena fueran idiotas, sino en asumir que todos lo podemos ser en algún momento. Por eso, al hablar, debemos ir siempre con cierto tiento, como si avanzáramos por un terreno lleno de minas.

Es un consejo un tanto estéril, porque a todos nos complace tener razón y todos estamos sesgados por el efecto lago Wobegon, como explica Kathryn Schulz en su libro En defensa del error:

Muchísimos vamos por la vida dando por supuesto que en lo esencial tenemos razón, siempre y acerca de todo: de nuestras convicciones políticas e intelectuales, de nuestras creencias religiosas y morales, de nuestra valoración de los demás, de nuestros recuerdos, de nuestra manera de entender lo que pasa. Si nos paramos a pensarlo, cualquiera diría que nuestra situación habitual es la de dar por sentado de manera inconsciente que estamos muy cerca de la omnisciencia.

Naturalmente, yo mismo, en este artículo, probablemente estaré incurriendo de forma más o menos grave en esos defectos. Y no dudo de que tropiezo en muchos otros sesgos más o menos ortodoxos cuando estoy en un debate de tipo adversarial y me da un poco de rabia que el otro tenga razón, como la ley de la controversia de Benford, la ley de Godwin y otras.

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Segundo problema: gente que desconfía demasiado de lo que dice

En el punto diametralmente opuesto, otra parte del efecto Dunning-Kruger postula que las personas pueden infravalorar sus aptitudes de forma exagerada. Es lo que en psicología se llama «síndrome del impostor».

Es un sesgo muy nocivo porque suele tener lugar básicamente en dos casos: en personas que son más inteligentes de lo habitual (y por tanto analizan de forma sistemática lo que dicen ellos y los demás) y en personas competentes que se encuentran en ámbitos donde se las considera incompetentes (mujeres en trabajos tradicionalmente de hombres, una persona sin estudios académicos en una mesa con periodistas titulados, etc.).

Ambos factores ponen en evidencia que este sesgo limita la opinión de personas extraordinarias que se consideran infraordinarias precisamente porque son extraordinarias. El mismo Albert Einstein llegó a decir: «La exagerada estima en la que se tiene el trabajo de toda mi vida me incomoda profundamente. Me siento obligado a verme a mí mismo como un estafador involuntario».

A juicio del experto Dean Burnett, la mezcla del primer problema (gente que confía demasiado en lo que dice) y el segundo problema (gente que desconfía demasiado lo que dice) en un mismo debate o conversación acarrea profundos desastres, tal y como escribe en su libro El cerebro idiota:

El debate público moderno está desastrosamente sesgado por culpa de ello. Hay áreas temáticas importantes, como la vacunación o el cambio climático, que se ven acaparadas por las diatribas apasionadas de individuos con opiniones personales infundadas, en vez de por las explicaciones más calmadas de los expertos bien informados, y todo ello por culpa de unas cuantas rarezas del funcionamiento cerebral.

También es culpa de nuestro cableado neuronal que nos fiemos más de las opiniones de las personas que argumentan con mayor seguridad y aplomo. La cuestión es que las personas que suelen hablar de ese modo acostumbran a ser las que sufren más profundamente el primer problema (gente que confía demasiado en lo que dice). Las personas que se muestran dubitativas e inseguras no suscitan la misma confianza, como revelaron los estudios de Steven Penrod y Brian Cutler llevados a cabo en las salas de vistas de durante los juicios.

Además, las personas que muestran una mayor actividad raquídea también se han acostumbrado a desconfiar más de sus propias opiniones porque estas cambian y evolucionan a medida que meditan sobre ellas, como explica Steven Johnson en La mente de par en par:

Tengo una extraña propensión a recordar con intensidad ciertos argumentos expuestos de pasada por amigos, profesores o colegas, en el marco de una conversación de sobremesa o de un seminario. (…) Al cabo de los meses, y hasta de los años, me sorprendo dando vueltas a sus argumentos, construyendo contra-argumentos o reforzando su verdad esencial con nuevas pruebas.

Finalmente, pues, nos dejamos contaminar con mayor facilidad de las opiniones más inanes. Y resulta francamente difícil tener la razón en un debate cuando el que más duda de sus razones es el que más razones tiene, por regla general.

