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23 de octubre 2019    /   CINE/TV
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‘Ghost Fleet’, el documental que quiere acabar con la esclavitud en alta mar

23 de octubre 2019    /   CINE/TV     por          
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Se trata de un documental, pero su premisa suena más increíble que cualquier película de superhéroes. Ghost Fleet habla de una impensable forma de esclavitud moderna; de barcos enteros llenos de hombres raptados; de pescadores forzosos que pasan años sin pisar tierra firme, abusados, drogados y explotados para conseguir pescado a buen precio. Habla de los esclavos que hacen que te ahorres unos céntimos al escoger la lata de atún más barata del supermercado. Y de la mujer que los está rescatando.

Ghost Fleet es un impactante documental dirigido por Shannon Service y Jeffrey Waldron. Es también el film inaugural de la quinta edición de Another Way Film Festival, un festival de cine documental y progreso sostenible que se celebra estos días en Madrid. Pero toda esta historia empezó lejos, muy lejos de aquí.

Un rumor llevó a la periodista estadounidense Shannon Service a recorrer medio mundo. Era 2011 cuando una amiga que vivía en Myanmar, la periodista Becky Palmstrom, le comentó que estaban desapareciendo hombres en su ciudad. Se rumoreaba que las desapariciones podrían estar relacionadas con la industria pesquera tailandesa. «Era una especie de gran secreto a voces», explica Service en conversación telefónica. Un secreto que ellas se propusieron exponer.

En 2012 la NPR (la mayor radio pública de EEUU) emitió su reportaje sobre el tema, dando a conocer a Occidente algo que llevaba años ignorando. La reacción fue brutal. Tuvo decenas de millones de oyentes y medios como The Guardian y The New York Times se hicieron eco de la historia.

Y después se fue olvidando. Sí, hubo algunos cambios, también hubo reacciones de los implicados, en un principio bastante negativas. «Muchos se sintieron primero sorprendidos y después a la defensiva», explica la periodista. Algunos acabaron tomando medidas, pero insuficientes para acabar con un problema que es endémico en la zona. Después la noticia quedó sepultada en la riada de la actualidad.

Siete de cada diez pescadores tailandeses son sospechosos de ser trabajadores forzosos, según datos de la LPN

Pero Service sabía que esta historia tenía más recorrido; sabía que había otras formas de contarla, otros enfoques y otros formatos que podrían hacer que la gente pasara de la sorpresa a la empatía, así que decidió convertir su reportaje en un documental.

Ghost Fleet nace de esta necesidad de empatizar, de ese esfuerzo por olvidar lo escandaloso y centrarse en lo personal. No es tanto una puesta al día de su antiguo reportaje como un contenido complementario desde otro punto de vista.

«Creo que son diferentes», reflexiona la periodista, «nuestro programa de radio consiguió alcanzar a más gente, fue extremadamente efectivo. Pero para conmover al público es importante ir más allá de la vorágine de las noticias. Necesitas formatos largos y reposados, guiados por una historia, por un personaje que pueda conectar con otros seres humanos, aunque les separe un océano de distancia».

En Ghost Fleet ese personaje, esa persona, es Patima Tungpuchayakul. Esta activista tailandesa (nominada al Nobel de la Paz en 2017) es la fundadora, junto a su marido Sompong Srakaew, de Labour Rights Promotion Network Foundation (LPN). Esta asociación se dedica a rescatar esclavos y a ayudarlos a integrarse en la sociedad una vez han escapado. Ha trabajado con cerca de 5.000.

Muchos de los esclavos que consiguen escapar permanecen en  islas semidesiertas durante años, décadas, mientras sus familias los creen muertos

Hay algo de poético en todo esto, algo épico. Patima es una mujer fuerte y decidida, capitanea un barco de exesclavos que van a la búsqueda de nuevos hombres a los que liberar, surcando los mares, enfrentándose a peligros. Pero hacer este relato simplista es una trampa en la que la directora evita caer. También lo hizo la protagonista de su documental.