O dicho de otro modo: fijaos más en las personas que pierden los debates y no os dejéis deslumbrar por los oropeles de la retórica y el carisma de quienes ganan los debates. 13Tv incluido.

 

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Opiniones 57
  • Decía Bertrand Russell:
    «El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas»

  • El principal problema viende gente como tú. Que cree cosas que no sabe argumentar.
    Es lo que pasa cuando te crees todo lo que te dicen, que cuando tienes que argumentarlo a la gente, por muy estúpida que sea, noacabas puedes. Y te acabas escudando en una supuesta superioridad que tu tienes respecto a ellos que te lleva a pensar : «Joder, son tontos pero no les puedo arguementar nada, es por otras cosas». La razón principal es porque tú tampoco tienes ni puta idea de lo que hablan. Yo sí se algo, y lo he estudiado, ya me puedes venir con ostias que en dos arguementos se te acaba el rollo. Si no puedes hacer eso es que quizás no tienes razón o no sabes del tema.

    • Tu comentario es la confirmación de TODO lo que argumenta el artículo. Me pregunto cómo has acabado tú en un blog como Yorokobu. Está claro que por accidente.

      • Eres un chiste Balzán, el articulo esta escrito por un pseudo-intelectual que quiere llamar la atención con un par de citas y con un argumento con al menos 10 falacias lógicas. El comentario del de arriba destroza todo el articulo en unas simples oraciones sin irsse muy por las ramas por el articulo, me impresiona que como tan fan eres de Yoroboku, tu mejor respuesta para defenderlo sea esa impetu tan patética.

  • Básicamente tienes razón, pero has de tener en cuenta unos detalles:
    1. Probablemente durante las 3h de cena se consumiera alcohol, el cual desinhibe y provoca que se hable sin pensar….no se lo tengas en cuenta….
    2. Si toda la gente fuera tan reflexiva como tú, y se pensar muy mucho lo que dice, esas cenas serían muuuuuy aburridas
    3. ¿saben esos acompañantes a la cena que los has llamado idiotas?
    ….. 😉

  • Es como jugar al ajedrez con una paloma. Por muy bueno que tú seas, ella se cagara sobre el tablero y se paseará orgullosa y altiva por el mismo.

  • Hay que darle importancia al pensamiento racional, analizar en perspectiva opiniones ajenas y propias, desconfiar de las argumentaciones pasionales y someterlas siempre a juicio. No sé hasta qué punto el primer problema puede ser solventado, pero la razón es una gran ayuda para la gente que se identifica con el segundo, permite darse cuenta de que cualquier discusión, por fácil que parezca, puede llegar a plantear grandes grandes preguntas. Alguien inteligente debe intentar no entrar en el juego de «aquí quien tiene razón soy yo» y esforzarse en hacer argumentaciones de calidad que permitan contrargumentaciones de calidad. Un tercer problema, o un metaproblema del segundo problema, es cuando la finalidad de la discusión es convencer a un público, por ejemplo en política, ahí la razón llevará a la conclusión de que lo mejor es hacer un esfuerzo, un teatro, para resultar convincente (hablar con convicción; discurso ¿pasional?). Lo idílico sería un público crítico que filtra la empatía por medio de la razón, pero claro, lo idílico es idílico incluso en la ficción.

    Creo que es la primera vez que escribo en Yorokobu, y si no lo fuese haré como que lo es, agradeciendo encontrarme bastante a menudo información interesante. Quizás hecho de menos artículos más largos y desarrollados, pero entiendo que es una revista digital y esto de vivir en el siglo XXI tiene más que ver con titulares en letra grande pero el resto más bien en su justa medida, que para mí no resulta del todo justa, pero ahí tengo el resto de internet para profundizar. Un saludo.

  • Quizá, porque el primer error es pensar que hay gente más estúpida que alguien y creerse por encima de los demás, puede que ahí esté la madre del problema.

    Además es muy duro asumir que eres más estúpido, comparado con alguien al consideras estúpido… y duele mucho el baño de humildad, que supone volver a poner los pies en la realidad de que no hay nadie más estúpido que tú.

    Así que sigues considerando más estúpido que tú a alguien y te sigues considerando menos estúpido tú que ese alguien, pese a que la realidad te haya demostrado que los dos estáis más o menos a la par en «estúpidez» e «inteligencia» (como cualquier ser humano).

    «¿Por qué la gente más estúpida que tú es capaz de ganarte en una discusión?»
    Por disonancia cognitiva.

  • Bueno: dejando al margen el asunto sobre si el artículo es objetivo o está bien abordado, voy a dar una opinión acerca del asunto tal como está expuesto en el titular del artículo. Si las personas «más estúpidas que tú» te pueden quitar la razón en una discusión, es básicamente porque sus argumentos son tan pueriles y «ad hominem» que, en este caso, la cuestión sería demostrarles su puerilidad; cosa que es imposible, porque no serían capaces de comprenderlo (por infantilismo). Y, además, dichos argumentos no hay por dónde cogerlos. Ahora bien: ¿quién tiene derecho a decir que alguien es «más estúpido que él» basándose en el mero hecho de que no está de acuerdo con sus ideas? La mayoría de las ideas que aparecen citadas en el artículo como temas tratados en la cena en cuestión son más razonables que el análisis entero de las mismas. Lo que pasa es que hay que saber defenderlas y entenderlas. Por otra parte, es sorprendente que se hayan tomado la molestia de escribir un artículo tan prescindible, debido al tema que trata. ¿Qué se supone que se pretende demostrar? ¿Que alguien es estúpido debido a las ideas que tiene, independientemente de cómo argumentaría para defenderlas? No se puede decir que se haya arrojado mucha luz a la cuestión, sólo se han enarbolado prejuicios.

  • Fantástico. Gracias por esta aclaración, ya que llevaba AÑOS no entendiendo cómo las personas sin argumentos sólidos ganaban debates ante personas con más conocimiento pero peor forma de comunicarse. O, en discusiones, casi siempre lograba desmontar sus razones, pero a toro pasado…

    Espero con ganas tu siguiente artículo.

  • El cerebro humano sigue siendo un misterio por lo que su uso a veces es confuso y contradictorio no hay más que ver un rato ( poco) la TV. El exceso de informaciónsuids a la confusión es como la entropía del pensamiento. … Pienso yo?

  • Muy buen artículo. Ya no se encuentran cosas interesantes tan bien redactadas y explicadas para leer, se agradece la verdad. Entraré aquí más a menudo. Saludos.

  • Creo sinceramente que lo realmente estupido es llegar a afirmar de manera genérica que unos tienen la razón ,y otros no. La historia demuestra constantemente que a medida que evolucionamos ,la supuesta razón en el pasado no tiene porque mantenerse en el presente. Nótese que he escrito » creo»… 😉

  • Me siento identificado en el hecho que cuanto mayor me hago y más he avanzado en mis estudios, mas indefenso me siento en discusiones/debates.
    Gracias por dar algo de base para este síndrome!

  • Pues estoy de acuerdo en el 99% de lo que dicen. En serio te lo digo (y sin acritud), que creo que deberías hacerte mirar tus dogmas.
    Recuerda: la ciencia real, es duda y experimentación, no dogmas y certezas.

  • Perdón por el que escribió el artículo, pero los alimentos biológicos / orgánicos sí son más sanos, debería leer los últimos metaanálisis comparativos entre ellos. Con respecto a los transgénicos, existen estudios que muestran nos cuantos problemas en ellos. Con respecto a los fantasmas y demás fenómenos del espíritu, como hombre de ciencia que soy, debo decir que no le corresponde precisamente al ámbito científico hablar sobre ellos porque la ciencia se encarga del mundo material; en todo caso deberá dirimirse su cuestión en el ámbito de la religión o la metafísica. Con respecto a las otras afirmaciones de estos buenos amigos del autor, no tengo mucho que decir, excepto que como docente me encantaría que mis alumnos me hicieran siempre caso pero eso pocas veces ocurre…

  • Excelente artículo. Creo que muchos pensábamos lo mismo, pero bien no éramos capaces de expresarlo con palabras, bien no teníamos conocimientos para ello. Muchas gracias.