«Patima siempre ha tenido una visión más amplia», explica Service. «Esto no se trata de ella salvando el mundo; esta es la versión estereotípica que tenemos, pero nunca ha sido su aproximación al tema. Siempre se ha centrado en apoyar a quienes vuelven y en convertirlos a ellos en los héroes».

Los directores nunca tuvieron ninguna duda al respecto: Patima y sus hombres tenían que ser los protagonistas de esta película. Pero varios potenciales inversores les intentaron disuadir. Querían a alguien que hablara inglés, a alguien con quien el público se pudiera sentir más identificado. El equipo rechazó amablemente la sugerencia y apostó por unos protagonistas menos comerciales, pero más auténticos.

«Esto demuestra por qué no vemos historias como esta más a menudo», reflexiona Service. «Porque la gente que toma decisiones quiere verse reflejada. Y esta gente suelen ser hombres blancos angloparlantes. Esta idea ha sido muy limitante para Hollywood en el términos de qué historias se tienen que contar; no quería que me pasara lo mismo a mí», explica.

ESCLAVOS PERDIDOS EN ISLAS DESIERTAS

La revelación de que en la actualidad hay esclavos es impactante; la constatación de que hay islas semidesiertas donde te puedes quedar atrapado de por vida es otro golpe con una realidad que nos es ajena. Muchos de los esclavos que consiguen escapar permanecen en estas islas remotas durante años, décadas, mientras sus familias los creen muertos. Patima y su tripulación de exesclavos los buscan entre los islotes que salpican los mares del sudeste asiático para darles una segunda oportunidad.

«Ellos saltan del barco cuando ven tierra. No tienen dinero, ni móvil, ni pasaporte y no hablan el idioma», explica Service. Muchas veces, lo primero que encuentran al tocar tierra es a otro antiguo esclavo. «Estas islas son tan remotas que si saltas y eres extranjero llamas la atención y los locales te dicen, «anda, pues tres islas más allá hay otro tailandés». Así que se ponen en contacto y en seguida se aconsejan entre ellos: «No vayas a la policía, no vayas a la embajada porque puedes acabar mal»», resume la periodista.

Lo peor es que tienen razón: muchas veces acudir a las autoridades puede suponer la vuelta al barco o acabar detenido por inmigración ilegal.

La secuencia más impactante de Ghost Fleet llega al final, cuando, en una secuencia rodada marcha atrás, vemos como un filete de atún viaja desde nuestro plato hasta el mar. Es una forma ambigua e imprecisa de poner el problema, literalmente, sobre la mesa. Pero sin señalar específicamente a los culpables.

Service reconoce que es complicado determinar la trazabilidad de un pescado concreto o de una compañía entera, pero explica que este no es el motivo por el que sus críticas sean tan genéricas. «Creo que centrar el problema en un sujeto concreto da la idea equivocada», resume.

«Si llamo la atención sobre una compañía en concreto y después esta toma las medidas, podría parecer que el problema está resuelto. Y no es el caso. Esto es tan sistémico, está tan extendido, que no tiene sentido individualizar».

Muchas veces acudir a las autoridades puede suponer la vuelta al barco o acabar detenido por inmigración ilegal

Siete de cada diez pescadores tailandeses son sospechosos de ser trabajadores forzosos, según datos de la LPN. Al final la cosa es tan compleja que Service solo puede aconsejar «apoyar a las flotas locales y el comercio de proximidad». Y apoyar, obviamente, iniciativas como la de Patima.

«A menudo, cuando la gente se enfada y se indigna viendo estas cosas, dice «quiero que haya una compañía a la que boicotear», pero por desgracia no es tan fácil». Tampoco es su finalidad. Ghost Fleet es un documental centrado en la empatía, no en la denuncia. Este enfoque ha hecho que los actores involucrados se tomen las cosas de otra forma.

«He visto la película con autoridades tailandesas, con empresarios del mundo de la pesca, y al terminar el visionado estaban llorando», comenta la periodista. Y ellos son, al final, los que más pueden hacer por cambiar esta situación. «Ellos y el público», matiza Service. «Al final todos somos responsables de lo que traemos a nuestro plato. Hay que pasar del conocimiento a la acción».