  • Nononono. La gente más estúpida que tu te gana las discusiones porque no sabes discutir. A la gente que asevera sin bases empíricas sólidas no se le rebate con afirmaciones cautelosas sino con juicios más categóricos que los de ellos. Si dices «Quienes ven fantasmas pueden estar alucinando» te ignoran. Lo que tienes que decir es que es absolutamente imposible que existan fantasmas. Sólo entonces se inicia una discusión. (Espero que te quede claro que los fantasmas son imposibles en su versión popular)

  • Muy interesante, gracias. «Naturalmente, yo mismo, en este artículo, probablemente estaré incurriendo de forma más o menos grave en esos defectos». Pues o no has visto los debates de La Sexta o sí, exactamente eso, pero bueno, nadie es perfecto.

  • Para Sergio Parra: Me encantó este artículo (el de la gente estúpida), pero me parece sumamente importante y necesario revisar el texto antes de publicarlo, ya que considero que le quita seriedad el hecho de que tenga varios errores como palabras repetidas o que aparecen donde no van (por así decirlo). Quienes leemos con atención podemos notarlo fácilmente. Les agradezco la atención.

  • Tampoco hay que dar por sentado que las fuentes de información, por más que sean científicas y avaladas por la maquinaria del conocimiento, sean fidedignas. La información y sus fuentes pueden ser objeto y sujetos de manipulación, por extensión estamos dando argumentos que tampoco nos pertenecen. No hay que descartar la posibilidad de dudar de los discursos y sus cometidos.

  • Idealmente, en una conversación, uno expone una tesis, el otro contraargumenta con su antítesis y entre ambos se llega a una síntesis. Sin embargo, si una de las partes no está versada en el arte de la dialéctica, no tratará de alcanzar la síntesis y se enquistará en su tesis. En estos casos, la otra parte siempre puede refugiarse en la mayéutica socrática: cambiar de equipo momentáneamente para desarmar la oposición, aceptar la tesis de su oponente como verdadera e ir cuestionándola con preguntas en apariencia inocentes que conduzcan poco a poco a la verdad.

  • Muchas gracias por tu muy interesante -y acertado- análisis sobre una realidad que nos afecta a todos en alguno -o muchos- momentos de la vida. Me atrevo a hacer otro giro de tuerca al plantear que quizás no deberíamos estar hablando de un «tipo» de persona versus al opuesto, sino más bien de un momento, lugar o situación concreta de la vida de cualquier individuo. Me explico: ¿Quién no ha sido joven y en su ignorancia ha asumido como verdad absoluta su postura frente a un tema, debido muy probablemente a la seguridad que ofrece su carencia de experiencia y preparación (no tanto su inteligencia), algo que muy probablemente en otra época de su vida, con el paso de los años, no se le ocurrirá hacer, seguramente más conocedor del mismo tema? Siguiendo con la misma reflexión, ¿quiėn no se ha sentido seguro en sus afirmaciones basado en el cargo que ocupa o el rol de las personas que le rodean respecto a él mismo, pasando a situarse en el lado de los inseguros cuando la situación, rol de los congregados o lugar cambian? Me atrevo a concluir preguntándome si somos tan distintos unos de otros y si no podemos llegar a pecar en uno u en otro sentido en algún momento de nuestras complejas vidas. Ahí dejo mi inquietud.

  • Qué razón tiene, mire vd. je je, si, si, si, ya sabe a quién me refiero. No necesitamos estos referentes para nada, pero, aunque presentemos una cierta resistencia, las tertulias televisivas y otras, están compuestas de éstos personajes sabelotodo, autocovencidos de su capacidad de transcripción, y dependientes, cómo no, del espectaculo. En una sin razón verbal, qué, normamente, su fin, es confundir al oyente, debido a que es casi imposible construir un pensamiento constante y fluido. Digo, que esto es desinformación, por no calificarlo de transmitir trastornos conductuales, etc. Estará conmigo que este sistema favorece a algún grupo, de los muchos que hay por ahí, donde nos dicen que pensar, hacer, etc. Para muchos nos es mas cómodo, La autocrítica no está vien vista. El razonamiento, para que contar, y la asertividad, no digo más. Eje. Dos amigos que se encuentran, dice uno, no nadas nada?, responde el otro. No puedo, no traje, traje.
    Un saludo y un gustazo poder leer estos artículos y sus referencias.