Se trata de un documental, pero su premisa suena más increíble que cualquier película de superhéroes. Ghost Fleet habla de una impensable forma de esclavitud moderna; de barcos enteros llenos de hombres raptados; de pescadores forzosos que pasan años sin pisar tierra firme, abusados, drogados y explotados para conseguir pescado a buen precio. Habla de los esclavos que hacen que te ahorres unos céntimos al escoger la lata de atún más barata del supermercado. Y de la mujer que los está rescatando.

Ghost Fleet es un impactante documental dirigido por Shannon Service y Jeffrey Waldron. Es también el film inaugural de la quinta edición de Another Way Film Festival, un festival de cine documental y progreso sostenible que se celebra estos días en Madrid. Pero toda esta historia empezó lejos, muy lejos de aquí.

Un rumor llevó a la periodista estadounidense Shannon Service a recorrer medio mundo. Era 2011 cuando una amiga que vivía en Myanmar, la periodista Becky Palmstrom, le comentó que estaban desapareciendo hombres en su ciudad. Se rumoreaba que las desapariciones podrían estar relacionadas con la industria pesquera tailandesa. «Era una especie de gran secreto a voces», explica Service en conversación telefónica. Un secreto que ellas se propusieron exponer.

En 2012 la NPR (la mayor radio pública de EEUU) emitió su reportaje sobre el tema, dando a conocer a Occidente algo que llevaba años ignorando. La reacción fue brutal. Tuvo decenas de millones de oyentes y medios como The Guardian y The New York Times se hicieron eco de la historia.

Y después se fue olvidando. Sí, hubo algunos cambios, también hubo reacciones de los implicados, en un principio bastante negativas. «Muchos se sintieron primero sorprendidos y después a la defensiva», explica la periodista. Algunos acabaron tomando medidas, pero insuficientes para acabar con un problema que es endémico en la zona. Después la noticia quedó sepultada en la riada de la actualidad.

Siete de cada diez pescadores tailandeses son sospechosos de ser trabajadores forzosos, según datos de la LPN

Pero Service sabía que esta historia tenía más recorrido; sabía que había otras formas de contarla, otros enfoques y otros formatos que podrían hacer que la gente pasara de la sorpresa a la empatía, así que decidió convertir su reportaje en un documental.

Ghost Fleet nace de esta necesidad de empatizar, de ese esfuerzo por olvidar lo escandaloso y centrarse en lo personal. No es tanto una puesta al día de su antiguo reportaje como un contenido complementario desde otro punto de vista.

«Creo que son diferentes», reflexiona la periodista, «nuestro programa de radio consiguió alcanzar a más gente, fue extremadamente efectivo. Pero para conmover al público es importante ir más allá de la vorágine de las noticias. Necesitas formatos largos y reposados, guiados por una historia, por un personaje que pueda conectar con otros seres humanos, aunque les separe un océano de distancia».

En Ghost Fleet ese personaje, esa persona, es Patima Tungpuchayakul. Esta activista tailandesa (nominada al Nobel de la Paz en 2017) es la fundadora, junto a su marido Sompong Srakaew, de Labour Rights Promotion Network Foundation (LPN). Esta asociación se dedica a rescatar esclavos y a ayudarlos a integrarse en la sociedad una vez han escapado. Ha trabajado con cerca de 5.000.

Muchos de los esclavos que consiguen escapar permanecen en  islas semidesiertas durante años, décadas, mientras sus familias los creen muertos

Hay algo de poético en todo esto, algo épico. Patima es una mujer fuerte y decidida, capitanea un barco de exesclavos que van a la búsqueda de nuevos hombres a los que liberar, surcando los mares, enfrentándose a peligros. Pero hacer este relato simplista es una trampa en la que la directora evita caer. También lo hizo la protagonista de su documental.

«Patima siempre ha tenido una visión más amplia», explica Service. «Esto no se trata de ella salvando el mundo; esta es la versión estereotípica que tenemos, pero nunca ha sido su aproximación al tema. Siempre se ha centrado en apoyar a quienes vuelven y en convertirlos a ellos en los héroes».