  • Yo leo mucho, se muchas cosas y me encanta. He aprendido que lo mejor es callarse, escuchar a las personas decir estupideces. Si no lo hago, se ofenden o terminamos en una discusión que no nos lleva a nada, la gente cree tener la razón siempre.

    Por otro lado, en la universidad, muchas veces sabía cosas que mis compañeros ignoraban (ellos solamente aprendían lo que el maestro les pedía, yo cualquier cosa que me resultara curiosa) y si hacía un comentario, era porque desmentía a alguien o aportaba un tema muy interesante que pocos conocen y eran difíciles de creer. Como consecuencia me echaba en contra a mis compañeros, el más «listo» del salón con su ego llegaba a «iluminarme» para que finalmente yo le mostrara evidencia de mi aportación. Aún así se quedaban incrédulos queriendo imponer su razón. La verdad que la gente es muy estúpida, siempre creen tener la razón, por eso siempre terminan cometiendo errores muy grandes con sus vidas.

  • Llegue al artículo buscando en google una respuesta a algo similar. Es la primera vez que alguien me entiende. No me gusta leer libros, mientras leo siempre pienso en algo, cosa que me frustra y finalmente me impide el simple hecho de la lectura. Sin embargo la palabra curiosidad va conmigo siempre y no hay día que no me pregunte cosas o ponga en duda mis propios pensamientos. Para mi casi todo es relativo y la palabra posibilidad es tan amplia que me abruma en cada analisis, con lo cual tengo una opinion fija de pocas cosas, en realidad solo de las que puedo contrastar firmemente. Quiero añadir bajo mi experiencia propia que la apariencia física es un factor muy importante ante ese tipo de situaciones. Soy una persona bajita y delgada y a todo ese análisis cabría añadir que el oponente menos agraciado fisicamente en una batalla de ideas es apreciado por su rival como inferior, con las consecuencias que podemos suponer. Un saludo.
    P.D. suelo perder

  • Hay un dicho o si no lo es, se convierte en un dicho, dicho por mi. Si soy tonto y mi contrincante es listo, estando rodeados de tontos tengo todas las de ganar el debate. Pero si son listos la ganará el. Aunque más allá de tratar de convencer a la gente, que para eso se es político. Lo realmente importante es convencer al contrincante, pero difícilmente un tonto convencerá al listo sí el listo se cree listo y piensa que yo soy tonto. Entonces la única cuestión no es ser listo ni ser tonto. SiNó, creer que somos listos cuando podemos ser tontos y creer ser tontos cuando somos más tontos aún. O listos bueno para quien no le guste. Pero no sé trata de ser más listo porque fácilmente un tonto puede parecer listo en un grupo de listos y fácilmente un listo puede parecer tonto en un grupo de tontos, aunque no tan absurdo como parecer listo creyendo ser tonto sin contar que un tonto está escribiendo esto que no parece de listo. Y como yo me defino como tonto, puedo parecer ser más listo que un tonto rodeado de tontos donde el listo más tonto puede ser el más tonto dentro de un grupo de listos. Jajajaja qué tonteria. Adiós listos. O tontos. Nunca sabrás que eres, porque nada define si eres listo o tonto. Y si te defines como listo déjame decirte lo tonto que eres

  • Las personas no lo sabemos todo, nos pasamos el día trabajando y básicamente conocemos el mundo a través de periódicos, conocidos, cosas que leemos por ahí… La mayoría de las veces opinamos sin tener puta idea de nada. Pero eso es normal. Lo que ya no me parece tan normal es que en un encuentro entre amigos la gente tenga la puñetera manía de ponerse a pontificar sobre todo con frases como «la vida es…», «los transgénicos son…», «todos los políticos…», «la culpa de…es de todos…», esto y lo otro. No sería mucho más…¿agradable?, simplemente conversar sobre el último libro que han leído (intercambiable por la última canción de reggaeton que se ha escuchado), si ir a tal fiesta o no, cómo se debe cocinar tal plato…yo qué sé. Es que no hace falta ir de ¡nada! para hablar de ¡nada! y montar un ambiente tan pesado como el que describes.

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