Los directores nunca tuvieron ninguna duda al respecto: Patima y sus hombres tenían que ser los protagonistas de esta película. Pero varios potenciales inversores les intentaron disuadir. Querían a alguien que hablara inglés, a alguien con quien el público se pudiera sentir más identificado. El equipo rechazó amablemente la sugerencia y apostó por unos protagonistas menos comerciales, pero más auténticos.

«Esto demuestra por qué no vemos historias como esta más a menudo», reflexiona Service. «Porque la gente que toma decisiones quiere verse reflejada. Y esta gente suelen ser hombres blancos angloparlantes. Esta idea ha sido muy limitante para Hollywood en el términos de qué historias se tienen que contar; no quería que me pasara lo mismo a mí», explica.

ESCLAVOS PERDIDOS EN ISLAS DESIERTAS

La revelación de que en la actualidad hay esclavos es impactante; la constatación de que hay islas semidesiertas donde te puedes quedar atrapado de por vida es otro golpe con una realidad que nos es ajena. Muchos de los esclavos que consiguen escapar permanecen en estas islas remotas durante años, décadas, mientras sus familias los creen muertos. Patima y su tripulación de exesclavos los buscan entre los islotes que salpican los mares del sudeste asiático para darles una segunda oportunidad.

«Ellos saltan del barco cuando ven tierra. No tienen dinero, ni móvil, ni pasaporte y no hablan el idioma», explica Service. Muchas veces, lo primero que encuentran al tocar tierra es a otro antiguo esclavo. «Estas islas son tan remotas que si saltas y eres extranjero llamas la atención y los locales te dicen, «anda, pues tres islas más allá hay otro tailandés». Así que se ponen en contacto y en seguida se aconsejan entre ellos: «No vayas a la policía, no vayas a la embajada porque puedes acabar mal»», resume la periodista.

Lo peor es que tienen razón: muchas veces acudir a las autoridades puede suponer la vuelta al barco o acabar detenido por inmigración ilegal.

La secuencia más impactante de Ghost Fleet llega al final, cuando, en una secuencia rodada marcha atrás, vemos como un filete de atún viaja desde nuestro plato hasta el mar. Es una forma ambigua e imprecisa de poner el problema, literalmente, sobre la mesa. Pero sin señalar específicamente a los culpables.

Service reconoce que es complicado determinar la trazabilidad de un pescado concreto o de una compañía entera, pero explica que este no es el motivo por el que sus críticas sean tan genéricas. «Creo que centrar el problema en un sujeto concreto da la idea equivocada», resume.

«Si llamo la atención sobre una compañía en concreto y después esta toma las medidas, podría parecer que el problema está resuelto. Y no es el caso. Esto es tan sistémico, está tan extendido, que no tiene sentido individualizar».

Muchas veces acudir a las autoridades puede suponer la vuelta al barco o acabar detenido por inmigración ilegal

Siete de cada diez pescadores tailandeses son sospechosos de ser trabajadores forzosos, según datos de la LPN. Al final la cosa es tan compleja que Service solo puede aconsejar «apoyar a las flotas locales y el comercio de proximidad». Y apoyar, obviamente, iniciativas como la de Patima.

«A menudo, cuando la gente se enfada y se indigna viendo estas cosas, dice «quiero que haya una compañía a la que boicotear», pero por desgracia no es tan fácil». Tampoco es su finalidad. Ghost Fleet es un documental centrado en la empatía, no en la denuncia. Este enfoque ha hecho que los actores involucrados se tomen las cosas de otra forma.

«He visto la película con autoridades tailandesas, con empresarios del mundo de la pesca, y al terminar el visionado estaban llorando», comenta la periodista. Y ellos son, al final, los que más pueden hacer por cambiar esta situación. «Ellos y el público», matiza Service. «Al final todos somos responsables de lo que traemos a nuestro plato. Hay que pasar del conocimiento a la acción».

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